el policiaco en el punto de mira
n°1 Mayo-Junio de 2005

 

 

Entrevista a Dominique Manotti

por Elfriede Müller
Traducción: Lourdes Pérez

• 02/2/04 •

 

Dominique Manotti © Seuil

Elfriede Müller : ¿Cuándo empezó a escribir y qué razones le impulsaron a hacerlo ?

Dominique Manotti : No empecé joven. Empecé a escribir en septiembre del 93, cuando tenía 50 años. Evidentemente había escrito, como historiadora que soy, artículos y una tesis, así que no era la primera vez que emborronaba un papel, pero sí la primera vez que escribía ficción. Las razones son profundas. Pertenezco a una generación politizada y militante, era una adolescente cuando la guerra de Argelia y en aquel momento fue cuando se concretó mi compromiso. Luego seguí militando en diversos movimientos políticos, primero en la lucha contra la guerra de Argelia y luego en movimientos políticos y sindicales. Fui sindicalista durante mucho tiempo. Y en el 81, con la llegada al poder de Mitterrand, sentí una gran decepción. Mucha gente creyó que la izquierda había llegado al poder, yo no lo creí en ningún momento. Como es lógico voté a Mitterrand en la segunda vuelta, pero no fui a la Plaza de la Bastilla el 10 de mayo del 81. En primer lugar, nunca consideré a Mitterrand como un hombre de izquierdas y, además, en aquella época yo pertenecía a la CFDT y, por tanto, pude ver desde dentro lo que estaba pasando y estaba convencida de que estábamos abocados al desastre.
Cuando se lleva más de veinte años militando, no se abandona de la noche a la mañana, tardé dos o tres años en dejar el sindicato y no volví a encontrar ningún otro sitio donde militar. Volví a la historia, pero ya no me motivaba. Creo que la investigación histórica tiene que contribuir a aclarar la acción militante, pero si pierde esa utilidad, ya no me interesa. Estoy especializada en el S. XIX y dejó de preocuparme qué pensaba la patronal francesa del XIX. Fueron años difíciles. Seguía viviendo pero sin motivación.

James Ellroy
(Photo : Marion Ettlinger)

En 1993, por pura casualidad, volví a París en agosto para escribir un artículo que me había pedido una revista de historia para su número de octubre o noviembre. Había conducido toda la noche, estaba cansada, no quería empezar a trabajar inmediatamente y cogí un libro al azar de mi biblioteca. Era La confidential (Los Ángeles confidencial) de Ellroy. No conocía a Ellroy de nada, no sabía quién era. Y aquello fue… un shock… un auténtico shock. Entonces leí todo lo que tenía publicado en francés en aquel momento y cuando llegué a la última página del último libro, me dije: si se puede llegar a hacer algo tan fuerte, merece la pena intentarlo, voy a escribir.

 

E. M. : Ha mencionado varias veces la guerra de Argelia y la época de Mitterrand, pero no ha hablado del 68 ¿también la revuelta o revolución fallida del 68 la impulsó a escribir novelas?

D. M. : No. En el 68 era profesora en un instituto donde nunca había pasado nada y, de repente, todo el instituto se puso en huelga. Fueron unos momentos extraordinarios. Luego trabajé en Vincennes, cuando se creó el Centro Experimental y aquellos años también fueron excepcionales. Pero no encuentro ninguna relación profunda entre mi escritura y el 68. De momento no la hay. Yo escribo sobre las carencias y los desastres, no sobre los periodos de plenitud. Quizás un día escriba sobre ese periodo, pero de momento no me tienta.

 

E. M. : En su opinión ¿qué queda actualmente de mayo del 68?

D. M. : Creo que queda muy poca cosa, excepto —y es muy importante— la libertad en la vida privada: la anticoncepción, el aborto, más igualdad para las mujeres, tolerancia en el ámbito de la sexualidad, mucho menos peso de las normas del Estado, de la vigilancia de Estado. Pero en el plano político y social, ya no es lo mismo. Lo que yo viví en la universidad es la lenta destrucción de todo lo que suponía el 68, que actualmente se traduce en la esclerosis y en la crisis de la universidad francesa. Viví en directo, en el Centro Experimental de Vincennes, los esfuerzos de la derecha por acabar con las innovaciones que habían surgido del 68 y luego el lento retorno de las nuevas generaciones a las prácticas más caciquiles. Una vez que todo volvió a su cauce, las reformas dejaron de ser posibles y no sirve para nada clamar contra el inmovilismo.

Este bloqueo está bastante generalizado en la sociedad francesa. Muy poca gente está sindicada, menos del 9% y fundamentalmente en el sector público. Después de los diez millones de huelguistas de mayo del 68 y para alguien como yo, que era una sindicalista convencida de que se podía movilizar a las masas trabajadoras, es un duro golpe. Además Francia, con las leyes Sarkozy y Perben se está convirtiendo en un estado policial. Y las reacciones sociales son muy débiles, casi inexistentes. Cuando se vivió el 68 y la enorme libertad que generó aquel movimiento, la apatía de ahora da miedo. No, del 68 no queda casi nada, salvo para las mujeres.

 

E. M. : ¿No es un resultado del 68 el hecho de que el polar francés sea de izquierdas ?

D. M. : Todo el polar francés no es de izquierdas, ni mucho menos. Pero también es cierto que cuenta con muchos ex-sesentayochistas que no "traicionaron" las aspiraciones de la época, que traicionaron mucho menos que en otras profesiones.

 

E. M. : ¿La escritura representa para usted una práctica política o más bien una tregua en esa práctica ?

Dominique Manotti © Seuil

D. M. : Ya no milito porque no he encontrado en Francia ninguna organización que encaje con lo que he creído y con lo que quisiera aportar. Soy pesimista porque creo que mi generación no verá los cambios sociales que he querido, que he soñado. Quizás los vea la generación siguiente, pero la mía no. Para mí escribir es la prolongación, con otra forma, de mi compromiso, porque la forma primera ha dejado de existir, pero no sustituye al compromiso político, la carencia sigue existiendo. Pero es una manera de vivir, me motiva para seguir viviendo. Si se produjera un milagro inesperado y mañana apareciera un tipo de acción que coincidiera con lo que yo espero y pienso, volvería a militar inmediatamente.

Pero la novela es muy diferente al panfleto político. Escribir una novela es dar vida a personajes, a todo tipo de personajes, no es hacer un panfleto. Soy perfectamente consciente de que una parte de mi formación intelectual procede de la lectura apasionada de novelas; por eso pienso que tienen su repercusión. Pero es de otro tipo.

 

E. M. : He leído sus novelas como una crónica de los años 80, incluso histórica porque ya pasaron 20 años. ¿Qué peso tiene la historia en su literatura?

D. M. : La historia tiene un papel fundamental en mi formación intelectual. Soy historiadora, llevo en ello toda mi vida y trabajo con la ficción como trabajaba con la historia; creo que el trabajo del novelista de polar es muy parecido al de los historiadores. El historiador construye y acumula rastros, indicios y a partir de ello construye un relato racional, da un significado a esos rastros e indicios. Los novelistas de polar, al menos aquellos con los que me identifico, funcionan más o menos igual, movilizando un poco más su imaginación, pero poco más; también el análisis histórico necesita imaginación.

Mi método de trabajo es igualmente muy parecido. Empiezo por elegir el tema. Lugo, durante unos seis meses, me documento sin seleccionar demasiado: leo periódicos, libros, entrevisto a la gente. En Les Années Fric, quería contar una historia de tráfico de armas entre 1980 y 1990. Partí del expediente de un caso que había sucedido en 1985. Luego leí la prensa de aquel año para meterme a fondo en la atmósfera. Entonces fue cuando empezaron a perfilarse siluetas, escenarios. Entrevisté a un comercial de una gran empresa de armas que me resultó sorprendentemente desenfadado y divertido. Y también a periodistas acreditados en el Elíseo. Elaboré una bibliografía y la leí. Pero nunca trabajo a partir de archivos, no puedo llegar tan lejos, me llevaría demasiado tiempo.

¿ Cómo escojo los temas de mis novelas? Mi primera novela, Sombre Sentier, es una continuidad de mi vida militante. Estuve directamente implicada, como sindicalista, en la huelga de Sentier de 1980. Cuando decidí escribir un polar, me parecía que el tema era evidente. Se desarrollaría durante aquella huelga, tenía que dejar una huella escrita de aquella huelga. Después de aquel primer libro no sabía si iba a seguir escribiendo. Me dijeron que tenía que seguir, así que decidí contar mi desilusión militante de aquellos años Mitterrand, entre 1980 y 1990, cuando Francia cambió tanto: la izquierda desaparece en las acepciones tradicionales, los socialistas recuperan la empresa, son los años de la corrupción y de la entronización del dinero. La descentralización dispersa la corrupción y posibilita que se tolere mejor: los políticos corruptos vuelven a ser reelegidos sistemáticamente. Quise hacer una crónica de aquella sociedad corrompida. Evidentemente es un tema bastante tradicional de la novela negra.

El tema de mi última novela es la Gestapo francesa en 1944. Yo nací en 1942 –no tengo ningún recuerdo personal de la guerra—, sin embargo sí recuerdo el gran silencio que la siguió. Quise saber las causas de ese silencio, lo que había detrás: el largo apoyo a Vichy y al ocupante alemán, el largo coqueteo de masas con el nazismo, que la presencia de de Gaulle y de la Resistencia en primer plano permitió ocultar durante mucho tiempo.

En definitiva, mis temas no son temas históricos, sino políticos. Mi pretensión es hacer un historia política de mi generación.

 

E. M. : ¿Qué papel tiene en sus novelas el sujeto, el individuo, frente a los colectivos?

D. M. : El individuo es absolutamente fundamental. Considero que la novela sólo es apasionante si los individuos están vivos. Tiene que ser gente con la que podamos encontramos, que nos hagan sentir simpatía, antipatía, odio, deseo, amor. Tienen que ser individuos vivos y no abstracciones. En mis novelas empiezo por documentarme, como ya le dicho, y sólo cuando me he impregnado de la época y del tema del que quiero hablar aparecen los personajes. Siempre están muy marcados por su contexto, pero mi trabajo específico como novelista es dotar de vida a esos individuos.

 

E. M. : ¿Considera a esos individuos como portadores de ideas, de esperanza y de cambio o son meros testigos de un tiempo pasado?

D. M. : Ha planteado usted uno de los problemas difíciles en la construcción de mis novelas. Mis personajes son activos, portadores de esperanza y desesperanza. Sin embargo, muchas veces los personajes más positivos son testigos más que actores. Posiblemente esa situación coincide con mi propia posición actual: ser testigo. Al menos.

 

E. M. : El triunfo del FN en las elecciones y en la vida desde el 83 fue el tema de muchas novelas negras. ¿Cree que esa literatura encarna un tipo de lucha contra los avances del fascismo?

D. M. : Hasta el momento, en mis novelas no aparecen grupos políticos como tales ni, lógicamente, el Frente Nacional. En Sombre Sentier cuento una lucha obrera, en las otras abordo el mundo de los grandes negocios y la corrupción en los partidos tradicionales. He escrito poco sobre el FN porque creo que para escribir algo hay que conocerlo a fondo y yo, francamente, no conozco el FN. Es un fenómeno muy importante pero no entiendo bien a sus personajes, no los capto bien. Entiendo mejor a un gran empresario o a un político de la UMP corruptos que consideran que obran de buena fe, como si estuvieran por encima de las leyes, y a quienes sorprende muchísimo tener que dar cuenta a la justicia. Para ellos la justicia está hecha para los pobres, los proletarios, los inmigrantes. La seguridad consiste en reprimir el robo de móviles y los incendios de coches. Ellos nunca le robaron el móvil a la vecina, nunca robaron pan en la panadería ni robaron ningún coche. Roban millones, pero es dinero abstracto, simples transferencias a cuentas bancarias. ¿A quién se roba en esos caso? ¿A quién se está robando en los casos de las comisiones de las fragatas de Taiwán o en las estafas del Executive Life y del Crédit Lyonnais? A nadie. Así que la justicia no pinta nada en ello. Y les sorprende que los condenen, tan convencidos están de estar en su derecho. Consigo crear esos personajes de novela porque sé cómo funcionan… pero desconozco profundamente a la gente del FN.

 

E. M. : ¿Se dirige usted a algún público concreto?

D. M. : No, y nunca pienso a quién me dirijo cuando escribo. No creo que yo escriba para un gran público. Ante todo porque, de hecho, no vendo al gran público. Y poco más puedo decirle.

 

E. M. : ¿Por qué ha elegido usted una forma literaria tan periodística, histórica y densa?

D. M. : Mi formación como historiadora me condiciona. Me gustaría poder escribir de otra manera, pero no lo consigo. Para mí, un personaje o un acontecimiento no empiezan a existir hasta que no están situados con toda precisión en el tiempo y en el espacio. Exactamente como en la historia. En historia una fuente no existe si no está fechada y analizada. Y para mí si algo pasa el 6 de junio de 1944, es distinto a lo que sucedería el 7 el 5 de junio. Para que mi imaginación funcione bien, necesito saber cuándo están pasando las cosas. El que mis relatos hasta el momento estén fechados día a día y que no consiga abstraerme de ello, tiene que ver con una manera de pensar.

 

E. M. : Manchette decía en sus Chroniques, que la novela negra era el retorno a una forma literaria del siglo XIX. ¿Le parece acertada esta observación?

D. M. : Algo de cierto debe de haber en ello. En nuestras novelas volvemos sobre la historia, la anécdota, los personajes, de una manera bastante clásica. Somos contadores de historias. Daeninckx escribió algo al respecto. ¿A eso se refiere con lo de un retorno a los novelistas del siglo XIX? Es posible, después del “nouveau roman”, las novelas tan intimistas de la actual literatura “blanca” y la moda de la autoficción. Para mí Balzac sigue siendo una referencia, una lectura adolescente que me influyó profundamente. Pero la manera de escribir es muy diferente. En cuanto a mí, creo que lo que más me influyó son la literatura y el cine americanos del S. XX.

 

E. M. : ¿Considera el polar como una cultura disidente, de izquierdas, con respecto a la literatura blanca de la misma época?

D. M. : Disidente sí, de izquierdas no. Pero no debemos generalizar. Existe un grupo de autores que coquetearon en mayor o menor medida con el movimiento de Mayo del 68, que tienen más o menos el mismo pasado. Pero ¿y los jóvenes, los que no tienen el mismo pasado y la misma cultura? No estoy muy segura de que la disidencia esté relacionada con el género literario, más bien con la historia de quienes lo practican.

 

E. M. : ¿Podría hablarse de una escuela de esos autores, o de un grupo o corriente?

D. M. : Una corriente sí, una escuela no porque no existen, hablando con propiedad, ni reuniones ni discusiones colectivas y no creo que a nadie le apetezca una escuela.

 

E. M. : ¿Cómo llamaría a esa corriente, si tuviera que ponerle un nombre?

D. M. : ¿Disidentes desesperados?

 


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