Mamaíta
Jean-Baptiste
Baronian
Traduccion: Jean-Michel Joubert
1.
Claudine se
encontraba en el Centro Comercial de Woluwé desde
ya un largo rato y aún no se había decidido para
el regalo que ofrecería a su mamaíta. De todos
modos, no sería algo caro.
Unos quince euros, máximo. Lo que había podido ahorrar
desde seis meses con su calderilla. A los catorce, edad que acababa
de llevar, no
hubiera podido, desde luego, economizar más. Tanto más
cuanto que sabía que sus padres tenían apuros para “ir
tirando “,
una expresión que utilizaba muy a menudo su papá y que,
cada vez que la oía, la ponía molesta. Igual que la palabra “sexo”. O
la palabra “psiquiatra” que asociaba, sin que supiera muy
bien porqué, a una misteriosa y horrorosa enfermedad.¿ Existía
un remedio milagroso para no pillar el “psiquiatra”?
¿Qué podría,
de verdad, comprar con unos pobres quince euros?
¿Qué quisiera recibir su mamaíta, con motivo
de su treinta y cuatro cumpleaños ? ¿ Cuál será el
regalo que màs agrade a ella?
Claudine
no cesaba de pedírselo.
Después
de recorrer por la tercera vez el Centro Comercial de Woluwé en
los dos sentidos, se dijó que a su mamá,
tal vez, no le disgustaría recibir algo que llevaría
de costumbre. Mejor valdría comprar para ella caramelos
u almendras garapiñadas. Mejor que un libro de cocina, dado
que ya poseía muchos de ellos.
Mejor tambíen que un disco compacto. Aunque el último
Moby que había escudriñado hace poco y que vendían
en el vidéoclub
con una atractiva rebaja...
Entró en el Corte Inglés y fue rumbo a la sección
de las bufandas, pañuelos y pañoletas. El surtido era
mayúsculo y se sintió incapaz de decidirse. Sobre todo
por los precios. Los artículos más bonitos, más
deseables, eran también, por desgracia, los artículos
más caros.
Durante un instante, vaciló por una bufanda de lana gris perla,
la dió vueltas y vueltas en su mano, y acabó por volver
a ponerla en el mostrador de donde la había sacado. Después
por una hermosa
pañóleta sobe la cual figuraban los rasgos sonrientes
de Madonna.
Sólo costaba siete euros y bien se lo imaginaba sobre su mamá,
cuyo rostro , le había dicho un día Marie Berthe, su
mejor amiga de la escuela municipal, se parecía al de la cantante.
No, no era buena idea. ¿Y quien sabe cómo reaccionaría
su papá a quien Madonna parecía torpona, vulgar y “ insufriblemente
ligera”?
Con suspiros, Claudine vagaba entre las seccionnes, y, dentro de
poco, fue atraída, en medio del grande almacen, por un soporte metálico
llenado de cinturas. Había decenas y decenas de ellas,de todas formas,
de todos modelos, unas muy hermosas ,otras muy feúchas, unas muy caras
y otras muy baratas.
Pero, ¿La cúal había de elegir ? ¿ Une
larga o une corta ? ¿Una estrecha o una ancha ? ¿Un
color claro o un color oscuro ?
¿Una de cuero o una de tejido ?
Dejó transcurrir largas minutas antes de decidirse para
una cintura de cuero azul, un modelo bastante clásico, de
media longitud, a la vez, que le pareció bastante flexible
et sólida. Quince euros justos. Chispearon sus ojos.
Corrió a la caja, reclamó un papel de regalo. Y,
después de esto, regresó a su casa. No era muy lejos – un
piso en la planta catorce, y ultima, de un building , ciudad de los
Alamos. De pié,sin darse prisa, apenás tardaría
diez minutos en llegar.
2.
Claudine
lloraba y temblaba como una azogada. Sentada con piernas cruzadas
sobre su cama, oía a su mamá y a su papá que
gritaban en el comedor y se peleaban como nunca, nunca lo habían
hecho hasta ahora
.¿Qué habia iniciado la riña?
Lo
ignoraba. En un momento dado, mientras su papá estaba
trinchando la pierna de cordero y su mamá, por su parte,
removía
la ensalada, de repente, habían alzado la voz y, muy de
pronto, habían intercambiado sartas de injuros. Cosas
terribles. Cosas ofensivas y odiosas. Cosas de las cuales no
había entendido
bien lo que significaban pero que le habían parecido tan
chocantes, tan espantosas, que había prorrumpido en sollozos
y que , muy pronto, se había refugiado en su cuartito.
Y
continuaban.Y cuanto más continuaban, más se le
saltaban las lagimas de los ojos, más se sentía consumida
por una infinita tristeza.
Y
sin embargo ¡Vaya recuerdo! A poco de comer, cuando había
dado la bella cintura azul a su mamá, se habían abrazado
ríendo de placer, y después su papá las había
estrechado cariñosamente sobre su pecho !
No
pudiendo más, se coló de prisa bajo las mantas
y, con las dos manos, se taponó los oídos.
Sonaba
a raro el ya no oír gritos y estertores de sus padres.
En vez de eso, oía su corazón latiendo. Y percibía
tambien un especie de estruendo no interrumpido. Como el ruido
obsesivo del viento en una concha gorda. Como la queja interminable
de un animal
que estaba muriendo.
3.
¿ Se habrá dormido
?
Tal
vez, pero no estaba cierta de eso. Lo seguro es que ahora ya no oía
a su papá y ya no oía también
a su mama. En realidad, no oía nada de nada. Ni el mínimo
ruido. Ni el mínimo múrmuro. Ni siquiera el sonido
apagado del televisor llegando del piso cercano, como casi cada
tarde. Era de creer que sus padres,después de pelearse violantemente,
habían salido. Y que la gente de al lado, los Alonso, se
habían
acostado, por casualidad, mucho más temprano que de costumbre.
¿Qué hora
es ?
Claudine
se frotó los ojos y se miró el WATCH que
poseía a su pulsera y que era el regalo más valioso
que había recibido de su.
Mamá y de su papá a ocasión de sus catorce años
La una y veinte
Se
puso de pie, se fue a abrir la puerta de su cuarto.Otra vez, la asombró el silencio que reinaba en el apartamento y andó hacia
la sala de estar.
Una
imagen familiar y tanquilizadora se impusó a ella :
su mamá y su papá, juntos en el sofá, soñoliento.
Era
una escena a la cual había asistido muchisimas
veces Claudine desde chiquilla.
Salvo que, las veces anteriores, por muy remotos que sean sus
recuerdos, se oía sin falta el sonido del televisor...
Mientras
que ahora....
Se
inmovilizó.
El mugido de una sirena policial acababa de resonar a lo lejos.
A no ser que sea él de una ambulancia. U él de un camión
de bomberos. No sabía, siempre los confundía.
Al
entrar enel salon, que estaba alumbrado, vió en primer
lugar a su mamá tumbada sóla en el sofa, con la cabeza
echada por atrás, sus cabellos de azabache en desorden, con
un aire de dormir a pierna suelta. Al cabo de unos diez segundos,
se dío cuenta de que algo fallaba.
Era
la postura que tenía su mamá .
era tan rara, tan jocosa que inhabitual. Como si....
Pero ¿ Como si .. Qué ?
Claudine
se adelantó, con los brazos colgantes,
un poquito a la defensiva.
Un
instante después, echaba un grito de horror.
Su
mamaíta ya no se movía, ya no respiraba. Tenía
los labios retorcidos, petrificados en una monstruosa mueca, sus
ojos desorbitados, ojos terrorificos que ver, volcados hacía
el techo.
La
cintura azul con la cual había sido garrotadase se parecía,
era de equivocarse, a un collar de perro.
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Nacido
en 1942, Jean-Baptiste Baronian es el autor de casi treinta novelas
u libros de novelas cortas de la cuales une media docena con el seudónmo
de Alexandre Lous.
Entre sus obras más recientes, cabe mencionar “La apocalipsis
blanca“ (Métaillé) Y “las mariposas negras“ (la
Table Ronde) así que dos ensayos a propósito de Georges Simenon
(Simenon, el hombre de las novelas) y Simenon u la novela gris (ambos ediciones
Textuel).
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