el policiaco en el punto de mira
n°2 Julio-Agosto-Septiembre de 2005

 

 

Entrevista con Jean-Bernard Pouy

par Elfriede Müller
Trad.: Lourdes Pérez

• 29.01.04 •

 

Elfriede Müller: ¿Cuándo empezaste a escribir y por qué razón ?

Jean-Bernard Pouy: Razones, ninguna: me vi obligado. Un amigo, que casualmente era editor y director de colección, me había prestado un dinero que no podía devolverle —estoy hablando de Mosconi, uno de los más importantes, el que lanzó a Fajardie, es decir, el que lanzó el neo-polar francés en los años 80 y el primero que publicó a Fajardie, Jonquet, Raynal— así que me dijo : « escribe un libro, no te lo pago y con eso saldas tu deuda ». Yo ya había escrito en el Instituto Spinoza encule Hegel, pero no es un auténtico polar, de modo que escribí una novela, él llevó el manuscrito a la Série Noire y, de la noche a la mañana —en aquel momento yo estaba haciendo cosas muy distintas, pintaba…— de repente, me encontré escribiendo novelas, escribiendo ficción, porque como él era director de ficción en una colección de polar me pidió que escribiera un polar; si hubiera hecho otro tipo de literatura, erótica o de ciencia ficción, habría tenido que hacer algo en esa línea. La primera novela fue Nous avons brûlé une sainte; en la Série Noire la aceptaron y me pidieron que siguiera con el mismo estilo pero dije que no. Hice otra novela diferente, Suzanne et les ringards, que también aceptaron, y en aquel momento decidí seguir. Para mí era gratificante, las novelas funcionaban muy bien y al poco tiempo me dediqué solo a eso. También escribí artículos para la prensa, desde prensa femenina a prensa realmente especializada, política o de todo tipo. Escribía sobre cualquier cosa y lo que fuera. Por ejemplo, me hice especialista en perfumes, pero como fumo mucho no huelo nada; sin embargo soy especialista en perfumes ¡a saber por qué! ¡Verdaderamente es una vergüenza!

En cuanto al polar, lo que sucedió es que Nous avons brûlé une sainte se publicó tres o cuatro meses después que Meutre pour Mémoire y fue en aquel momento cuando se formó la escuela del polar francés, de un modo un poco extraño, con todos los que estábamos en ello: Fajardie, Daeninckx, un poco después Jonquet y yo; y Raynal, aunque en realidad él se integró en la escuela pero estaba fuera. Aprovechamos el síndrome Meurtre pour mémoire, que fue una novela muy importante, pero no supimos aprovechar el síndrome Manchette. Manchette fue anterior y para nosotros era una cuestión de gusto, es decir, de repente había un autor francés que era un poco de nuestra cuerda. Manchette aportó algo muy importante, aportó una especificidad del polar francés; por primera vez se escribían novelas negras francesas que no eran una copia de la novela anglosajona, americana; había una vía francesa auténtica. Le petit bleu de la côte ouest (Volver al redil), con la historia de aquella enfermera, Ô Dingos, ô chateaux!, o también Fatale, pero sobre todo Le petit bleu de la côte ouest y Ô Dingos, ô chateaux! que se desarrollaban en provincias, con héroes que no eran polis y Nada, que enganchaba directamente con el 68. Aquellas novelas nos apasionaron porque era realmente una vía diferente: ni copias del mundo anglosajón ni novelas ambientadas en Pigalle, tipo Simenon-Simenin. Así que después de Daenninckx, cinco o seis años después de Meurtre pour mémoire —que, al margen de lo que piensen los demás, para mí no es perfecta, pero sí que sirvió para darle al polar francés un espaldarazo de legitimidad porque por primera vez se hablaba de algo que todo el mundo sabía y ocultaba, por primera vez se hablaba claramente de ello y ¿dónde se hablaba? en un polar; Meurtre pour mémoire, es un polar más bien tradicional con poli, historia de amor, la investigación y todo eso, pero en Francia fue un revulsivo— de repente el polar adquirió legitimidad y nosotros llegamos justamente después y, aprovechando un poco aquel movimiento, un grupo de gente muy diferente hicimos escuela. Se nos catalogó en una escuela de novela negra que ahora se termina. Jonquet, Raynal, Fajardie, Daeninckx y yo somos totalmente diferentes y ahí reside la grandeza de la escuela, es decir, hubo escuela porque los que formábamos parte de ella no contábamos lo mismo.

 

E. M: ¿Y qué tenéis en común?

Jean-Bernard Pouy © La Noir'rôde

J-B. P.: Yo creo que tiene que ver con la generación, con la época que vivimos, pero es algo extraño. ¿Por qué Manchette no hizo escuela? ¿Por qué el polar francés nació con Manchette y a la vez con Vautrin y a la vez con Prudon y a la vez con Amila, todos ellos autores muy diferentes, y sin embargo ninguno hizo escuela?

Nosotros sí hicimos escuela y creo que es porque somos todos de la misma generación. Todos los de nuestra generación —excepto ADG — fueron izquierdistas o lo siguen siendo, aunque todos seamos diferentes: Daeninckx, riguroso, que trabaja previa investigación y es muy militante tradicional; Jonquet, también muy militante, trotskista, pero interesado por la psicopatología y el mal; Fajardie, que es un agitador de izquierdas puro y duro y sigue siendo el más neopolar de todos nosotros; yo, que soy un guasón, y Raynal, que también trata de hacer algo diferente… todos somos distintos, pero hicimos escuela. Cuando nos dimos cuenta empezamos a militar por nuestra literatura y nos dedicamos a recorrer Francia, fuimos con espíritu militante a todos los festivales, a las escuelas, a las cárceles, no sólo para difundir nuestra literatura —como es lógico— sino también por razones más profundas: el derecho a la lectura, la lucha contra el analfabetismo, y también objetivos políticos; todo ello mezclado consolidó un auténtico grupo, favorecido por la efervescencia de lectores, bibliotecarios, algunos periodistas. En un momento dado la salsa ligó, y así se mantuvo durante 15 años y luego, bueno, pues llegó una generación nueva y ahora nos consideran los abuelos, los viejos; los jóvenes están ahí pero no han hecho grupo; cada uno está en su parcelita haciendo cosas distintas —hay algunos que hacen lo mismo pero no hay ese efecto de grupo, de escuela, ese aspecto despareció—. Se pensó que Dantec, por ejemplo, podría hacer escuela, pero afortunadamente no la hizo, aunque, como había abierto esa nueva línea mezclada con ciencia ficción, se creyó que posiblemente algunos autores se unirían a su onda, pero no, se quedó solo. También hay autores como Manotti y compañía que parten de las mismas bases que nosotros, pero un poco aislados; o Pécherot, pero Pécherot, es muy historicista; o Colin Thibert, en una línea muy ficción modernista televisiva. Vamos, que todos los jóvenes están cada uno por su lado y no hay efecto de grupo.

 

E. M: ¿El fermento de ese grupo o la razón por la que te decidiste a escribir novela negra fue el fracaso de la revolución del 68?

J-B. P.: De generación sí, no cabe duda. Pero yo siempre manifiesto mi desacuerdo con eso que dicen, —sobre todo los periodistas—: “de la bandera roja a la novela negra”, que es totalmente falso; por una parte no sólo hubo banderas rojas, también las hubo negras. Y, por otra parte, eso equivale a decir que los militantes del 68 abandonaron la lucha política para escribir novela negra, cosa que no es cierta. Porque los que escribimos novela negra, cada uno en su ámbito, Jonquet, Delteil, Daeninckx, Fajardie o yo, seguimos militando con las fuerzas que tenemos, por decisión propia y como opción personal. No por escribir novela negra hemos dejado de militar.

 

E. M: ¿La novela negra es para ti una forma de militancia?

J-B. P.: Creo que no. Al margen de que todos escribamos, ¿por qué empezamos a escribir? Y además, en el conjunto somos pocos, lo que pasa es que en el mundo en que vivimos unos cuantos que decidimos contar historias, elegimos contar historias contemporáneas, ese tipo de historias, vaya. Se pueden contar historias de amor, de viajes o de fabricación de coches… pero también hay otra literatura, la que se ocupa de la fábrica y todo ese mundo. Nosotros elegimos la novela negra, la novela policíaca. Elegimos la literatura popular, pero literatura popular no quiere decir literatura para el pueblo. Para nosotros la literatura popular es la literatura que puede leer la mayor cantidad de gente posible; es decir, los códigos, las claves, las referencias, la pertenencia ideológica vienen después y no antes, mientras que en la literatura general los códigos y las claves van antes y no después. Por ejemplo, Joyce no es popular porque su claves son obstáculos que hay que franquear. Mientras que en nuestro caso es al contrario. Y para mí la fuerza de la escuela francesa está en que nos dijimos: hacer literatura popular no significa que seamos ignorantes, incultos, sin opinión sobre el mundo ni referencias culturales o ideológicas; las tenemos y vamos a introducirlas, pero no antes sino después; vamos a introducirlas en la novela. Y así escribimos novelas que pueden ser leídas por una gran cantidad de gente, como es el caso de la novela negra, del polar.

 

E. M: Volviendo un poco al principio, ¿qué hiciste en mayo del 68?

Jean-Bernard Pouy © Claude Mesplède

J-B. P.: Tenía 22 años y estaba estudiando, así que hice lo que hicieron los estudiantes de 22 años; fueron unos momentos de intenso placer y de enorme agitación. Yo tuve algunos problemas porque ya pertenecía a un grupo anarquista y nos enfrentamos a tope con el poder, y, a la vez, nos enfrentamos con todos los leninistas, es decir, que nos atacaron por todas partes. Parecido a lo que sucedió en España, sólo que nosotros no nos jugábamos la vida. Pero es verdad que no teníamos lo que los maoístas, los estalinistas o los trotskos, aunque los maoístas y los trotskos también se peleaban entre sí, pero a nosotros nos atacaban todos, de modo que la lucha era continua, pero a la vez fue una estupenda época de agitación. Aunque no era tan simple porque había puntos de coincidencia con organizaciones como Tout, VLR (Vive la révolution), donde había una mezcla de maoístas y trotskistas a los que llamábamos los désirants y esos grupos plantearon lo más importante: la nueva sexualidad, el aborto, las feministas, la agitación cultural y social… Políticas de las que salieron los y lo que queda del espíritu del 68, lo que todavía queda en la vida, las leyes y la práctica.

 

E. M: Esto nos lleva a mi siguiente pregunta, ¿qué queda hoy de mayo del 68, desde tu punto de vista?

J-B. P.: En este momento en Francia —y no creo que vaya a cambiar— a los que se implicaron en el 68, que tenían entre 15 y 30 años, se los llama sesentayochistas, que es algo peyorativo, o ex-sesentayochistas, que es doblemente peyorativo, o ex-sesentayochistas trasnochados, que es triplemente peyorativo. La gente de derechas o la reacción, o sea, los reaccionarios, creen que todas las desgracias proceden de aquel momento. Los derechos de las mujeres, de los homosexuales, el sexo, en fin, todas las libertades vienen de ahí y sobre todo, y es lo más importante pero lo que menos se ve, los principios de la educación, de la no represión, que sí que vienen del 68, no de antes. Que no echen culpas a lo que es una victoria, porque si ahora en las escuela las cosas van mal, no es por causa del 68, sino porque el poder se ha desentendido de los profesores y no tiene criterios sobre lo que es la enseñanza.

 

E. M: ¿Y qué papel tienen los años 80 en tus novelas y en la sociedad francesa?

J-B. P.: Mitterrand sale elegido y de pronto parece que la democracia socialdemócrata es todo poderosa, lo que resulta cierto durante uno o dos años, con momentos muy intensos como la abolición de la pena de muerte y cosas así por las que se llevaba luchando tiempo. Pero poco a poco nos vamos dando cuenta de que todos los franceses de izquierdas estaban como Rosa Luxemburgo, no nos fusilan, pero empezamos a ver que están pasando cosas que benefician a una clase burguesa dirigente, pusilánime y a la vez cínica, dispuesta a aceptar las conquistas derivadas del 68. Hay conquistas que no se pueden tocar, sobre las que no se puede decir nada, el psicoanálisis por ejemplo, cada uno que piense lo que quiera pero el despegue del psicoanálisis en Francia es una conquista de Guattari/Deleuze y otros porque el poder no tiene criterio sobre ese tema. Trató de oponerse pero, como no funcionó, el resultado es que existen espacios de resistencia, porque el poder no lo entiende y no puede opinar sobre ello. Al mismo tiempo, económicamente hay un volver a ocuparse del capital y a la vez la desaparición de la representación de la clase obrera y, también a la vez, el surgimiento con mucha fuerza de la sociedad civil en Francia que agrupa a los izquierdistas. No digo que todos los franceses lo sean, pero todos los de izquierdas se aglutinan para luchar contra el paro y sus otras reivindicaciones en las asociaciones militantes duras, más libertarias que otra cosa, que bien que jode a los fundadores de esas asociaciones, todos ex estalinistas porque se dan cuenta de que sus asociaciones se han vuelto globalmente libertarias, no anarquistas, sino libertarias. Y eso también provoca tensiones.

 

E. M: ¿Qué papel tiene la historia en tu literatura? ¿Qué acontecimientos abordas y cómo los eliges?

J-B. P.: Poco, porque no soy investigador criminal ni periodista de investigación ni historiador, así que no trabajo sobre temas históricos o periodísticos muy concretos en los que podría aportar informaciones, pero sí que me baso globalmente en acontecimientos, en situaciones, por ejemplo—y eso no lo sabe mucha gente— en cómo se aparcó a muchos militantes a la espera de una revolución futura: Larchmütz 5632 es una novela que no es exacta históricamente pero que parte de esa idea. En Le cinéma de papa las cosas se ajustan más a la realidad porque yo conocía por razones familiares la lucha que hubo entre los grupos políticos para conseguir películas para las cinematecas escolares y universitarias, no es algo que forme parte de la lucha política pero el que los estalinistas y los trotskistas se hayan peleado por tener aquellas películas es como una chifladura. Y pasó de verdad. Con esos pequeños acontecimientos me sitúo en un ámbito contemporáneo, inmediato, es decir, un ambiente de vida, una situación, sin adoptar el papel de periodista o investigador, no hablo de hechos concretos y precisos, quizás alguna vez lo haga, de momento me inspiro en todo un poco, en lo que está pasando.

 

E. M: No obstante siempre hay una referencia histórica, es decir, la novela es actual, pero los crímenes siempre tienen que ver con algo que pasó anteriormente.

J-B. P.: Sí, es decir, no hablo en abstracto. En La Belle de Fontenay, el telón de fondo es la guerra de España y también la presencia de profesores maoístas en una ciudad comunista, pero no lo trato como tema principal, está en segundo plano porque soy consciente de que algunas cosas las puedo hacer tan bien o tan mal como Daeninckx pero otras no las puedo hacer tan bien o tan mal como Fajardie, cada uno sabe de lo suyo, es un reparto natural de tareas. Daeninckx, por ejemplo, está metido en un montón de cosas, tiene medios de información que yo no tengo, sin embargo yo pude lanzar Le Poulpe en 1995 y él no habría podido hacerlo. Gracias a Le Poulpe, pude juntar a todo el mundo por medio del mundo libertario que todos habían olvidado en mayor o menor medida y para mí fue una gran satisfacción que en esa colección libertaria pudieran escribir tanto maoístas como trotskistas, todos. Si hubiera dicho que Le Poulpe era anarquista no habría conseguido más de tres o cuatro autores. Todos estábamos de acuerdo, así que fue una buena experiencia.

 

E. M: ¿Existe un nexo entre los temas de tus novelas y el punto de referencia de mayo del 68?

Jean-Bernard Pouy © La Noir'rôde

J-B. P.: Sí y no. Sí porque yo pertenezco a esa generación, tenía 22 años en 1968 y por tanto me marcó intelectualmente y no porque no escribo novelas sobre los acontecimientos, sobre lo que pasó en el 68. Sí, porque sesentayochista es como decir excombatiente, o ser de los que vivieron antes del 34, o de la época de Miterrand en el poder, o de los que vivieron la derrota de Jospin, o de la época de la ascensión de Le Pen… Son momentos fuertes que obligan a situarse, a pensar, a reaccionar. La ventaja del 68 —que la tiene— es que hubo tres meses de acontecimientos intensos y diez años de trabajo posterior, cosa que no se puede decir de muchos acontecimientos políticos. En Francia fue positivo porque no se produjeron grandes dramas, por la conexión con el mundo obrero y porque hubo posibilidades de cambios en la sociedad, que no se consumaron, pero durante 10 años el mal—por decirlo de alguna manera— estaba hecho y hubo cambios radicales en el pensamiento por la vía educativa, socioeducativa más que política, pero esos cambios duraron diez años, ahora estamos en retroceso. La revolución de los claveles de Portugal, por ejemplo, fue algo de similar envergadura: dos meses intensos, aunque fueron totalmente diferentes, en los que podía pasar cualquier cosa, con militares progresistas tomando el poder y después… Pero durante cinco o seis años hubo una reforma, no tan radical como se hubiera querido y diferente a la que se produjo en Francia, pero fue un pequeño acontecimiento fuerte que fue trabajando a lo largo del tiempo. En Italia, el acontecimiento fue más fuerte y tuvo repercusiones más fuertes, terribles, pero la sociedad italiana no se mueve. Bien es verdad que tienen al Papa, pero en cambio fue mucho más fuerte: la clandestinidad, la lucha armada... En Francia no fue así porque hubo cohesión —que no duró mucho pero existió— con el mundo del trabajo. Extraño, pero positivo.

 

E. M: ¿Qué papel tiene el sujeto (con respecto a los colectivos) en tus novelas?

J-B. P.: Bueno, es un espejo, un procedimiento de ficción. El personaje está proyectado hacia delante, es una focalización porque hay que hacerlo así. Pero es verdad que son personajes que más que representarse a sí mismos representan estados de ánimo. Son gente que siempre tiene una edad determinada y los creé como minusválidos, es decir, gente a la que siempre le falta algo, que es una manera simbólica de decir que lo que perdimos en el 68 es como perder una mano, un brazo, un pie, un ojo; son minusválidos y en calidad de tales tienen aparentemente más dificultad para resolver sus problemas, pero a la vez sacan partido de su situación. La minusvalía no significa que tengan más dificultades que los demás, no, es que es más fácil explicarlo así que psicológicamente; por ejemplo, cuando fracasaron los acuerdos de Grenelle fue como una amputación que todavía sigue viva. Por eso nunca confié en la izquierda comunista francesa ni en las cúpulas de los sindicatos. Aquella amputación fue muy fuerte, ¿más fuerte para los que eran comunistas y vivieron el pacto germano soviético? ¿igual de fuerte para un militante de base del Este que vio caer el muro, un soldado que tuvo que joderse vigilando el muro durante cinco años y que jodió a unos cuantos? Creo que para ese soldado tuvo que significar en todo caso un descalabro y la pérdida de confianza en aquellas cosas que le parecían inamovibles.

 

E. M: ¿Consideras a esos individuos como portadores de ideas, de esperanza y de cambio o sólo son testigos de un tiempo perdido?

Jean-Bernard Pouy © Claude Mesplède

J-B. P.: No, no, evidentemente son testigos, pero también dicen cosas, aunque yo no escribo novelas militantes. Pero dicen cosas, no son gente que se rinda teóricamente. Aunque ahora sea menos voluntarista que antes, hay toda una literatura sobre esa gente perdedora y no es mala literatura, en absoluto. Hay muchos héroes en el neopolar francés que son conscientes de haber perdido, se sienten culpables por ello y hacen de todo y cualquier cosa, o están desesperados y asaltan bancos. Con la edad, cada vez me cuesta más dar lecciones y tengo tendencia a decir: “fui joven y a los 20 años viví cosas extraordinarias, pero fue una casualidad y una suerte”. Aunque en cierto modo estaba ya preparado para ello, por lo que habían dicho gente como Henri Lefebvre y compañía y que yo rechacé. Trato de no dar lecciones. Es difícil. Nunca hay que decir: “Yo he…, hay que…” hay que dejar que los jóvenes elijan sus propias luchas. Van a equivocarse sin lugar a dudas, pero no hay que decir nada. Trato de integrarme en esas luchas como puedo. Pero lo principal es no decir nada y no dar lecciones. Las lecciones matan. Sobre todo en literatura.

 

E. M: El triunfo del FN en las elecciones y en la vida desde el 83 fue tema de muchos polares, ¿Crees que esta literatura encarna medios de lucha contra la ascensión del fascismo?

Jean-Bernard Pouy © La Noir'rôde

J-B. P.: Hay una extrema derecha francesa que existe desde hace tiempo y que es una derecha monárquica, integrista católica y antisemita, pero desde Le Pen es diferente, refleja los problemas que tiene Francia con Argelia. El problema real es que perdimos aquella guerra. No tenemos el mismo problema con África o con Marruecos, a Marruecos se puede ir de vacaciones, pero nadie va de vacaciones a Argelia. Túnez es parecido. Pero en Argelia nos dieron bien por el culo. Es como Vietnam, habríamos podido tirarles una bomba atómica como los americanos, pero afortunadamente… Nos derrotaban y a la vez los llevábamos a Francia porque en Francia el capital necesitaba mano de obra y los franceses no querían trabajar el campo en pleno invierno. De modo que había un problema real con Argelia y creo que Le Pen supo utilizar lo del argelino que pasa a ser “el árabe” y sacar partido del racismo francés. Pero ahí está la inmigración del Magreb y de Argelia porque siempre hubo lazos muy estrechos entre Francia y Argelia, gente que va allí y viceversa y hay una terrible incomprensión y miedo por parte de la gente que no está informada. Por ejemplo, hace tres días Sarkozy desmontó con cifras uno de los argumentos de Le Pen; no con cifras del ministerio del interior sino del Instituto de Estadística que demuestran que la mujer argelina en Francia tiene el mismo número de hijos que la mujer francesa. Porque el gran argumento era que tenían más hijos, y el Instituto de Estadística acaba de demostrar que no es cierto, que el índice para las mujeres francesas es de 1,68 y para la argelina de 1,69. Es incuestionable, son como francesas y dicen: “críos sí, pero con uno o dos basta”, así que también se están integrando en ese sentido. La integración en Francia, al menos en París, el mestizaje, está en marcha. Cuando coges el metro en París te das cuenta de que son parisinos, han dejado de ser inmigrantes, y París es una quinta parte de Francia. Por eso es muy importante. Ahí Le Pen perdió del todo. La inmigración y el mestizaje en Francia están en marcha y eso está muy bien.

 

E. M: ¿Te diriges a algún público en concreto?

J-B. P.: No, como he dicho antes nosotros hemos hecho el esfuerzo —y creo que eso está presente en todos los que escriben ficción negra, policíaca o de tipo popular— de hacer novelas que pueda leer una gran mayoría. Después, frente a una cierta literatura popular que se basa en ser fácil, como puede ser la tele, nos dijimos que queríamos hacer literatura para todos pero que no por ello íbamos a ocultar nuestras inclinaciones, nuestras referencias, nuestras diferencias, nuestros puntos de vista ideológicos. Cuando salimos de París y visitamos centros de la tercera edad, quedan encantados y hacen preguntas sobre las diferencias entre los de izquierdas y sobre un montón de cosas, lo cual quiere decir que les interesa y si les interesa es que han podido leer la novela . Creo que todos los autores de polar parten de esa idea. Y los que se desmarcan del polar, que hacen novela blanca, es porque parten de un código previo en el que se basan y tratan de engañar con eso. Nosotros somos antes novelistas que escritores.

 

E. M: Manchette decía que la novela negra era el retorno a una forma literaria del siglo XIX. ¿Estás de acuerdo?

J-B. P.: Manchette es un hombre de izquierdas puro y duro que intelectualmente varía, un día se declara situacionista y otro cualquier otra cosa pero, en mi opinión, entre los situacionistas hay gente muy desagradable. En su diario escribió cosas sobre las artes escribió cosas que me parecieron grotescas y sobre todo su última novela, La position du tireur couché, una novela fascinante, pero que a mi no me gusta nada. Muy interesante desde el punto de vista del comportamiento, pero el personaje de los servicios secreto está muy lejos de las preocupaciones de la época. Un autor que se mira a sí mismo no es un personaje que yo pueda reivindicar del todo, aunque reconozco su importancia.

Coincido con él en lo que dice sobre la forma literaria pero corresponde más a los años treinta que al siglo XIX. Los padres del polar son Balzac y los autores del XIX, pero Manchette escribe de otro modo, escribe como James Cain, Horace McCoy o gente así; como los autores americanos de después de la crisis del 29 que pertenecen al behaviorismo. No son explicativos, no dan lecciones, dicen cosas. Lo que a mí me interesa, por ejemplo en El cartero siempre llama dos veces es cómo explica el psicoanálisis en dos frases; Camus quedó impactado cuando lo leyó: “yo habría necesitado 500 páginas y él lo hizo en dos líneas”. Justo después escribió L'Étranger una de las novelas comportamentalistas francesas. Es un ejemplo entre otros, como también Emmanuel Bove y otros más. Yo creo que fue esa escuela la que influyó a Manchette porque Manchette no escribe como Balzac, en lo que se parece a Balzac es en cómo mira a su alrededor y cuenta historias —nadie sabe hacerlo tan bien como Balzac—: en Une ténébreuse affaire, es como estar en la Francia de Chirac con un poli que investiga un asunto de pedófilos, líos financieros… exactamente como lo que pasa ahora, y lo escribió para ganar dinero… A nivel temático es el siglo XIX, son las mismas historias, pero a nivel estilístico más bien son los años 30, que también son muy interesantes. Nosotros estamos muy influidos por la escuela del hard-boiled, comunista-behaviorista.

 

E. M: Antes has hablado del fin del grupo de novelistas negros, pero ¿seguiréis escribiendo?

J-B. P.: Sí, pero es normal que se acabe porque ya duró de 15 a 20 años así que ya envejecimos y cuando se envejece uno se vuelve un poco rompehuevos y hay que tener cuidado con lo que se dice. Además hay un montón de jóvenes que llegan. Los tiempos cambian. Pero seguiremos. Entre nosotros unos abandonaron nada más empezar, yo escribí 40 libros, otros se dedicaron a otra cosa al cabo de tres libros. También está el cansancio de los lectores, el que no nos hayamos renovado suficientemente, las cosas que cambian… Muchos factores. No creo que los autores más interesante y más importantes de ese movimiento vayan a desaparecer radicalmente, pero sí que desaparecerá el efecto “grupo”; ya se habló de ello demasiado, ya hicimos nuestro trabajo y les corresponde a otros hacer el suyo que probablemente no sea el mismo, pero tendrán que encontrar algo. Hay esa tendencia a querer decir: “habría que, habría que…” pero no deberíamos decirlo. Ellos tienen que encontrar su ángulo de ataque, su camino. Una cosa que aprendimos del 68 es que hay que tratar de no convertirse en un viejo resentido que da lecciones. A mí me gustaría que surgiera una nueva escuela diferente. Pero en literatura nunca hay que esperar nada de eso, porque se crea contra toda esperanza. De todas formas me gustaría que literariamente hubiera algo un poco radical, incluso más radical que nosotros. El polar fue una sub-literatura y tuvimos nuestro tiempo para ir imponiendo nuestra opción. Pero Le Poulpe ha muerto. El capitalismos nos ha devorado. Así es la cosa.

 


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