Parece
ser que cuando entró en el bar dijo buenos días y que
nadie le respondió, quizás por culpa del ruido que hacía
la tele retransmitiendo un partido de la copa de África, y que
fue a instalarse a una mesa cerca de la ventana, al lado de los jugadores
de naipes que fumaban y bebían té y hablaban alto y se
reían a veces ruidosamente. Había otras mesas libres en
la sala, pero él se dirigió derecho hacía aquella
esquina, para sentarse pesadamente, con aire cansado, embozado en un
parka, el mentón comido por una bufanda verde que no desató.
Hacía
frío aquel día. Se esperaba, durante la semana, un repunte
de la epidemia de gripe en la región. De ahí, quizás,
la bufanda verde y el aire postrado del hombre. Y la voz ronca con la
que pidió un café grande.
Parece
ser que no miraba nada, sus grandes ojos almendrados permanecían
vacíos de toda expresión o erraban sobre las gentes y
las cosas sin, verdaderamente, detenerse nunca, ni tan siquiera sobre
la partida de naipes que se desarrollaba a dos o tres metros de él.
A menudo, se llevaba la mano al corazón, palpando algo a través
del grosor de su vestimenta, como cuando uno se asegura que efectivamente
lleva sus papeles encima, la cartera bien en su sitio en el bolsillo
interior.
Parece
ser que hombres como él, solos y tristes, se ven muchos en este
barrio de la ciudad en el que viven muchos hombres solos, y a menudo
tristes. Y miserables, y llegados de miserias más grandes aún,
agobiadas de sol, sofocadas de polvo rojo, al cabo de caminos trazados
por pies descalzos en tierra seca. Miserias que matan más aún
que los masacres, peores que gavillas de niños-kalach’
sueltos por las calles. Miserias que hunden a los hombres en el fondo
del pozo desecado para cavar sin fin.
Lo
vemos en nuestras pantallas de color, de vez en cuando, y nos apiadamos,
y nos preguntamos cómo son posibles esas cosas, pobres gentes,
pobres gentes. A veces enviamos dinero cuando hay demasiados muertos,
cuando las miserias desbordan. Cuando gritan demasiado fuerte.
Se
levantó lentamente y se quedó de pie un momento, inmóvil,
estatua asustada, y se pudo ver entonces que era grande, mucho más
de lo que se pudo observar a su llegada, después hundió
su mano en el parka y sacó un gran cuchillo, una suerte de machete
del que la hoja, con el hilo recién afilado, lanzaba un destello
blanco y frío, después se encaminó hacia uno de
los jugadores de naipes, un tipo vestido con un impecable traje antracita
y una camisa color diente de león con corbata azul, uno de esos
hombres de elegancia ostentosa, anillos en cada dedo, sobre los que
uno se gira a su paso.
Parece ser que pronunció una palabra que nadie entendió
salvo el elegante que levantó sobre él unos ojos llenos
de espanto antes de que se desplomara sobre su nuca la hoja capaz de
cercenar limpiamente, de un solo tajo, el tronco de un joven árbol
y de que rodase sobre la mesa, en medio de los naipes, de las fichas
multicolores, de los gritos de los compañeros salpicados de sangre,
la cabeza gesticulante que acabo por caer al suelo entre las sillas
derribadas.
Empujó
con la punta del pie el cuerpo muñón que basculó
al suelo y se sentó en una mesa, su arma posada ante él.
Parece
ser que apoyado calmamente en el respaldo de su asiento, miró
entonces de hito en hito los tres tipos aún presentes que no
habían huido como los otros gritando por la calle, plantó
en sus ojos exorbitados de terror, sus ojos almendrados, tan suaves,
con largas pestañas curvadas, como se pone en un vaso un ramo
de flores. En ese momento los tres tipos creyeron que sus últimos
minutos había llegado y recomendaron su alma a Dios sin poder
impedirse mirar la cabeza cortada descansado sobre una mejilla, los
ojos abiertos, y el cuerpo desplomado debajo de una mesa con su precioso
traje antracita.
El
dueño guardaba en el “office” una escopeta siempre
cargada pero no se atrevió a ir a por ella, o no lo pensó,
seguramente ni el mismo lo sabe.
Parece
ser que no se movió hasta que llego la policía, unos minutos
más tarde. No intentó huir, no amenazó a nadie.
No tuvo ninguna mirada para el hombre que había matado. Cuando
entraron los policías, se levantó, lo que tuvo el efecto
de ponerlos aún más nerviosos de lo que están habitualmente
en este tipo de intervenciones, y apuntaron hacía él sus
armas y se acercaron curvados, como en la guerra, antes de tirarlo al
suelo la boca del cañón de un fusil pegada al cráneo.
Parece ser que lo llamaron Mamadou o Bamboula, pero ese no era su nombre
verdadero. Su nombre verdadero se supo después, en cuanto se
lo preguntaron, pero probablemente no lo creyeron, porque no tenía
papeles.
Parece
ser que después contestó a todas sus preguntas sin reticencia,
con voz llana, en un tono respetuoso pero cansino, tan cansino que los
polis, a quien no se la dan, acostumbrados a toda suerte de comedias
y disimulaciones, endurecidos como esas tierras baldías sobre
las que el cielo ya no se molesta en llorar, los polis empezaron a hablar
menos alto a este asesino melancólico que les contaba suavemente
crímenes mucho más atroces aún.
Parece ser que venía de un poblado que el desierto empezaba a
ingerir con la lentitud de una serpiente que desencaja su hocico para
engullir una presa. Unos niños jugaban allí en el polvo,
unas mujeres ondulaban en los temblores del calor para ir a buscar agua
al pozo, un agua terrosa, unos hombres agobiados rompían sus
azadas sobre pedruscos ardientes. Unos buitres planeaban en el cielo
cegador, sin cesar, sin fin.
Los ancianos permanecían en la sombra escuálida de los
árboles enjutos y decían rezos para que la lluvia llegara,
y hablaban de un tiempo en el que se podía bañar en el
río donde hoy se pierde la pista del norte, y contaban a los
más jóvenes leyendas de praderas y antílopes.
Parece ser que los jóvenes no querían de ningún
modo creer en esos cuentos y soñaban, la noche, en sus chozas,
en las grandes ciudades de Francia, construidas al borde de ríos
jamás agotados, en sus luces capaces de apagar las estrellas,
en los amigos o primos que habían conseguido llegar allí
y no querían volver mientras no hicieran fortuna.
Y
los jóvenes se quedaban largo tiempo despiertos, cerca se sus
mujeres, en la iluminación de ese sueño, al parecer.
Parece ser que un día una mala tos prendió en el pecho
huesudo de los más pequeños y que hubo que llevarlos hasta
el dispensario. Una decena de pequeños de los que algunos aún
estaban sobre la espalda de la madre. Una muy mala tos.
El
dispensario no tenía nada. El enfermero pasaba una vez por semana
con un coche y te miraba los ojos, la boca, escuchaba tu corazón
y preguntaba si todo el mundo estaba bien y decía que todo iría
bien. A veces, traía medicamentos.
Parece
ser que aquel día tenía jarabe que había hecho
llegar de Francia por un primo suyo que era farmacéutico. Los
niños bebieron de su jarabe, los padres se llevaron dos o tres
botellas al poblado para curar a los niños.
Pero
los niños lloraban, no querían beber. Les forzaron, tenían
que curarse. A menudo, los medicamentos no tienen buen sabor.
Los niños se murieron dos días más tarde.
Pareces ser que no era jarabe. Sin embargo, la caja y la botella y todas
las indicaciones escritas encima.
Parece ser que era anticongelante. Ponen eso en los coches porque parece
ser que en algunos países incluso los coches tienen frío.
Gran
dolor. Inmensa cólera. Los ancianos rezaron a los dioses cazadores,
invocaron a las fieras de antaño para que aún vinieran
a merodear alrededor de las chozas y escucharan las maldiciones que
se les daría para llevar.
Parece
ser que fue fácil encontrar al primo farmacéutico. Vendía
medicamentos verdaderamente muy baratos. Hormiga del gran tráfico.
Parece ser que el poblado designó al más sabio y el más
valeroso para ir allí y hacer justicia y que todo el mundo dio
dinero para pagar al pasador.
Parece
ser que necesitó dos meses para llegar.
Cuando hubo acabado su relato, parece ser que el asesino se puso a llorar.
Dijo que era de alegría, por el deber cumplido.
Una investigación sobre la muerte de los niños será
llevada a cabo al parecer.