el policiaco en el punto de mira
n°2 Julio-Agosto-Septiembre de 2005

 

 

Jean-Patrick Manchette,
la escritura de la radicalidad

Serge Quadruppani - más información -
Traducción: Zeki

 

El texto que sigue fue escrito para un coloquio que tuvo lugar en Francfort el sábado 20 mayo 2005, una iniciativa del Instituto Francés.

Jean-Patrick Manchette © Jean-Paul Gratias

En los últimos años cuando se telefoneaba a Jean-Patrick Manchette, salía insoslayablemente el contestador que había interpuesto entre el mundo y él y que decía: “Estamos ausentes, o ocupados, o dormidos…” Ausente de la escena literaria “negra” desde 1982, no dejaba, sin embargo, de hacer sentir su presencia, con sus crónicas episódicas, sus entrevistas y sobretodo su influencia literaria.

Habiendo dejado el contestador hablar por él, Jean-Patrick, volvía a llamar y siempre se excusaba con una cortesía impecable, por el plazo que imponía a la amistad, de algunas horas o de algunas semanas, era según. Después de haber sido la marca de su estilo, el retiro había pasado al de su vida. La enfermedad seguro que tenía algo que ver, pero también su pertenencia a una corriente de la crítica social, nacida en la estela de la Internacional Situacionista, para quien el estilo y la vida era todo uno.

Para aquellos que lo ignoran, la Internacional Situacionista, la IS para los iniciados, fue creada por la fusión, más o menos conseguida, de una corriente revolucionaria marxista anti-estalinista (encarnada en Francia por la revista Socialisme ou Barbarie) y de la corriente literaria que va desde el Dada al letrismo, pasando por el surrealismo. En el fin de su vida, su representante más conocido, Guy Debord, fue transformado por los medias y los literarios mundanos, con la colaboración, hay que decirlo, del principal interesado, en una especie de dandy altivo, denigrador de su época y desprovisto de toda esperanza de transformación social. Aunque reducir Debord a eso, es olvidar que los primeros parágrafos de la obra con la que marcó su época, la Société du Spectacle, (Sociedad del espectáculo) es un calco, una "desviación", como se decía entonces, de las primeras páginas del Capital.

Era el situacionismo y el Debord aún revolucionario de los años 70 que ocupaban un lugar central en la cabeza y el corazón de Jean-Patrick.

Cuando hablo del corazón, no es por azar, ya que paradójicamente para las gentes que, en la escritura, aprecian sobretodo el litote y la ironía sarcástica, la dimensión afectiva era esencial en las relaciones que unían el primer círculo de los situacionistas a los demás, aliados, contactos, seguidores e imitadores. En ese movimiento, a menudo el insulto recíproco seguía de cerca al contacto y la adhesión. Para los que no conocieron esos ámbitos, hay que leer la correspondencia de Debord o la biografía de este por Christophe Bourseiller, para tomar la medida de la especie de terror que hacían reinar Debord y sus secuaces, practicando, por razones muchas veces fútiles, la excomunión, a imagen de los Papas de las vanguardias precedentes, André Breton y Isidoro Isou. Manchette tuvo su parte de insulto, su esposa había visto rechazada, en razón de su unión conyugal, una traducción por Lebovici, editor de Debord que se esforzaba por convertirse en su clon.

Hablo del corazón pero hay otro órgano que habría que mencionar, el hígado, puesto también a ruda prueba por la práctica del alcoholismo tan expandida en esos ámbitos. Las más profundas teorizaciones y las más violentas separaciones tuvieron muchas veces lugar en la barra de un bar parisino. La paranoia alcohólica explica largamente la histeria de las relaciones y los delirios en los cuales el papa situacionista se obstinó muchas veces contra toda razón: así, sus teorías sobre el terrorismo italiano, completamente manipulado, según él, por los carabineros, o su obstinación, a pesar de los desmentidos de sus allegados, en identificar a Manchette con Pierre Georges, otro cercano a los situacionistas de los años 70. A pesar o por causa de esa atmósfera, Manchette, aún siendo capaz de ver los defectos de la teoría y el ridículo del personaje, quedo marcado hasta el final de su vida por una especie de culpabilidad interiorizada: en la Vulgata radical situacionista, haber elegido escribir novelas comerciales, era efectivamente, ya, haber pasado del lado del enemigo.

"Starlette de la literatura" así se autodefinía Manchette en la primera carta que me escribió, mientras yo dirigía Mordicus, revista que se obstinaba en defender unas posiciones anticapitalistas radicales en los albores del los años 90. Parecía como si esperara que le yo le contestara con la tradicional carta de insultos. Se encontraba ahí en la continuación del texto que publicó en Les Nouvelles littéraires del 30 de diciembre 1976, "Cinq remarques sur mon gagne-pain", (Cinco observaciones sobre mi gana pan [trabajo]). Después de haber diferenciado la novela de enigma, novela del restablecimiento del Derecho burgués, de la novela negra, para la cual el orden del susodicho derecho no es bueno, Manchette describía así el lugar de la lucha de clases en la novela negra: no esta ausente “de la misma manera que en la novela policial de enigma; sencillamente, aquí, los explotados han sido vencidos, están constreñidos a padecer el reino del Mal. Ese reino es el campo de la novela negra…” Y en el punto cinco, destaquemos: “El fin de la contra-revolución y el relanzamiento de la ofensiva proletariana son, a termino, para las profesiones intelectuales, el final de todo. Entre otras cosas, la novela negra va a desaparecer próximamente, fenómeno que presenta una notable cantidad de importancia nula…” En fin, concluía en un P.S.: « Eso no conlleva que haber pasado, como se dice, su tiempo y su juventud escribiendo novelas negras o en Les Nouvelles littéraires (lista no limitativa) son asuntos que serán automáticamente perdonados.”

En 1990, la contra-revolución no estaba acabada, la ofensiva proletariana se hacía como siempre esperar y la novela negra, para nuestro mayor placer, estaba lejos de haber desaparecido. Pero Manchette permanecía en la actitud auto denigrante, entre humor y masoquismo, definida por su P.S. Sin embargo, el esquematismo, la arrogancia la ceguera voluntaria, todos los aspectos lamentables del situacionismo no deben hacernos olvidar que esa corriente representó, alrededor de 1968, uno de los puntos más altos del pensamiento radical, expresión particularmente conseguida de lo que más nuevo había en la época, muy lejos de las payasadas maoístas y de las pobrezas trotskistas (a la facilidad de estas formulas polémicas, adivinaran que yo también he padecido su influencia). Poniendo el dedo con Debord sobre la potencia del Espectáculo en las sociedades modernas y exigiendo, con Vaneigem, que la revolución no sea un ideal separado de la vida cotidiana, los situacionistas han dado una lengua a la revuelta para el XXº siglo finalizando y para el que seguiría. Adornada de los prestigios del francés Gran Siglo con sus periodos, sus expresiones de buen grado desusadas, y su respeto de la gramática (incluso, en ocasiones, del subjuntivo en sus formas más risibles), esa soberbia lengua parece a veces salir directamente de las memorias del Cardenal de Retz (memorialista citado abundantemente por los situacionistas): paradoja de una crítica de la modernidad capitalista que va a buscar con que decirse en el idioma de los aristócratas del antiguo régimen. A eso se añade la influencia del estilo hegeliano del joven Marx con sus inversiones del génétif (filosofía de la miseria y miseria de la filosofía),el gusto del desvío no señalado y un verdadero sentido de la fórmula. Al cabo, una lengua tajante, que ejerció tanto más influencia sobre una cierta juventud que la crisis de la enseñanza había vuelto pasablemente aleatorio el francés de las nuevas generaciones. La seducción y la intimidación ejercida por el situacionismo se explica también por su estilo literario que hablaba sin decirlo de un tiempo en el que las palabras no eran pasadas por el molinillo de las modas mercantiles.

Es esa lengua la que Manchette retomó por su cuenta y trabajó a su manera. Pero todo lo que, en el confinamiento del bar situacionista, tomaba acentos de acritud, se vuelve joya de la verdad, jovial perfidia y provocación alegre en los relatos de Jean–Patrick.

Solo daré como ejemplo esta anotación, a propósito del protagonista de Volver al redil (Le petit bleu de la côte ouest) del cual el autor nos dice, al principio (y repetirá, en la misma escena al final del libro) que, si ese personaje de cuadro superior que va a matar y casi ser matado antes de volver a la normalidad opresiva, si ese personaje se encuentra allí dando vueltas por el bulevar periférico parisino, es “en razón de su lugar en las relaciones de producción”.

En teoría Manchette defendía una concepción austera de la escritura, fundada sobre un behaviorismo riguroso. En un mundo, explicaba, donde triunfa el espectáculo y la manipulación, abstenerse de entrar en la interioridad de los personajes era aún la postura menos manipuladora. Citando uno de sus últimos textos "La época de barbarie en la que hemos entrado se presta menos que nunca a las efusiones románticas" (J.-P.M, Chroniques, Rivage, p.314). En un mundo así, según él, ya no había sitio para la efusión lírica. Su modelo reivindicado era Dashiel Hammet. Pero, releyendo, Cosecha roja, constatamos cuán a menudo el comportamentalismo puede ser eficaz (la celebre primera escena en la que la simple descripción de la vestimenta de un poli anuncia la podredumbre que gangrena la ciudad) y a veces ridículo: en lugar de decir que un hombre esta sencillamente encolerizado, Hammett detalla una serie de expresiones faciales que podrían igualmente manifestar una crisis de epilepsia.

Manchette estaba preservado de esos patinazos por una cualidad que decididamente le faltaba a su modelo: un muy fino sentido del humor. En Cuerpo a tierra (La position du tireur couché), Terrier, el protagonista, asesino a sueldo que quiere jubilarse, descubre por el diario que su amante ha sido asesinada después de haber sido salvajemente torturada. He aquí la reacción de Terrier: “Un instante, pareció reflexionar. No parecía resentir un choque. Puede que sintiera algo de pena. Seguramente reflexionaba: efectivamente su rostro estaba contraído.”

En otro lugar, en Volver al redil: “le maté ayer, dijo de repente Gerfaut. Le aplasté su puto cráneo, le rompí la cabeza. Y Gerfaut estupefacto fundió en lágrimas. Replegó sus brazos sobre la mesa de formica, puso su frente sobre sus ante brazos y sollozó nerviosamente. Sus lagrimas pararon de inmediato pero permaneció varios minutos estremeciéndose y aspirando y expirando aire con un ruido de instrumentos de música brasileños.”

¿ A quién querrá hacer creer que esos jocosos instrumentos de música brasileños era un frío comportamentalismo? Del mismo modo cuando, en el soberbio debut de Cuerpo a tierra (La position du tireur couché), narraba los efectos del viento del Mar del Norte pasando por la planicie del Cheshire “donde los gatos agachaban ateridos las orejas al oírlo roncar en la chimenea”, ¿podía ignorar que incurría en el lirismo, un lirismo mezclado de humor y tanto más eficaz que era cercado de palabras retenidas?

El guionista que fue sabía mejor que nadie (es literalmente cierto: ningún autor de novela negra contemporáneo puede medirse a él en el terreno del diálogo) devolver la lógica de las emociones a través de las incoherencias de la palabra. Su atención maniática a los objetos, en particular la precisión de sus presentaciones de armas (es sobre sus indicaciones en una crónica de Charlie Hebdo que me procuré, para mis propias novelas, las obras del especialista Dominique Venner, por otro lado de extrema derecha, claro), la exactitud sociológica de las vestimentas, todo eso delataba una mirada próxima del de Choses (Cosas) libro congratulado en su tiempo por los situacionistas (otra citación, p.12 de Cuerpo a tierra (La position du tireur couché),: "Il tourna… guinées"). El arte de Manchette, más cercano de Echenoz que de Hammett y más rico en ideas que Echenoz, excedía por todos lados el cuadro clínico en el que pretendía encerrarlo.

Escribiendo esto, tengo aún el sentimiento de dialogar con él. Cuando le objetaba que a mí parecer, el comportamentalismo no era más que una convención literaria como otra y que no creía que fuera el único estilo “políticamente correcto” como parecía pretender, Perecacababa respondiéndome riendo: "de todas maneras, es mi opinión y si no estás de acuerdo, te meto un tiro". Y es que sin duda hay que buscar las razones de sus janesismo estilístico, de su obstinación a permanecer en el género negro y su rechazo sarcástico a una “literatura de arte” hundida sobre ella misma, del lado de la ética en vez que de la estética, una ética más allá mismo de la política y de todo lo que la practica situacionista conllevaba de pose, de afectación.

Cuando, después de habernos escrito y telefoneado durante años, me encontré con él por primera vez en carne y huesos (ya por entonces no le quedaba mucha carne), no fue por azar si ese primer encuentro se desarrolló en medio de las revueltas que animaban el XVIIIº (arrondisment) parisino después del asesinato de un joven negro en una comisaría. La boquilla para cigarrillos que blandía en el aire saturado de lacrimógeno y los plátanos que depositaba cuidadosamente a los pies de los CRS (guardas de las Compañías Republicanas de Seguridad) son dignos de permanecer como los emblemas de un espíritu dotado a la vez del carisma de la adolescencia y de un saber viejo como la revuelta.

No ignoro con que ironía él me vería hablar de revuelta aquí, en el seno de una respetable institución. Pero pienso que las fuerzas de la creación y del pensamiento crítico son capaces de rebasar todos los cuadros, que sean institucionales o estilísticos, en los que se pretende encerrarlos. Y diciendo esto, le imagino, mi querido amigo, en la piel de Griffu, ese personaje de comic que escribió para Tardi, ese personaje que, a la postre, cuando murió, nos dice: « Ahí donde estoy, me río”.

 


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