el policiaco en el punto de mira
n°2 Julio-Agosto-Septiembre de 2005

 

 

Una novela negra llamada Rwanda

Marc Lits

Universidad católica de Lovaina,
Departamento de comunicación

Traducción: Zeki

 

Dentro de la cada vez más abundante literatura, que tiene a Rwanda por contexto, era inevitable que el género policial también estuviera representado, y eso por dos razones. Esta claro que el crimen y la sangre son ingredientes necesarios para ese tipo de historias, por lo tanto no es sorprendente que el genocidio más importante del siglo XXº retenga la atención de los que buscan un escenario para desarrollar una intriga criminal. Por otro lado, y esta es la segunda razón, el policial contemporáneo, de enigma o más social, ya no se sitúa en lugares y tiempos determinados, como en la época de Agatha Christie, sino que aborda las más duras realidades. El genocidio rwandés tenía por lo tanto que atraer la atención de uno u otro autor de novelas policiales, porque más allá de un decorado sangriento, permite aprehender las locuras y derivas homicidas de una sociedad en crisis.

 

En los orígenes, la investigación judicial del blanco

Dos grandes novelas que recorren el periodo de la administración colonial belga poseen, por una parte, una trama policial, sin por ello pertenecer estrictamente al género, ya que la investigación no es, en este caso, el principal motor narrativo sino más bien un hilo conductor que sirve de pretexto a una búsqueda de la realidad ruanesa en uno de los casos, a una descripción de un país en vía de transformación, en el otro. L’homme qui demanda du feu (El hombre que pidió fuego) de Ivan Reisdorff1, propone en ese sentido un título emblemático, ya que hace referencia, claro esta, a la cultura ruanesa de la que quiere sobre todo dar a la vez una pintura y un testimonio, pero retomando un procedimiento típico de la novela policial: la designación, ya en el título, de uno de los protagonistas esenciales, aquí la victima del crimen. La novela retoma la estructura clásica del enigma criminal dilucidado por un miembro oficial de la justicia o de la policía. El relato esta construido al revés, la escena del descubrimiento del crimen abre el relato y de entrada pone en escena a la víctima, al investigador, el cual adelanta una primera hipótesis interpretativa, y al legista que proporciona los primeros índices. El narrador lo afirma explícitamente: “El asesinato de Minani era en sí un asunto banal, un crimen crapuloso del que la víctima era un Tutsi sin vacas y el autor un Kiga cualquiera, pirata de bosque.” (p.77)

Pero esa investigación no es más que un pretexto para proponer un fresco de un Rwanda en transformación. El autor y el narrador (que se confundan o no, poco nos importa), no nos engañan pues, más que muy débilmente. Por supuesto, hay un crimen seguido de una investigación, la cual acabará, después de múltiples indagaciones e interrogatorios, en la detención de un sospechoso y su condena; pero esta intriga policial no ocupa más que una parte menor del libro, dando solo al narrador la ocasión de interrogarse sobre la naturaleza de su misión, sobre el devenir de una colonización cada vez más cuestionada.

Ocurre lo mismo con la novela de Omer Marchal, Afrique, Afrique2 que pone igualmente en escena a un administrador territorial al que la investigación sobre un joven mestizo matado por accidente lo lleva a evocar un Rwanda colonial donde los residentes belgas traen la civilización, en empatía con los habitantes de un país que se han puesto a querer. Ese amor es de hecho tan fácil para el narrador que no cesa de comparar las colinas ruanesas con los valles de las Ardennas de su infancia, y que procede por asimilación del uno al otro, considerando “sencillamente” que Rwanda tiene un retraso que alcanzar con relación a la civilización occidental. De nuevo la intriga criminal esta reducida a su más simple expresión, puesto que solo comienza después de ciento sesenta páginas y se resuelve de manera muy rápida. Pero si los hechos en causa son rápidamente desentrañados, se inscriben en realidad dentro de rivalidades de clanes que se remontan a más de cuatro generaciones y se entremezclan a su vez con prácticas mágicas y ajustes de cuentas políticos por la toma del poder. A partir de ahí la investigación y los interrogatorios del proceso que no ocupan más que unas decenas de páginas sobre quinientas, son la ocasión de rehacer la historia y la genealogía de los diferentes clanes que ocupan las colinas y de las rivalidades que los oponen.

Lo que es significativo es la convergencia de las dos elecciones narrativas, más allá de sus posicionamientos ideológicos respectivos. Lo dos han escogido la forma más clásica de la novela de enigma, fundada sobre una investigación lineal llevada por un representante oficial dotado de poderes de justicia y de policía. Se hace posible por las atribuciones de esos agentes territoriales que acumulaban responsabilidades administrativas y judiciales sobre el territorio que tenían a cargo. Y eso, manifiesta también que si la víctima es a cada vez un joven negro, la justicia, ella, es blanca, y aplicada según los principios y las reglas de la metrópoli, incluso si los dos investigadores son sensibles a los valores de las tradiciones y costumbres locales que intentan respetar. Ese tipo de trama policial es también la menos constringente en relación a las imposiciones genéricas que exige. La resolución del enigma no es la preocupación central del investigador, ni mucho menos del lector, proporciona solamente un hilo conductor al relato, que puede apartarse de el sin reparo para desarrollar los aspectos más autobiográficos o políticos que afloran en cada página.

La investigación, finalmente, en el caso de Reisdorff como de Marchal, acaba positivamente porque los dos aman a África, se han sumergido en ella, son cercanos a las tribus locales. Pero eso releva también del cliché de la investigación policial. El detective clarividente es aquel que puede compartir, como el comisario Maigret, la vida de sus sospechosos, que procede por empatía e inmersión. Y la verdad que descubre la encuentra tanto en él como en el exterior. De la investigación criminal como revelador de las profundidades del alma, y aquí de las simbiosis entre el espíritu colonial fundado sobre la fusión con un país amado y la tradición africana que se revela a quien acepta comprenderla si desprecio. Algo que no es dado a todos, como muestra el ejemplo siguiente.

 

SAS : un racista bien informado

La novela de enigma es un género que pertenece al tiempo de la quietud. Un homicidio, por supuesto, a tenido lugar, pero para nada traumatiza a los que han sido testigos de el. Ese cuadro idílico va a bascular con el genocidio de 1994, y el relato de enigma ya no puede servir de modelo narrativo, porque es demasiado refinado, educado, reservado a los pequeños homicidios entre gentes de buena compañía. Cuando el homicidio se convierte en la regla ordinaria, cuando el crimen ya no es asunto aislado de un pequeño delincuente, pero asunto de Estado, a gran escala, hay que escoger la vía de la novela negra más dura o de la novela de espionaje, según se quiera poner en escena una violencia fuera de norma, o demostrar los envites políticos, nacionales e internacionales del genocidio.

Primero hay que constatar que si Rwanda sirve de telón de fondo a algunas novelas policiales, es en número restringido y varios de esos volúmenes son publicados por editoriales confidenciales que dan la palabra a relaciones del genocidio, más o menos autobiográficas, más o menos noveladas3. No hay por lo tanto una ola ruanesa en el mundo del policial, incluso si los autores y las colecciones las más populares han propuesto todas un “episodio” rwandés en los años que siguieron al genocidio. Este es el caso de Fleuve Noir, con Jean-Paul Nozières, de SAS y del Poulpe (El pulpo).

Gérard de Villiers pasea su protagonista, SAS, en todas las regiones del mundo donde tienen lugar golpes de estado, guerras, revoluciones y otras masacres, para intentar defender los intereses de sus jefes sin demasiado miramiento por los medios empleados. No se puede interpretar su mirada sobre Rwanda más que teniendo en cuenta los estereotipos sobre los que están construidas todas sus novelas, ya que la visión del mundo de su autor se fundamenta sobre una serie de clichés, nunca rediscutidos. Cuando publica SAS. Enquête sur un génocide (SAS. Investigación sobre un genocidio) Gérard de Villiers utiliza siempre los mismos procedimientos : excelente documentación sobre la topografía del territorio puesto en escena, dentro de un prurito de realismo mezclado de exotismo; un buen dominio de los datos políticos y estratégicos sacados de una documentación rica y abundante; inserción de esos elementos contrastados en una trama estereotipada y que implique los servicios secretos americanos para los que SAS ejecuta operaciones clandestinas.

Si los lugares están fielmente representados, lo son, claro esta, desde un punto de vista de europeo privilegiado, que no frecuenta más que los hoteles de lujo y las discotecas de los barrios altos. No hay ninguna mirada sobre la realidad cotidiana de los rwandeses, sobre la vida de los pueblos o la dificultad de cohabitación entre hutus y tutsis después del genocidio. Igualmente las mujeres negras son todas unas golfas, a penas humanas (“No se sentía capaz de ligar a la ruanesa. Era casi zoofilia4” ) , y todos los africanos no piensan más que en el sexo (“ ¡Pero la gente no piensa más que en eso! ¡No hay nada que hacer y las chavalas tienen el culo ardiendo! En África se es muy libre”, p 109). Además, los africanos, por supuesto, son todos infieles, vagos y huidizos. En cuanto a los rwandeses, son “millones de pobres infelices que arañan la tierra como hormigas e ignoran que la edad media ya ha terminado” (pp. 27-28). Pero esos clichés xenófobos y envilecedores también son aplicados a los asiáticos, a los árabes o a los suramericanos cuando la acción tiene lugar en esos países, no son más que el signo del racismo explicito de la serie, presentando la raza blanca como superior a las otras, la única capaz de salvar al resto de sub-humanos.

Pero más allá de esos clichés racistas de Villiers toma claramente posición en un conflicto rwandés del que parece conocer bien los pormenores. De ese modo, resume en menos de una página la historia del Rwanda desde principio de siglo, presenta también los principales episodios del genocidio en las primeras páginas del libro, poniendo en causa la “Operación Turquesa” dirigida por el gobierno francés. La posición es clara: de Villiers se pone al lado del FPR de Kagame, denunciando la posición francesa, cómplice del poder en sitio, pero eximiendo a los militares franceses de sus responsabilidad ya que fueron “entrampados” por los responsables políticos. Eso permite preservar el honor de los militares fustigando a los políticos, algo que se corresponde con la línea militarista y populista del autor y explica en parte la razón por la cual el escenario del complot no asocia a servicios secretos franceses sino americanos (el autor es provocador pero sin temeridad excesiva con relación a un lectorado esencialmente francés y sensible a los valores militares). Narrativamente, es además el medio de implicar SAS en la aventura.

La acción tiene lugar en el 2000, ya que el título evoca efectivamente una investigación y no el periodo del mismo genocidio, en el momento en el que celebra su sesión el tribunal de Arusha, que el autor presenta como una farsa puesta en escena por la ONU para eludir su responsabilidad en la no intervención al principio del genocidio. El Presidente Kagame es presentado como uno “de los raros dirigentes negros íntegro, valiente y patriota” (p.250), pero que fue manipulado porque creía que el Presidente Habyarimana iba a matar a los tutsi. Por lo tanto sería él el que habría comanditado la operación a un amigo americano, cercano a la CIA, para evitar el genocidio. Y el atentado habría sido cometido con dos mísiles tomados a los Ugandeses. De Villiers consigue pues, evacuar rápidamente las implicaciones francesas en esta historia, puesto que el ejército no hizo más que obedecer las decisiones de los políticos incompetentes y que a continuación Francia esta aparentemente ausente en lo ocurrido. Y el poder en sitio es legitimado por sus motivaciones. Pensó actuar bien eliminando a un extremista y no midió las consecuencias de su acto. Finalmente los americanos y los órganos internacionales fallaron todos, por cobardía o para no comprometer sus intereses.

 

Unos franceses poco claros

La posición del Pulpo, ese otro investigador privado, es muy diferente. Hay que decir que si SAS se sitúa muy cerca de una extrema derecha, nacionalista hostil a lo político, sensible al honor nacional, a los valores guerreros y al discurso machista, la creación de Bernard Pouy se sitúa exactamente en el otro borde, reivindicando un anarquismo de izquierda, antimilitarista, contra el orden establecido, en crisis de identidad nacional, personal, sexual… Entonces, en la novela de Catherine Fradier (ya que el Pulpo tiene esa particularidad de estar cada vez, escrito por un autor diferente, pero en el respeto de una serie de “normas” bastante estrictas, entre otras sobre el plano ideológico), las interpretaciones del genocidio serán otras totalmente.

Una escena del genocidio sirve, además, de introducción a la novela, justo después de una citación de Théoneste Bagosora situada en exergo, para que el contexto sea lo más explicito posible. Si la historia se desarrolla en Paris, en la peluquería de Cheryl la querida del Pulpo, el drama rwandés esta en el corazón de la intriga. Y si un rwandés se hace matar en las primeras páginas, su hermano, sin embargo, atraviesa el resto del relato, de tal manera que blancos y negros son tratados aquí a partes iguales en la búsqueda de la verdad. Al principio, además, la francesa se niega a implicarse en un « asunto de Estado », ya que ella reivindica su falta de compromiso político y militante. Solo cuando su peluquería será saqueada se sentirá obligada a implicarse en un asunto que la sobrepasa. Desde ese instante, como en la novela de De Villiers, un protagonista resume la situación histórica, pero aquí es un rwandés el que se encarga de ello, poniendo en causa la responsabilidad de los colonizadores en la exacerbación del conflicto étnico. La colonización belga aparece claramente como la causa de las tensiones étnicas, pero los militares franceses tampoco son eximidos, ya que son tenidos por responsables del atentado contra el Presidente Habyarimana, cubiertos por la célula africana del Elíseo y "Papamadi", « mote que dan los africanos al hijo de vuestro ex-Presidente5” En cuanto a la Operación “Turquesa”, “fue sobretodo un escudo para preservar a todos los asesinos y les permitió practicar la política de la tierra quemada” (p.59). La continuación del relato pone en escena a unos militantes de extrema derecha, instrumentalizados por los servicios secretos franceses, que intentan recuperar unas fotos que atestiguan la participación militar francesa en el genocidio, con el acuerdo del gobierno esta vez, a diferencia de las posiciones tomadas por De Villiers. La alianza de demócratas rwandeses y franceses, simbolizada por la escena de amor entre la peluquera francesa y el resistente rwandés, por otro lado enfermo del sida (el melodrama nunca esta lejos), permite revelar esas colusiones vergonzosas, para concluir sobre un final pacifista que aboga por un renacimiento del Rwanda.

Jean-Claude Patrigeon implica él también las redes de influencia francesa en el asesinato de Habyarimana y el genocidio, denunciando al mismo tiempo la visión totalitaria del presidente asesinado. Kaplan, un periodista de investigación trotamundos y aventurero, es claro en sus palabras cuando compara ese régimen: “al nazismo, un nazismo tropical con las inevitables y sempiternas milicias y tropas de elite y una inverosímil propaganda racista. El flujo venenoso del odio racial corría por las venas y los cerebros febriles. Una verdadera paranoia homicida se había apoderado de aquel régimen corrupto6".

El régimen hutu ejerce un poder sanguinario, encuadrado por militares franceses, que participan incluso en las torturas. La carga es clara, remitiendo a las redes Focart (que también aparecía, pero sin ser citado nominalmente, en la investigación de SAS) y la política post colonial de Francia, actuando siempre bajo mano para defender sus intereses en el África francófona. La intriga policial, más cerca de la novela de aventuras y de espionaje, relativamente convenida, deja a veces de ese modo el lugar a una historia sucinta del Rwanda y de la "Françafrique", ilustrando como, desde de Gaulle hasta Miterrand, los dirigentes políticos franceses siempre han apoyado unos regimenes corruptos y autoritarios, incluido con ayudas militares más o menos ocultas, para defender los intereses económicos y geoestratégicos de Francia en la región.

Esas tres novelas que se asemejan más a la aventura y al espionaje que a la investigación policial, tienen un rasgo común. Siempre son occidentales quienes son sus principales protagonistas y si los mandatarios y ejecutantes del asesinato de Habyarimana son, unas veces franceses, otras americanos, esta claro que el punto de vista es casi exclusivamente “blanco”. Los actores rwandeses no aparecen más que en el trasfondo como si el territorio solo sirviera de decorado para juegos de intereses de las grandes potencias y para rivalidades entre superpotencias, representadas por sus servicios secretos y algunos grupos de acción ocultos. El mismo genocidio pasa casi a un segundo plano, ya que los actores africanos del conflicto no parecen ser más que unos peones en un tablero más amplio. Ningún rwandés juega un papel de primer plano, o puede verdaderamente desarrollar sus posiciones o sus convicciones, como si esas novelas para lectores “blancos” no pudieran proponer nada más que actores blancos en los primeros roles. Por lo tanto es en otro lado, en el de los autores de origen africano que hay que encontrar una mirada “negra” sobre ese “conflicto”.

 

Una mirada negra sobre el genocidio

Tierno Monénembo opera un doble desplazamiento: su narrador no es un investigador blanco; es rwandés y se encuentra en prisión. El joven Faustin, hijo del idiota del pueblo, cuenta una historia llena de ruido y furia, que descubrimos por retazos en un relato que se remonta hacía atrás hasta los días del genocidio que cierran la novela. No se sabe, al principio, por qué esta prisionero, qué crimen cometió, si es víctima o culpable, si es un chivo expiatorio, un genocida, una víctima de las circunstancias. Eso ocurre después del genocidio, del que no parece tener recuerdos precisos, hasta el punto de inventar la escena del crimen de sus padres para las televisiones extranjeras. Descubrimos poco a poco, que se encuentra en la cárcel, no por haber participado en el genocidio, sino por un crimen de carácter privado y pasional. Mató al amante de su hermana disparándole con un revolver cuando los encontró acostados juntos. Después de tres años de presidio, es llevado ante un tribunal al que exaspera por su libertad de tono y que lo condena a muerte. “No es porque hubo el genocidio que los rwandeses han perdido toda moral7" declara su abogado. Y a falta de no haber podido juzgar a los genocidas, es, pues, una víctima del genocidio quien pagará el pato de una Justicia deseosa de restaurar un Estado de derecho. Esa caricatura de juicio no llega a tomar en cuenta el desasosiego de un niño que estuvo en el corazón de la tragedia, puesto que su padre, hutu, se negó a escapar de los asesinos, prefiriendo quedarse al lado de su mujer, de origen tutsi y de sus niños. Es por milagro que el joven Faustin ha sobrevivido, relegando todo recuerdo de la escena criminal en lo más profundo de su memoria, prefiriendo vivir como un animal, puesto que no tiene ningún lugar donde encontrarse en casa.

Aquí el relato no releva del género policial, incluso si hay crimen, investigación y juicio. Pero el criminal es irresponsable, puesto que la muerte se ha convertido en su único cuadro de referencia, a pesar suyo, y que ha pasado por fases de enfermedad y de delirio. La novela acaba con estas palabras: “No eres un hombre como los demás. Naciste dos veces, por así decirlo: la primera vez, te has amamantado con su leche y la segunda vez con su sangre… ¡Díos mío, tres supervivientes y siete días después los masacres! ¡Siempre queda vida, incluso cuando ha pasado el diablo!” (p.157). La misma investigación es casi inexistente, la historia del crimen no aparece más que por flash-back, y el juicio no explica nada de las razones profundas del crimen.

Y sin embargo, estamos doblemente en una novela negra. Primero porque da, por fin, la palabra a unos rwandeses, a través de la figura del personaje central, Faustin, y lo que cuenta de su padre, considerado el idiota del pueblo, pero siempre enunciando verdades sencillas llenas de humanidad. Es el único que rehúsa la violencia, que rechaza las divisiones étnicas, que cree en la bondad del hombre, pero morirá por culpa de su inocencia. Los pocos blancos presentes son periodistas y cameras que vienen a robar algunas imágenes como “gordos perros de mierda” que frecuentan “los lugares del genocidio”, porque “los muertos son grandes estrellas, incluso cuando solo les queda nada más que el cráneo"(pp. 98-99). O representantes de ONG y de congregaciones religiosas, que, o se hacen matar en el genocidio, cuando se meten demasiado en su misión, o huyen del país, desesperados o por miedo. La única que quiere ayudar al joven Faustin es una asistente social rwandesa, nacida en Uganda, y que por lo tanto escapó por parte a las tensiones étnicas y que puede tener una mirada a la vez exterior y compasiva. Pero eso no basta para sacar al adolescente de su trauma psíquico.

También es una novela negra, en el sentido genérico del término, es decir que no se inscribe ya en una tradición de investigación policial, sino que privilegia situaciones de crisis dentro de una voluntad de denuncia social, como se practica en los Estados Unidos después de Dashiell Hammett o Raymond Chandler. Evitaremos las amalgamas demasiado rápidas, puesto que la novela negra pone en escena a unos protagonistas sumergidos en un medio criminal, con una parte no despreciable mantenida por la acción, y un cuadro de denuncia social o política (que varía de la extrema derecha a la extrema izquierda). Aquí, el contexto de la pequeña delincuencia donde se encuentra al narrador no es más que una de las consecuencias del genocidio y el cariz de denuncia no aparece más que en filigrana, a través de la dimensión trágica de un protagonista dominado por fuerzas que no controla, pero que tampoco consigue aprehender por el bies de una crítica socio-política. Es el lector quien tiene que hacer la interpretación, y situarse frente al horror absoluto que es muy progresivamente evocado, por toques sucesivos.
Pero es finalmente la fuerza de esta novela, de no caer en la denuncia, la crítica política, de negar las facilidades de la novela policial, el sensacionalismo de la acción o de la emoción, para obligar a una lectura más interior. En eso, es la sola novela que habla verdaderamente del genocidio, que toca al lector en lo más profundo, porque evita los clichés, las escenas de guerra y de aventuras para seguir una tragedia humana, poniendo en el centro de su propósito el imposible trabajo de duelo y el deber de memoria, algo que era efectivamente su objetivo.

1 I. Reisdorff, L’homme qui demanda du feu, (El hombre que pidió fuego) Bruxelles, P. de Méyère, 1978. Las referencias envían a la edición Labor, coll. "Espace Nord", n° 104, 1995. | subir |
2 O. Marchal, Afrique, Afrique, Paris, Fayard, 1983. | subir |
3 Damos las gracias a Pierre Halen cuya bibliografía nos permitió volver a encontrar algunas de esas novelas policiales.Pero muchas son inencontrables en librerías, o están agotadas. Es el caso de Guy Pascal, Mille collines (Mil colinas). La saga gore du Rwanda,(La saga gore de Rwanda) Paris, Ed. du Moine Bourru, 2000 ; de Jean-Paul Nozières, Billi Joe, Paris, Fleuve Noir, coll. "Crime", 1997 (reeditado en 2004 por Thierry Magnier eds, Paris) ; de Elmore Leonard, Pagan babies, New York, Delacorte Press, 2000. El mismo autor publicó también Dieu reconnaîtra les siens (Dios reconocera los suyos), Paris, Rivages, coll. "Thriller", 2003, en la que la acción empieza en Rwanda, poco después del genocidio, pero sin que la intriga tenga que ver con ese conflicto. | subir |
4 G. de Villiers, SAS. Enquête sur un génocide (Investigación sobre un genocidio), Paris, Malko Productions, n° 1401, 2000, p. 56. | subir |
5 C. Fradier, Un poison nommé Rwanda (Un pez llamado Rwanda), Paris, Baleine, coll. Le Poulpe, n° 110, 1998, p. 58. | subir |
6 J.-Cl. Patrigeon, L’ombre de Némésis (La sombra de Nemessis), Vallauris, Atout Editions, 2003, p. 10. | subir |
7 T. Monénembo, L’aîné des orphelins (El primogenito de los orfelinos), Paris, Ed. du Seuil, 2000, p. 1 | subir |

(n.d.t. : Los títulos en español son versión del traductor)

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Marc Lits es profesor en el departamento de comunicación de la Universidad Católica de Lovaina donde dirige el Observatorio del relato mediatico (ORM). Se interesa pore el análisis de los medias y las producciones culturales de masa. A publicado "Pour lire le roman policier"(Para leer la novela policial) (De Boeck, 1994), Le roman policier : introduction à la théorie et à l'analyse d'un genre littéraire(La novela policial : introducción a la teoría y al análisis de un género literario) (CEFAL, 1999), L'énigme criminelle(El enigma criminal) (Didier Hatier, 1993), Le fait divers(El suceso) (PUF, Que sais-je ?, 1999), La novellisation. Du livre au film (La novelización. Del libro a la película) (Leuven University Press, 2004).
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