La
tendencia a marcar líneas imaginarias y referencias simbólicas
para establecer divisiones en el campo literario implica, sin duda, un
loable esfuerzo de orientación, pero encierra el peligro de incurrir
con exceso en lo convencional, crear clichés (ese gran fraude
político-cultural de nuestro tiempo), y hacer del comentario una
referencia utilitaria que eluda la lectura directa e individualizada
de los escritores a quienes se incluye, por decisión ajena,
en un determinado grupo o escuela.
“La
lógica interna de la evolución de la cultura — decía
Vázquez Montalbán refiriéndose a los -ismos — no
tiene siempre una linealidad precisa y sufre interrupciones, interconexiones,
influencias sociales o de carácter histórico.” Si
esto es así para los -ismos, bien pudiera aplicarse
también al concepto de “Novela Negra Europea”, que
recientemente ha empezado a sonar en los reducidos ámbitos interesados
en España por el fenómeno.
Para
empezar, podríamos partir de la base de la que la novela
negra es un hallazgo literario -norteamericano, heredero en muchos aspectos
de la “Generación Perdida” que marcó, junto
con Joyce y Kafka, el resurgir novelístico del siglo XX. Dos Passos,
Steinbeck, Hemingway, y en cierta medida Faulkner, fueron quienes abrieron
camino a un nuevo tipo de narrativa de carácter conductista, visualizada
desde el exterior, que otorga gran importancia a los personajes y a los
diálogos, y revoluciona el lenguaje con descripciones elementales
y precisas, mayor agilidad sintáctica, y un planteamiento realista
crítico no exento de elementos paródicos. La deriva de
este nuevo tipo de novelística hacia el relato criminal de signo
popular, apoyada por el cine y los “pulp magazine”, generó la
novela negra, que en Estados Unidos fue inmediatamente catalogada de
género menor, y sólo recibió reconocimiento literario
de calidad en Francia, a través de la Serie Negra de Gallimard.
Fue Europa la que otorgó a Himes, Chandler, Hammett, Cain, McCoy,
y otros de su estirpe, el tratamiento de grandes autores que merecían.
En realidad podría decirse que, aunque hija de la selvática
Depresión norteamericana, la consideración de “novela
negra” como novela “seria” es un invento europeo.
El
sustrato cultural
Tras
el paréntesis de la II Guerra Mundial, la herencia cultural
americana de la novela negra, acogida al principio con excesivo mimetismo,
produjo magníficas variantes en Europa que terminaron, en muchos
casos, prevaleciendo sobre los orígenes. Nombres como Simenon,
Dürrenmatt, Auguste Le Breton, José Giovanni, Sjöwall-Wahlöo,
o Leonardo Siascia, superan en muchos casos a la avalancha de autores
norteamericanos en los años Cincuenta y Sesenta del siglo XX,
tanto por la densidad dramática de sus relatos como por el cuidadoso
manejo de un lenguaje que, sin apartarse de los cánones “negros” del
género, trasluce una tradición y un acento diferentes,
acordes con el contexto y los rasgos del mundo delictivo europeo. Aplicando
la arquitectura heredada de la novela de misterio norteamericana, todos
ellos plantean la posibilidad de utilizar el género negro como
un instrumento de investigación y conocimiento social, superando
así, parcialmente al menos, las insuficiencias y el agotamiento
del realismo crítico y el sociologismo literario de signo marxista
que tiene vigencia en Europa hasta finales de los años Sesenta,
cuando el movimiento de Mayo del 68 dejó herida de muerte la ortodoxia
ideológica manejada por los partidos comunistas de la órbita
soviética.
Para
la gran mayoría de los autores europeos citados, es muy
importante el sustrato cultural, que en muchos casos tiene sus raíces
en la Ilustración y los novelistas clásicos del siglo XIX;
Balzac y Dostoyevski, principalmente. Sobre él se fundamenta el
trazado de una novela negra capaz establecer un modelo propio narrativo
idóneo para describir el desbarajuste de una sociedad lastrada
por la estrecha relación entre política y delito, la hipercompetitividad
capitalista ( heredada del gran capitalismo norteamericano), la omnipotencia
del dinero como factor envilecedor del medio ambiente social, la doble
moral, y los manejos que hacen de la justicia una simple maquinaria productora
de leyes alienantes, un Leviatán alimentado con el dinero de
todos para beneficio exclusivo de quienes conocen y controlan sus resortes.
El
traslado de las coordenadas de la novela negra al entorno europeo
diferencia frecuentemente a los personajes
en relación con sus
análogos norteamericanos. Los caracteres principales tienen en
Europa rasgos menos individualistas y mayores pretensiones sociales y
filosóficas. Se nota mucho la influencia de corrientes como el
existencialismo o la dramaturgia del absurdo, y se hace más hincapié en
el componente político como señal identificatoria colectiva.
También suele haber más violencia verbal y referencias
sexuales más explícitas, y el acto criminal se utiliza “como
un espejo para examinar la sociedad” (Mankell), con intencionalidad
crítica evidente. Podríamos decir que la novela negra europea
tiene un mayor afán misionero y más intención moral.
Parece no resignarse a la pura descripción del hecho criminal,
como casi siempre ocurre en Estados Unidos, y no se resigna a dejar de
influir sobre la mente el lector ni a situar en un difuso segundo plano
las opiniones del autor. “Escriba lo que escriba – reconoce
Mankell- quiero dejar patente mi opinión sobre lo que ocurre
en nuestro mundo, porque hay muchas cosas que me horrorizan.”
El
gran riesgo, tanto en Europa como en América, son los maniqueísmos
y los estereotipos, reveladores de falta de calidad imaginativa, que
cuando se repiten demasiado aburren al lector inteligente y arruinan
la vitalidad potencial del género. Otro peligro es la maldición
de suponer que la novela negra debe leerse “de un tirón”,
como si se tratase de contemplar una carrera de caballos o la final olímpica
de los cien metros lisos. En aras de “enganchar” al lector
a toda costa, la novela negra suele relegar otros elementos esenciales
como el cuidado del lenguaje, la trama bien elaborada, la coherencia
estructural y la profundidad de los caracteres. Viene a cuento, en este
sentido, recordar la respuesta que Juan Carlos Onetti dio en una entrevista,
cuando se le preguntó qué le faltaba a la literatura policíaca
para ser artística. “No le falta- dijo Onetti-, sino que
le sobra esa necesidad de tener atrapado al lector.”
La
triple vía
Dentro
de la novela negra europea podríamos establecer tres corrientes
convencionales, aunque con todos los reparos de esta clase de catalogación,
ya que las imbricaciones, los cruces y las influencias entre ellas son
frecuentes, y no existen líneas separadoras netas.
Por un lado aparece lo que podría llamarse la novela de la Europa
del Sur o Mediterránea, en la que se incluyen autores como Jean
Claude Izzo, Thierry Jonquet, Jean François Vilar, Didier Daeninckx,
Yasmina Jadra, Andreu Martín, Juan Madrid, Andrea Camillieri o
Petros Márkaris (estos dos últimos muy influenciados por
el fallecido Vázquez Montalbán). Una nota sintomática
de esta escuela podría venir dada por la desilusión provocada
por el derrumbe ideológico de una izquierda muy afín a
los partidos comunistas, lo que hace que muchos de sus autores tengan
en común un pasado de militancia que aporta ecos lejanos de nostalgia
política a sus obras.
Otros rasgo repetidos en esta corriente son el acentuado cuño
social y realista, y el interés por el ingrediente culinario como
un signo de costumbrismo cultural (también heredado de Montalbán). “Mientras
nosotros, los mediterráneos, estábamos habituados a ver
a nuestras madres arremangadas cuando cocinaban, las feministas nórdicas
acabaron con la cocina ... que le vamos a hacer.” (Márkaris).
La
segunda tendencia de la novela negra europea podrían ser llamada “nórdica-eslava”,
y aglutinar autores como Henning Mankell, Tim Krabbé, John
Connolly, Nicholas Freeling, Van den Wetering, Milos Urban, B.
Akunin, Alexandra Marinina,
o K.O. Dahl. Con referentes tan importantes como Simenon o Friedrich
Dürrenmatt,
este grupo se caracteriza por un estilo más pausado y metódico,
y un mayor gusto por el suspens y
la introspección, jugando
a menudo con elementos fantásticos y atmósferas góticas.
Una
tercera tendencia sería la procedente de Gran Bretaña, muy
apegada a la novela-enigma, a las tramas de misterio o al puro “thriller”,
con algunos autores de amplia repercusión mundial: Ian
Rankin, Ruth Rendell, P.D. James, Denis Mina, Philip Kerr,
Val McDermid o William
McIlvanney.
Para
recapitular, digamos que en Europa se suele considerar la novela
negra como una herramienta excelente en la investigación del cambio social,
una fórmula literaria y política para poner de manifiesto las
nuevas tendencias del crimen organizado, la corrupción y la descomposición
político-social que día a día se trasluce en los medios
de comunicación, en cualquier actividad laboral y en la calle. En este
sentido, la fe en el género como revulsivo sociológico parece
inquebrantable. “No hay mejor manera – dice Val McDermid- de arrojar
luz sobre una sociedad que recurriendo a la novela negra. Cada sociedad recoge
la cosecha de crímenes que merece, a este respecto
incubamos nuestro propio sino.”
No
existe, sin embargo, una identidad literaria del género negro europeo
construida con atributos inconfundibles y nítidos, sin discusión
posible. Mal podría haberla por la sencilla razón de que Europa
no es una unión ni política, ni cultural, ni lingüística,
y ni siquiera hace intentos serios de lograrla. Por el momento, carece de identificación
básica, y a pesar de las apariencias el resultado es más o menos
el de siempre: un conglomerado de países distintos, con intereses dispares
y visiones atomizadas. También, por supuesto, en lo
que respecta a la novela negra.
Ce
texte a été publié par la revue espagnole Quimera dans
son numéro de juillet. Nous remercions chaleureusement
l’écrivain Fernando Martínez Lainez pour
nous avoir accordé le droit de le reproduire ici. Claude Mesplède
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