el policiaco en el punto de mira
n°2 Julio-Agosto-Septiembre de 2005

 

 

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La reciente Historia Negra de España

José Javier Abasolo, escritor

 

Andrés Pérez Domínguez
Javier Sebastián
Javier Maura
La Clave Pinner
Veinte Semanas
Motivos Personales
Roca Editorial,
Barcelona, 2004
Editorial Espasa,
Madrid, 2004
Editorial Elea,
Bilbao, 2004

Si el género negro es uno de los mejores instrumentos para conocer la realidad de un país, una sociedad o un tiempo concreto, en España hay una época en la que más que de novela negra podemos hablar de agujero negro, el que transcurre entre el final de la Guerra Civil, con el triunfo del autoproclamado Caudillo de España, el general dictador Franco, y su fallecimiento el 20 de noviembre de 1975. Con el que da comienzo lo que se llamó la transición y, posteriormente, la democracia.

Cuando hablamos de agujero negro podemos decirlo en dos sentidos: en una primera aproximación por lo que de lúgubre y tenebroso tuvo aquel régimen dictatorial, autoritario y asfixiante, en el que las libertades ciudadanas estaban reprimidas y los derechos humanos guardados en un cajón bajo llave, para que nadie pudiese ejercitarlos. El segundo agujero negro que podemos constatar es el relativo a la inexistencia de un género negro enraizado en una problemática propiamente española. En realidad este segundo aspecto es consecuencia del primero, ya que sin el oxígeno de las libertades públicas es imposible que florezca un género eminentemente crítico y realista como es el negro. Aunque hubo algunas excepciones, -Manuel Vázquez Montalbán, en castellano, y Jaume Fuster, en catalán, publicaron sus primeras obras en vida del dictador, cuyo ciclo político y vital estaba, de todos modos, próximo a concluir- es solo en los inicios de la reconquista por la ciudadanía de un sistema democrático cuando se puede hablar con propiedad del nacimiento del género negro español.

Han pasado cerca de treinta años desde aquel 20 de noviembre de 1975 que abrió las puertas de una nueva era en España y lo que entonces era un tímido intento por crear una novelística negra ligada a la realidad española ha generado, con el transcurso del tiempo, una importante corriente literaria en la que nombres como Andreu Martín, Francisco González Ledesma, Julián Ibáñez o Fernando Martínez Laínez, por citar tan sólo a algunos de los pioneros, han acabado brillando con luz propia en el planeta negro.

Sin embargo no deja de ser sorprendente que pese a ese claro adelanto en un género hasta hace tres décadas prácticamente inexistente en España, no se haya apenas utilizado, al contrario de lo que ocurre en otras literaturas nacionales, a la hora de construir historias negras, ese pasado tan turbio que, justamente por serlo podría convertirse en una fuente inagotable de buenas y variadas novelas.

Afortunadamente esa carencia se está paliando en los últimos tiempos. Quizás los años transcurridos han aportado un poso de tranquilidad y distanciamiento que está facilitando que nuestros escritores recuperen esa época tan negra de nuestra historia y buceando en ella nos ofrezcan unas historias con las que además de hacernos gozar nos invitan a reflexionar sobre una parte importante de nuestro pasado.

Cuarenta años de dictadura dan, desgraciadamente, tema para muchas épocas y situaciones y precisamente de tres épocas muy distintas entre sí pero unidas por el hecho de vivirse bajo el mandato del dictador, hablan tres novelas que han sido publicadas el pasado año y que, cada una a su modo, intenta recuperar la memoria de unos tiempos negros que, aunque nos gustaría olvidar, están ahí con su ominosa carga.

El primero de los tres autores que han apostado por echar la vista atrás, Andrés Pérez Domínguez, sitúa su novela La Clave Pinner (Roca Editorial, Barcelona, 2004), en los inmediatos tiempos de la posguerra española, mientras en el resto de Europa se libra aún la II Guerra Mundial. Esta última circunstancia será clave en el devenir de la trama que nos recuerda más a una novela de espionaje que a una clásica de género negro. Aunque el desarrollo de la novela es completamente original la idea matriz al parecer está basada en una historia real, un intento de los aliados por confundir a los nazis haciendo desembarcar en las costas españolas el cadáver de un militar británico que aparentemente era portador de unos documentos secretos en los que figuraba el lugar exacto, que por supuesto no era la costa normanda, en el que iban a desembarcar las tropas aliadas. Según los datos que manejan los diversos servicios de inteligencia quien ha descubierto el cadáver es un antiguo combatiente republicano español que en tiempos de la guerra se distinguió como dirigente de un grupo izquierdista y que trabaja de peón, bajo nombre supuesto con el fin de no ser reconocido, en la finca de un terrateniente adicto al nuevo régimen. Dicho descubrimiento pone en peligro su nueva identidad, lo que le inducirá a intentar huir, para lo que deberá ponerse en contacto con algunos de sus antiguos camaradas.

Uno de esos camaradas será precisamente Gordon Pinner, un sevillano hijo de inglés y española que ha vivido siempre a caballo entre los dos mundos y que tomó parte en la guerra dentro de un grupo comunista, ideología que le llevó así mismo a ser agente de la KGB. Esta circunstancia, conocida por los servicios británicos, será utilizada para forzarle a regresar a España desde el Londres en el que se había refugiado tras la derrota de la República. Un regreso agridulce porque se verá implicado emocionalmente en la trama ya que su misión consistirá en encontrar a su antiguo camarada con el que, además, cree tener una deuda que en el fondo está deseando pagar.

Por La Clave Pinner desfilan espías nazis y británicos, agentes españoles dobles cuya única ideología es el dinero y dirigentes fascistas que creen que la razón de la fuerza es superior a la fuerza de la razón. Pero sobre todo está, al fondo, un pueblo abatido que intenta sobrevivir a duras penas pese a las penurias de la guerra y la humillación de la derrota, un pueblo que sabe que no hay esperanza colectiva para él pero que se aferra a pequeñas esperanzas individuales y que, a pesar de todo eso, o quizás por ello, sigue siendo solidario.

Aunque constituyen una ínfima minoría, aún quedan en España sectores nostálgicos de un glorioso pasado colonial. Y es que no hace tanto tiempo que en los colegios se enseñaba que en el Imperio Español nunca se ponía el sol, pese a haber sido uno de los imperios coloniales europeos que antes declinó. Esa decadencia, iniciada a principios del siglo XIX con la secesión de las colonias centro y sudamericanas y cuyo remate llegó en 1898 tras la guerra con los Estados Unidos que originó la independencia de Cuba y Filipinas y la anexión norteamericana de Puerto Rico, se prolongó agónicamente hasta la segunda mitad del siglo XX en la que aún se conservaban algunas posesiones en el norte de África en la zona de Guinea que con la independencia pasó a llamarse Guinea Ecuatorial.

Es precisamente la época de la independencia de Guineas Ecuatorial la descrita por Javier Sebastián en su novela Veinte Semanas (Editorial Espasa, Madrid, 2004). Estamos ante una novela que transcurre en dos tiempos, el actual y el inmediatamente posterior a la retirada española de su último vestigio de poder en el África Subsahariana. Un general retirado aparece muerto en extrañas circunstancias y su hija, una conocida periodista de televisión, decide ahondar en la historia de su padre, al que se sentía muy unida. Nos encontramos por tanto, en un primer momento, ante una investigación más sentimental que policial, lo que la hija desea descubrir es cómo era su padre, cuáles eran sus sentimientos, sus secretos, qué era lo que llevaba escondido en el interior de su alma. Pero esa investigación sentimental se convertirá en algo más peligroso cuando un militar retirado muere tras haberle hecho una visita y unos aparentemente inofensivos ancianos, cuyo único objetivo en la vida consiste en ser los ganadores del campeonato de petanca del barrio, empiezan a ponerse nerviosos y a amenazarla e incluso agredirla.

El intento por desentrañar lo que ocurre llevará a la periodista a profundizar en su pasado familiar y en el de España como potencia colonial, una potencia que no se resigna a la pérdida no tanto de sus territorios como de la riqueza que generaban y que intentará perpetuarse de otro modo, la famosa fórmula del aristócrata siciliano, que cambie todo para que todo siga igual. Guinea Ecuatorial podrá convertirse en una república independiente pero los militares españoles seguirán teniendo como objetivo que esa independencia sea simplemente nominal y que los intereses españoles, o los de algunos españoles para ser más exactos, se mantengan intocables indefinidamente. Así al menos nos lo cuenta Javier Sebastián en una novela inédita en el panorama español por su argumento, quizás porque el pasado colonial español lo vemos todos muy lejano, aunque apenas hayan transcurrido cuatro décadas.

Los años inmediatamente anteriores a la muerte de Franco fueron, a pesar del rigor con el que se ejercía el poder en el Régimen, de auténtica ebullición política. Tanto por parte de la oposición democrática, que intentaba tomar posiciones ante una hipotética caída del sistema, como dentro de este mismo por parte de lo que en la jerga de entonces se llamaba las familias del Régimen, diversos sectores que apoyaban a Franco pero que tenían diferentes visiones de cómo tenía que ser conducido el país para mantener sus privilegios. La restauración de la monarquía por parte del dictador y, sobre todo, la proclamación del príncipe Juan Carlos de Borbón como su sucesor con el título de Rey, complicaba las cosas ya que su figura no agradaba a los estamentos más rígidos del franquismo, que no le perdonaban ser hijo de don Juan de Borbón (el legítimo sucesor del último rey de España, Alfonso XIII), que se había caracterizado por su oposición a Franco, habiendo llegado a participar algunos de sus consejeros, si bien a título personal, en la creación de la Junta Democrática, plataforma que coaligaba a diversos partidos opositores al régimen, incluido el Partido Comunista, auténtica bestia negra de los sectores más reaccionarios. Esta situación dio lugar en su momento a que corrieran infinidad de rumores en los que se aseguraba que estaba en marcha una conspiración para que Juan Carlos nunca llegara a ser proclamado rey.

De esta supuesta conspiración se hace eco Javier Maura en su novela Motivos Personales (Editorial Elea, Bilbao, 2004). La historia se ubica en los meses finales de 1972, tres años antes de que con la muerte del dictador el tinglado creado por él empezara a desmoronarse. El Servicio de Inteligencia del ejército español detecta una conspiración en la que participan personas influyentes, algunas cercanas a la familia Franco, mientras simultáneamente ETA (Euskadi Ta Askatasuna-Patria Vasca y Libertad) prepara el secuestro de Carrero Blanco, Presidente del Gobierno y mano derecha del Caudillo, y un grupúsculo escindido del Partido Comunista, el FRAP (Frente Revolucionario Antifascista Patriótico), inicia la lucha armada. Un escritor en decadencia, Darío Argensola, con buenas relaciones en los círculos de la extrema derecha, será el elegido para infiltrarse en el grupo conspirador, bajo la promesa de que se relanzará su carrera literaria.

Javier Maura se nos muestra como un escritor valiente ya que de alguna manera se la juega en esta novela al contarnos una historia parte de cuyo final ya sabemos. Porque es obvio que la conspiración sobre la que se construye la trama no triunfó, la prueba está en que el príncipe Juan Carlos lleva ya casi treinta años siendo Rey de España. Y es también sabido que el almirante Carrero Blanco no fue secuestrado sino que finalizó su mandato como consecuencia de una bomba manejada por militantes de ETA. Aún así Motivos Personales es una novela que mantiene la intriga, una auténtica novela en la que se manejan con pericia los resortes del género y se va más allá, intentando iluminarnos con la vela del género negro un trozo de la historia de España que pese a ser muy cercano aún se encuentra sumido en la oscuridad. Y es que aún hay muchas historias que contar que están esperando que escritores valientes y sin complejos como Andrés Pérez Domínguez, Javier Sebastián o Javier Maura las arranquen del olvido para ofrecérnoslas.

 


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