Sonrisas heladas
Ley Garrote*
Joaquín Guerrero-Casasola
Roca, 2007, 205 pp.
Javier Sánchez Zapatero
Galardonada
con el I Premio de Novela Negra L'H Confidencial, convocado por el
Ayuntamiento del municipio barcelonés de L'Hospitalet
y por la editorial Roca, Ley Garrote supone
el debut en el panorama literario español de Joaquín
Guerrero-Casasola. México de nacimiento, pero residente en España
desde hace años, Guerrero-Casasola no es, sin embargo, novato
en el mundo de las letras, sino que ha desarrollado una dilatada trayectoria
como guionista que le ha llevado a recorrer países tan distantes
(y distintos) como El Salvador o Serbia escribiendo ficciones televisivas.
Su experiencia en el mundo catódico es perceptible en la novela,
tremendamente visual y dotada de un ritmo arrollador. Sin lugar para
la pausa ni para la pérdida de interés, Ley
Garrote,
de lectura ágil y entretenida, se muestra como una vertiginosa
sucesión de peripecias que transmiten tanta diversión
como crudeza, tanta acidez como violencia. Tamizados por el filtro
de la ironía y el humor que destilan su escritura, los acontecimientos
narrados por el autor en la obra terminan por ser tan duros y difíciles
de encajar que las carcajadas del comienzo acaban por convertirse en
sonrisas heladas. Al estilo de las novelas de James Ellroy o de Paco
Ignacio Taibo II, la asfixiante presión del ambiente social,
inhumano y atroz, terminar por dotar a todo el relato de un tono turbio
y desangelado.
Vertebrada por la constante presencia
de su protagonista, Gil Baleares, y por el hecho de que toda la acción se desarrolla en el inquietante
y violento escenario de México D. F., convertido en una auténtica
jungla de asfalto en la que cotidianeidad es sinónimo de supervivencia,
la trama argumental de la obra se inicia cuando el personaje principal,
expolicía metido a detective privado de baja estofa, es contratado
para investigar un secuestro. Sin dinero suficiente para comprar el
nuevo coche que tanto ansía, un modelo japonés que le
obsesiona, acepta el caso creyendo ver en él la solución
a sus problemas económicos y el cumplimiento de su sueño
de cuatro ruedas. Sin embargo, lo que para el irónico y locuaz
investigador -cuyo alocado comportamiento recuerda por momentos al
del demente innominado protagonista de varias de las novelas de Eduardo
Mendoza- comienza siendo un mero episodio profesional, cuya resolución
se intuye difícil por las exageradas condiciones que ponen los
secuestradores a la libertad de la víctima, termina por convertirse
en un asunto personal que hace que Baleares se implique cada vez más
en una investigación progresivamente complicada por la aparición
de policías corruptos, extraños agentes judiciales que
entorpecen sus pesquisas, familiares de la secuestrada de ambiguos
comportamientos y viejos fantasmas del pasado. Todos ellos forman un
mezquino fresco de violencia en el que se difuminan las fronteras de
la legalidad que permite a Guerrero-Casasola ofrecer una visión
crítica de la realidad mexicana. Como en las obras clásicas
del género, la ciudad, mostrada como un lugar desapacible y
hostil, se convierte en un personaje más de la novela. Integrada
de forma magistral en la narración, la convulsa cotidianeidad
de México D. F., escenario negro donde los haya, parece presentarse
como el único lugar posible para las andanzas de Gil Baleares.
De toda la gama de secundarios que pululan
por la novela, destaca con luz propia Ángel "El Perro" Baleares, padre del protagonista
y antiguo policía corrupto y violento que campó a sus
anchas por el México D. F. de la década de los setenta
que, enfermo de alzheimer, mantiene una surrealista relación
de amor-odio con su hijo. Su dolencia le lleva a convertirse en responsable
de algunos de los momentos más disparatados y desmadrados, al
tiempo que convierte a su mirada en una de las lúcidas de la
novela, poniendo así de manifiesto que, en innumerables ocasiones,
son los prismas distorsionados los que con más exactitud captan
la esencia de las cosas.
Aplicando la terminología del boxeo, Julio Cortázar
solía decir, en una sentencia convertida en clásica con
el paso del tiempo, que la novela ganaba por puntos y el cuento por
K.O. El magnético arranque y el intenso y atronador ritmo de
Ley Garrote ponen en entredicho la opinión del autor argentino.
Divertida, impactante y descarnada, la ópera prima de Joaquín
Guerrero-Casasola vence como los grandes golpeadores, de un tremendo
puñetazo ante el que resulta imposible quedar impasible.
* Premio
L'H Confidencial 2007. Premio Internacional de Novela Negra