el policiaco en el punto de mira
n°2 Julio-Agosto-Septiembre de 2005

 

Mamaíta

Jean-Baptiste Baronian
Traduccion: Jean-Michel Joubert

 

1.

Claudine se encontraba en el Centro Comercial de Woluwé desde ya un largo rato y aún no se había decidido para el regalo que ofrecería a su mamaíta. De todos modos, no sería algo caro. Unos quince euros, máximo. Lo que había podido ahorrar desde seis meses con su calderilla. A los catorce, edad que acababa de llevar, no hubiera podido, desde luego, economizar más. Tanto más cuanto que sabía que sus padres tenían apuros para “ir tirando “, una expresión que utilizaba muy a menudo su papá y que, cada vez que la oía, la ponía molesta. Igual que la palabra “sexo”. O la palabra “psiquiatra” que asociaba, sin que supiera muy bien porqué, a una misteriosa y horrorosa enfermedad.¿ Existía un remedio milagroso para no pillar el “psiquiatra”?

¿Qué podría, de verdad, comprar con unos pobres quince euros?

¿Qué quisiera recibir su mamaíta, con motivo de su treinta y cuatro cumpleaños ? ¿ Cuál será el regalo que màs agrade a ella?

Claudine no cesaba de pedírselo.

Después de recorrer por la tercera vez el Centro Comercial de Woluwé en los dos sentidos, se dijó que a su mamá, tal vez, no le disgustaría recibir algo que llevaría de costumbre. Mejor valdría comprar para ella caramelos u almendras garapiñadas. Mejor que un libro de cocina, dado que ya poseía muchos de ellos. Mejor tambíen que un disco compacto. Aunque el último Moby que había escudriñado hace poco y que vendían en el vidéoclub con una atractiva rebaja...

Entró en el Corte Inglés y fue rumbo a la sección de las bufandas, pañuelos y pañoletas. El surtido era mayúsculo y se sintió incapaz de decidirse. Sobre todo por los precios. Los artículos más bonitos, más deseables, eran también, por desgracia, los artículos más caros.
Durante un instante, vaciló por una bufanda de lana gris perla, la dió vueltas y vueltas en su mano, y acabó por volver a ponerla en el mostrador de donde la había sacado. Después por una hermosa
pañóleta sobe la cual figuraban los rasgos sonrientes de Madonna.
Sólo costaba siete euros y bien se lo imaginaba sobre su mamá, cuyo rostro , le había dicho un día Marie Berthe, su mejor amiga de la escuela municipal, se parecía al de la cantante. No, no era buena idea. ¿Y quien sabe cómo reaccionaría su papá a quien Madonna parecía torpona, vulgar y “ insufriblemente ligera”?

Con suspiros, Claudine vagaba entre las seccionnes, y, dentro de poco, fue atraída, en medio del grande almacen, por un soporte metálico llenado de cinturas. Había decenas y decenas de ellas,de todas formas, de todos modelos, unas muy hermosas ,otras muy feúchas, unas muy caras y otras muy baratas.

Pero, ¿La cúal había de elegir ? ¿ Une larga o une corta ? ¿Una estrecha o una ancha ? ¿Un color claro o un color oscuro ?
¿Una de cuero o una de tejido ?

Dejó transcurrir largas minutas antes de decidirse para una cintura de cuero azul, un modelo bastante clásico, de media longitud, a la vez, que le pareció bastante flexible et sólida. Quince euros justos. Chispearon sus ojos.

Corrió a la caja, reclamó un papel de regalo. Y, después de esto, regresó a su casa. No era muy lejos – un piso en la planta catorce, y ultima, de un building , ciudad de los Alamos. De pié,sin darse prisa, apenás tardaría diez minutos en llegar.

 

2.

Claudine lloraba y temblaba como una azogada. Sentada con piernas cruzadas sobre su cama, oía a su mamá y a su papá que gritaban en el comedor y se peleaban como nunca, nunca lo habían hecho hasta ahora

.¿Qué habia iniciado la riña?

Lo ignoraba. En un momento dado, mientras su papá estaba trinchando la pierna de cordero y su mamá, por su parte, removía la ensalada, de repente, habían alzado la voz y, muy de pronto, habían intercambiado sartas de injuros. Cosas terribles. Cosas ofensivas y odiosas. Cosas de las cuales no había entendido bien lo que significaban pero que le habían parecido tan chocantes, tan espantosas, que había prorrumpido en sollozos y que , muy pronto, se había refugiado en su cuartito.

Y continuaban.Y cuanto más continuaban, más se le saltaban las lagimas de los ojos, más se sentía consumida por una infinita tristeza.

Y sin embargo ¡Vaya recuerdo! A poco de comer, cuando había dado la bella cintura azul a su mamá, se habían abrazado ríendo de placer, y después su papá las había estrechado cariñosamente sobre su pecho !

No pudiendo más, se coló de prisa bajo las mantas y, con las dos manos, se taponó los oídos.

Sonaba a raro el ya no oír gritos y estertores de sus padres. En vez de eso, oía su corazón latiendo. Y percibía tambien un especie de estruendo no interrumpido. Como el ruido obsesivo del viento en una concha gorda. Como la queja interminable de un animal que estaba muriendo.

 

3.

¿ Se habrá dormido ?

Tal vez, pero no estaba cierta de eso. Lo seguro es que ahora ya no oía a su papá y ya no oía también a su mama. En realidad, no oía nada de nada. Ni el mínimo ruido. Ni el mínimo múrmuro. Ni siquiera el sonido apagado del televisor llegando del piso cercano, como casi cada tarde. Era de creer que sus padres,después de pelearse violantemente, habían salido. Y que la gente de al lado, los Alonso, se habían acostado, por casualidad, mucho más temprano que de costumbre.

¿Qué hora es ?

Claudine se frotó los ojos y se miró el WATCH que poseía a su pulsera y que era el regalo más valioso que había recibido de su.

Mamá y de su papá a ocasión de sus catorce años

La una y veinte

Se puso de pie, se fue a abrir la puerta de su cuarto.Otra vez, la asombró el silencio que reinaba en el apartamento y andó hacia la sala de estar.

Una imagen familiar y tanquilizadora se impusó a ella : su mamá y su papá, juntos en el sofá, soñoliento.

Era una escena a la cual había asistido muchisimas veces Claudine desde chiquilla.
Salvo que, las veces anteriores, por muy remotos que sean sus recuerdos, se oía sin falta el sonido del televisor...

Mientras que ahora....

Se inmovilizó.

El mugido de una sirena policial acababa de resonar a lo lejos.
A no ser que sea él de una ambulancia. U él de un camión de bomberos. No sabía, siempre los confundía.

Al entrar enel salon, que estaba alumbrado, vió en primer lugar a su mamá tumbada sóla en el sofa, con la cabeza echada por atrás, sus cabellos de azabache en desorden, con un aire de dormir a pierna suelta. Al cabo de unos diez segundos, se dío cuenta de que algo fallaba.

Era la postura que tenía su mamá . era tan rara, tan jocosa que inhabitual. Como si....

Pero ¿ Como si .. Qué ?

Claudine se adelantó, con los brazos colgantes, un poquito a la defensiva.

Un instante después, echaba un grito de horror.

Su mamaíta ya no se movía, ya no respiraba. Tenía los labios retorcidos, petrificados en una monstruosa mueca, sus ojos desorbitados, ojos terrorificos que ver, volcados hacía el techo.

La cintura azul con la cual había sido garrotadase se parecía, era de equivocarse, a un collar de perro.

 

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Nacido en 1942, Jean-Baptiste Baronian es el autor de casi treinta novelas u libros de novelas cortas de la cuales une media docena con el seudónmo de Alexandre Lous. Entre sus obras más recientes, cabe mencionar “La apocalipsis blanca“ (Métaillé) Y “las mariposas negras“ (la Table Ronde) así que dos ensayos a propósito de Georges Simenon (Simenon, el hombre de las novelas) y Simenon u la novela gris (ambos ediciones Textuel).
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