Jean-Patrick Manchette,
la escritura de la radicalidad
Serge Quadruppani - más
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Traducción: Zeki
El
texto que sigue fue escrito para un coloquio que tuvo lugar en
Francfort el sábado 20 mayo 2005, una iniciativa del Instituto
Francés.
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Jean-Patrick
Manchette © Jean-Paul Gratias
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En los últimos años cuando se telefoneaba a Jean-Patrick
Manchette, salía insoslayablemente el contestador que había
interpuesto entre el mundo y él y que decía: “Estamos
ausentes, o ocupados, o dormidos…” Ausente de la escena
literaria “negra” desde 1982, no dejaba, sin embargo, de
hacer sentir su presencia, con sus crónicas episódicas,
sus entrevistas y sobretodo su influencia literaria.
Habiendo dejado el contestador hablar por él, Jean-Patrick,
volvía a llamar y siempre se excusaba con una cortesía
impecable, por el plazo que imponía a la amistad, de algunas
horas o de algunas semanas, era según. Después de haber
sido la marca de su estilo, el retiro había pasado al de su
vida. La enfermedad seguro que tenía algo que ver, pero también
su pertenencia a una corriente de la crítica social, nacida
en la estela de la Internacional Situacionista, para quien el estilo
y la vida era todo uno.
Para aquellos que lo ignoran, la Internacional Situacionista, la
IS para los iniciados, fue creada por la fusión, más o menos
conseguida, de una corriente revolucionaria marxista anti-estalinista
(encarnada en Francia por la revista Socialisme ou Barbarie) y de la
corriente literaria que va desde el Dada al letrismo, pasando por el
surrealismo. En el fin de su vida, su representante más conocido,
Guy Debord, fue transformado por los medias y los literarios mundanos,
con la colaboración, hay que decirlo, del principal interesado,
en una especie de dandy altivo, denigrador de su época y desprovisto
de toda esperanza de transformación social. Aunque reducir Debord a eso, es olvidar que los primeros parágrafos de la obra con
la que marcó su época, la Société du Spectacle,
(Sociedad del espectáculo) es un calco, una "desviación",
como se decía entonces, de las primeras páginas del
Capital.
Era el situacionismo y el Debord aún revolucionario de los años
70 que ocupaban un lugar central en la cabeza y el corazón
de Jean-Patrick.
Cuando hablo del corazón, no es por azar, ya que paradójicamente
para las gentes que, en la escritura, aprecian sobretodo el litote
y la ironía sarcástica, la dimensión afectiva
era esencial en las relaciones que unían el primer círculo
de los situacionistas a los demás, aliados, contactos, seguidores
e imitadores. En ese movimiento, a menudo el insulto recíproco
seguía de cerca al contacto y la adhesión. Para los que
no conocieron esos ámbitos, hay que leer la correspondencia
de Debord o la biografía de este por Christophe
Bourseiller,
para tomar la medida de la especie de terror que hacían reinar
Debord y sus secuaces, practicando, por razones muchas veces fútiles,
la excomunión, a imagen de los Papas de las vanguardias precedentes,
André Breton y Isidoro
Isou. Manchette tuvo su parte de insulto,
su esposa había visto rechazada, en razón de su unión
conyugal, una traducción por Lebovici, editor de Debord que
se esforzaba por convertirse en su clon.
Hablo del corazón pero hay otro órgano que habría
que mencionar, el hígado, puesto también a ruda prueba
por la práctica del alcoholismo tan expandida en esos ámbitos.
Las más profundas teorizaciones y las más violentas separaciones
tuvieron muchas veces lugar en la barra de un bar parisino. La paranoia
alcohólica explica largamente la histeria de las relaciones
y los delirios en los cuales el papa situacionista se obstinó muchas
veces contra toda razón: así, sus teorías sobre
el terrorismo italiano, completamente manipulado, según él,
por los carabineros, o su obstinación, a pesar de los desmentidos
de sus allegados, en identificar a Manchette con Pierre
Georges, otro
cercano a los situacionistas de los años 70. A pesar o por causa
de esa atmósfera, Manchette, aún siendo capaz de ver
los defectos de la teoría y el ridículo del personaje,
quedo marcado hasta el final de su vida por una especie de culpabilidad
interiorizada: en la Vulgata radical situacionista, haber elegido
escribir novelas comerciales, era efectivamente, ya, haber pasado
del lado del
enemigo.
"Starlette
de la literatura" así se autodefinía
Manchette en la primera carta que me escribió,
mientras yo dirigía
Mordicus, revista que se obstinaba en defender unas posiciones
anticapitalistas radicales en los albores del los años
90. Parecía como
si esperara que le yo le contestara con la tradicional
carta de insultos. Se encontraba ahí en la continuación
del texto que publicó en
Les Nouvelles littéraires del 30 de diciembre
1976, "Cinq
remarques sur mon gagne-pain", (Cinco observaciones
sobre mi gana pan [trabajo]). Después de haber
diferenciado la novela de enigma, novela del restablecimiento
del Derecho burgués, de la novela
negra, para la cual el orden del susodicho derecho no
es bueno, Manchette describía así el lugar
de la lucha de clases en la novela negra: no esta ausente “de
la misma manera que en la novela policial de enigma;
sencillamente, aquí, los explotados han sido vencidos,
están constreñidos a padecer el reino del
Mal. Ese reino es el campo de la novela negra…” Y
en el punto cinco, destaquemos: “El
fin de la contra-revolución y el relanzamiento
de la ofensiva proletariana son, a termino, para las
profesiones intelectuales, el
final de todo. Entre otras cosas, la novela negra va
a desaparecer próximamente, fenómeno que
presenta una notable cantidad de importancia nula…” En
fin, concluía en un P.S.: « Eso
no conlleva que haber pasado, como se dice, su tiempo
y su juventud escribiendo novelas negras o en Les
Nouvelles littéraires (lista
no limitativa) son asuntos que serán automáticamente
perdonados.”
En
1990, la contra-revolución no estaba acabada, la ofensiva
proletariana se hacía como siempre esperar y
la novela negra, para nuestro mayor placer, estaba
lejos de haber desaparecido. Pero
Manchette permanecía
en la actitud auto denigrante, entre humor y masoquismo,
definida por su P.S. Sin embargo, el esquematismo,
la
arrogancia la ceguera voluntaria, todos los aspectos
lamentables del situacionismo no deben hacernos olvidar
que esa corriente representó,
alrededor de 1968, uno de los puntos más altos
del pensamiento radical, expresión particularmente
conseguida de lo que más
nuevo había en la época, muy lejos de
las payasadas maoístas
y de las pobrezas trotskistas (a la facilidad de estas
formulas polémicas,
adivinaran que yo también he padecido su influencia).
Poniendo el dedo con Debord sobre
la potencia del Espectáculo en las
sociedades modernas y exigiendo, con Vaneigem,
que la revolución
no sea un ideal separado de la vida cotidiana, los
situacionistas han dado una lengua a la revuelta para
el XXº siglo finalizando y
para el que seguiría. Adornada de los prestigios
del francés
Gran Siglo con sus periodos, sus expresiones de buen
grado desusadas, y su respeto de la gramática
(incluso, en ocasiones, del subjuntivo en sus formas
más risibles), esa soberbia lengua parece a
veces salir directamente de las memorias del Cardenal
de Retz (memorialista
citado abundantemente por los situacionistas): paradoja
de una crítica
de la modernidad capitalista que va a buscar con que
decirse en el idioma de los aristócratas del
antiguo régimen. A eso
se añade la influencia del estilo hegeliano
del joven Marx con sus inversiones del génétif
(filosofía
de la miseria y miseria de la filosofía),el
gusto del desvío
no señalado y un verdadero sentido de la fórmula.
Al cabo, una lengua tajante, que ejerció tanto
más influencia
sobre una cierta juventud que la crisis de la enseñanza
había
vuelto pasablemente aleatorio el francés de
las nuevas generaciones. La seducción y la intimidación
ejercida por el situacionismo se explica también
por su estilo literario que hablaba sin decirlo de
un tiempo en el que las palabras no eran pasadas por
el
molinillo
de las modas mercantiles.
Es esa lengua la que Manchette retomó por su cuenta y trabajó a
su manera. Pero todo lo que, en el confinamiento del bar situacionista,
tomaba acentos de acritud, se vuelve joya de la verdad, jovial perfidia
y provocación alegre en los relatos de Jean–Patrick.
Solo daré como ejemplo esta anotación, a propósito
del protagonista de Volver al redil (Le
petit bleu de la côte
ouest) del cual el autor nos dice, al principio (y repetirá,
en la misma escena al final del libro) que, si ese personaje de cuadro
superior que va a matar y casi ser matado antes de volver a la normalidad
opresiva, si ese personaje se encuentra allí dando vueltas por
el bulevar periférico parisino, es “en razón de
su lugar en las relaciones de producción”.
En
teoría Manchette defendía una concepción austera
de la escritura, fundada sobre un behaviorismo
riguroso. En un mundo, explicaba, donde triunfa el espectáculo
y la manipulación,
abstenerse de entrar en la interioridad de los
personajes era aún
la postura menos manipuladora. Citando uno de
sus últimos
textos "La época
de barbarie en la que hemos entrado se presta
menos que nunca a las efusiones románticas"
(J.-P.M, Chroniques, Rivage, p.314). En un mundo
así,
según él, ya no había
sitio para la efusión lírica. Su
modelo reivindicado era Dashiel
Hammet. Pero,
releyendo, Cosecha roja, constatamos cuán
a menudo el comportamentalismo puede ser eficaz
(la celebre primera escena en la que la simple
descripción de la vestimenta de un
poli anuncia la podredumbre que gangrena la ciudad)
y a veces ridículo:
en lugar de decir que un hombre esta sencillamente
encolerizado, Hammett detalla una serie de expresiones
faciales que podrían igualmente
manifestar una crisis de epilepsia.
Manchette estaba preservado de esos patinazos por una cualidad que decididamente
le faltaba
a su
modelo: un muy fino sentido
del humor.
En Cuerpo a tierra (La position du
tireur couché), Terrier,
el protagonista, asesino a sueldo que quiere jubilarse, descubre por
el diario que su amante ha sido asesinada después de haber sido
salvajemente torturada. He aquí la reacción de Terrier: “Un
instante, pareció reflexionar. No parecía resentir un
choque. Puede que sintiera algo de pena. Seguramente reflexionaba:
efectivamente su rostro estaba contraído.”
En otro lugar,
en Volver al redil: “le maté ayer, dijo
de repente Gerfaut. Le aplasté su puto cráneo, le rompí la
cabeza. Y Gerfaut estupefacto fundió en lágrimas. Replegó sus
brazos sobre la mesa de formica, puso su frente sobre sus ante brazos
y sollozó nerviosamente. Sus lagrimas pararon de inmediato pero
permaneció varios minutos estremeciéndose y aspirando
y expirando aire con un ruido de instrumentos de música brasileños.”
¿
A quién querrá hacer creer que esos jocosos instrumentos
de música brasileños era un frío comportamentalismo?
Del mismo modo cuando, en el soberbio debut de Cuerpo a tierra (La
position du tireur couché), narraba los efectos del viento del
Mar del Norte pasando por la planicie del Cheshire “donde los
gatos agachaban ateridos las orejas al oírlo roncar en la chimenea”, ¿podía
ignorar que incurría en el lirismo, un lirismo mezclado de humor
y tanto más eficaz que era cercado de palabras retenidas?
El guionista que fue sabía mejor que nadie (es literalmente
cierto: ningún autor de novela negra contemporáneo puede
medirse a él en el terreno del diálogo) devolver la lógica
de las emociones a través de las incoherencias de la palabra.
Su atención maniática a los objetos, en particular la
precisión de sus presentaciones de armas (es sobre sus indicaciones
en una crónica de Charlie Hebdo que me procuré, para
mis propias novelas, las obras del especialista Dominique
Venner, por
otro lado de extrema derecha, claro), la exactitud sociológica
de las vestimentas, todo eso delataba una mirada próxima
del de Choses (Cosas) libro congratulado en
su tiempo por los situacionistas (otra citación, p.12 de Cuerpo a tierra (La
position du tireur couché),: "Il tourna… guinées"). El arte
de Manchette, más cercano de Echenoz que de Hammett y más
rico en ideas que Echenoz, excedía por todos lados el cuadro
clínico en el que pretendía encerrarlo.
Escribiendo
esto, tengo aún el sentimiento de dialogar con él.
Cuando le objetaba que a mí parecer, el comportamentalismo
no era más que una convención literaria como otra
y que no creía que fuera el único estilo “políticamente
correcto” como parecía pretender, Perecacababa respondiéndome
riendo: "de todas maneras, es mi opinión y si no
estás
de acuerdo, te meto un tiro". Y es que sin duda
hay que buscar las razones de sus janesismo estilístico,
de su obstinación
a permanecer en el género negro y su rechazo sarcástico
a una “literatura de arte” hundida sobre ella misma,
del lado de la ética en vez que de la estética,
una ética
más allá mismo de la política y de todo
lo que la practica situacionista conllevaba de pose, de afectación.
Cuando, después de habernos escrito y telefoneado durante años,
me encontré con él por primera vez en carne y huesos
(ya por entonces no le quedaba mucha carne), no fue por azar si ese
primer encuentro se desarrolló en medio de las revueltas que
animaban el XVIIIº (arrondisment) parisino después del
asesinato de un joven negro en una comisaría. La boquilla para
cigarrillos que blandía en el aire saturado de lacrimógeno
y los plátanos que depositaba cuidadosamente a los pies de los
CRS (guardas de las Compañías Republicanas de Seguridad)
son dignos de permanecer como los emblemas de un espíritu dotado
a la vez del carisma de la adolescencia y de un saber viejo como la
revuelta.
No ignoro con que ironía él me vería hablar de
revuelta aquí, en el seno de una respetable institución.
Pero pienso que las fuerzas de la creación y del pensamiento
crítico son capaces de rebasar todos los cuadros, que sean institucionales
o estilísticos, en los que se pretende encerrarlos. Y diciendo
esto, le imagino, mi querido amigo, en la piel de Griffu, ese personaje
de comic que escribió para Tardi, ese personaje que, a la postre,
cuando murió, nos dice: « Ahí donde estoy, me río”.