La
reciente Historia Negra de España
José
Javier Abasolo, escritor
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Andrés
Pérez Domínguez |
Javier
Sebastián |
Javier
Maura |
La
Clave Pinner |
Veinte
Semanas |
Motivos Personales |
Roca
Editorial,
Barcelona, 2004 |
Editorial
Espasa,
Madrid, 2004 |
Editorial
Elea,
Bilbao, 2004 |
Si
el género negro es uno de los mejores instrumentos para conocer
la realidad de un país, una sociedad o un tiempo concreto, en
España hay una época en la que más que de novela
negra podemos hablar de agujero negro, el que transcurre entre el final
de la Guerra Civil, con el triunfo del autoproclamado Caudillo de España,
el general dictador Franco, y su fallecimiento el 20 de noviembre de
1975. Con el que da comienzo lo que se llamó la transición
y, posteriormente, la democracia.
Cuando hablamos de agujero negro podemos
decirlo en dos sentidos: en una primera aproximación por lo que de lúgubre y tenebroso
tuvo aquel régimen dictatorial, autoritario y asfixiante, en el
que las libertades ciudadanas estaban reprimidas y los derechos humanos
guardados en un cajón bajo llave, para que nadie pudiese ejercitarlos.
El segundo agujero negro que podemos constatar es el relativo a la inexistencia
de un género negro enraizado en una problemática propiamente
española. En realidad este segundo aspecto es consecuencia del
primero, ya que sin el oxígeno de las libertades públicas
es imposible que florezca un género eminentemente crítico
y realista como es el negro. Aunque hubo algunas excepciones, -Manuel
Vázquez Montalbán, en castellano, y Jaume
Fuster, en catalán,
publicaron sus primeras obras en vida del dictador, cuyo ciclo político
y vital estaba, de todos modos, próximo a concluir- es solo en
los inicios de la reconquista por la ciudadanía de un sistema
democrático cuando se puede hablar con propiedad del nacimiento del género negro español.
Han pasado cerca de treinta años desde aquel 20 de noviembre
de 1975 que abrió las puertas de una nueva era en España
y lo que entonces era un tímido intento por crear una novelística
negra ligada a la realidad española ha generado, con el transcurso
del tiempo, una importante corriente literaria en la que nombres como
Andreu Martín, Francisco González
Ledesma, Julián
Ibáñez o Fernando Martínez Laínez, por citar
tan sólo a algunos de los pioneros, han acabado brillando con
luz propia en el planeta negro.
Sin embargo no deja de ser sorprendente
que pese a ese claro adelanto en un género hasta hace tres décadas prácticamente
inexistente en España, no se haya apenas utilizado, al contrario
de lo que ocurre en otras literaturas nacionales, a la hora de construir
historias negras, ese pasado tan turbio que, justamente por serlo podría
convertirse en una fuente inagotable de buenas y variadas novelas.
Afortunadamente esa carencia se está paliando en los últimos
tiempos. Quizás los años transcurridos han aportado un
poso de tranquilidad y distanciamiento que está facilitando que
nuestros escritores recuperen esa época tan negra de nuestra historia
y buceando en ella nos ofrezcan unas historias con las que además
de hacernos gozar nos invitan a reflexionar sobre una parte importante
de nuestro pasado.
Cuarenta años de dictadura dan, desgraciadamente, tema para
muchas épocas y situaciones y precisamente de tres épocas
muy distintas entre sí pero unidas por el hecho de vivirse bajo
el mandato del dictador, hablan tres novelas que han sido publicadas
el pasado año y que, cada una a su modo, intenta recuperar la
memoria de unos tiempos negros que, aunque nos gustaría olvidar,
están ahí con su ominosa carga.
El primero de los tres autores que
han apostado por echar la vista atrás, Andrés Pérez Domínguez, sitúa
su novela La Clave Pinner (Roca Editorial, Barcelona, 2004), en los inmediatos
tiempos de la posguerra española, mientras en el resto de Europa
se libra aún la II Guerra Mundial. Esta última circunstancia
será clave en el devenir de la trama que nos recuerda más
a una novela de espionaje que a una clásica de género negro.
Aunque el desarrollo de la novela es completamente original la idea matriz
al parecer está basada en una historia real, un intento de los
aliados por confundir a los nazis haciendo desembarcar en las costas
españolas el cadáver de un militar británico que
aparentemente era portador de unos documentos secretos en los que figuraba
el lugar exacto, que por supuesto no era la costa normanda, en el que
iban a desembarcar las tropas aliadas. Según los datos que manejan
los diversos servicios de inteligencia quien ha descubierto el cadáver
es un antiguo combatiente republicano español que en tiempos de
la guerra se distinguió como dirigente de un grupo izquierdista
y que trabaja de peón, bajo nombre supuesto con el fin de no ser
reconocido, en la finca de un terrateniente adicto al nuevo régimen.
Dicho descubrimiento pone en peligro su nueva identidad, lo que le inducirá a
intentar huir, para lo que deberá ponerse en contacto con algunos
de sus antiguos camaradas.
Uno de esos camaradas será precisamente Gordon Pinner, un sevillano
hijo de inglés y española que ha vivido siempre a caballo
entre los dos mundos y que tomó parte en la guerra dentro de un
grupo comunista, ideología que le llevó así mismo
a ser agente de la KGB. Esta circunstancia, conocida por los servicios
británicos, será utilizada para forzarle a regresar a España
desde el Londres en el que se había refugiado tras la derrota
de la República. Un regreso agridulce porque se verá implicado
emocionalmente en la trama ya que su misión consistirá en
encontrar a su antiguo camarada con el que, además, cree tener
una deuda que en el fondo está deseando pagar.
Por La
Clave Pinner desfilan espías nazis y británicos,
agentes españoles dobles cuya única ideología es
el dinero y dirigentes fascistas que creen que la razón de la
fuerza es superior a la fuerza de la razón. Pero sobre todo está,
al fondo, un pueblo abatido que intenta sobrevivir a duras penas pese
a las penurias de la guerra y la humillación de la derrota, un
pueblo que sabe que no hay esperanza colectiva para él pero que
se aferra a pequeñas esperanzas individuales y que, a pesar de
todo eso, o quizás por ello, sigue siendo solidario.
Aunque constituyen una ínfima minoría, aún quedan
en España sectores nostálgicos de un glorioso pasado colonial.
Y es que no hace tanto tiempo que en los colegios se enseñaba
que en el Imperio Español nunca se ponía el sol, pese a
haber sido uno de los imperios coloniales europeos que antes declinó.
Esa decadencia, iniciada a principios del siglo XIX con la secesión
de las colonias centro y sudamericanas y cuyo remate llegó en
1898 tras la guerra con los Estados Unidos que originó la independencia
de Cuba y Filipinas y la anexión norteamericana de Puerto Rico,
se prolongó agónicamente hasta la segunda mitad del siglo
XX en la que aún se conservaban algunas posesiones en el norte
de África en la zona de Guinea que con la independencia pasó a
llamarse Guinea Ecuatorial.
Es precisamente la época de la independencia de Guineas Ecuatorial
la descrita por Javier Sebastián en su novela Veinte
Semanas (Editorial
Espasa, Madrid, 2004). Estamos ante una novela que transcurre en dos
tiempos, el actual y el inmediatamente posterior a la retirada española
de su último vestigio de poder en el África Subsahariana.
Un general retirado aparece muerto en extrañas circunstancias
y su hija, una conocida periodista de televisión, decide ahondar
en la historia de su padre, al que se sentía muy unida. Nos encontramos
por tanto, en un primer momento, ante una investigación más
sentimental que policial, lo que la hija desea descubrir es cómo
era su padre, cuáles eran sus sentimientos, sus secretos, qué era
lo que llevaba escondido en el interior de su alma. Pero esa investigación
sentimental se convertirá en algo más peligroso cuando
un militar retirado muere tras haberle hecho una visita y unos aparentemente
inofensivos ancianos, cuyo único objetivo en la vida consiste
en ser los ganadores del campeonato de petanca del barrio, empiezan
a ponerse nerviosos y a amenazarla e incluso agredirla.
El intento por desentrañar lo que ocurre llevará a la
periodista a profundizar en su pasado familiar y en el de España
como potencia colonial, una potencia que no se resigna a la pérdida
no tanto de sus territorios como de la riqueza que generaban y que intentará perpetuarse
de otro modo, la famosa fórmula del aristócrata siciliano,
que cambie todo para que todo siga igual. Guinea Ecuatorial podrá convertirse
en una república independiente pero los militares españoles
seguirán teniendo como objetivo que esa independencia sea simplemente
nominal y que los intereses españoles, o los de algunos españoles
para ser más exactos, se mantengan intocables indefinidamente.
Así al menos nos lo cuenta Javier Sebastián en una novela
inédita en el panorama español por su argumento, quizás
porque el pasado colonial español lo vemos todos muy lejano, aunque
apenas hayan transcurrido cuatro décadas.
Los años inmediatamente anteriores a la muerte de Franco fueron,
a pesar del rigor con el que se ejercía el poder en el Régimen,
de auténtica ebullición política. Tanto por parte
de la oposición democrática, que intentaba tomar posiciones
ante una hipotética caída del sistema, como dentro de este
mismo por parte de lo que en la jerga de entonces se llamaba las
familias del Régimen, diversos sectores que apoyaban a Franco pero que
tenían diferentes visiones de cómo tenía que ser
conducido el país para mantener sus privilegios. La restauración
de la monarquía por parte del dictador y, sobre todo, la proclamación
del príncipe Juan Carlos de Borbón como su sucesor con
el título de Rey, complicaba las cosas ya que su figura no agradaba
a los estamentos más rígidos del franquismo, que no le
perdonaban ser hijo de don Juan de Borbón (el legítimo
sucesor del último rey de España, Alfonso XIII), que se
había caracterizado por su oposición a Franco, habiendo
llegado a participar algunos de sus consejeros, si bien a título
personal, en la creación de la Junta Democrática, plataforma
que coaligaba a diversos partidos opositores al régimen, incluido
el Partido Comunista, auténtica bestia negra de los sectores más
reaccionarios. Esta situación dio lugar en su momento a que corrieran
infinidad de rumores en los que se aseguraba que estaba en marcha una
conspiración para que Juan Carlos nunca llegara a ser proclamado
rey.
De esta supuesta conspiración se hace eco Javier
Maura en su
novela Motivos Personales (Editorial Elea, Bilbao, 2004). La historia
se ubica en los meses finales de 1972, tres años antes de que
con la muerte del dictador el tinglado creado por él empezara
a desmoronarse. El Servicio de Inteligencia del ejército español
detecta una conspiración en la que participan personas influyentes,
algunas cercanas a la familia Franco, mientras simultáneamente
ETA (Euskadi Ta Askatasuna-Patria Vasca y Libertad) prepara el secuestro
de Carrero Blanco, Presidente del Gobierno y mano derecha del Caudillo,
y un grupúsculo escindido del Partido Comunista, el FRAP (Frente
Revolucionario Antifascista Patriótico), inicia la lucha armada.
Un escritor en decadencia, Darío Argensola, con buenas relaciones
en los círculos de la extrema derecha, será el elegido
para infiltrarse en el grupo conspirador, bajo la promesa de que se relanzará su
carrera literaria.
Javier
Maura se nos muestra como un
escritor valiente ya que de alguna manera se la juega en esta novela
al contarnos una
historia parte de
cuyo final ya sabemos. Porque es obvio que la conspiración sobre
la que se construye la trama no triunfó, la prueba está en
que el príncipe Juan Carlos lleva ya casi treinta años
siendo Rey de España. Y es también sabido que el almirante
Carrero Blanco no fue secuestrado sino que finalizó su mandato
como consecuencia de una bomba manejada por militantes de ETA. Aún
así Motivos Personales es una novela que mantiene la intriga,
una auténtica novela en la que se manejan con pericia los resortes
del género y se va más allá, intentando iluminarnos
con la vela del género negro un trozo de la historia de España
que pese a ser muy cercano aún se encuentra sumido en la oscuridad.
Y es que aún hay muchas historias que contar que están
esperando que escritores valientes y sin complejos como Andrés
Pérez Domínguez, Javier
Sebastián o Javier
Maura las arranquen del olvido para ofrecérnoslas.