el policiaco en el punto de mira
n°1 Mayo-Junio de 2005

Parece ser...

Hervé le Corre
trad. Zeki
(Il paraît...)

 

Parece ser que cuando entró en el bar dijo buenos días y que nadie le respondió, quizás por culpa del ruido que hacía la tele retransmitiendo un partido de la copa de África, y que fue a instalarse a una mesa cerca de la ventana, al lado de los jugadores de naipes que fumaban y bebían té y hablaban alto y se reían a veces ruidosamente. Había otras mesas libres en la sala, pero él se dirigió derecho hacía aquella esquina, para sentarse pesadamente, con aire cansado, embozado en un parka, el mentón comido por una bufanda verde que no desató.

Hacía frío aquel día. Se esperaba, durante la semana, un repunte de la epidemia de gripe en la región. De ahí, quizás, la bufanda verde y el aire postrado del hombre. Y la voz ronca con la que pidió un café grande.

Parece ser que no miraba nada, sus grandes ojos almendrados permanecían vacíos de toda expresión o erraban sobre las gentes y las cosas sin, verdaderamente, detenerse nunca, ni tan siquiera sobre la partida de naipes que se desarrollaba a dos o tres metros de él. A menudo, se llevaba la mano al corazón, palpando algo a través del grosor de su vestimenta, como cuando uno se asegura que efectivamente lleva sus papeles encima, la cartera bien en su sitio en el bolsillo interior.

Parece ser que hombres como él, solos y tristes, se ven muchos en este barrio de la ciudad en el que viven muchos hombres solos, y a menudo tristes. Y miserables, y llegados de miserias más grandes aún, agobiadas de sol, sofocadas de polvo rojo, al cabo de caminos trazados por pies descalzos en tierra seca. Miserias que matan más aún que los masacres, peores que gavillas de niños-kalach’ sueltos por las calles. Miserias que hunden a los hombres en el fondo del pozo desecado para cavar sin fin.

Lo vemos en nuestras pantallas de color, de vez en cuando, y nos apiadamos, y nos preguntamos cómo son posibles esas cosas, pobres gentes, pobres gentes. A veces enviamos dinero cuando hay demasiados muertos, cuando las miserias desbordan. Cuando gritan demasiado fuerte.

Se levantó lentamente y se quedó de pie un momento, inmóvil, estatua asustada, y se pudo ver entonces que era grande, mucho más de lo que se pudo observar a su llegada, después hundió su mano en el parka y sacó un gran cuchillo, una suerte de machete del que la hoja, con el hilo recién afilado, lanzaba un destello blanco y frío, después se encaminó hacia uno de los jugadores de naipes, un tipo vestido con un impecable traje antracita y una camisa color diente de león con corbata azul, uno de esos hombres de elegancia ostentosa, anillos en cada dedo, sobre los que uno se gira a su paso.

Parece ser que pronunció una palabra que nadie entendió salvo el elegante que levantó sobre él unos ojos llenos de espanto antes de que se desplomara sobre su nuca la hoja capaz de cercenar limpiamente, de un solo tajo, el tronco de un joven árbol y de que rodase sobre la mesa, en medio de los naipes, de las fichas multicolores, de los gritos de los compañeros salpicados de sangre, la cabeza gesticulante que acabo por caer al suelo entre las sillas derribadas.

Empujó con la punta del pie el cuerpo muñón que basculó al suelo y se sentó en una mesa, su arma posada ante él.

Parece ser que apoyado calmamente en el respaldo de su asiento, miró entonces de hito en hito los tres tipos aún presentes que no habían huido como los otros gritando por la calle, plantó en sus ojos exorbitados de terror, sus ojos almendrados, tan suaves, con largas pestañas curvadas, como se pone en un vaso un ramo de flores. En ese momento los tres tipos creyeron que sus últimos minutos había llegado y recomendaron su alma a Dios sin poder impedirse mirar la cabeza cortada descansado sobre una mejilla, los ojos abiertos, y el cuerpo desplomado debajo de una mesa con su precioso traje antracita.

El dueño guardaba en el “office” una escopeta siempre cargada pero no se atrevió a ir a por ella, o no lo pensó, seguramente ni el mismo lo sabe.

Parece ser que no se movió hasta que llego la policía, unos minutos más tarde. No intentó huir, no amenazó a nadie. No tuvo ninguna mirada para el hombre que había matado. Cuando entraron los policías, se levantó, lo que tuvo el efecto de ponerlos aún más nerviosos de lo que están habitualmente en este tipo de intervenciones, y apuntaron hacía él sus armas y se acercaron curvados, como en la guerra, antes de tirarlo al suelo la boca del cañón de un fusil pegada al cráneo.

Parece ser que lo llamaron Mamadou o Bamboula, pero ese no era su nombre verdadero. Su nombre verdadero se supo después, en cuanto se lo preguntaron, pero probablemente no lo creyeron, porque no tenía papeles.

Parece ser que después contestó a todas sus preguntas sin reticencia, con voz llana, en un tono respetuoso pero cansino, tan cansino que los polis, a quien no se la dan, acostumbrados a toda suerte de comedias y disimulaciones, endurecidos como esas tierras baldías sobre las que el cielo ya no se molesta en llorar, los polis empezaron a hablar menos alto a este asesino melancólico que les contaba suavemente crímenes mucho más atroces aún.

Parece ser que venía de un poblado que el desierto empezaba a ingerir con la lentitud de una serpiente que desencaja su hocico para engullir una presa. Unos niños jugaban allí en el polvo, unas mujeres ondulaban en los temblores del calor para ir a buscar agua al pozo, un agua terrosa, unos hombres agobiados rompían sus azadas sobre pedruscos ardientes. Unos buitres planeaban en el cielo cegador, sin cesar, sin fin.

Los ancianos permanecían en la sombra escuálida de los árboles enjutos y decían rezos para que la lluvia llegara, y hablaban de un tiempo en el que se podía bañar en el río donde hoy se pierde la pista del norte, y contaban a los más jóvenes leyendas de praderas y antílopes.

Parece ser que los jóvenes no querían de ningún modo creer en esos cuentos y soñaban, la noche, en sus chozas, en las grandes ciudades de Francia, construidas al borde de ríos jamás agotados, en sus luces capaces de apagar las estrellas, en los amigos o primos que habían conseguido llegar allí y no querían volver mientras no hicieran fortuna.

Y los jóvenes se quedaban largo tiempo despiertos, cerca se sus mujeres, en la iluminación de ese sueño, al parecer.

Parece ser que un día una mala tos prendió en el pecho huesudo de los más pequeños y que hubo que llevarlos hasta el dispensario. Una decena de pequeños de los que algunos aún estaban sobre la espalda de la madre. Una muy mala tos.

El dispensario no tenía nada. El enfermero pasaba una vez por semana con un coche y te miraba los ojos, la boca, escuchaba tu corazón y preguntaba si todo el mundo estaba bien y decía que todo iría bien. A veces, traía medicamentos.

Parece ser que aquel día tenía jarabe que había hecho llegar de Francia por un primo suyo que era farmacéutico. Los niños bebieron de su jarabe, los padres se llevaron dos o tres botellas al poblado para curar a los niños.

Pero los niños lloraban, no querían beber. Les forzaron, tenían que curarse. A menudo, los medicamentos no tienen buen sabor.

Los niños se murieron dos días más tarde.

Pareces ser que no era jarabe. Sin embargo, la caja y la botella y todas las indicaciones escritas encima.

Parece ser que era anticongelante. Ponen eso en los coches porque parece ser que en algunos países incluso los coches tienen frío.

Gran dolor. Inmensa cólera. Los ancianos rezaron a los dioses cazadores, invocaron a las fieras de antaño para que aún vinieran a merodear alrededor de las chozas y escucharan las maldiciones que se les daría para llevar.

Parece ser que fue fácil encontrar al primo farmacéutico. Vendía medicamentos verdaderamente muy baratos. Hormiga del gran tráfico.

Parece ser que el poblado designó al más sabio y el más valeroso para ir allí y hacer justicia y que todo el mundo dio dinero para pagar al pasador.

Parece ser que necesitó dos meses para llegar.

Cuando hubo acabado su relato, parece ser que el asesino se puso a llorar. Dijo que era de alegría, por el deber cumplido.

Una investigación sobre la muerte de los niños será llevada a cabo al parecer.


powered by FreeFind

© 2005 europolar
Portada | Editorial | Equipo | Traductores | Archivo | Enlaces | Webmaster | Plan de la web | Webmaster: Emma