Una novela negra llamada Rwanda
Marc Lits
Universidad
católica de Lovaina,
Departamento de comunicación
Traducción:
Zeki
Dentro
de la cada vez más abundante literatura, que tiene a Rwanda
por contexto, era inevitable que el género policial también
estuviera representado, y eso por dos razones. Esta claro que el crimen
y la sangre son ingredientes necesarios para ese tipo de historias, por
lo tanto no es sorprendente que el genocidio más importante del
siglo XXº retenga la atención de los que buscan un escenario
para desarrollar una intriga criminal. Por otro lado, y esta es la segunda
razón, el policial contemporáneo, de enigma o más
social, ya no se sitúa en lugares y tiempos determinados, como
en la época de Agatha Christie, sino que aborda las más
duras realidades. El genocidio rwandés tenía por lo tanto
que atraer la atención de uno u otro autor de novelas policiales,
porque más allá de un decorado sangriento, permite
aprehender las locuras y derivas homicidas de una sociedad en crisis.
En
los orígenes, la investigación
judicial del blanco
Dos
grandes novelas que recorren el periodo de la administración
colonial belga poseen, por una parte, una trama policial, sin por
ello pertenecer estrictamente al género, ya que la investigación
no es, en este caso, el principal motor narrativo sino más
bien un hilo conductor que sirve de pretexto a una búsqueda
de la realidad ruanesa en uno de los casos, a una descripción
de un país
en vía de transformación, en el otro. L’homme
qui demanda du feu (El hombre que pidió fuego)
de Ivan Reisdorff1, propone en ese sentido un título emblemático,
ya que hace referencia, claro esta, a la cultura ruanesa de la
que quiere sobre todo
dar a la vez una pintura y un testimonio, pero retomando un procedimiento
típico de la novela policial: la designación, ya
en el título, de uno de los protagonistas esenciales, aquí la
victima del crimen. La novela retoma la estructura clásica
del enigma criminal dilucidado por un miembro oficial de la justicia
o de
la policía. El relato esta construido al revés, la
escena del descubrimiento del crimen abre el relato y de entrada
pone en escena
a la víctima, al investigador, el cual adelanta una primera
hipótesis
interpretativa, y al legista que proporciona los primeros índices.
El narrador lo afirma explícitamente: “El asesinato
de Minani era en sí un asunto banal, un crimen crapuloso
del que la víctima
era un Tutsi sin vacas y el autor un Kiga cualquiera, pirata de
bosque.” (p.77)
Pero esa investigación no es más que un pretexto para proponer
un fresco de un Rwanda en transformación. El autor y el narrador
(que se confundan o no, poco nos importa), no nos engañan pues,
más que muy débilmente. Por supuesto, hay un crimen seguido
de una investigación, la cual acabará, después de
múltiples indagaciones e interrogatorios, en la detención
de un sospechoso y su condena; pero esta intriga policial no ocupa más
que una parte menor del libro, dando solo al narrador la ocasión
de interrogarse sobre la naturaleza de su misión, sobre el devenir
de una colonización cada vez más cuestionada.
Ocurre lo mismo con la novela de Omer Marchal, Afrique, Afrique2 que pone igualmente en escena a un administrador territorial
al que la investigación
sobre un joven mestizo matado por accidente lo lleva a evocar un Rwanda
colonial donde los residentes belgas traen la civilización, en
empatía con los habitantes de un país que se han puesto
a querer. Ese amor es de hecho tan fácil para el narrador que
no cesa de comparar las colinas ruanesas con los valles de las Ardennas
de su infancia, y que procede por asimilación del uno al otro,
considerando “sencillamente” que Rwanda tiene un retraso
que alcanzar con relación a la civilización occidental.
De nuevo la intriga criminal esta reducida a su más simple expresión,
puesto que solo comienza después de ciento sesenta páginas
y se resuelve de manera muy rápida. Pero si los hechos en causa
son rápidamente desentrañados, se inscriben en realidad
dentro de rivalidades de clanes que se remontan a más de cuatro
generaciones y se entremezclan a su vez con prácticas mágicas
y ajustes de cuentas políticos por la toma del poder. A partir
de ahí la investigación y los interrogatorios del proceso
que no ocupan más que unas decenas de páginas sobre quinientas,
son la ocasión de rehacer la historia y la genealogía
de los diferentes clanes que ocupan las colinas y de las rivalidades
que
los oponen.
Lo
que es significativo es la convergencia de las dos elecciones narrativas,
más allá de sus posicionamientos ideológicos respectivos.
Lo dos han escogido la forma más clásica de la novela de
enigma, fundada sobre una investigación lineal llevada por un
representante oficial dotado de poderes de justicia y de policía.
Se hace posible por las atribuciones de esos agentes territoriales que
acumulaban responsabilidades administrativas y judiciales sobre el territorio
que tenían a cargo. Y eso, manifiesta también que si la
víctima es a cada vez un joven negro, la justicia, ella, es blanca,
y aplicada según los principios y las reglas de la metrópoli,
incluso si los dos investigadores son sensibles a los valores de las
tradiciones y costumbres locales que intentan respetar. Ese tipo de trama
policial es también la menos constringente en relación
a las imposiciones genéricas que exige. La resolución del
enigma no es la preocupación central del investigador, ni mucho
menos del lector, proporciona solamente un hilo conductor al relato,
que puede apartarse de el sin reparo para desarrollar los aspectos más
autobiográficos o políticos que afloran en cada página.
La
investigación, finalmente, en el caso de Reisdorff como de
Marchal, acaba positivamente porque los dos aman a África, se
han sumergido en ella, son cercanos a las tribus locales. Pero eso releva
también del cliché de la investigación policial.
El detective clarividente es aquel que puede compartir, como el comisario
Maigret, la vida de sus sospechosos, que procede por empatía e
inmersión. Y la verdad que descubre la encuentra tanto en él
como en el exterior. De la investigación criminal como revelador
de las profundidades del alma, y aquí de las simbiosis entre el
espíritu colonial fundado sobre la fusión con un país
amado y la tradición africana que se revela a quien acepta comprenderla
si desprecio. Algo que no es dado a todos, como muestra el ejemplo siguiente.
SAS : un racista bien informado
La novela de enigma es un género que pertenece al tiempo de la
quietud. Un homicidio, por supuesto, a tenido lugar, pero para nada traumatiza
a los que han sido testigos de el. Ese cuadro idílico va a bascular
con el genocidio de 1994, y el relato de enigma ya no puede servir de
modelo narrativo, porque es demasiado refinado, educado, reservado a
los pequeños homicidios entre gentes de buena compañía.
Cuando el homicidio se convierte en la regla ordinaria, cuando el crimen
ya no es asunto aislado de un pequeño delincuente, pero asunto
de Estado, a gran escala, hay que escoger la vía de la novela
negra más dura o de la novela de espionaje, según se quiera
poner en escena una violencia fuera de norma, o demostrar los envites
políticos, nacionales e internacionales del genocidio.
Primero
hay que constatar que si Rwanda sirve de telón de fondo
a algunas novelas policiales, es en número restringido y
varios de esos volúmenes son publicados por editoriales
confidenciales que dan la palabra a relaciones del genocidio, más
o menos autobiográficas,
más o menos noveladas3. No hay por lo tanto una ola ruanesa
en el mundo del policial, incluso si los autores y las colecciones
las más
populares han propuesto todas un “episodio” rwandés
en los años que siguieron al genocidio. Este es el caso
de Fleuve Noir, con Jean-Paul Nozières, de SAS y del Poulpe
(El pulpo).
Gérard de Villiers pasea su protagonista, SAS, en todas las regiones
del mundo donde tienen lugar golpes de estado, guerras, revoluciones
y otras masacres, para intentar defender los intereses de sus jefes sin
demasiado miramiento por los medios empleados. No se puede interpretar
su mirada sobre Rwanda más que teniendo en cuenta los estereotipos
sobre los que están construidas todas sus novelas, ya que la visión
del mundo de su autor se fundamenta sobre una serie de clichés,
nunca rediscutidos. Cuando publica SAS. Enquête sur un génocide (SAS.
Investigación sobre un genocidio) Gérard de Villiers
utiliza siempre los mismos procedimientos : excelente documentación
sobre la topografía del territorio puesto en escena, dentro de
un prurito de realismo mezclado de exotismo; un buen dominio de los datos
políticos y estratégicos sacados de una documentación
rica y abundante; inserción de esos elementos contrastados en
una trama estereotipada y que implique los servicios secretos americanos
para los que SAS ejecuta operaciones clandestinas.
Si
los lugares están fielmente representados, lo son, claro esta,
desde un punto de vista de europeo privilegiado, que no frecuenta
más
que los hoteles de lujo y las discotecas de los barrios altos.
No hay ninguna mirada sobre la realidad cotidiana de los rwandeses,
sobre la
vida de los pueblos o la dificultad de cohabitación
entre hutus y tutsis después del genocidio. Igualmente
las mujeres negras son todas unas golfas, a penas humanas (“No
se sentía capaz
de ligar a la ruanesa. Era casi zoofilia4” ) , y todos
los africanos no piensan más que en el sexo (“ ¡Pero
la gente no piensa más que en eso! ¡No hay nada
que hacer y las chavalas tienen el culo ardiendo! En África
se es muy libre”, p 109).
Además, los africanos, por supuesto, son todos infieles,
vagos y huidizos. En cuanto a los rwandeses, son “millones
de pobres infelices que arañan la tierra como hormigas
e ignoran que la edad media ya ha terminado” (pp. 27-28).
Pero esos clichés
xenófobos y envilecedores también son aplicados
a los asiáticos,
a los árabes o a los suramericanos cuando la acción
tiene lugar en esos países, no son más que el
signo del racismo explicito de la serie, presentando la raza
blanca como superior a las
otras, la única capaz de salvar al resto de sub-humanos.
Pero más allá de esos clichés racistas de Villiers
toma claramente posición en un conflicto rwandés del que
parece conocer bien los pormenores. De ese modo, resume en menos de una
página la historia del Rwanda desde principio de siglo, presenta
también los principales episodios del genocidio en las primeras
páginas del libro, poniendo en causa la “Operación
Turquesa” dirigida por el gobierno francés. La posición
es clara: de Villiers se pone al lado del FPR de Kagame, denunciando
la posición francesa, cómplice del poder en sitio, pero
eximiendo a los militares franceses de sus responsabilidad ya que fueron “entrampados” por
los responsables políticos. Eso permite preservar el honor de
los militares fustigando a los políticos, algo que se corresponde
con la línea militarista y populista del autor y explica en parte
la razón por la cual el escenario del complot no asocia a servicios
secretos franceses sino americanos (el autor es provocador pero sin temeridad
excesiva con relación a un lectorado esencialmente francés
y sensible a los valores militares). Narrativamente, es además
el medio de implicar SAS en la aventura.
La acción tiene lugar en el 2000, ya que el título evoca
efectivamente una investigación y no el periodo del mismo genocidio,
en el momento en el que celebra su sesión el tribunal de Arusha,
que el autor presenta como una farsa puesta en escena por la ONU para
eludir su responsabilidad en la no intervención al principio del
genocidio. El Presidente Kagame es presentado como uno “de los
raros dirigentes negros íntegro, valiente y patriota” (p.250),
pero que fue manipulado porque creía que el Presidente Habyarimana
iba a matar a los tutsi. Por lo tanto sería él el que habría
comanditado la operación a un amigo americano, cercano a la CIA,
para evitar el genocidio. Y el atentado habría sido cometido con
dos mísiles tomados a los Ugandeses. De Villiers consigue pues,
evacuar rápidamente las implicaciones francesas en esta historia,
puesto que el ejército no hizo más que obedecer las decisiones
de los políticos incompetentes y que a continuación Francia
esta aparentemente ausente en lo ocurrido. Y el poder en sitio es legitimado
por sus motivaciones. Pensó actuar bien eliminando a un extremista
y no midió las consecuencias de su acto. Finalmente los americanos
y los órganos internacionales fallaron todos, por cobardía
o para no comprometer sus intereses.
Unos franceses poco claros
La posición del Pulpo, ese otro investigador privado, es muy diferente.
Hay que decir que si SAS se sitúa muy cerca de una extrema derecha,
nacionalista hostil a lo político, sensible al honor nacional,
a los valores guerreros y al discurso machista, la creación de
Bernard Pouy se sitúa exactamente en el otro borde, reivindicando
un anarquismo de izquierda, antimilitarista, contra el orden establecido,
en crisis de identidad nacional, personal, sexual… Entonces, en
la novela de Catherine Fradier (ya que el Pulpo tiene esa particularidad
de estar cada vez, escrito por un autor diferente, pero en el respeto
de una serie de “normas” bastante estrictas, entre otras
sobre el plano ideológico), las interpretaciones del genocidio
serán otras totalmente.
Una
escena del genocidio sirve, además, de introducción
a la novela, justo después de una citación de Théoneste
Bagosora situada en exergo, para que el contexto sea lo más
explicito posible. Si la historia se desarrolla en Paris, en
la peluquería
de Cheryl la querida del Pulpo, el drama rwandés esta
en el corazón
de la intriga. Y si un rwandés se hace matar en las primeras
páginas,
su hermano, sin embargo, atraviesa el resto del relato, de tal
manera que blancos y negros son tratados aquí a partes
iguales en la búsqueda de la verdad. Al principio, además,
la francesa se niega a implicarse en un « asunto de Estado »,
ya que ella reivindica su falta de compromiso político
y militante. Solo cuando su peluquería será saqueada
se sentirá obligada
a implicarse en un asunto que la sobrepasa. Desde
ese instante, como en la novela de De Villiers, un protagonista resume
la situación
histórica, pero aquí es un rwandés el
que se encarga de ello, poniendo en causa la responsabilidad
de los colonizadores en
la exacerbación del conflicto étnico. La colonización
belga aparece claramente como la causa de las tensiones étnicas,
pero los militares franceses tampoco son eximidos, ya que son
tenidos por responsables del atentado contra el Presidente
Habyarimana, cubiertos
por la célula africana del Elíseo y "Papamadi", « mote
que dan los africanos al hijo de vuestro ex-Presidente5” En
cuanto a la Operación “Turquesa”, “fue
sobretodo un escudo para preservar a todos los asesinos y les
permitió practicar
la política de la tierra quemada” (p.59). La continuación
del relato pone en escena a unos militantes de extrema derecha,
instrumentalizados por los servicios secretos franceses, que
intentan recuperar unas fotos
que atestiguan la participación militar francesa en
el genocidio, con el acuerdo del gobierno esta vez, a diferencia
de las posiciones
tomadas por De Villiers. La alianza de demócratas rwandeses
y franceses, simbolizada por la escena de amor entre la peluquera
francesa
y el resistente rwandés, por otro lado enfermo del sida
(el melodrama nunca esta lejos), permite revelar esas colusiones
vergonzosas, para
concluir sobre un final pacifista que aboga por un renacimiento
del Rwanda.
Jean-Claude
Patrigeon implica él también las redes de influencia
francesa en el asesinato de Habyarimana y el genocidio, denunciando
al mismo tiempo la visión totalitaria del presidente asesinado.
Kaplan, un periodista de investigación trotamundos y aventurero,
es claro en sus palabras cuando compara ese régimen: “al
nazismo, un nazismo tropical con las inevitables y sempiternas milicias
y tropas
de elite y una inverosímil propaganda racista. El flujo
venenoso del odio racial corría por las venas y los
cerebros febriles. Una verdadera paranoia homicida se había
apoderado de aquel régimen
corrupto6".
El régimen hutu ejerce un poder sanguinario, encuadrado por militares
franceses, que participan incluso en las torturas. La carga es clara,
remitiendo a las redes Focart (que también aparecía, pero
sin ser citado nominalmente, en la investigación de SAS) y la
política post colonial de Francia, actuando siempre bajo mano
para defender sus intereses en el África francófona. La
intriga policial, más cerca de la novela de aventuras y de espionaje,
relativamente convenida, deja a veces de ese modo el lugar a una historia
sucinta del Rwanda y de la "Françafrique", ilustrando
como, desde de Gaulle hasta Miterrand, los dirigentes políticos
franceses siempre han apoyado unos regimenes corruptos y autoritarios,
incluido con ayudas militares más o menos ocultas, para defender
los intereses económicos y geoestratégicos de Francia en
la región.
Esas tres novelas que se asemejan más a la aventura y al espionaje
que a la investigación policial, tienen un rasgo común.
Siempre son occidentales quienes son sus principales protagonistas y
si los mandatarios y ejecutantes del asesinato de Habyarimana son, unas
veces franceses, otras americanos, esta claro que el punto de vista es
casi exclusivamente “blanco”. Los actores rwandeses no aparecen
más que en el trasfondo como si el territorio solo sirviera de
decorado para juegos de intereses de las grandes potencias y para rivalidades
entre superpotencias, representadas por sus servicios secretos y algunos
grupos de acción ocultos. El mismo genocidio pasa casi a un segundo
plano, ya que los actores africanos del conflicto no parecen ser más
que unos peones en un tablero más amplio. Ningún rwandés
juega un papel de primer plano, o puede verdaderamente desarrollar sus
posiciones o sus convicciones, como si esas novelas para lectores “blancos” no
pudieran proponer nada más que actores blancos en los primeros
roles. Por lo tanto es en otro lado, en el de los autores de origen africano
que hay que encontrar una mirada “negra” sobre ese “conflicto”.
Una mirada negra sobre el genocidio
Tierno
Monénembo opera un doble desplazamiento: su narrador no
es un investigador blanco; es rwandés y se encuentra en
prisión.
El joven Faustin, hijo del idiota del pueblo, cuenta una historia
llena de ruido y furia, que descubrimos por retazos en un relato
que se remonta
hacía atrás hasta los días del genocidio que
cierran la novela. No se sabe, al principio, por qué esta
prisionero, qué crimen cometió, si es víctima
o culpable, si es un chivo expiatorio, un genocida, una víctima
de las circunstancias. Eso ocurre después del genocidio,
del que no parece tener recuerdos precisos, hasta el punto de inventar
la escena del crimen de sus padres
para las televisiones extranjeras. Descubrimos poco a poco, que
se encuentra en la cárcel, no por haber participado en el
genocidio, sino por un crimen de carácter privado y pasional.
Mató al amante
de su hermana disparándole con un revolver cuando los encontró acostados
juntos. Después de tres años de presidio, es llevado
ante un tribunal al que exaspera por su libertad de tono y que
lo condena
a muerte. “No es porque hubo el genocidio que los rwandeses
han perdido toda moral7" declara su abogado. Y a falta de no
haber podido juzgar a los genocidas, es, pues, una víctima
del genocidio quien pagará el pato de una Justicia deseosa
de restaurar un Estado de derecho. Esa caricatura de juicio no
llega a tomar en cuenta el desasosiego
de un niño que estuvo en el corazón de la tragedia,
puesto que su padre, hutu, se negó a escapar de los asesinos,
prefiriendo quedarse al lado de su mujer, de origen tutsi y de
sus niños.
Es por milagro que el joven Faustin ha sobrevivido, relegando todo
recuerdo de la escena criminal en lo más profundo de su
memoria, prefiriendo vivir como un animal, puesto que no tiene
ningún lugar donde encontrarse
en casa.
Aquí el relato no releva del género policial, incluso si
hay crimen, investigación y juicio. Pero el criminal es irresponsable,
puesto que la muerte se ha convertido en su único cuadro de referencia,
a pesar suyo, y que ha pasado por fases de enfermedad y de delirio. La
novela acaba con estas palabras: “No eres un hombre como los demás.
Naciste dos veces, por así decirlo: la primera vez, te has amamantado
con su leche y la segunda vez con su sangre… ¡Díos
mío, tres supervivientes y siete días después los
masacres! ¡Siempre queda vida, incluso cuando ha pasado el diablo!” (p.157).
La misma investigación es casi inexistente, la historia del crimen
no aparece más que por flash-back, y el juicio no explica nada
de las razones profundas del crimen.
Y sin embargo, estamos doblemente en una novela negra. Primero
porque da, por fin, la palabra a unos rwandeses, a través de la figura
del personaje central, Faustin, y lo que cuenta de su padre, considerado
el idiota del pueblo, pero siempre enunciando verdades sencillas llenas
de humanidad. Es el único que rehúsa la violencia, que
rechaza las divisiones étnicas, que cree en la bondad del hombre,
pero morirá por culpa de su inocencia. Los pocos blancos presentes
son periodistas y cameras que vienen a robar algunas imágenes
como “gordos perros de mierda” que frecuentan “los
lugares del genocidio”, porque “los muertos son grandes estrellas,
incluso cuando solo les queda nada más que el cráneo"(pp.
98-99). O representantes de ONG y de congregaciones religiosas, que,
o se hacen matar en el genocidio, cuando se meten demasiado en su misión,
o huyen del país, desesperados o por miedo. La única que
quiere ayudar al joven Faustin es una asistente social rwandesa, nacida
en Uganda, y que por lo tanto escapó por parte a las tensiones étnicas
y que puede tener una mirada a la vez exterior y compasiva. Pero eso
no basta para sacar al adolescente de su trauma psíquico.
También es una novela negra, en el sentido genérico del
término, es decir que no se inscribe ya en una tradición
de investigación policial, sino que privilegia situaciones de
crisis dentro de una voluntad de denuncia social, como se practica en
los Estados Unidos después de Dashiell Hammett o Raymond Chandler.
Evitaremos las amalgamas demasiado rápidas, puesto que la novela
negra pone en escena a unos protagonistas sumergidos en un medio criminal,
con una parte no despreciable mantenida por la acción, y un cuadro
de denuncia social o política (que varía de la extrema
derecha a la extrema izquierda). Aquí, el contexto de la pequeña
delincuencia donde se encuentra al narrador no es más que una
de las consecuencias del genocidio y el cariz de denuncia no aparece
más que en filigrana, a través de la dimensión trágica
de un protagonista dominado por fuerzas que no controla, pero que tampoco
consigue aprehender por el bies de una crítica socio-política.
Es el lector quien tiene que hacer la interpretación, y situarse
frente al horror absoluto que es muy progresivamente evocado, por toques
sucesivos.
Pero es finalmente la fuerza de esta novela, de no caer en
la denuncia, la crítica política, de negar las facilidades de la novela
policial, el sensacionalismo de la acción o de la emoción,
para obligar a una lectura más interior. En eso, es la sola novela
que habla verdaderamente del genocidio, que toca al lector en lo más
profundo, porque evita los clichés, las escenas de guerra y de
aventuras para seguir una tragedia humana, poniendo en el centro de su
propósito el imposible trabajo de duelo y el deber de memoria,
algo que era efectivamente su objetivo.
1 I.
Reisdorff, L’homme qui demanda du feu,
(El hombre que pidió fuego) Bruxelles, P. de Méyère,
1978. Las referencias envían a la edición Labor, coll. "Espace
Nord", n° 104, 1995. | subir |
2 O. Marchal, Afrique,
Afrique, Paris, Fayard, 1983. | subir |
3 Damos
las gracias a Pierre Halen cuya bibliografía nos
permitió volver a encontrar algunas de esas novelas policiales.Pero
muchas son inencontrables en librerías, o están agotadas.
Es el caso de Guy Pascal, Mille collines (Mil colinas). La saga gore
du Rwanda,(La saga gore de Rwanda) Paris, Ed. du Moine Bourru, 2000
; de Jean-Paul Nozières, Billi Joe, Paris, Fleuve Noir, coll. "Crime",
1997 (reeditado en 2004 por Thierry Magnier eds, Paris) ; de Elmore
Leonard, Pagan babies, New York, Delacorte Press, 2000. El mismo autor
publicó también Dieu reconnaîtra les siens (Dios
reconocera los suyos), Paris, Rivages, coll. "Thriller",
2003, en la que la acción empieza en Rwanda, poco después
del genocidio, pero sin que la intriga tenga que ver con ese conflicto.
| subir |
4 G.
de Villiers, SAS. Enquête sur un génocide (Investigación
sobre un genocidio), Paris, Malko Productions, n° 1401, 2000, p.
56. | subir |
5 C.
Fradier, Un poison nommé Rwanda (Un pez llamado Rwanda),
Paris, Baleine, coll. Le Poulpe, n° 110, 1998, p. 58. | subir |
6 J.-Cl.
Patrigeon, L’ombre de Némésis
(La sombra de Nemessis), Vallauris, Atout Editions, 2003, p. 10. | subir |
7 T.
Monénembo, L’aîné des
orphelins (El primogenito de los orfelinos), Paris, Ed. du Seuil,
2000, p. 1 | subir |
(n.d.t.
: Los títulos en español son versión
del traductor)
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Marc
Lits es profesor en el departamento de comunicación de la
Universidad Católica de Lovaina donde dirige el Observatorio
del relato mediatico (ORM). Se interesa pore el análisis
de los medias y las producciones culturales de masa. A publicado "Pour
lire le roman policier"(Para leer la novela policial) (De
Boeck, 1994), Le roman policier : introduction à la théorie
et à l'analyse
d'un genre littéraire(La novela policial : introducción
a la teoría y al análisis de un género literario)
(CEFAL, 1999), L'énigme criminelle(El enigma criminal) (Didier
Hatier, 1993), Le fait divers(El suceso) (PUF, Que sais-je ?, 1999),
La novellisation. Du livre au film (La novelización. Del
libro a la película) (Leuven University Press, 2004).
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