El detective privado ha dado mucho juego.
Tanto
el aficionado esclarecido que protagoniza los primeros escarceos
del relato policiaco y la novela clásica de investigación
a la inglesa, como el curioso que posee la facultad de meterse en
situaciones inextricables para resolver un misterio sangriento en
las novelas populares y folletinescas surgidas a principios del siglo
XIX y que perduran hasta aproximadamente 1930, junto a la novela
policíaca que tomaba forma y conquistaba
a un público nuevo. El detective privado “amateur” era omnipresente.
Algunos de estos personajes llegaban a escoger una profesión
que les proporcionaba la libertad de acción y los ingresos
necesarios: reportero, historiador, abogado, coleccionista de orquídeas...
La lista es larga.
Otros fueron más allá y se convirtieron en detectives
privados profesionales, inspirándose más o menos de cerca
en el famoso Sherlock Holmes, diletante que en sus tiempos sabía
sacar partido de su talento. El detective privado profesional de las
novelas acabó por dedicar su existencia a la investigación
pura, al aburgesamiento y a la búsqueda del bienestar. Pero,
muy pronto, se opera una mutación mayor que lo condena a la
calle, al trato con los malhechores menos recomendables y a la utilización
de recursos mucho peores que los “horribles” que se dedica a combatir:
Dashiell Hammet acababa de aparecer con su “private eye” made in USA,
el detective privado “hard-boiled” de los años 1920, un tipo
duro que impone su justicia y la aplica a diario en el mundo que le
resulta cercano, un mundo lleno de asesinos, de corruptos y de policías
putrefactos. Para la ocasión, la chica desamparada se convierte
en mantis religiosa: acaba de nacer la mujer fatal.
La mutación triunfa más allá de lo esperado,
y los clones del detective privado americano de los “crime novels” se
multiplican por todas partes durante unos cuarenta años: la
novela, el cine, la BD , la TV... todos entonan los méritos
y las inquietudes de este caballero solitario, este héroe de
los tiempos modernos extraviado en ciudades engañosas y mortíferas.
El cóctel detective privado/mujer fatal constituye muy pronto
uno de los mitos más utilizados en la literatura policíaca
moderna y en el cine negro. Hasta abusar del detective privado....
circunstancia que comprometerá su originalidad e incluso la
más elemental verosimilitud de gran parte de la literatura policíaca
moderna. Un exceso que se hizo evidente en los años 1970 y que
llegó a resultar inaguantable en los 80, salvo algún
talento indiscutible; aunque todo hay que decirlo, escaso. El detective
privado había envejecido, minado por los artesanos de la edición
americana e internacional.
A pesar de todo acabará por sobrevivir, pero de manera mucho
más discreta, abriendo paso a los herederos de la novela judicial,
los “procedurals” y su cohorte de policías de ambos sexos con
problemas que los reemplazan más o menos en la novela negra
actual.
En este inicio del siglo XXI, el detective
privado es una especie en vías de extinción. Sin embargo ha resistido muchos
envites, entre otros, la feminización de la novela negra, dominio
masculino por excelencia. Pero al buen y viejo detective privado no
le va convertirse en drag queen. Algunos intentos en este sentido no
resultaron satisfactorios y quedaron relegados al olvido. Aparentemente
el femenino se apareja mal con el “tough guy”. La “tough gal” abandonada
a sí misma resulta todavía menos creíble que su
modelo masculino, una mala parodia, una caricatura fallida. El detective
privado ha conseguido resistir al “bien penser” (pensamiento políticamente
correcto) tan en voga en nuestros días: en su versión
actual, siempre bebe, fuma, y arrastra todavía su eterno desengaño.
A menudo va armado. Peor todavía: no cree en el dinero, sólo
se sirve de él. Punto.
Sin embargo siempre consigue deslizarse
aquí o allá.
Asistimos a una especie de renacimiento del detective privado: es uno
de los personajes emblemáticos de la novela negra hispana y
de la América latina actual. Des de los años 1970, el
detective privado Pepe Carvalho se pateaba las calles de Barcelona
a la captura de la corrupción pasada y contemporánea,
emblema viviente de una España alienada que evolucionaba en
una libertad aparente. Pero, más recientemente, encontramos
también a Heredia, el chileno desengañado y sus golpes
de nostalgia tratados a base de grandes dosis de aguardiente y de tangos
llegados directamente desde Buenos Aires, el brasileño Remo
Bellini, con la libido contrariada, que se refugia en el sarcasmo y
en los blues de los negros cuando su propia vida le asfixia. O el mejicano
Hector Belascoarán Shayne, postmoderno que se desenvuelve en
la picaresca libertaria. Estos y otros personajes actuales han abierto
el baúl en el que se quería confinar al detective privado.
Un resurgir discreto, pero revolucionario.
Es probable que el género evolucione en esos países
hasta convertirse en novela policíaca y que asistamos por fin
a la substitución definitiva del detective privado por policías
oficiales. Pero conociendo el pasado histórico-político
reciente de algunos de estos países latinoamericanos, ex feudos
de la CIA , resulta fácil comprender que no son policías,
los servidores de todos los poderes, los que pueden encarnar de golpe
y porrazo a esos nuevos héroes, los protagonistas de una iniciativa
individual que beneficia a todos. Y que no olvidan nada. En especial
del pasado.