el policiaco en el punto de mira
n°3 Noviembre-Diciembre-Enero de 2005/06

 

 

Entrevista a Frédéric H. Fajardie

Por Elfriede Müller
Traducción: Lourdes Pérez

• 28.01.04 •


Elfriede Müller: ¿Cuándo empezaste a escribir y cuál fue la razón ?

Frédéric Fajardie: Escribí mi primera novela hacia el 65. Siempre me gustó escribir y llevaba un diario íntimo; de niño me sentía un poco perdido porque tenía tres hermanas con las que no hablaba mucho —luego lo resolvimos— así que me refugiaba en mis sueños. Cuando se mezclan los sueños con lo imaginario —que yo tenía muy desarrollado porque me habían contado muchas historias— y además se está acostumbrado a escribir —siempre era el primero en lengua—, porque era lo único que sabía hacer, se cuenta con una buena preparación para ser escritor combinando ambas cosas: el estilo y lo imaginario. Pero en aquella época lo viví con las angustias de la adolescencia.

 

E.M.: ¿Fue la revolución fallida del 68 la motivación o la razón que te decidió a escribir novela negra ?

F. F: No, no directamente. Siempre escribí y antes escribí novelas no negras. Yo era un gran lector, sobre todo de los americanos: Goodis y Chandler, McCoy. No se me había ocurrido escribir una novela negra, pero los editores, aunque les gustaba mi estilo, que era innovador en aquella época, rechazaban mis libros con críticas como: “pero esa manera de hablar de los parados...” o “ha pasado de un registro de tristeza a un registro de alegría demasiado bruscamente”; yo les decía que lo hacía adrede, que para mí las rupturas de tono son muy importantes, que se puede querer a alguien y reír en su entierro. Y la novela negra, lo comprendí un buen día, era un género que no estaba codificado, ni tan siquiera había sección de crítica literaria en los periódicos franceses: era la libertad total. Y sin darme mucha cuenta —porque antes que yo sólo estaba Manchette, pero Manchette había adoptado una posición de rechazo al 68 y al izquierdismo (no nos entendíamos bien con Manchette), y también Vautrin, pero era un poco socialdemócrata— yo fui el primero, implicado en el 68 y procedente de organización de izquierdas, el primero al que publicaban con esa doble etiqueta de mayo del 68 e izquierdista. Cinco años después ya había más. En las primeras críticas de mis novelas se decían cosas como: “Irrupción de mayo del 68”. No fui consciente porque me divertí mucho escribiendo Tueurs de flics, por ejemplo, pero sentamos unas bases del género que duraron 25 años. Yo contribuí a ello y otros siguieron después. Creamos, codificamos sin ser muy conscientes de lo que hacíamos. El polar, que era muy reaccionario, muy de extrema derecha, cambió con Manchette, con Vautrin, conmigo, dio una vuelta de tuerca ideológica. Y ahora casi se ha pasado. Vale, todos están contra Le Pen, pero creo que no basta con estar contra Le Pen.

 

E.M.: ¿Qué hiciste en mayo del 68 ?

F. F: No estaba organizado, aunque ya era un poco maoísta y participaba en los Comités Vietnam de base, pero desde el 3 de mayo, hice de todo con otros compañeros al margen de las organizaciones. Salíamos todas las tardes a la calle y las peleas con la poli eran constantes. También había un comité de acción, pegábamos carteles, repartíamos panfletos, hablábamos con la gente de nuestras ideas, etc. Pero físicamente — era como una droga— todas las tardes teníamos enfrentamientos con la policía. Pensábamos que mientras duraran las revueltas no se atreverían a desalojar la Sorbona, el teatro del Odeón, todo lo que habíamos ocupado. Pensábamos: «son violentos, así que cuando decidan sacarnos de aquí va a ser una masacre ». Por eso había que mantener la correlación de fuerzas: el problema es que a veces no éramos más que 400 ó 500 peleando en las calles de París, y prácticamente todos jóvenes obreros; había gente que yo conocía, uno o dos estudiantes, pero la mayoría eran obreros jóvenes. Mayo del 68 duró porque había una correlación de fuerzas, un clima de insurrección que mantuvo la tensión en París, pero no eran izquierdistas o intelectuales, eran obreros jóvenes a los que incluso llamaban gamberros. Un ministro dijo que éramos como ratas.

 

E.M.: ¿Qué queda según tú de mayo del 68 ?

F. F: Yo, algunos individuos, mujeres y hombres, y también un mito. Desgraciadamente, mayo del 68 se fue al traste por culpa de los especuladores, de los traidores, de todos los que se pasaron a la socialdemocracia, que hicieron carrera en el periodismo o en otras profesiones. Somos muy pocos los que conservamos el alma de la época en literatura, pero hay muchos más entre los profes, los trabajadores sociales, gente que no está en primera línea. Las élites no son representativas de lo que es esa auténtica corriente, que es un poco de extrema izquierda, y de la gente que trató de cambiar el mundo. Esa gente está mucho más representada en la sociedad francesa que en los medios de comunicación. Lo pagamos caro porque devolvemos a los traidores una imagen muy negativa de ellos y demostramos que había una alternativa, que no era inevitable colaborar con el sistema, que podías ser escritor, incluso reconocido tener lectores y mantener tus ideas. En algunos sitios hay que pagar por haber sido consecuente.

 

E.M.: ¿La escritura representa para ti una práctica o un descanso de la práctica ?

F. F: Una mezcla. Al principio es evidente que había un deseo de que fuera una continuidad del trabajo militante. Tueurs de flics ya es un libro antifascista porque hay una escena muy dura con los fascistas. En aquella época Le Pen contaba con el 0,2 del electorado, pero esa idea siempre me rondaba en la cabeza; Padovani es un poli un poco de extrema izquierda: quiere reventar el sistema desde dentro. Así que hay una parte militante en mí y también un placer real al escribir. Un poco como mi vida. Mi problema es equilibrar los libros, que siempre escribo en solitario y la vida real, es decir, la familia, los amigos, la gente, la acción política, militante, los talleres de escritura, los debates. Hay que encontrar un equilibrio. Hubo un época de mi vida, hace 15 años, en la que pasaba demasiado tiempo encerrado trabajando, no salía lo suficiente. Esa es una tendencia mía.

 

E.M.: ¿Qué papel tienen los años 80 en tus novelas y en la sociedad francesa?

F. F: Fueron unos años de mierda. Los años 80 fueron peores que los 90. Años sin esperanza. Sólo interesaba el dinero, el éxito individual o todos contra todos. Eso es el capitalismo, eso fue lo que Miterrand recuperó. No sólo traicionaron sino que hicieron un trabajo ideológico profundo para aislar a la gente en su soledad. No deja de ser una estrategia capitalista para ganar. Jack Lang desarrolló una cultura de la representación, pero no se hizo nada entre las bases, en los barrios. De todas formas el malestar en los suburbios se generó con la izquierda. No se hizo nada en este aspecto.

 

E.M.: ¿Ves alguna relación entre los años 80 y el 68?

F. F: Los años 80 son justamente lo opuesto al 68. Fue una ofensiva que nos pilló desprevenidos. Ya no estábamos estructurados, las organizaciones militantes estaban en crisis desde finales de los años 70. La tele, el cine, la publicidad, el periodismo... Era casi como una negación de lo que había pasado en el 68. Si analizas una cadena como TF1 o France 2 verás que hay una voluntad de negación de los grandes movimientos populares; quieren borrar la memoria popular.

 

E.M.: ¿Qué papel tiene la historia en tu literatura? ¿Qué acontecimientos abordas y cómo los eliges?

F. F: Mi siglo es más el XX que el XXI. La gran explicación de 1939 a 1945 sólo es un paréntesis. Todo lo que está antes conduce a ese conflicto y todo lo que viene después es un posicionamiento acerca de dicho conflicto. El auge de los fascismos, del antisemitismo, del estalinismo, la guerra de España., etc. Es una partida a tres: el fascismo, el estalinismo y las democracias son como un trío amoroso. Después, la gente no tiene tiempo de posicionarse con respecto a ello y a eliminar las secuelas. En 1970, 1972, creí sinceramente que el fascismo se había acabado. Lo creí de verdad. No sabíamos que todas las generaciones tienen que hacer su tarea. Hay que empezar de nuevo en cada generación. Fue un error por mi parte. El eje del siglo es un enfrentamiento a tres bandas. Cuando Le Pen obtiene el 20% de los votos en Francia no se puede decir que la segunda guerra mundial sea cosa del pasado. Toda mi vida me dije que no habíamos hecho lo que teníamos que hacer con respecto a Vichy, a tipos como Papon, o Bousquet, todos aquellos colaboracionistas, El trabajo de la historia no se hizo bien. La burguesía fue la principal colaboracionista. Los obreros fueron deportados a Alemania a trabajos forzados, o estuvieron en la resistencia. Lo que proporcionó la fuerza viva de la resistencia en este país fue sin duda el movimiento obrero. Se puede frenar la verdad, tanto en historia como en literatura, pero tarde o temprano acaba saliendo a flote. Y cuando aflora lo hace con mucha más violencia. Si en los años 50 las cosas se hubieran dicho y escrito, no se habría producido esa ofensiva tan violenta contra Vichy. Se habrían explicado las cosas y no habríamos tenido que volver sobre ellas, estaríamos en otro punto. Y ahora se está empezando a mirar hacia Argelia. Y de lo que se hizo en Indochina tampoco se ha dicho nada. Nunca se habla de los bombardeos franceses a las ciudades.

 

E.M.: ¿Te ves como historiador?

F. F: Es mi formación, soy novelista historiador. Por ejemplo en Un pont sur la Loire, los nazis están presentes, pero no es lo más importante, hay gente que resistió y los dejaron tirados, hay senegaleses que por segunda vez consecutiva lucharon bajo la bandera francesa y nadie hizo nada por ellos. Escribí ese libro cuando me enteré de que la pensión de los excombatientes senegaleses es el 20% de la de un excombatiente francés. Dieron su sangre como los demás, incluso más que los demás, porque los nazis los odiaban por la ocupación de Ruhr y se lo hicieron pagar muy caro y su pensión es el 20% de la de un tipo que puede que haya hecho la guerra en su oficina, sin haber ido al frente. Los senegaleses combatieron en las dos guerras. Había que reparar una injusticia y además siempre está bien decir la verdad. No tenemos nada que perder con la verdad, somos revolucionarios.

 

E.M.: ¿Puede escribirse la historia en una novela?

F. F: Ayuda a escribirla. Hugo, por ejemplo, contribuyó a ello. Cuando como novelista hablo de un acontecimiento histórico me gustaría mucho que después los lectores consultaran libros puramente históricos. También hablé algo de la guerra de España. Hemingway lo hizo también, pero no entendió nada. Y también Orwell. Creo que en Francia quedaban cosas por hacer y por eso escribí Une charrette pleine d'étoiles, porque era algo que me parecía que faltaba..

 

E.M.: ¿Existe alguna conexión entre tus temas históricos y el punto de referencia de mayo del 68?

F. F: Sí, yo creo que mayo del 68 condiciona mis opciones. Estaba en la Gauche Prolétarienne (Izquierda proletaria) porque era un movimiento muy violento y eso perpetuaba de alguna manera el espíritu de mayo del 68. Y muchos pertenecieron a la GP que caló mucho más que los trotskistas entre los jóvenes obreros. El lenguaje de La Cause du peuple era muy especial por su tono, por su violencia —no quiero hacer una defensa ideológica— pero esas dos cosas daban a la GP un atractivo especial. Poníamos la foto del ministro del interior en una diana y escribíamos “ pieza a abatir”. Los trotskistas nunca hicieron cosas así. Hablábamos con la gente que participaba en las revueltas. Lo que funcionó conmigo funcionó con otra gente. Era el único movimiento insurreccional violento. Poco después leí a Mao. Era totalmente mítico. Entre aquello y la realidad había un mundo. Creíamos en la revolución permanente —que también defendían los trotskistas—; Mao había dicho que la lucha de clases seguía después de la revolución, cosa que no decía el PC. Era un movimiento verdaderamente internacionalista. China financiaba todas las guerrillas del mundo. Para mí había una dimensión estética: tenía la sensación de que todo lo que veía de la URSS era una película en blanco y negro y que la manis de China eran en color. Cine panorámico con banderas rojas. Esta visión es falsa porque había color en todas partes, pero era generacional...

 

E.M.: ¿Es mayo del 68 como un filtro por el que miras los acontecimientos del pasado, un filtro que, en cierto modo, determina esa mirada?

F. F: En cierto modo sí, pero también hay un segundo plano familiar. No nací en cualquier lugar y en cualquier momento, yo nací en plena guerra de Indochina, mis padres eran antifascistas, mi padre procedía de la burguesía y mi madre de la clase obrera. Yo también soy un mestizo social. Y eso está bien cuando eres escritor porque tienes las dos miradas.

 

E.M.: ¿Que papel tiene el sujeto (en contraposición a los colectivos) en tus novelas?

F. F: Soy muy colectivo para lo que es político, pero a nivel personal soy muy individualista. No suelo ir a fiestas ni a los sitios donde todos siguen una misma bandera; voy en el otro sentido. Soy muy individualista en el amor. Tengo una cierta tendencia a tener miedo a la gente pero políticamente sigo estando por el socialismo, las cosas colectivas, los soviets.

 

E.M.: En tus novelas siempre hay personajes muy fuertes y muy solitarios que no suelen formar parte de ningún colectivo.

F. F: Sí, escribo novelas un poco a mi imagen. Pienso que, llegado el momento, las decisiones se toman en solitario. Fíjate en el patético desconcierto de los intelectuales y obreros cuando se firmó el pacto germano-soviético. En Francia, gran catástrofe, los antinazis, los antifascistas, de la noche a la mañana tenían que simpatizar con Hitler y no había que cuestionar a los camarada s de la Wehrmacht.

 

E.M.: ¿Tus personajes son portadores de ideas, esperanza y cambio o sólo son testigos de un tiempo perdido?

F. F: Al principio les asignaba valor de ejemplo. Quería crear personajes ejemplares, era un poco pedagógico. La forma de mis novelas cambió en los años 80. Al principio hacía reír mucho menos. Quizás era un poco esquemático; decía: mirad a este personaje es estupendo y no hay sitio para él en esta sociedad podrida, por tanto forzosamente tiene que morir. Cuando hay una gran desesperanza, en los años 80, 81, 87, no se puede desmoralizar más a la gente que ya está desmoralizada por la vida. Por tanto hay que buscar finales más optimistas. Por eso hay una luz de esperanza en los finales de mis libros de esa época. Los personajes también son símbolos, gente un poco ejemplar, que podrían ser modelos de cómo desearíamos ser.

 

E.M.: El triunfo del Frente Nacional en las elecciones y en la vida desde el 83 fue tema de muchos polares. ¿Crees que esa literatura encarna medios de lucha contra el auge del fascismo?

F. F: Creo que hay que evitar ser demasiado rompehuevos. Ante todo somos novelistas, contamos historias. Hay que introducir la política más discretamente. Yo trato de crear en mis novelas situaciones que entrañen contradicciones. Es la solución de las contradicciones lo que permite que la gente avance. A veces no digo lo que hay que hacer. Trato de mostrar situaciones complicadas y digo “a ver cómo os las arregláis”. Creo firmemente en el trabajo individual, porque de lo contrario se puede caer en el esquema estalinista de querer explicarlo todo, de decirle a la gente cómo tiene que pensar, esa faceta dogmática que había en todos los izquierdismos. Hay que darle a la gente instrumentos para que pueda comprender. Y que se posicionen por sí mismos. Es el lado ejemplar de las novelas.

 

E.M.: ¿Te diriges a algún público en concreto?

F. F: Me lee gente de todo tipo, hombres, mujeres, ricos, pobres, obreros, profes de universidad, burgueses, barrenderos. Francamente no sé. Cuanto mejor van las cosas, más perplejo me siento ante la complejidad de mi lectores. Por mi parte me gustaría escribir para gente sensible, frágil, gente inteligente y no racista.

 

E.M.: ¿La forma literaria que eliges tiene algo que ver con el público?

F. F: Sí, no escribo las novelas negras como escribo Un homme en harmonie, que es mucho más literario. Creo que cada historia pide un estilo. Naturalmente hay constantes de mi estilo en todos mis libros y se puede reconocer, me dijeron mil veces: “se nota que es Fajardie,”, lo que demuestra que tengo un estilo, un estilo personal. Pero según qué tipo de novela, adopto un tono u otro. En Les Foulards rouges utilizo un francés muy puro, muy del s. XVII. Pero hay un montón de cosas que proceden de la novela negra americana, de mi propia experiencia. Siempre tiene que haber la impronta personal del autor, es importante e inevitable. Pero también hay que tener flexibilidad si se quiere ser leído por un tipo determinado de gente. Y hay constantes; por ejemplo me horroriza que mis lectores tengan que acudir al diccionario. Hay escritores que sienten un placer especial en utilizar palabras supercomplicadas. Yo creo que eso es un desprecio hacia los demás. Cuando tienes una idea clara, la tienes que decir con claridad.

 

E.M.: Manchette decía que la novela negra volvía a una forma literaria del siglo XIX, ¿Qué opinas?

F. F: ¿ Por qué del XIX? Encuentras el mismo estilo —el de Balzac, Zola y otros muchos— también en los años 30: Barbuse, por ejemplo. Más bien creo que es una constante de la literatura popular desde Jules Vallès. No creo que haya habido ningún corte, sino una constante, incluso aunque no se escriba como Jules Vallès. Pero la filiación está ahí. También pasa por Eugène Sue. Es un estilo que ha evolucionado pero que en efecto procede del XIX: pero también en el XVIII había autores progresistas. La cuestión es quien habla. Leí tres veces en mi vida Memorias de ultratumba de Chateaubriand, es magnífico, hay una sensibilidad enorme, es prerromántico. Pero Eugène Sue fue más accesible para mucha gente, o Zola, aunque Zola, a veces, cuando habla del pueblo roza lo reaccionario y la caricatura biologicista; pero también en el movimiento obrero de la época había montones de chorradas de ese tipo.

 

E.M.: ¿Pertenece la novela negra desde los años 70 a una cultura de izquierdas?

F. F: Bueno, depende. Aprendí a no ser dogmático porque lo fui en exceso en aquella época. Hay que juzgar a los individuos por lo que hacen. Y ese es un aspecto positivo de la novela negra: se juzga a la gente por lo que hace, creo yo. Lo que hay que evitar, lo que perjudicó a la novela negra, es escribir panfletos en vez de novelas. Una novela negra debe ser literatura de evasión. Si pierdes eso de vista resultas cargante. Pero puedes crear personajes abyectos y gente humillada, y eso es mejor que decir que Le Pen es un chiflado. Hay que evitar la caricatura. Peleamos para ganar, pero a la vez tenemos la obligación de contar historias reales. En mi nuevo libro Full speed hay un montón de argumentos contra Sarkozy, pero también hay una historia real. Padovani realiza tres investigaciones a la vez y no quiere dejar ninguna. Hablando de la sociedad, del liberalismo actual, puedes ser político, tener un buen estilo y ser divertido; si lo consigues todo, formidable. No hay que hacer libros siniestros y adoptar un tono severo para decir: “el fascismo es un peligro”, no hay que hacer eso. Hay que ganar. Estamos para entretener, para gustar, para seducir. Hay que convencer por la fuerza del talento, del estilo. Los lectores tienen que pensar que alguien capaz de escribir bien, ha de tener ideas que no son malas. Así son las cosas.

 


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