el policiaco en el punto de mira
n°2 Julio-Agosto-Septiembre de 2005

 

 

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Penúltimo nombre de guerra
Raúl Argemí

Algaida editores • 2004

Jesús Lens Espinosa de los Monteros

 

Primero e importante, la novela es del argentino afincado en Barcelona Raúl Argemí, uno de los tipos más clarividentes que he conocido nunca: muchas ideas y muy claras. Lengua ágil y afilada. Ni la más mínima tibieza en sus consideraciones. Argemí, autor de la celebrada Los muertos siempre pierden los zapatos, se ha descolgado en este caso con una novela corta, pero compleja, densa y profunda. Lo que no debe considerarse como sinónimo de aburrida, plomo o ininteligible. Ni mucho menos.

En pocas palabras, la novela cuenta una investigación que, desde el hospital en que se encuentra encamado, lleva a cabo un periodista herido en un accidente de tráfico. Entre la vigilia y la duermevela, entre la clarividente consciencia de un cuerpo insensibilizado por las heridas y la opiácea irrealidad de los medicamentos inyectados en vena; asistimos a una vertiginosa sucesión de imágenes que mezclan presente y pasado, memoria y desmemoria, verdad e impostura. ¿Qué pasó ese fatídico día? ¿Por qué? ¿Cómo?

Por su longitud, es buena idea comenzar a leerla un día en que el lector tenga por delante cuatro o cinco horas libres para disfrutar de ella. De esa manera podrá leerla de un tirón, algo que “Penúltimo nombre de guerra” pide a voces. El armazón es complicado, siguiendo el modelo de novela mosaico que autores como Paco Ignacio Taibo II o James Ellroy han acreditado como altamente eficaz para contar muchas historias secundarias que, como afluentes, terminan desembocando y alimentando a un majestuoso gran río principal. La obra de Argemí es un puzle perfecto en que todas las piezas, aun las aparentemente más disparatadas, absurdas e incoherentes, terminan encajando a la perfección. Por eso, leída de un tirón, la novela gana muchos enteros.

Porque a veces es frustrante estar leyendo una secuencia, una situación que se te aparece como incomprensible por completo. Y, precisamente de esa pequeña frustración, nace la superior satisfacción de un final perfectamente hilvanado en que quedas convencido, y hasta sorprendido, de que todo tenía un cierto sentido.

Penúltimo nombre de guerra es como la vida: extraña, sorprendente, imprevisible. E interesante. Muy, muy interesante. Un quilombo de muchos quilates en que la desmemoria es más, mucho más, que un recurso argumental. Es toda una declaración de principios, no en vano se suele decir que quienes olvidan la historia están condenados a repetirla.

Es una novela distinta a la aventurera Los muertos siempre pierden los zapatos porque en esta ocasión el reparto de papeles es más complejo, más matizado que en aquélla. ¿Quiénes son los buenos y quiénes los malos? Esa es la cuestión, que el claroscuro, como si de un cielo otoñal se tratara, es la tonalidad predominante. Estamos ante una novela corta que cuenta muchas cosas, sugiere bastantes otras y nos trae recuerdos de aún otras más. Y eso no siendo uno argentino, que los chés, a buen seguro, han de disfrutarla y llorarla bastante más.

Siempre se ha dicho que los buenos perfumes vienen es frascos pequeños. En este caso no podemos estar más de acuerdo. Las ciento noventa páginas de Penúltimo nombre de guerra son pura esencia de la más perfecta y reivindicativa novela negra. Una novela de hondo calado y largo recorrido que pronto me descubriré releyendo, más tranquila, más pausadamente que lo hice el lunes. Sin el ansia por resolver el enigma y llegar al final. Releyéndola por el puro placer de disfrutar de la excelente prosa de Raúl Argemí, uno de los mejores y más preclaros escritores del momento.

 


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