|

Entrevista
con Jean-Bernard
Pouy
par Elfriede
Müller
Trad.: Lourdes Pérez
• 29.01.04 •
Elfriede
Müller: ¿Cuándo
empezaste a escribir y por qué razón
?
Jean-Bernard
Pouy: Razones,
ninguna: me vi obligado. Un amigo, que casualmente era editor y
director de colección, me había prestado un dinero
que no podía devolverle —estoy hablando de Mosconi,
uno de los más importantes, el que lanzó a Fajardie,
es decir, el que lanzó el neo-polar francés en
los años
80 y el primero que publicó a Fajardie, Jonquet, Raynal— así que
me dijo : « escribe un libro, no te lo pago y con eso saldas
tu deuda ». Yo
ya había escrito en el Instituto Spinoza
encule Hegel, pero no es un auténtico polar,
de modo que escribí una
novela, él llevó el manuscrito a la Série
Noire y, de la noche a la mañana —en
aquel momento yo estaba haciendo cosas muy distintas, pintaba…— de
repente, me encontré escribiendo novelas, escribiendo
ficción, porque
como él era director de ficción en una colección
de polar me pidió que escribiera un polar; si hubiera
hecho otro tipo de literatura, erótica o de ciencia ficción,
habría tenido que hacer algo en esa línea. La primera
novela fue Nous avons brûlé une sainte;
en la Série
Noire la aceptaron y me pidieron que siguiera con
el mismo estilo pero dije que no. Hice
otra novela diferente, Suzanne
et les ringards, que
también aceptaron, y en aquel momento decidí seguir.
Para mí era gratificante, las novelas funcionaban muy
bien y al poco tiempo me dediqué solo a eso. También
escribí artículos
para la prensa, desde prensa femenina a prensa realmente especializada,
política o de todo tipo. Escribía sobre cualquier
cosa y lo que fuera. Por ejemplo, me hice especialista en perfumes,
pero
como fumo mucho no huelo nada; sin embargo soy especialista en
perfumes ¡a
saber por qué! ¡Verdaderamente es una vergüenza!
 En
cuanto al polar, lo que sucedió es que Nous avons
brûlé une
sainte se publicó tres o cuatro meses después
que Meutre
pour Mémoire y fue en aquel momento cuando
se formó la
escuela del polar francés, de un modo un poco extraño,
con todos los que estábamos en ello: Fajardie, Daeninckx,
un poco después Jonquet y yo; y Raynal, aunque en
realidad él
se integró en la escuela pero estaba fuera. Aprovechamos
el síndrome Meurtre pour mémoire,
que fue una novela muy importante, pero no supimos aprovechar
el síndrome Manchette.
Manchette fue anterior y para nosotros era una cuestión
de gusto, es decir, de repente había un autor francés
que era un poco de nuestra cuerda.  Manchette
aportó algo muy importante,
aportó una especificidad del polar francés;
por primera vez se escribían novelas negras francesas
que no eran una copia de la novela anglosajona, americana;
había una vía francesa
auténtica. Le petit bleu de la côte
ouest (Volver
al redil),
con la historia de aquella enfermera, Ô Dingos, ô chateaux!,
o también Fatale, pero sobre todo Le
petit bleu de la côte
ouest y Ô Dingos, ô chateaux! que
se desarrollaban en provincias, con héroes que no
eran polis y Nada, que enganchaba directamente
con el 68. Aquellas novelas nos apasionaron porque era realmente
una vía diferente: ni copias del mundo anglosajón
ni novelas ambientadas en Pigalle, tipo Simenon-Simenin.
Así que después
de Daenninckx, cinco o seis años después de
Meurtre pour mémoire —que,
al margen de lo que piensen los demás,
para mí no es perfecta, pero sí que sirvió para
darle al polar francés un espaldarazo de legitimidad
porque por primera vez se hablaba de algo que todo el mundo
sabía y
ocultaba, por primera vez se hablaba claramente de ello y ¿dónde
se hablaba? en un polar; Meurtre pour mémoire,
es un polar más
bien tradicional con poli, historia de amor, la investigación
y todo eso, pero en Francia fue un revulsivo— de repente
el polar adquirió legitimidad y nosotros llegamos
justamente después
y, aprovechando un poco aquel movimiento, un grupo de gente
muy diferente hicimos escuela. Se nos catalogó en
una escuela de novela negra que ahora se termina. Jonquet,
Raynal, Fajardie, Daeninckx y yo somos
totalmente diferentes y ahí reside la grandeza de
la escuela, es decir, hubo escuela porque los que formábamos
parte de ella no contábamos lo mismo.
E.
M: ¿Y
qué tenéis en común?
 |
Jean-Bernard
Pouy © La Noir'rôde
|
J-B.
P.: Yo creo
que tiene que ver con la generación, con la época
que vivimos, pero es algo extraño. ¿Por qué Manchette
no hizo escuela? ¿Por qué el polar francés
nació con
Manchette y a la vez con Vautrin y a la vez con Prudon y a la
vez con Amila, todos ellos autores muy diferentes, y sin embargo
ninguno hizo
escuela?
Nosotros
sí hicimos escuela y creo que es porque somos todos
de la misma generación. Todos los de nuestra generación —excepto
ADG — fueron izquierdistas o lo siguen siendo, aunque
todos seamos diferentes: Daeninckx, riguroso, que trabaja previa
investigación
y es muy militante tradicional; Jonquet, también muy
militante, trotskista, pero interesado por la psicopatología
y el mal; Fajardie, que es un agitador de izquierdas puro y
duro y sigue siendo
el más neopolar de todos nosotros; yo, que soy un guasón,
y Raynal, que también trata de hacer algo diferente… todos
somos distintos, pero hicimos escuela. Cuando nos dimos cuenta
empezamos a militar por nuestra literatura y nos dedicamos
a recorrer Francia,
fuimos con espíritu militante a todos los festivales,
a las escuelas, a las cárceles, no sólo para
difundir nuestra literatura —como es lógico— sino
también
por razones más profundas: el derecho a la lectura,
la lucha contra el analfabetismo, y también objetivos
políticos;
todo ello mezclado consolidó un auténtico grupo,
favorecido por la efervescencia de lectores, bibliotecarios,
algunos periodistas.
En un momento dado la salsa ligó, y así se mantuvo
durante 15 años y luego, bueno, pues llegó una
generación
nueva y ahora nos consideran los abuelos, los viejos; los jóvenes
están ahí pero no han hecho grupo; cada uno está en
su parcelita haciendo cosas distintas —hay algunos que
hacen lo mismo pero no hay ese efecto de grupo, de escuela,
ese aspecto despareció—.
Se pensó que Dantec, por ejemplo, podría hacer
escuela, pero afortunadamente no la hizo, aunque, como había
abierto esa nueva línea mezclada con ciencia ficción,
se creyó que
posiblemente algunos autores se unirían a su onda, pero
no, se quedó solo. También hay autores como Manotti
y compañía
que parten de las mismas bases que nosotros, pero un poco aislados;
o Pécherot, pero Pécherot, es muy historicista;
o Colin Thibert, en una línea muy ficción modernista
televisiva. Vamos, que todos los jóvenes están
cada uno por su lado y no hay efecto de grupo.
E.
M: ¿El
fermento de ese grupo o la razón por la que te decidiste
a escribir novela negra fue el fracaso de la revolución
del 68?
J-B.
P.: De generación sí, no cabe duda. Pero
yo siempre manifiesto mi desacuerdo con eso que dicen, —sobre
todo los periodistas—: “de
la bandera roja a la novela negra”, que es totalmente falso;
por una parte no sólo hubo banderas rojas, también
las hubo negras. Y, por otra parte, eso equivale a decir que los
militantes
del 68 abandonaron la lucha política para escribir novela
negra, cosa que no es cierta. Porque los que escribimos novela
negra, cada
uno en su ámbito, Jonquet, Delteil, Daeninckx, Fajardie
o yo, seguimos militando con las fuerzas que tenemos, por decisión
propia y como opción personal. No por escribir novela negra
hemos dejado de militar.
E.
M: ¿La
novela negra es para ti una forma de militancia?
J-B.
P.: Creo
que no. Al margen de que todos escribamos, ¿por qué empezamos
a escribir? Y además, en el conjunto somos pocos, lo que
pasa es que en el mundo en que vivimos unos cuantos que decidimos
contar
historias, elegimos contar historias contemporáneas, ese
tipo de historias, vaya. Se pueden contar historias de amor,
de viajes o
de fabricación de coches… pero también hay
otra literatura, la que se ocupa de la fábrica y todo
ese mundo. Nosotros elegimos la novela negra, la novela policíaca.
Elegimos la literatura popular, pero literatura popular no quiere
decir literatura
para el pueblo. Para nosotros la literatura popular es la literatura
que puede leer la mayor cantidad de gente posible; es decir,
los códigos,
las claves, las referencias, la pertenencia ideológica
vienen después y no antes, mientras que en la literatura
general los códigos y las claves van antes y no después.
Por ejemplo, Joyce no es popular porque su claves son obstáculos
que hay que franquear. Mientras que en nuestro caso es al contrario.
Y para
mí la fuerza de la escuela francesa está en que
nos dijimos: hacer literatura popular no significa que seamos
ignorantes, incultos,
sin opinión sobre el mundo ni referencias culturales o
ideológicas;
las tenemos y vamos a introducirlas, pero no antes sino después;
vamos a introducirlas en la novela. Y así escribimos novelas
que pueden ser leídas por una gran cantidad de gente,
como es el caso de la novela negra, del polar.
E.
M: Volviendo
un poco al principio, ¿qué hiciste en
mayo del 68?
 |
Jean-Bernard
Pouy © Claude Mesplède
|
J-B.
P.: Tenía 22 años y estaba estudiando, así que hice
lo que hicieron los estudiantes de 22 años; fueron unos momentos
de intenso placer y de enorme agitación. Yo tuve algunos problemas
porque ya pertenecía a un grupo anarquista y nos enfrentamos
a tope con el poder, y, a la vez, nos enfrentamos con todos los leninistas,
es decir, que nos atacaron por todas partes. Parecido a lo que sucedió en
España, sólo que nosotros no nos jugábamos la
vida. Pero es verdad que no teníamos lo que los maoístas,
los estalinistas o los trotskos, aunque los maoístas y los trotskos
también se peleaban entre sí, pero a nosotros nos atacaban
todos, de modo que la lucha era continua, pero a la vez fue una estupenda época
de agitación. Aunque no era tan simple porque había puntos
de coincidencia con organizaciones como Tout, VLR (Vive la révolution),
donde había una mezcla de maoístas y trotskistas a los
que llamábamos los désirants y esos grupos plantearon
lo más importante: la nueva sexualidad, el aborto, las feministas,
la agitación cultural y social… Políticas de las
que salieron los y lo que queda del espíritu del 68, lo que
todavía queda en la vida, las leyes y la práctica.
E.
M: Esto
nos lleva a mi siguiente pregunta, ¿qué queda
hoy de mayo del 68, desde tu punto de vista?
J-B.
P.: En este
momento en Francia —y no creo que vaya a cambiar— a
los que se implicaron en el 68, que tenían entre 15 y 30 años,
se los llama sesentayochistas, que es algo peyorativo, o ex-sesentayochistas,
que es doblemente peyorativo, o ex-sesentayochistas trasnochados, que
es triplemente peyorativo. La gente de derechas o la reacción,
o sea, los reaccionarios, creen que todas las desgracias proceden de
aquel momento. Los derechos de las mujeres, de los homosexuales, el
sexo, en fin, todas las libertades vienen de ahí y sobre todo,
y es lo más importante pero lo que menos se ve, los principios
de la educación, de la no represión, que sí que
vienen del 68, no de antes. Que no echen culpas a lo que es una victoria,
porque si ahora en las escuela las cosas van mal, no es por causa del
68, sino porque el poder se ha desentendido de los profesores y no
tiene criterios sobre lo que es la enseñanza.
E.
M: ¿Y qué papel tienen los años
80 en tus novelas y en la sociedad francesa?
J-B.
P.: Mitterrand
sale elegido y de pronto parece que la democracia socialdemócrata
es todo poderosa, lo que resulta cierto durante uno o dos años,
con momentos muy intensos como la abolición de la pena de muerte
y cosas así por las que se llevaba luchando tiempo. Pero poco
a poco nos vamos dando cuenta de que todos los franceses de izquierdas
estaban como Rosa Luxemburgo, no nos fusilan, pero empezamos a ver
que están pasando cosas que benefician a una clase burguesa
dirigente, pusilánime y a la vez cínica, dispuesta a
aceptar las conquistas derivadas del 68. Hay conquistas que no se pueden
tocar, sobre las que no se puede decir nada, el psicoanálisis
por ejemplo, cada uno que piense lo que quiera pero el despegue del
psicoanálisis en Francia es una conquista de Guattari/Deleuze
y otros porque el poder no tiene criterio sobre ese tema. Trató de
oponerse pero, como no funcionó, el resultado es que existen
espacios de resistencia, porque el poder no lo entiende y no puede
opinar sobre ello. Al mismo tiempo, económicamente hay un volver
a ocuparse del capital y a la vez la desaparición de la representación
de la clase obrera y, también a la vez, el surgimiento con mucha
fuerza de la sociedad civil en Francia que agrupa a los izquierdistas.
No digo que todos los franceses lo sean, pero todos los de izquierdas
se aglutinan para luchar contra el paro y sus otras reivindicaciones
en las asociaciones militantes duras, más libertarias que otra
cosa, que bien que jode a los fundadores de esas asociaciones, todos
ex estalinistas porque se dan cuenta de que sus asociaciones se han
vuelto globalmente libertarias, no anarquistas, sino libertarias. Y
eso también provoca tensiones.
E.
M: ¿Qué papel tiene la historia en tu literatura? ¿Qué acontecimientos
abordas y cómo los eliges?
J-B.
P.: Poco,
porque no soy investigador criminal ni periodista de investigación
ni historiador, así que no trabajo sobre temas históricos
o periodísticos muy concretos en los que podría
aportar informaciones, pero sí que me baso globalmente
en acontecimientos, en situaciones, por ejemplo—y eso no
lo sabe mucha gente— en
cómo se aparcó a muchos militantes a la espera
de una revolución futura:  Larchmütz
5632 es
una novela que no es exacta históricamente pero que parte
de esa idea. En Le
cinéma
de papa las cosas se ajustan más a la realidad
porque yo conocía
por razones familiares la lucha que hubo entre los grupos políticos
para conseguir películas para las cinematecas escolares
y universitarias, no es algo que forme parte de la lucha política
pero el que los estalinistas y los trotskistas se hayan peleado
por tener aquellas
películas es como una chifladura. Y pasó de verdad. Con
esos pequeños acontecimientos me sitúo en un ámbito
contemporáneo, inmediato, es decir, un ambiente de vida,
una situación, sin adoptar el papel de periodista o
investigador, no hablo de hechos concretos y precisos, quizás
alguna vez lo haga, de momento me inspiro en todo un poco,
en lo que
está pasando.
E.
M: No
obstante siempre hay una referencia histórica, es decir,
la novela es actual, pero los crímenes siempre tienen que ver
con algo que pasó anteriormente.
J-B.
P.: Sí,
es decir, no hablo en abstracto.  En La
Belle de Fontenay,
el telón de fondo es la guerra de España y también
la presencia de profesores maoístas en una ciudad comunista,
pero no lo trato como tema principal, está en segundo
plano porque soy consciente de que algunas cosas las puedo hacer
tan bien
o tan mal como Daeninckx pero otras no las puedo hacer tan bien
o tan mal como Fajardie, cada uno sabe de lo suyo, es un reparto
natural
de tareas. Daeninckx, por ejemplo, está metido en un
montón
de cosas, tiene medios de información que yo no tengo,
sin embargo yo pude lanzar Le Poulpe en 1995
y él no habría podido
hacerlo. Gracias a Le Poulpe, pude juntar a
todo el mundo por medio del mundo libertario que todos habían
olvidado en mayor o menor medida y para mí fue una gran
satisfacción que en esa
colección libertaria pudieran escribir tanto maoístas
como trotskistas, todos. Si hubiera dicho que Le Poulpe era
anarquista no habría conseguido más de tres o cuatro
autores. Todos estábamos de acuerdo, así que fue
una buena experiencia.
E.
M: ¿Existe
un nexo entre los temas de tus novelas y el punto de referencia
de mayo del 68?
 |
Jean-Bernard
Pouy © La Noir'rôde
|
J-B.
P.: Sí y
no. Sí porque yo pertenezco a esa generación,
tenía 22 años en 1968 y por tanto me marcó intelectualmente
y no porque no escribo novelas sobre los acontecimientos, sobre
lo que pasó en el 68. Sí, porque sesentayochista
es como decir excombatiente, o ser de los que vivieron antes del
34, o de la época
de Miterrand en el poder, o de los que vivieron la derrota de Jospin,
o de la época de la ascensión de Le Pen… Son
momentos fuertes que obligan a situarse, a pensar, a reaccionar.
La ventaja
del 68 —que la tiene— es que hubo tres meses de acontecimientos
intensos y diez años de trabajo posterior, cosa que no se
puede decir de muchos acontecimientos políticos. En Francia
fue positivo porque no se produjeron grandes dramas, por la conexión
con el mundo obrero y porque hubo posibilidades de cambios en la
sociedad,
que no se consumaron, pero durante 10 años el mal—por
decirlo de alguna manera— estaba hecho y hubo cambios radicales
en el pensamiento por la vía educativa, socioeducativa más
que política, pero esos cambios duraron diez años,
ahora estamos en retroceso. La revolución de los claveles
de Portugal, por ejemplo, fue algo de similar envergadura: dos
meses intensos, aunque
fueron totalmente diferentes, en los que podía pasar cualquier
cosa, con militares progresistas tomando el poder y después… Pero
durante cinco o seis años hubo una reforma, no tan radical
como se hubiera querido y diferente a la que se produjo en Francia,
pero
fue un pequeño acontecimiento fuerte que fue trabajando
a lo largo del tiempo. En Italia, el acontecimiento fue más
fuerte y tuvo repercusiones más fuertes, terribles, pero
la sociedad italiana no se mueve. Bien es verdad que tienen al
Papa, pero en cambio
fue mucho más fuerte: la clandestinidad, la lucha armada...
En Francia no fue así porque hubo cohesión —que
no duró mucho pero existió— con el mundo del
trabajo. Extraño, pero positivo.
E.
M: ¿Qué papel tiene el sujeto (con respecto a los colectivos)
en tus novelas?
J-B.
P.: Bueno,
es un espejo, un procedimiento de ficción. El personaje
está proyectado hacia delante, es una focalización porque
hay que hacerlo así. Pero es verdad que son personajes que más
que representarse a sí mismos representan estados de ánimo.
Son gente que siempre tiene una edad determinada y los creé como
minusválidos, es decir, gente a la que siempre le falta algo,
que es una manera simbólica de decir que lo que perdimos en
el 68 es como perder una mano, un brazo, un pie, un ojo; son minusválidos
y en calidad de tales tienen aparentemente más dificultad para
resolver sus problemas, pero a la vez sacan partido de su situación.
La minusvalía no significa que tengan más dificultades
que los demás, no, es que es más fácil explicarlo
así que psicológicamente; por ejemplo, cuando fracasaron
los acuerdos de Grenelle fue como una amputación que todavía
sigue viva. Por eso nunca confié en la izquierda comunista francesa
ni en las cúpulas de los sindicatos. Aquella amputación
fue muy fuerte, ¿más fuerte para los que eran comunistas
y vivieron el pacto germano soviético? ¿igual de fuerte
para un militante de base del Este que vio caer el muro, un soldado
que tuvo que joderse vigilando el muro durante cinco años y
que jodió a unos cuantos? Creo que para ese soldado tuvo que
significar en todo caso un descalabro y la pérdida de confianza
en aquellas cosas que le parecían inamovibles.
E.
M: ¿Consideras a esos individuos como portadores de ideas, de
esperanza y de cambio o sólo son testigos de un tiempo
perdido?
 |
Jean-Bernard
Pouy © Claude Mesplède
|
J-B.
P.: No,
no, evidentemente son testigos, pero también dicen cosas,
aunque yo no escribo novelas militantes. Pero dicen cosas, no son gente
que se rinda teóricamente. Aunque ahora sea menos voluntarista
que antes, hay toda una literatura sobre esa gente perdedora y no es
mala literatura, en absoluto. Hay muchos héroes en el neopolar
francés que son conscientes de haber perdido, se sienten culpables
por ello y hacen de todo y cualquier cosa, o están desesperados
y asaltan bancos. Con la edad, cada vez me cuesta más dar lecciones
y tengo tendencia a decir: “fui joven y a los 20 años
viví cosas extraordinarias, pero fue una casualidad y una suerte”.
Aunque en cierto modo estaba ya preparado para ello, por lo que habían
dicho gente como Henri Lefebvre y compañía y que yo rechacé.
Trato de no dar lecciones. Es difícil. Nunca hay que decir: “Yo
he…, hay que…” hay que dejar que los jóvenes
elijan sus propias luchas. Van a equivocarse sin lugar a dudas,
pero no hay que decir nada. Trato de integrarme en esas luchas
como puedo.
Pero lo principal es no decir nada y no dar lecciones. Las lecciones
matan. Sobre todo en literatura.
E.
M: El
triunfo del FN en las elecciones y en la vida desde el 83 fue tema
de muchos polares, ¿Crees que esta literatura encarna medios
de lucha contra la ascensión del fascismo?
 |
Jean-Bernard
Pouy © La Noir'rôde
|
J-B.
P.: Hay
una extrema derecha francesa que existe desde hace tiempo y que
es una
derecha monárquica, integrista católica y antisemita,
pero desde Le Pen es diferente, refleja los problemas que tiene
Francia con Argelia. El problema real es que perdimos aquella guerra.
No tenemos
el mismo problema con África o con Marruecos, a Marruecos
se puede ir de vacaciones, pero nadie va de vacaciones a Argelia.
Túnez
es parecido. Pero en Argelia nos dieron bien por el culo. Es como
Vietnam, habríamos podido tirarles una bomba atómica
como los americanos, pero afortunadamente… Nos derrotaban
y a la vez los llevábamos a Francia porque en Francia el
capital necesitaba mano de obra y los franceses no querían
trabajar el campo en pleno invierno. De modo que había un
problema real con Argelia y creo que Le Pen supo utilizar lo del
argelino que pasa a ser “el árabe” y
sacar partido del racismo francés. Pero ahí está la
inmigración del Magreb y de Argelia porque siempre hubo
lazos muy estrechos entre Francia y Argelia, gente que va allí y
viceversa y hay una terrible incomprensión y miedo por parte
de la gente que no está informada. Por ejemplo, hace tres
días Sarkozy
desmontó con cifras uno de los argumentos de Le Pen; no
con cifras del ministerio del interior sino del Instituto de Estadística
que demuestran que la mujer argelina en Francia tiene el mismo
número
de hijos que la mujer francesa. Porque el gran argumento era que
tenían
más hijos, y el Instituto de Estadística acaba de
demostrar que no es cierto, que el índice para las mujeres
francesas es de 1,68 y para la argelina de 1,69. Es incuestionable,
son como francesas
y dicen: “críos sí, pero con uno o dos basta”,
así que también se están integrando en ese
sentido. La integración en Francia, al menos en París,
el mestizaje, está en marcha. Cuando coges el metro en París
te das cuenta de que son parisinos, han dejado de ser inmigrantes,
y París
es una quinta parte de Francia. Por eso es muy importante. Ahí Le
Pen perdió del todo. La inmigración y el mestizaje
en Francia están en marcha y eso está muy bien.
E.
M: ¿Te
diriges a algún público en concreto?
J-B.
P.: No,
como he dicho antes nosotros hemos hecho el esfuerzo —y
creo que eso está presente en todos los que escriben ficción
negra, policíaca o de tipo popular— de hacer novelas que
pueda leer una gran mayoría. Después, frente a una cierta
literatura popular que se basa en ser fácil, como puede ser
la tele, nos dijimos que queríamos hacer literatura para todos
pero que no por ello íbamos a ocultar nuestras inclinaciones,
nuestras referencias, nuestras diferencias, nuestros puntos de vista
ideológicos. Cuando salimos de París y visitamos centros
de la tercera edad, quedan encantados y hacen preguntas sobre las diferencias
entre los de izquierdas y sobre un montón de cosas, lo cual
quiere decir que les interesa y si les interesa es que han podido leer
la novela . Creo que todos los autores de polar parten de esa idea.
Y los que se desmarcan del polar, que hacen novela blanca, es porque
parten de un código previo en el que se basan y tratan de engañar
con eso. Nosotros somos antes novelistas que escritores.
E.
M: Manchette
decía que la novela negra era el retorno a una forma
literaria del siglo XIX. ¿Estás de acuerdo?
J-B.
P.: Manchette
es un hombre de izquierdas puro y duro que intelectualmente varía, un día se declara situacionista y otro cualquier
otra cosa pero, en mi opinión, entre los situacionistas hay
gente muy desagradable. En
su diario escribió cosas sobre las
artes escribió cosas que me parecieron grotescas y sobre todo
su última novela, La position du tireur couché,
una novela fascinante, pero que a mi no me gusta nada. Muy interesante
desde el
punto de vista del comportamiento, pero el personaje de los servicios
secreto está muy lejos de las preocupaciones de la época.
Un autor que se mira a sí mismo no es un personaje que yo
pueda reivindicar del todo, aunque reconozco su importancia.
Coincido
con él en lo que dice sobre la forma literaria pero
corresponde más a los años treinta que al siglo XIX.
Los padres del polar son Balzac y los autores del XIX, pero Manchette
escribe de otro modo, escribe como James Cain, Horace McCoy o gente
así; como los autores americanos de después de la crisis
del 29 que pertenecen al behaviorismo. No son explicativos, no dan
lecciones, dicen cosas. Lo que a mí me interesa, por ejemplo
en El cartero siempre llama dos veces es cómo explica el psicoanálisis
en dos frases; Camus quedó impactado cuando lo leyó: “yo
habría necesitado 500 páginas y él lo hizo en
dos líneas”. Justo después escribió L'Étranger una de las novelas comportamentalistas francesas. Es un ejemplo entre
otros, como también Emmanuel Bove y otros más. Yo creo
que fue esa escuela la que influyó a Manchette porque Manchette
no escribe como Balzac, en lo que se parece a Balzac es en cómo
mira a su alrededor y cuenta historias —nadie sabe hacerlo tan
bien como Balzac—: en Une ténébreuse affaire, es
como estar en la Francia de Chirac con un poli que investiga un asunto
de pedófilos, líos financieros… exactamente como
lo que pasa ahora, y lo escribió para ganar dinero… A
nivel temático es el siglo XIX, son las mismas historias, pero
a nivel estilístico más bien son los años 30,
que también son muy interesantes. Nosotros estamos muy influidos
por la escuela del hard-boiled, comunista-behaviorista.
E.
M: Antes
has hablado del fin del grupo de novelistas negros, pero ¿seguiréis
escribiendo?
J-B.
P.: Sí, pero es normal que se acabe porque ya duró de 15
a 20 años así que ya envejecimos y cuando se envejece
uno se vuelve un poco rompehuevos y hay que tener cuidado con lo que
se dice. Además hay un montón de jóvenes que llegan.
Los tiempos cambian. Pero seguiremos. Entre nosotros unos abandonaron
nada más empezar, yo escribí 40 libros, otros se dedicaron
a otra cosa al cabo de tres libros. También está el cansancio
de los lectores, el que no nos hayamos renovado suficientemente, las
cosas que cambian… Muchos factores. No creo que los autores más
interesante y más importantes de ese movimiento vayan a desaparecer
radicalmente, pero sí que desaparecerá el efecto “grupo”;
ya se habló de ello demasiado, ya hicimos nuestro trabajo y
les corresponde a otros hacer el suyo que probablemente no sea el mismo,
pero tendrán que encontrar algo. Hay esa tendencia a querer
decir: “habría que, habría que…” pero
no deberíamos decirlo. Ellos tienen que encontrar su ángulo
de ataque, su camino. Una cosa que aprendimos del 68 es que hay que
tratar de no convertirse en un viejo resentido que da lecciones. A
mí me gustaría que surgiera una nueva escuela diferente.
Pero en literatura nunca hay que esperar nada de eso, porque se crea
contra toda esperanza. De todas formas me gustaría que literariamente
hubiera algo un poco radical, incluso más radical que nosotros.
El polar fue una sub-literatura y tuvimos nuestro tiempo para ir imponiendo
nuestra opción. Pero Le Poulpe ha muerto. El capitalismos nos
ha devorado. Así es la cosa.

|