Entrevista
a Dominique Manotti
por Elfriede
Müller
Traducción: Lourdes
Pérez
• 02/2/04 •
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Dominique
Manotti © Seuil
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Elfriede
Müller : ¿Cuándo empezó a escribir y qué razones
le impulsaron a hacerlo ?
Dominique
Manotti : No
empecé joven. Empecé a escribir en septiembre del 93,
cuando tenía 50 años. Evidentemente había escrito,
como historiadora que soy, artículos y una tesis, así que
no era la primera vez que emborronaba un papel, pero sí la primera
vez que escribía ficción. Las razones son profundas. Pertenezco
a una generación politizada y militante, era una adolescente cuando
la guerra de Argelia y en aquel momento fue cuando se concretó mi
compromiso. Luego seguí militando en diversos movimientos políticos,
primero en la lucha contra la guerra de Argelia y luego en movimientos
políticos y sindicales. Fui sindicalista durante mucho tiempo.
Y en el 81, con la llegada al poder de Mitterrand, sentí una gran
decepción. Mucha gente creyó que la izquierda había
llegado al poder, yo no lo creí en ningún momento. Como
es lógico voté a Mitterrand en la segunda vuelta, pero
no fui a la Plaza de la Bastilla el 10 de mayo del 81. En primer lugar,
nunca consideré a Mitterrand como un hombre de izquierdas y, además,
en aquella época yo pertenecía a la CFDT y, por tanto,
pude ver desde dentro lo que estaba pasando y estaba convencida de que
estábamos abocados al desastre.
Cuando se lleva más de veinte años militando, no se abandona
de la noche a la mañana, tardé dos o tres años en
dejar el sindicato y no volví a encontrar ningún otro sitio
donde militar. Volví a la historia, pero ya no me motivaba. Creo
que la investigación histórica tiene que contribuir a aclarar
la acción militante, pero si pierde esa utilidad, ya no me interesa.
Estoy especializada en el S. XIX y dejó de preocuparme qué pensaba
la patronal francesa del XIX. Fueron años difíciles. Seguía
viviendo pero sin motivación.
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James
Ellroy
(Photo : Marion Ettlinger)
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En
1993, por pura casualidad, volví a
París en agosto para escribir un artículo que me había
pedido una revista de historia para su número de octubre o noviembre.
Había conducido toda la noche, estaba cansada, no quería
empezar a trabajar inmediatamente y cogí un libro al azar de mi
biblioteca. Era La confidential (Los Ángeles confidencial) de
Ellroy. No conocía a Ellroy de nada, no sabía quién
era. Y aquello fue… un shock… un auténtico shock.
Entonces leí todo lo que tenía publicado en francés
en aquel momento y cuando llegué a la última página
del último libro, me dije: si se puede llegar a hacer algo tan
fuerte, merece la pena intentarlo, voy a escribir.
E.
M. : Ha
mencionado varias veces la guerra de Argelia y la época
de Mitterrand, pero no ha hablado del 68 ¿también
la revuelta o revolución fallida del 68 la impulsó a
escribir novelas?
D.
M. : No.
En el 68 era profesora en un instituto donde nunca había pasado
nada y, de repente, todo el instituto se puso en huelga. Fueron
unos momentos extraordinarios. Luego trabajé en Vincennes,
cuando se creó el Centro Experimental y aquellos
años también
fueron excepcionales. Pero no encuentro ninguna relación
profunda entre mi escritura y el 68. De momento no la hay. Yo
escribo sobre las
carencias y los desastres, no sobre los periodos de plenitud.
Quizás
un día escriba sobre ese periodo, pero de momento no me
tienta.
E.
M. : En
su opinión ¿qué queda actualmente
de mayo del 68?
D.
M. : Creo
que queda muy poca cosa, excepto —y es muy importante— la
libertad en la vida privada: la anticoncepción, el aborto,
más
igualdad para las mujeres, tolerancia en el ámbito de
la sexualidad, mucho menos peso de las normas del Estado, de
la vigilancia de Estado.
Pero en el plano político y social, ya no es lo mismo.
Lo que yo viví en la universidad es la lenta destrucción
de todo lo que suponía el 68, que actualmente se traduce
en la esclerosis y en la crisis de la universidad francesa. Viví en
directo, en el Centro Experimental de Vincennes,
los esfuerzos de la derecha por acabar con las innovaciones que
habían surgido del 68 y luego
el lento retorno de las nuevas generaciones a las prácticas
más
caciquiles. Una vez que todo volvió a su cauce, las reformas
dejaron de ser posibles y no sirve para nada clamar contra el
inmovilismo.
Este
bloqueo está bastante generalizado en la sociedad francesa.
Muy poca gente está sindicada, menos del 9% y fundamentalmente
en el sector público. Después de los diez millones de huelguistas
de mayo del 68 y para alguien como yo, que era una sindicalista convencida
de que se podía movilizar a las masas trabajadoras, es un duro
golpe. Además Francia, con las leyes Sarkozy y Perben se está convirtiendo
en un estado policial. Y las reacciones sociales son muy débiles,
casi inexistentes. Cuando se vivió el 68 y la enorme libertad
que generó aquel movimiento, la apatía de ahora da
miedo. No, del 68 no queda casi nada, salvo para las mujeres.
E.
M. : ¿No es un resultado
del 68 el hecho de que el polar francés
sea de izquierdas ?
D.
M. : Todo
el polar francés no es de izquierdas, ni mucho menos. Pero
también es cierto que cuenta con muchos ex-sesentayochistas
que no "traicionaron" las aspiraciones de la época,
que traicionaron mucho menos que en otras profesiones.
E.
M. : ¿La
escritura representa para usted una práctica política
o más bien una tregua en esa práctica
?
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Dominique
Manotti © Seuil
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D.
M. : Ya
no milito porque no he encontrado en Francia ninguna organización
que encaje con lo que he creído y con lo que quisiera
aportar. Soy pesimista porque creo que mi generación
no verá los
cambios sociales que he querido, que he soñado. Quizás
los vea la generación siguiente, pero la mía
no. Para mí escribir
es la prolongación, con otra forma, de mi compromiso,
porque la forma primera ha dejado de existir, pero no sustituye
al compromiso político,
la carencia sigue existiendo. Pero es una manera de vivir,
me motiva para seguir viviendo. Si se produjera un milagro
inesperado y mañana
apareciera un tipo de acción que coincidiera con lo
que yo espero y pienso, volvería a militar inmediatamente.
Pero
la novela es muy diferente al panfleto político. Escribir
una novela es dar vida a personajes, a todo tipo de personajes, no es
hacer un panfleto. Soy perfectamente consciente de que una parte de mi
formación intelectual procede de la lectura apasionada de novelas;
por eso pienso que tienen su repercusión. Pero es de
otro tipo.
E.
M. : He
leído sus novelas como una crónica de los años
80, incluso histórica porque ya pasaron 20 años. ¿Qué peso
tiene la historia en su literatura?
D.
M. : La
historia tiene un papel
fundamental en mi formación intelectual.
Soy historiadora, llevo en ello toda mi vida y trabajo con la
ficción
como trabajaba con la historia; creo que el trabajo del novelista
de polar es muy parecido al de los historiadores. El historiador
construye
y acumula rastros, indicios y a partir de ello construye un relato
racional, da un significado a esos rastros e indicios. Los novelistas
de polar,
al menos aquellos con los que me identifico, funcionan más
o menos igual, movilizando un poco más su imaginación,
pero poco más; también el análisis histórico
necesita imaginación.
Mi
método de trabajo es igualmente muy parecido. Empiezo por elegir
el tema.
Lugo, durante unos seis meses, me documento sin seleccionar
demasiado: leo periódicos, libros, entrevisto a la gente. En Les
Années Fric, quería contar una historia de tráfico
de armas entre 1980 y 1990. Partí del expediente de un caso que
había sucedido en 1985. Luego leí la prensa de aquel año
para meterme a fondo en la atmósfera. Entonces fue cuando empezaron
a perfilarse siluetas, escenarios. Entrevisté a un comercial de
una gran empresa de armas que me resultó sorprendentemente desenfadado
y divertido. Y también a periodistas acreditados en el Elíseo.
Elaboré una bibliografía y la leí. Pero nunca trabajo
a partir de archivos, no puedo llegar tan lejos, me llevaría
demasiado tiempo.
¿
Cómo escojo los temas de mis novelas? Mi primera novela, Sombre
Sentier, es una continuidad de mi vida militante. Estuve directamente
implicada, como sindicalista, en la huelga de Sentier de 1980. Cuando
decidí escribir un polar, me parecía que el tema era evidente.
Se desarrollaría durante aquella huelga, tenía que dejar
una huella escrita de aquella huelga. Después de aquel primer
libro no sabía si iba a seguir escribiendo. Me dijeron que tenía
que seguir, así que decidí contar mi desilusión
militante de aquellos años Mitterrand, entre 1980 y 1990, cuando
Francia cambió tanto: la izquierda desaparece en las acepciones
tradicionales, los socialistas recuperan la empresa, son los años
de la corrupción y de la entronización del dinero. La descentralización
dispersa la corrupción y posibilita que se tolere mejor: los políticos
corruptos vuelven a ser reelegidos sistemáticamente. Quise hacer
una crónica de aquella sociedad corrompida. Evidentemente
es un tema bastante tradicional de la novela negra.
El
tema de mi última novela es la Gestapo francesa en 1944. Yo
nací en 1942 –no tengo ningún recuerdo personal de
la guerra—, sin embargo sí recuerdo el gran silencio que
la siguió. Quise saber las causas de ese silencio, lo que había
detrás: el largo apoyo a Vichy y al ocupante alemán, el
largo coqueteo de masas con el nazismo, que la presencia de de Gaulle
y de la Resistencia en primer plano permitió ocultar
durante mucho tiempo.
En
definitiva, mis temas no son temas históricos, sino políticos.
Mi pretensión es hacer un historia política de mi generación.
E.
M. : ¿Qué papel
tiene en sus novelas el sujeto, el individuo, frente a los colectivos?
D.
M. : El
individuo es absolutamente fundamental. Considero que la novela sólo
es apasionante si los individuos están vivos. Tiene que
ser gente con la que podamos encontramos, que nos hagan sentir
simpatía,
antipatía, odio, deseo, amor. Tienen que ser individuos
vivos y no abstracciones. En mis novelas empiezo por documentarme,
como ya
le dicho, y sólo cuando me he impregnado de la época
y del tema del que quiero hablar aparecen los personajes. Siempre
están
muy marcados por su contexto, pero mi trabajo específico
como novelista es dotar de vida a esos individuos.
E.
M. : ¿Considera
a esos individuos como portadores de ideas, de esperanza y de
cambio o son meros testigos de un tiempo
pasado?
D.
M. : Ha
planteado usted uno de los problemas difíciles en la construcción
de mis novelas. Mis personajes son activos, portadores de esperanza
y desesperanza. Sin embargo, muchas veces los personajes más
positivos son testigos más que actores. Posiblemente esa situación
coincide con mi propia posición actual: ser testigo. Al
menos.
E.
M. : El
triunfo del FN en las elecciones y en la vida desde el 83 fue
el tema de muchas novelas negras. ¿Cree que esa literatura
encarna un tipo de lucha contra los avances del fascismo?
D.
M. : Hasta
el momento, en mis novelas no aparecen grupos políticos
como tales ni, lógicamente, el Frente Nacional.
En Sombre
Sentier cuento una lucha obrera, en las otras
abordo el mundo de los grandes negocios y la corrupción
en los partidos tradicionales. He escrito poco sobre el FN porque
creo que para escribir algo hay que conocerlo
a fondo y yo, francamente, no conozco el FN. Es un fenómeno
muy importante pero no entiendo bien a sus personajes, no los
capto bien.
Entiendo mejor a un gran empresario o a un político de
la UMP corruptos que consideran que obran de buena fe, como si
estuvieran por
encima de las leyes, y a quienes sorprende muchísimo tener
que dar cuenta a la justicia. Para ellos la justicia está hecha
para los pobres, los proletarios, los inmigrantes. La seguridad
consiste en
reprimir el robo de móviles y los incendios de coches.
Ellos nunca le robaron el móvil a la vecina, nunca robaron
pan en la panadería
ni robaron ningún coche. Roban millones, pero es dinero
abstracto, simples transferencias a cuentas bancarias. ¿A
quién se
roba en esos caso? ¿A quién se está robando
en los casos de las comisiones de las fragatas de Taiwán
o en las estafas del Executive Life y del Crédit Lyonnais?
A nadie. Así que
la justicia no pinta nada en ello. Y les sorprende que los condenen,
tan convencidos están de estar en su derecho. Consigo
crear esos personajes de novela porque sé cómo
funcionan… pero
desconozco profundamente a la gente del FN.
E.
M. : ¿Se dirige usted
a algún público
concreto?
D.
M. : No,
y nunca pienso a quién me dirijo cuando escribo. No creo que
yo escriba para un gran público. Ante todo porque, de
hecho, no vendo al gran público. Y poco más puedo
decirle.
E.
M. : ¿Por
qué ha elegido usted una forma literaria tan periodística,
histórica y densa?
D.
M. : Mi
formación como historiadora me condiciona. Me gustaría
poder escribir de otra manera, pero no lo consigo. Para mí,
un personaje o un acontecimiento no empiezan a existir hasta
que no están
situados con toda precisión en el tiempo y en el espacio.
Exactamente como en la historia. En historia una fuente no existe
si no está fechada
y analizada. Y para mí si algo pasa el 6 de junio de 1944,
es distinto a lo que sucedería el 7 el 5 de junio. Para
que mi imaginación
funcione bien, necesito saber cuándo están pasando
las cosas. El que mis relatos hasta el momento estén fechados
día
a día y que no consiga abstraerme de ello, tiene que ver
con una manera de pensar.
E.
M. : Manchette
decía en sus Chroniques, que la novela negra era el
retorno a una forma literaria del siglo XIX. ¿Le parece
acertada esta observación?
D.
M. : Algo
de cierto debe de haber en ello. En nuestras novelas volvemos sobre
la historia, la anécdota, los personajes, de una manera bastante
clásica. Somos contadores de historias. Daeninckx escribió algo
al respecto. ¿A eso se refiere con lo de un retorno a
los novelistas del siglo XIX? Es posible, después del “nouveau
roman”,
las novelas tan intimistas de la actual literatura “blanca” y
la moda de la autoficción. Para mí Balzac sigue
siendo una referencia, una lectura adolescente que me influyó profundamente.
Pero la manera de escribir es muy diferente. En cuanto a mí,
creo que lo que más me influyó son la literatura
y el cine americanos del S. XX.
E.
M. : ¿Considera
el polar como una cultura disidente, de izquierdas, con respecto
a la literatura blanca de la misma época?
D.
M. : Disidente
sí, de izquierdas no. Pero no debemos generalizar. Existe
un grupo de autores que coquetearon en mayor o menor medida con
el movimiento de Mayo del 68, que tienen más o menos el mismo
pasado. Pero ¿y
los jóvenes, los que no tienen el mismo pasado y la misma
cultura? No estoy muy segura de que la disidencia esté relacionada
con el género literario, más bien con la historia
de quienes lo practican.
E.
M. : ¿Podría
hablarse de una escuela de esos autores, o de un grupo o corriente?
D.
M. : Una
corriente sí, una escuela no porque no existen, hablando
con propiedad, ni reuniones ni discusiones colectivas y no creo
que a nadie
le apetezca una escuela.
E.
M. : ¿Cómo llamaría
a esa corriente, si tuviera que ponerle un nombre?
D.
M. : ¿Disidentes
desesperados?
