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Penúltimo
nombre de guerra
Raúl Argemí
Algaida
editores • 2004
Jesús
Lens Espinosa de los Monteros
Primero
e importante, la novela es del argentino afincado en Barcelona Raúl
Argemí, uno de los tipos más clarividentes
que he conocido nunca: muchas ideas y muy claras. Lengua ágil
y afilada. Ni la más mínima tibieza en sus consideraciones.
Argemí, autor de la celebrada Los muertos siempre pierden
los zapatos, se ha descolgado en este caso con una novela corta,
pero compleja, densa y profunda. Lo que no debe considerarse como sinónimo
de aburrida, plomo o ininteligible. Ni mucho menos.
En pocas palabras, la novela cuenta
una investigación que, desde
el hospital en que se encuentra encamado, lleva a cabo un periodista
herido en un accidente de tráfico. Entre la vigilia y la duermevela,
entre la clarividente consciencia de un cuerpo insensibilizado por las
heridas y la opiácea irrealidad de los medicamentos inyectados
en vena; asistimos a una vertiginosa sucesión de imágenes
que mezclan presente y pasado, memoria y desmemoria, verdad e impostura. ¿Qué pasó ese
fatídico día? ¿Por qué? ¿Cómo?
Por su longitud, es buena idea comenzar
a leerla un día en que
el lector tenga por delante cuatro o cinco horas libres para disfrutar
de ella. De esa manera podrá leerla de un tirón, algo que “Penúltimo
nombre de guerra” pide a voces. El armazón es complicado,
siguiendo el modelo de novela mosaico que autores como Paco
Ignacio Taibo II o James Ellroy han acreditado como altamente eficaz para contar muchas
historias secundarias que, como afluentes, terminan desembocando y alimentando
a un majestuoso gran río principal. La obra de Argemí es
un puzle perfecto en que todas las piezas, aun las aparentemente más
disparatadas, absurdas e incoherentes, terminan encajando a la perfección.
Por eso, leída de un tirón, la novela gana muchos enteros.
Porque a veces es frustrante estar
leyendo una secuencia, una situación
que se te aparece como incomprensible por completo. Y, precisamente de
esa pequeña frustración, nace la superior satisfacción
de un final perfectamente hilvanado en que quedas convencido, y hasta
sorprendido, de que todo tenía un cierto sentido.
Penúltimo nombre de guerra es como la vida: extraña,
sorprendente, imprevisible. E interesante. Muy, muy interesante. Un quilombo
de muchos quilates en que la desmemoria es más, mucho más,
que un recurso argumental. Es toda una declaración de principios,
no en vano se suele decir que quienes olvidan la historia están
condenados a repetirla.
Es una novela distinta a la aventurera Los
muertos siempre pierden los zapatos porque en esta ocasión el reparto de papeles
es más complejo, más matizado que en aquélla. ¿Quiénes
son los buenos y quiénes los malos? Esa es la cuestión,
que el claroscuro, como si de un cielo otoñal se tratara, es la
tonalidad predominante. Estamos ante una novela corta que cuenta muchas
cosas, sugiere bastantes otras y nos trae recuerdos de aún otras
más. Y eso no siendo uno argentino, que los chés, a buen
seguro, han de disfrutarla y llorarla bastante más.
Siempre se ha dicho que los buenos
perfumes vienen es frascos pequeños.
En este caso no podemos estar más de acuerdo. Las ciento noventa
páginas de Penúltimo nombre de guerra son
pura esencia de la más perfecta y reivindicativa novela negra.
Una novela de hondo calado y largo recorrido que pronto me descubriré releyendo,
más tranquila, más pausadamente que lo hice el lunes. Sin
el ansia por resolver el enigma y llegar al final. Releyéndola
por el puro placer de disfrutar de la excelente prosa de Raúl
Argemí, uno de los mejores y más preclaros escritores
del momento.