el policiaco en el punto de mira
n°11

 

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Detectives de barrio

Dos y dos son cinco

Laura Malasaña

Ediciones Barataria, 2007, 309 páginas

Javier Sánchez Zapatero

 

Dos y dos son cinco, la ópera prima de la escritora y periodista catalana Laura Malasaña, incluye tres novelas cortas protagonizadas por Manuel Molina. Cansado de la rutina de su trabajo en una fábrica, Molina decide dar un giro radical a su vida y, ayudado por un curso de formación a distancia y por la lectura minuciosa de "El manual del detective de primera", se convierte en detective privado. A pesar de las reticencias con las que su familia acoge su cambio de trabajo, Molina logra montar un despacho e incluso contratar a una secretaría, Elena, que resultará un contrapunto perfecto, lleno de mesura y sentido común, a la impulsividad que mueve todas sus acciones. Su interacción es, de hecho, uno de los mejores valores de los relatos, que muestran una constante dialéctica entre la sensación de ilusión y ingenuo ensoñamiento que parece rodear a Molina en su trabajo y la analítica frialdad con la que acostumbra a afrontar las cosas su joven secretaria. La quijotesca visión del mundo de Molina -transmitida gracias a su condición de narrador y filtro a través del que le son comunicados al lector los acontecimientos- provoca algunos de los momentos de hilaridad de los relatos, al tiempo que acentúa su perfil antiheroico, gráficamente puesto de manifiesto en la primera de las novelas breves de la compilación. Lejos de la impoluta estampa de los clásicos detectives del género y de la gravedad de los casos a los que han de enfrentarse, en "El misterioso caso del asesino de perros", Molina, ataviado con un chándal azul, es contratado para encontrar al responsable de la muerte de las mascotas de las ancianas del barrio.

Tremendamente ágiles y escritas con tanto ritmo y amenidad que resulta difícil no leerlas de un tirón, las historias que componen la obra de Laura Malasaña destacan por el tono costumbrista -lindante en ocasiones con el esperpento- con el que la autora recrea la cotidianeidad del barrio en el que vive el detective. Irónicos y críticos, los cuentos protagonizados por Molina y su entorno ponen al lector en contacto con un ambiente de extrarradio cargado de realidad. Así, instalado en Tarrasa -"viejo cascote del desfile de telares y fábricas que le dio sentido alguna vez y la dejó después llena de parados y mujeres de la limpieza"-, el protagonista de Dos y dos son cinco contempla con preocupación cómo los grandes casos y la vida heroica con la que soñó al crear su agencia no terminan de llegar y cómo ha de encargarse de casos relacionados con muertes de perro, desapariciones de botellas de vino tinto o robos de cinta vídeo. La aparente modestia de las investigaciones que ha de afrontar queda contrarrestada por el hecho de que, como señala orgulloso Molina siempre que puede, "salieron por la tele" y por poder servir al detective para demostrar a Conchi, su mujer, que abandonar el trabajo seguro de la fábrica por la incógnita siempre soñada del despacho de investigación no era una idea tan descabellada como ella pensaba. De hecho, en la tercera de las novelas cortas incluidas en la obra -"El misterioso caso del famoso impertinente"- será precisamente su esposa la que con más ilusión acoja el caso al que se ha de afrontar Molina, quien, en plenas vacaciones familiares en la costa de Almería, tiene que resolver la desaparición de una cinta de vídeo en la que un par de paparazzis han grabado a dos famosos paseando juntos por la playa.

Amena y entretenida, Dos y dos son cinco advierte del potencial narrativo de su creadora, de la que ojalá pronto se puedan ver más títulos en las librerías. Su frescura, ironía y capacidad para la narración hacen de Laura Malasaña uno de los nombres llamados a ser imprescindibles en las nuevas generaciones de autores españoles.


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