el policiaco en el punto de mira
n°1 Mayo-Junio de 2005

 

 

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Muerte de un nacional
Rebecca Pawell

Ediciones B • 2005 • 280 p.

Zeki

 

Lograr que una historia de estraperlo, de guardias civiles y rojos que transcurre en la post guerra-civil española, escrita por una americana, concite el interés del lector español aficionado a la novela negra, es toda una hazaña. Una hazaña que se convierte en una heroicidad cuando se descubre que el personaje principal de la novela, es un falangista sargento de la guardia civil y un fascista convencido.

En un Madrid atemorizado y hambriento, crisol de petulancia, clandestinidad, rabia, arrogancia, y sumisión forzada, abrigos raídos, desilusión, camisas negras y roja sangre, cortejos de vencidos y cruzadas de ramos y palios, tiene lugar este drama a la española mezcla de “Romeo y Julieta” y “Carmen” al son de un redoble de campanas hemingwayanas. La historia trascurre en un equilibrio comedido entre la investigación propiamente dicha de los crímenes y delitos, y el enfrentamiento ideológico de los protagonistas, materializado en sendas venganzas.

El sargento Carlos Tejada de Alonso y León fue parte de los sublevados que resistieron el embate de las milicias rojas en el Alcázar de Toledo junto a su amigo Paco, el cabo Francisco López Pérez. El azar quiso que fuera él, Tejada, el que acudiera a indagar la sospechosa muerte de un guardia civil, en una calle del Madrid rendido, en las primeras horas de la entrada triunfal de los nacionales en la capital. El mismo azar que lleva a Viviana, en busca del cuaderno de su sobrina, perdido a proximidad del cuerpo de aquel guardia cuando la niña se asusto al oír el disparo. Ese azar del que están hechos los destinos llevará a Viviana y a Tejada frente al suyo, con la muerte por enlace. La muerte que impregna todo el aire de una ciudad agonizante y vencida, la muerte de un compañero, la muerte que Tejada administra según el color de sus prejuicios, la muerte a la que reta Viviana escupiéndole al rostro. Una muerte muy española.

Esta trágica fabula escrita por la neuwyorkina Rebecca Pawell, retuvo el Premio Edgar Alan Poe a la mejor primera novela del 2003. Un galardón merecido en base a la excelente recreación del contexto histórico que en buena medida descansa en la lograda construcción de los personajes a través de su psicología y en el ambiente del proscenio que logra impregnar la narración de esa grisalla y recelo característicos de la post guerra, pero sobre todo consigue empapar el relato de verosimilitud. Un realismo puesto a prueba por el punto de vista escogido por la autora para enfocar la narración y que sale airoso del invite si exceptuamos las últimas notas de la partitura, que más parecen una concesión a los tópicos culturales yanquis, que al final natural de una tragedia.

Y es que Rebecca Pawell se marca el reto de hacer descansar el peso de la acción, únicamente mitigada por su antagonista, el miliciano Gonzalo, sobre un protagonista execrable. Aunque atemperado Tejada no deja de ser un fascista de la peor especie que ajusticia, en base a simples apariencias, a una mujer que tiene la desgracia de ser encontrada a pocos metros del cadáver de un guardia civil, pero más que nada de llevar grabado en todo su ser el estigma de los perdedores: “roja”.

La autora tiene el buen tino de no perfilarnos un malo con buen fondo, un error que cabría achacarle si hubiera cedido al impulso de contarnos una historia bajo el prisma de los prototipos americanos… una determinación que desgraciadamente no supo resistir hasta el final. Logra hacer creíble al protagonista y por extensión al resto de la historia, mostrando el lado humano del mismo en sus aspectos más naturales. La atracción que siente el sargento Tejada por una señorita, a pesar de ser una roja encubierta, descansa únicamente en sus valores más conservadores, en las apariencias de respetabilidad y orgullo que ella consigue transmitirle, por ejemplo. Ese tópico tan español de pobre pero honrada, una hidalguía tan fatua como hueca. Sin embargo, este señoriíto renegado, desertor del cortijo familiar, si no goza especialmente cuando manda “interrogar” a un sospechoso a base de brutales palizas, tampoco le hace ascos cuando tiene que remangarse el mismo la camisa, pero hay que reconocer que no encuentra en el cometido ningún placer especial. Es su vertiente profesional de investigador, la que de veras amortigua el rechazo a los ojos del lector, y sus posicionamientos en esa búsqueda de la verdad sin componendas los que consiguen granjearle cierta consideración que redime el personaje y lo hace tolerable como protagonista.

Después de presentarnos un solidó armazón narrativo sostenido por un vértice central dramático, Rebecca Pawell, no se resiste al impulso de su naturaleza americana y remata el artificio con un frontispicio trasero –valga la herejía arquitectónica- tipo tarta de merengue holliwoodense, que aniquila lo que hubiera podido ser un esplendido final. A pesar de todo, nadie es perfecto, esta historia tiene la suficiente calidad para ser leída y disfrutada plenamente.

 


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