el policiaco en el punto de mira
n°3 Noviembre-Diciembre-Enero de 2005/06

 

 

La novela negra europea :
una aproximación

Fernando Martínez Lainez

 

Fernando Martínez Laínez

La tendencia a marcar líneas imaginarias y referencias simbólicas para establecer divisiones en el campo literario implica, sin duda, un loable esfuerzo de orientación, pero encierra el peligro de incurrir con exceso en lo convencional, crear clichés (ese gran fraude político-cultural de nuestro tiempo), y hacer del comentario una referencia utilitaria que eluda la lectura directa e individualizada de los escritores a quienes se incluye, por decisión ajena, en un determinado grupo o escuela.

“La lógica interna de la evolución de la cultura — decía Vázquez Montalbán refiriéndose a los -ismos — no tiene siempre una linealidad precisa y sufre interrupciones, interconexiones, influencias sociales o de carácter histórico.” Si esto es así para los -ismos, bien pudiera aplicarse también al concepto de “Novela Negra Europea”, que recientemente ha empezado a sonar en los reducidos ámbitos interesados en España por el fenómeno.

Para empezar, podríamos partir de la base de la que la novela negra es un hallazgo literario -norteamericano, heredero en muchos aspectos de la “Generación Perdida” que marcó, junto con Joyce y Kafka, el resurgir novelístico del siglo XX. Dos Passos, Steinbeck, Hemingway, y en cierta medida Faulkner, fueron quienes abrieron camino a un nuevo tipo de narrativa de carácter conductista, visualizada desde el exterior, que otorga gran importancia a los personajes y a los diálogos, y revoluciona el lenguaje con descripciones elementales y precisas, mayor agilidad sintáctica, y un planteamiento realista crítico no exento de elementos paródicos. La deriva de este nuevo tipo de novelística hacia el relato criminal de signo popular, apoyada por el cine y los “pulp magazine”, generó la novela negra, que en Estados Unidos fue inmediatamente catalogada de género menor, y sólo recibió reconocimiento literario de calidad en Francia, a través de la Serie Negra de Gallimard. Fue Europa la que otorgó a Himes, Chandler, Hammett, Cain, McCoy, y otros de su estirpe, el tratamiento de grandes autores que merecían. En realidad podría decirse que, aunque hija de la selvática Depresión norteamericana, la consideración de “novela negra” como novela “seria” es un invento europeo.

 

El sustrato cultural

Tras el paréntesis de la II Guerra Mundial, la herencia cultural americana de la novela negra, acogida al principio con excesivo mimetismo, produjo magníficas variantes en Europa que terminaron, en muchos casos, prevaleciendo sobre los orígenes. Nombres como Simenon, Dürrenmatt, Auguste Le Breton, José Giovanni, Sjöwall-Wahlöo, o Leonardo Siascia, superan en muchos casos a la avalancha de autores norteamericanos en los años Cincuenta y Sesenta del siglo XX, tanto por la densidad dramática de sus relatos como por el cuidadoso manejo de un lenguaje que, sin apartarse de los cánones “negros” del género, trasluce una tradición y un acento diferentes, acordes con el contexto y los rasgos del mundo delictivo europeo. Aplicando la arquitectura heredada de la novela de misterio norteamericana, todos ellos plantean la posibilidad de utilizar el género negro como un instrumento de investigación y conocimiento social, superando así, parcialmente al menos, las insuficiencias y el agotamiento del realismo crítico y el sociologismo literario de signo marxista que tiene vigencia en Europa hasta finales de los años Sesenta, cuando el movimiento de Mayo del 68 dejó herida de muerte la ortodoxia ideológica manejada por los partidos comunistas de la órbita soviética.

Para la gran mayoría de los autores europeos citados, es muy importante el sustrato cultural, que en muchos casos tiene sus raíces en la Ilustración y los novelistas clásicos del siglo XIX; Balzac y Dostoyevski, principalmente. Sobre él se fundamenta el trazado de una novela negra capaz establecer un modelo propio narrativo idóneo para describir el desbarajuste de una sociedad lastrada por la estrecha relación entre política y delito, la hipercompetitividad capitalista ( heredada del gran capitalismo norteamericano), la omnipotencia del dinero como factor envilecedor del medio ambiente social, la doble moral, y los manejos que hacen de la justicia una simple maquinaria productora de leyes alienantes, un Leviatán alimentado con el dinero de todos para beneficio exclusivo de quienes conocen y controlan sus resortes.

El traslado de las coordenadas de la novela negra al entorno europeo diferencia frecuentemente a los personajes en relación con sus análogos norteamericanos. Los caracteres principales tienen en Europa rasgos menos individualistas y mayores pretensiones sociales y filosóficas. Se nota mucho la influencia de corrientes como el existencialismo o la dramaturgia del absurdo, y se hace más hincapié en el componente político como señal identificatoria colectiva. También suele haber más violencia verbal y referencias sexuales más explícitas, y el acto criminal se utiliza “como un espejo para examinar la sociedad” (Mankell), con intencionalidad crítica evidente. Podríamos decir que la novela negra europea tiene un mayor afán misionero y más intención moral. Parece no resignarse a la pura descripción del hecho criminal, como casi siempre ocurre en Estados Unidos, y no se resigna a dejar de influir sobre la mente el lector ni a situar en un difuso segundo plano las opiniones del autor. “Escriba lo que escriba – reconoce Mankell- quiero dejar patente mi opinión sobre lo que ocurre en nuestro mundo, porque hay muchas cosas que me horrorizan.”

El gran riesgo, tanto en Europa como en América, son los maniqueísmos y los estereotipos, reveladores de falta de calidad imaginativa, que cuando se repiten demasiado aburren al lector inteligente y arruinan la vitalidad potencial del género. Otro peligro es la maldición de suponer que la novela negra debe leerse “de un tirón”, como si se tratase de contemplar una carrera de caballos o la final olímpica de los cien metros lisos. En aras de “enganchar” al lector a toda costa, la novela negra suele relegar otros elementos esenciales como el cuidado del lenguaje, la trama bien elaborada, la coherencia estructural y la profundidad de los caracteres. Viene a cuento, en este sentido, recordar la respuesta que Juan Carlos Onetti dio en una entrevista, cuando se le preguntó qué le faltaba a la literatura policíaca para ser artística. “No le falta- dijo Onetti-, sino que le sobra esa necesidad de tener atrapado al lector.”

 

La triple vía

Dentro de la novela negra europea podríamos establecer tres corrientes convencionales, aunque con todos los reparos de esta clase de catalogación, ya que las imbricaciones, los cruces y las influencias entre ellas son frecuentes, y no existen líneas separadoras netas.

Por un lado aparece lo que podría llamarse la novela de la Europa del Sur o Mediterránea, en la que se incluyen autores como Jean Claude Izzo, Thierry Jonquet, Jean François Vilar, Didier Daeninckx, Yasmina Jadra, Andreu Martín, Juan Madrid, Andrea Camillieri o Petros Márkaris (estos dos últimos muy influenciados por el fallecido Vázquez Montalbán). Una nota sintomática de esta escuela podría venir dada por la desilusión provocada por el derrumbe ideológico de una izquierda muy afín a los partidos comunistas, lo que hace que muchos de sus autores tengan en común un pasado de militancia que aporta ecos lejanos de nostalgia política a sus obras.
Otros rasgo repetidos en esta corriente son el acentuado cuño social y realista, y el interés por el ingrediente culinario como un signo de costumbrismo cultural (también heredado de Montalbán). “Mientras nosotros, los mediterráneos, estábamos habituados a ver a nuestras madres arremangadas cuando cocinaban, las feministas nórdicas acabaron con la cocina ... que le vamos a hacer.” (Márkaris).

La segunda tendencia de la novela negra europea podrían ser llamada “nórdica-eslava”, y aglutinar autores como Henning Mankell, Tim Krabbé, John Connolly, Nicholas Freeling, Van den Wetering, Milos Urban, B. Akunin, Alexandra Marinina, o K.O. Dahl. Con referentes tan importantes como Simenon o Friedrich Dürrenmatt, este grupo se caracteriza por un estilo más pausado y metódico, y un mayor gusto por el suspens y la introspección, jugando a menudo con elementos fantásticos y atmósferas góticas.

Una tercera tendencia sería la procedente de Gran Bretaña, muy apegada a la novela-enigma, a las tramas de misterio o al puro “thriller”, con algunos autores de amplia repercusión mundial: Ian Rankin, Ruth Rendell, P.D. James, Denis Mina, Philip Kerr, Val McDermid o William McIlvanney.

Para recapitular, digamos que en Europa se suele considerar la novela negra como una herramienta excelente en la investigación del cambio social, una fórmula literaria y política para poner de manifiesto las nuevas tendencias del crimen organizado, la corrupción y la descomposición político-social que día a día se trasluce en los medios de comunicación, en cualquier actividad laboral y en la calle. En este sentido, la fe en el género como revulsivo sociológico parece inquebrantable. “No hay mejor manera – dice Val McDermid- de arrojar luz sobre una sociedad que recurriendo a la novela negra. Cada sociedad recoge la cosecha de crímenes que merece, a este respecto incubamos nuestro propio sino.”

No existe, sin embargo, una identidad literaria del género negro europeo construida con atributos inconfundibles y nítidos, sin discusión posible. Mal podría haberla por la sencilla razón de que Europa no es una unión ni política, ni cultural, ni lingüística, y ni siquiera hace intentos serios de lograrla. Por el momento, carece de identificación básica, y a pesar de las apariencias el resultado es más o menos el de siempre: un conglomerado de países distintos, con intereses dispares y visiones atomizadas. También, por supuesto, en lo que respecta a la novela negra.

Ce texte a été publié par la revue espagnole Quimera dans son numéro de juillet. Nous remercions chaleureusement l’écrivain Fernando Martínez Lainez pour nous avoir accordé le droit de le reproduire ici. Claude Mesplède

 


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