Lograr
que una historia de estraperlo, de guardias civiles y rojos que transcurre
en la post guerra-civil española, escrita por una americana,
concite el interés del lector español aficionado a
la novela negra, es toda una hazaña. Una hazaña que
se convierte en una heroicidad cuando se descubre que el personaje
principal de la novela, es un falangista sargento de la guardia civil
y un fascista convencido.
En
un Madrid atemorizado y hambriento, crisol de petulancia, clandestinidad,
rabia, arrogancia, y sumisión forzada, abrigos raídos,
desilusión, camisas negras y roja sangre, cortejos de vencidos
y cruzadas de ramos y palios, tiene lugar este drama a la española
mezcla de “Romeo y Julieta” y “Carmen” al
son de un redoble de campanas hemingwayanas. La historia trascurre
en un equilibrio comedido entre la investigación propiamente
dicha de los crímenes y delitos, y el enfrentamiento ideológico
de los protagonistas, materializado en sendas venganzas.
El
sargento Carlos Tejada de Alonso y León fue parte de los sublevados
que resistieron el embate de las milicias rojas en el Alcázar
de Toledo junto a su amigo Paco, el cabo Francisco López Pérez.
El azar quiso que fuera él, Tejada, el que acudiera a indagar
la sospechosa muerte de un guardia civil, en una calle del Madrid
rendido, en las primeras horas de la entrada triunfal de los nacionales
en la capital. El mismo azar que lleva a Viviana, en busca del cuaderno
de su sobrina, perdido a proximidad del cuerpo de aquel guardia cuando
la niña se asusto al oír el disparo. Ese azar del que
están hechos los destinos llevará a Viviana y a Tejada
frente al suyo, con la muerte por enlace. La muerte que impregna
todo el aire de una ciudad agonizante y vencida, la muerte de un
compañero, la muerte que Tejada administra según el
color de sus prejuicios, la muerte a la que reta Viviana escupiéndole
al rostro. Una muerte muy española.
Esta
trágica fabula escrita por la neuwyorkina Rebecca Pawell,
retuvo el Premio Edgar Alan Poe a la mejor primera novela del 2003.
Un galardón merecido en base a la excelente recreación
del contexto histórico que en buena medida descansa en la
lograda construcción de los personajes a través de
su psicología y en el ambiente del proscenio que logra impregnar
la narración de esa grisalla y recelo característicos
de la post guerra, pero sobre todo consigue empapar el relato de
verosimilitud. Un realismo puesto a prueba por el punto de vista
escogido por la autora para enfocar la narración y que sale
airoso del invite si exceptuamos las últimas notas de la partitura,
que más parecen una concesión a los tópicos
culturales yanquis, que al final natural de una tragedia.
Y
es que Rebecca Pawell se marca el reto de hacer descansar el peso
de la acción, únicamente mitigada por su antagonista,
el miliciano Gonzalo, sobre un protagonista execrable. Aunque atemperado
Tejada no deja de ser un fascista de la peor especie que ajusticia,
en base a simples apariencias, a una mujer que tiene la desgracia
de ser encontrada a pocos metros del cadáver de un guardia
civil, pero más que nada de llevar grabado en todo su ser
el estigma de los perdedores: “roja”.
La
autora tiene el buen tino de no perfilarnos un malo con buen fondo,
un error que cabría achacarle si hubiera cedido al impulso
de contarnos una historia bajo el prisma de los prototipos americanos… una
determinación que desgraciadamente no supo resistir hasta
el final. Logra hacer creíble al protagonista y por extensión
al resto de la historia, mostrando el lado humano del mismo en sus
aspectos más naturales. La atracción que siente el
sargento Tejada por una señorita, a pesar de ser una roja
encubierta, descansa únicamente en sus valores más
conservadores, en las apariencias de respetabilidad y orgullo que
ella consigue transmitirle, por ejemplo. Ese tópico tan español
de pobre pero honrada, una hidalguía tan fatua como hueca.
Sin embargo, este señoriíto renegado, desertor del
cortijo familiar, si no goza especialmente cuando manda “interrogar” a
un sospechoso a base de brutales palizas, tampoco le hace ascos cuando
tiene que remangarse el mismo la camisa, pero hay que reconocer que
no encuentra en el cometido ningún placer especial. Es su
vertiente profesional de investigador, la que de veras amortigua
el rechazo a los ojos del lector, y sus posicionamientos en esa búsqueda
de la verdad sin componendas los que consiguen granjearle cierta
consideración que redime el personaje y lo hace tolerable
como protagonista.
Después
de presentarnos un solidó armazón narrativo sostenido
por un vértice central dramático, Rebecca Pawell, no
se resiste al impulso de su naturaleza americana y remata el artificio
con un frontispicio trasero –valga la herejía arquitectónica-
tipo tarta de merengue holliwoodense, que aniquila lo que hubiera
podido ser un esplendido final. A pesar de todo, nadie es perfecto,
esta historia tiene la suficiente calidad para ser leída y
disfrutada plenamente.