el policiaco en el punto de mira
n°10

 

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Ecos sherlokianos

El misterio de la casa Aranda
Jerónimo Tristante

Maeva, 2007, 318 pp.

Javier Sánchez Zapatero

 

Ambientada en el convulso Madrid de finales del siglo XIX, El misterio de la casa Aranda está protagonizada por Víctor Ros, un joven investigador policial de pasado delictivo y tremenda astucia cuyos métodos deductivos, basados en la defensa del racionalismo y en la aplicación de los principios positivistas, remiten inevitablemente a los del más famoso detective que haya dado la literatura. El recuerdo de Sherlock Holmes, de hecho, está presente de forma continua en la novela a través de su personaje central, tanto en su método resolutivo como en su forma de impresionar a los demás con sus capacidades de deducción. Donde los demás sólo ven una simple mancha o una insustancial arruga en la ropa, Ros es capaz de observar un indicio fundamental capaz de convertirse en generador de conclusiones.

Compuesta en un tono costumbrista amable y didáctico, la obra -primera incursión de Jerónimo Tristante en el género policiaco- no se limita, sin embargo, a ser un pastiche de las aventuras del investigador de Baker Street. A su componente de misterio -planteado con tanta solvencia como para mantener siempre constante la atención lectora, aunque resuelto de forma un tanto inverosímil, quizá por el empeño en buscar lo inesperado para sorprender- la novela suma su valor histórico. Bien documentada y escrita con solvencia, El misterio de la casa Aranda recrea diversos escenarios del Madrid decimonónico, desde los salones de alta sociedad y los ambientes intelectuales de los cafés hasta los burdeles y las callejuelas repletas de rateros, y puede ser leída como la crónica de un tiempo inquieto en el que en España todo, desde la política hasta la tauromaquia, parecía estar dividido en sectores irreconciliables.

Subinspector de una brigada especialmente creada para combatir el crimen, Víctor Ros habrá de enfrentarse a dos casos que le llevarán por todos los rincones de la capital y que pondrán a prueba sus aptitudes detectivescas. Así, se verá enfrentado a los crímenes de un asesino en serie que mata a prostitutas empleando siempre el mismo modus operandi -y por el que sólo Ros parece preocuparse, dado que, según las fuerzas policiales, "hay que proteger a la gente decente y no a la chusma indeseable"- y al extraño misterio que rodea la casa que da título a la novela, donde diversas mujeres en diferentes épocas y circunstancias atacan a sus maridos al entrar en estado hipnótico tras leer determinados párrafos de La divina comedia. Ayudado por Alberto Aldanza, un extraño personaje de la alta sociedad que le enseña los métodos de la entonces incipiente Medicina Forense para poder aplicarlos en la resolución de los casos, el detective protagonista solucionará los dos enigmas utilizando su capacidad racional y su conocimiento de las rutinas de la investigación científica.

De fácil lectura, la obra sólo se ve lastrada por la mirada inocente y estereotipada que el autor proyecta sobre diversos personajes, meros muñecos movidos por una única pulsión, simples protagonistas de una pieza cuyo retrato se limita a encajar con tópicos prejuicios novelescos: policías malvados, violentos y alcohólicos, prostitutas enamoradizas al estilo de las de las novelas rosa y, sobre todo, un protagonista demasiado ejemplar como para poder resultar del todo creíble. Es en estas construcciones maniqueas, explicables quizá como guiño a una forma concreta de hacer literatura histórica, en las que más se echa de menos el dramatismo y la sórdida realidad que acostumbran a destilar las obras del género. A pesar de ello, la novela es recomendable por afrontar y salir airosa del reto, poco habitual en las letras españolas, de hacer policiaco histórico, por su notable descripción del Madrid del siglo XIX, por hacer de su lectura un ejercicio entretenido y ameno y por el perenne mantenimiento de una intriga resuelta sin engaños ni trucos.


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