Con color local
Ojos de agua
Domingo Villar
Siruela, 2007, 187 pp.
Javier Sánchez Zapatero
Uno de los vicios que más ha lastrado
el desarrollo de la novela negra española ha sido la insistencia
de los autores en hacer de Barcelona y, en menor medida, Madrid únicos
escenarios posibles de las tramas criminales. La condición emblemática
de ambos lugares -centros políticos, económicos, culturales
y empresariales-, así como la influencia de las sagas novelescas
de autores pioneros del género como Manuel Vázquez Montalbán,
Andreu Martín o Juan Madrid, ha motivado la constante utilización
de los principales focos geográficos de poder como lugares de
la acción argumental de prácticamente toda la tradición
negra española. La proliferación de autores y títulos
de literatura negra durante los últimos años ha terminado
con esta identificación, al tiempo que ha permitido la aparición
de nuevos contextos y espacios novelescos. Ángel Vallecillo,
José Javier Abasolo, Juan Ramón Biedma o José Luis
Serrano han sido algunos de los escritores que han ayudado a acabar
con la dependencia de los escenarios barceloneses y madrileños
y que han abierto nuevos caminos y posibilidades para la narrativa
negra española. Domingo Villar, gallego afincado desde hace
años en Madrid, se ha sumado a esta "deslocalización" de
la literatura de género con la publicación de su ópera
prima Ojos de agua (Ollos de agua en
el original, traducido al castellano por el propio autor), una magnífica
novela que, ambientada en la ciudad de Vigo, pone de manifiesto que
no sólo las grandes metrópolis esconden historias que
contar.
La aparición del cadáver de un joven profesor y músico
de jazz asesinado con una saña y una crueldad inusitadas supone
el punto de arranque de la novela. Como si de un clásico misterio
de "habitación cerrada" se tratase, el lugar del crimen aparece
completamente inmaculado, sin que haya pistas, huellas ni cualquier
tipo de indicio que permitan aventurar hipótesis de resolución.
El magnetismo con que los primeros párrafos de la novela atraen
al lector, intrigado desde el comienzo de la obra por la razón
de la brutalidad del asesino y por la resolución de un caso
en apariencia irresoluble, no decae en ningún momento de la
lectura gracias al oficio y la solvencia de la escritura de Villar,
a la verosímil explicación que progresivamente se va
dando de los acontecimientos y, sobre todo, a la grandiosidad de la
figura de su personaje principal, Leo Caldas.
Colaborador habitual de un programa radiofónico local de servicio
público, Caldas es un inspector taciturno y solitario, dotado
de la melancolía provocada por el peso de la ausencia que acostumbran
a tener los protagonistas legendarios del género, cuya paciencia
para el diálogo y la observación se oponen al ímpetu
y la hostilidad de su ayudante, Rafael Estévez, un policía
aragonés incapaz de adaptarse a la peculiar idiosincrasia gallega,
repleta de ironía y ambigüedad. Además de ser esencial
para solucionar los enigmas de la muerte del saxofonista y de los extraños
sucesos que desencadena, la interacción de los dos caracteres,
tan opuestos como complementarios -descritos en ocasiones, sobre todo
en el caso de Estévez, de forma excesivamente caricaturesca-,
proporciona a la lectura un tono ameno que logra poner una sonrisa
en los labios del lector entre el misterio y la intriga de la novela.
En continuo movimiento, como acostumbran
a actuar los protagonistas actuales de la novela negra europea, Caldas
y Estévez recorren
en su investigación diversos espacios de Vigo y sus alrededores
costeros, convertidos en un personaje más de la obra. Descritos
con un bien logrado tono costumbrista -reflejo de la nostalgia, a tenor
de la condición de emigrante, la condición gallega más
universal, del autor-, los ambientes por los que pululan los personajes
trazan un fiel retrato de la Galicia actual. Oscilantes entre los bares
de ambiente homosexual, los pazos de la alta sociedad, los verdes paisajes
y los acantilados bañados por el Atlántico, los clubes
de jazz, los contextos portuarios y las tabernas legendarias en las
que los parroquianos saludan al entrar, y rodeados por la sempiterna
lluvia gallega -presente, de forma simbólica y envolvente, en
el primer y en el último párrafo de la novela-, los espacios
por los que transcurre la acción argumental logran dar a la
obra un característico "color local" que distingue la propuesta
de Domingo Villar del resto de novedades de literatura negra actual.
Compuesta con evidentes ecos de las novelas
policiacas de Henning Mankell y de Andrea Camillieri, Ojos
de agua parece haber
nacido con vocación de inicio de saga. El mantenimiento de la
incógnita que rodea ciertos aspectos del pasado de Leo Caldas,
así como la aparente e intencionada levedad con la que se describe
a algunos personajes secundarios destinados a crecer en futuras entregas
así lo lleva a pensar. El éxito de la novela, que ya
va por su octava edición, ha cosechado -merecidamente- buenas
críticas y será llevada próximamente al cine,
parece asegurar la continuidad de la serie, llamada a convertirse después
de esta gran primera entrega en uno de los referentes de la literatura
policiaca española.