el policiaco en el punto de mira
n°10

 

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Melodías del pasado

Música para los muertos
Luis Gutiérrez Maluenda

Tropismos, 2007, 166 pp.

Javier Sánchez Zapatero

 

Las relaciones entre música y literatura negra han sido muchas e intensas a lo largo de la historia. Desde la afición al violín de Sherlock Holmes hasta el gusto por la ópera de Kurt Wallander, pasando por la doble vertiente artística de Boris Vian o por la constante aparición de elementos del folclore popular en las novelas de Manuel Vázquez Montalbán o de Jean-Claude Izzo, ha habido diversos autores que han vinculado sus obras a alguna pieza o género musical, llegando, como en los muy recientes casos de La neblina del ayer (Leonardo Padura) o Las pruebas de la infamia (Joaquín Leguina), a hacer del nombre de una canción un título novelesco.

Sin lugar a dudas, es el jazz la música que más estrechamente aparece vinculada a la novela negra. De hecho, la consolidación de ambas formas artísticas se produjo de forma casi simultánea, en el contexto de los Estados Unidos de la década de 1930, una época convulsa y turbia donde la población americana intentó paliar el devastador panorama de crisis y corrupción que le rodeaba refugiándose en los placeres cotidianos de la vida, especialmente en aquellos que se disfrutaban a altas hora de la madrugada entre humo, risas y efluvios de bourbon. De ese mundo agitado y tormentoso que se levantaba leyendo en los diarios escándalos políticos y atentados mafiosos y que se acostaba tras escuchar a los maestros del jazz en sus clubes o tras leer la última aventura de los detectives hard-boiled en los pulps de moda habla Música para los muertos, la nueva y muy recomendable novela de Luis Gutiérrez Maluenda.

El argumento de la obra se inicia cuando Duke Ellington contrata los servicios de Mike Vinowsky, un investigador privado de poca monta, para amenazar a un tipo que está extorsionando a Billy Strayhorn, compositor, arreglista y colaborador habitual del legendario Duque. El detective -que, en la tradición de los protagonistas del género, se muestra como un personaje ambiguo, capaz de deambular por la estrecha frontera de la legalidad combinando cinismo y honestidad- acepta el caso, confiado por su aparente sencillez, impresionado por la cuantiosa suma de dinero que le ofrece Ellington y motivado por tener que librar de un chantaje al compositor de su pieza de jazz preferida, Take the A Train. Los buenos augurios empiezan a desaparecer cuando el extorsionador es hallado muerto en extrañas circunstancias horas después de haberse reunido con Vinowsky, quien, acusado por la policía, se verá obligado desde entonces a esclarecer el caso para demostrar su propia inocencia y garantizar así su libertad. En su continua búsqueda de la verdad, el investigador se verá envuelto en un turbio asunto de corrupción que, dejando tras de sí una inmensa ristra de cadáveres, conecta los antros de los bajos fondos neoyorquinos con los despachos de los representante de las altas esferas de la ciudad. Ese continuo deambular permite a Vinowsky trazar una crítica mirada sobre la sociedad estadounidense de los años treinta, demostrando que la podredumbre moral apenas entiende de estamentos y que las mansiones de los poderosos pueden ser lugares tan tenebrosos como los callejones de Harlem. La visión sobre la realidad se ve amplificada por la hábil inclusión en la novela de fragmentos y resúmenes de textos periodísticos de la época.

Como las obras de Walter Mosley o James Ellroy, Música para los muertos logra, en un interesante ejercicio manierista, homenajear a los clásicos de la novela negra y actualizar el mundo narrativo que elevaron a la categoría de leyenda Dashiell Hammett, Raymond Chandler o Ross McDonald. El tono de las narraciones legendarias del género aparece en la obra de forma tan intensa y constante como el jazz, presente a través de la utilización como personajes novelescos de grandes maestros como Ellington o Strayorn, de la fugaz aparición de figuras como Lester Young, Charlie Parker o Dizzi Gillespie, de la recreación de algunos de los más emblemáticos clubes de la época, del uso de piezas jazzísticas como título de todos los capítulos y del inmenso amor del protagonista hacia la música.

Con un personaje bien trazado -clásico sin caer en el estereotipo, actual sin perder las señas de identidad del género- y con una gama de secundarios variada, verosímil y tremendamente real, Música para los muertos es una magnífica novela, de entretenida y adictiva lectura, ideal para ser devorada con el mecedor sonido del piano de Duke Ellington de fondo. Y, ya puestos, con un buen bourbon a mano.


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