Entrevista
a Frédéric
H. Fajardie
Por Elfriede
Müller
Traducción:
Lourdes Pérez
• 28.01.04 •
Elfriede Müller: ¿Cuándo
empezaste a escribir y cuál fue la
razón ?
Frédéric
Fajardie: Escribí mi primera novela hacia el 65. Siempre me gustó escribir
y llevaba un diario íntimo; de niño me sentía
un poco perdido porque tenía tres hermanas con las que no hablaba
mucho —luego lo resolvimos— así que me refugiaba
en mis sueños. Cuando se mezclan los sueños con lo imaginario —que
yo tenía muy desarrollado porque me habían contado muchas
historias— y además se está acostumbrado a escribir —siempre
era el primero en lengua—, porque era lo único que sabía
hacer, se cuenta con una buena preparación para ser escritor
combinando ambas cosas: el estilo y lo imaginario. Pero en aquella época
lo viví con las angustias de la adolescencia.
E.M.: ¿Fue la revolución fallida del 68 la motivación
o la razón que te decidió a escribir novela negra
?
F.
F: No,
no directamente. Siempre escribí y antes escribí novelas
no negras. Yo era un gran lector, sobre todo de los americanos: Goodis
y Chandler, McCoy. No se me había ocurrido escribir una novela
negra, pero los editores, aunque les gustaba mi estilo, que era innovador
en aquella época, rechazaban mis libros con críticas
como: “pero esa manera de hablar de los parados...” o “ha
pasado de un registro de tristeza a un registro de alegría demasiado
bruscamente”; yo les decía que lo hacía adrede,
que para mí las rupturas de tono son muy importantes, que se
puede querer a alguien y reír en su entierro. Y la novela negra,
lo comprendí un buen día, era un género que no
estaba codificado, ni tan siquiera había sección de crítica
literaria en los periódicos franceses: era la libertad total.
Y sin darme mucha cuenta —porque antes que yo sólo estaba
Manchette, pero Manchette había adoptado una posición
de rechazo al 68 y al izquierdismo (no nos entendíamos bien
con Manchette), y también Vautrin, pero era un poco socialdemócrata— yo
fui el primero, implicado en el 68 y procedente de organización
de izquierdas, el primero al que publicaban con esa doble etiqueta
de mayo del 68 e izquierdista.
Cinco años después ya
había más. En las primeras críticas de mis novelas
se decían cosas como: “Irrupción de mayo del 68”.
No fui consciente porque me divertí mucho escribiendo Tueurs
de flics, por ejemplo, pero sentamos unas bases del género que
duraron 25 años. Yo contribuí a ello y otros siguieron
después. Creamos, codificamos sin ser muy conscientes de lo
que hacíamos. El polar, que era muy reaccionario, muy de extrema
derecha, cambió con Manchette, con Vautrin, conmigo, dio una
vuelta de tuerca ideológica. Y ahora casi se ha pasado. Vale,
todos están contra Le Pen, pero creo que no basta con
estar contra Le Pen.
E.M.: ¿Qué hiciste
en mayo del 68 ?
F.
F: No
estaba organizado, aunque ya era un poco maoísta y participaba
en los Comités Vietnam de base, pero desde el 3 de mayo, hice
de todo con otros compañeros al margen de las organizaciones.
Salíamos todas las tardes a la calle y las peleas con la poli
eran constantes. También había un comité de acción,
pegábamos carteles, repartíamos panfletos, hablábamos
con la gente de nuestras ideas, etc. Pero físicamente — era
como una droga— todas las tardes teníamos enfrentamientos
con la policía. Pensábamos que mientras duraran las revueltas
no se atreverían a desalojar la Sorbona, el teatro del Odeón,
todo lo que habíamos ocupado. Pensábamos: «son
violentos, así que cuando decidan sacarnos de aquí va
a ser una masacre ». Por eso había que mantener la correlación
de fuerzas: el problema es que a veces no éramos más
que 400 ó 500 peleando en las calles de París, y prácticamente
todos jóvenes obreros; había gente que yo conocía,
uno o dos estudiantes, pero la mayoría eran obreros jóvenes.
Mayo del 68 duró porque había una correlación
de fuerzas, un clima de insurrección que mantuvo la tensión
en París, pero no eran izquierdistas o intelectuales, eran obreros
jóvenes a los que incluso llamaban gamberros. Un ministro dijo
que éramos como ratas.
E.M.: ¿Qué queda según tú de
mayo del 68 ?
F.
F: Yo,
algunos individuos, mujeres y hombres, y también un mito.
Desgraciadamente, mayo del 68 se fue al traste por culpa de los especuladores,
de los traidores, de todos los que se pasaron a la socialdemocracia,
que hicieron carrera en el periodismo o en otras profesiones. Somos
muy pocos los que conservamos el alma de la época en literatura,
pero hay muchos más entre los profes, los trabajadores sociales,
gente que no está en primera línea. Las élites
no son representativas de lo que es esa auténtica corriente,
que es un poco de extrema izquierda, y de la gente que trató de
cambiar el mundo. Esa gente está mucho más representada
en la sociedad francesa que en los medios de comunicación. Lo
pagamos caro porque devolvemos a los traidores una imagen muy negativa
de ellos y demostramos que había una alternativa, que no era
inevitable colaborar con el sistema, que podías ser escritor,
incluso reconocido tener lectores y mantener tus ideas. En algunos
sitios hay que pagar por haber sido consecuente.
E.M.: ¿La
escritura representa para ti una práctica o un descanso
de la práctica ?
F.
F: Una
mezcla. Al principio es evidente que había un deseo de que
fuera una continuidad del trabajo militante. Tueurs de
flics ya es
un libro antifascista porque hay una escena muy dura con los fascistas.
En aquella época Le Pen contaba con el 0,2 del electorado, pero
esa idea siempre me rondaba en la cabeza; Padovani es un poli un poco
de extrema izquierda: quiere reventar el sistema desde dentro. Así que
hay una parte militante en mí y también un placer real
al escribir. Un poco como mi vida. Mi problema es equilibrar los libros,
que siempre escribo en solitario y la vida real, es decir, la familia,
los amigos, la gente, la acción política, militante,
los talleres de escritura, los debates. Hay que encontrar un equilibrio.
Hubo un época de mi vida, hace 15 años, en la que pasaba
demasiado tiempo encerrado trabajando, no salía lo suficiente.
Esa es una tendencia mía.
E.M.: ¿Qué papel
tienen los años
80 en tus novelas y en la sociedad francesa?
F.
F: Fueron unos años de mierda. Los años 80 fueron peores
que los 90. Años sin esperanza. Sólo interesaba el dinero,
el éxito individual o todos contra todos. Eso es el capitalismo,
eso fue lo que Miterrand recuperó. No sólo traicionaron
sino que hicieron un trabajo ideológico profundo para aislar
a la gente en su soledad. No deja de ser una estrategia capitalista
para ganar. Jack Lang desarrolló una cultura de la representación,
pero no se hizo nada entre las bases, en los barrios. De todas formas
el malestar en los suburbios se generó con la izquierda.
No se hizo nada en este aspecto.
E.M.: ¿Ves alguna relación entre los años
80 y el 68?
F.
F: Los
años 80 son justamente lo opuesto al 68. Fue una ofensiva
que nos pilló desprevenidos. Ya no estábamos estructurados,
las organizaciones militantes estaban en crisis desde finales de los
años 70. La tele, el cine, la publicidad, el periodismo... Era
casi como una negación de lo que había pasado en el 68.
Si analizas una cadena como TF1 o France 2 verás que hay una
voluntad de negación de los grandes movimientos populares;
quieren borrar la memoria popular.
E.M.: ¿Qué papel tiene la historia en tu literatura? ¿Qué acontecimientos
abordas y cómo los eliges?
F.
F: Mi
siglo es más el XX que el XXI. La gran explicación
de 1939 a 1945 sólo es un paréntesis. Todo lo que está antes
conduce a ese conflicto y todo lo que viene después es un posicionamiento
acerca de dicho conflicto. El auge de los fascismos, del antisemitismo,
del estalinismo, la guerra de España., etc. Es una partida a
tres: el fascismo, el estalinismo y las democracias son como un trío
amoroso. Después, la gente no tiene tiempo de posicionarse con
respecto a ello y a eliminar las secuelas. En 1970, 1972, creí sinceramente
que el fascismo se había acabado. Lo creí de verdad.
No sabíamos que todas las generaciones tienen que hacer su tarea.
Hay que empezar de nuevo en cada generación. Fue un error por
mi parte. El eje del siglo es un enfrentamiento a tres bandas. Cuando
Le Pen obtiene el 20% de los votos en Francia no se puede decir que
la segunda guerra mundial sea cosa del pasado. Toda mi vida me dije
que no habíamos hecho lo que teníamos que hacer con respecto
a Vichy, a tipos como Papon, o Bousquet, todos aquellos colaboracionistas,
El trabajo de la historia no se hizo bien. La burguesía fue
la principal colaboracionista. Los obreros fueron deportados a Alemania
a trabajos forzados, o estuvieron en la resistencia. Lo que proporcionó la
fuerza viva de la resistencia en este país fue sin duda el movimiento
obrero. Se puede frenar la verdad, tanto en historia como en literatura,
pero tarde o temprano acaba saliendo a flote. Y cuando aflora lo hace
con mucha más violencia. Si en los años 50 las cosas
se hubieran dicho y escrito, no se habría producido esa ofensiva
tan violenta contra Vichy. Se habrían explicado las cosas y
no habríamos tenido que volver sobre ellas, estaríamos
en otro punto. Y ahora se está empezando a mirar hacia Argelia.
Y de lo que se hizo en Indochina tampoco se ha dicho nada. Nunca
se habla de los bombardeos franceses a las ciudades.
E.M.: ¿Te
ves como historiador?
F.
F:
Es
mi formación, soy novelista historiador. Por ejemplo en Un
pont sur la Loire, los nazis están presentes,
pero no es lo más importante, hay gente que resistió y
los dejaron tirados, hay senegaleses que por segunda vez consecutiva
lucharon bajo
la bandera francesa y nadie hizo nada por ellos. Escribí ese
libro cuando me enteré de que la pensión de los
excombatientes senegaleses es el 20% de la de un excombatiente
francés. Dieron
su sangre como los demás, incluso más que los demás,
porque los nazis los odiaban por la ocupación de Ruhr
y se lo hicieron pagar muy caro y su pensión es el 20%
de la de un tipo que puede que haya hecho la guerra en su oficina,
sin haber ido al
frente. Los senegaleses combatieron en las dos guerras. Había
que reparar una injusticia y además siempre está bien
decir la verdad. No tenemos nada que perder con la verdad, somos
revolucionarios.
E.M.: ¿Puede
escribirse la historia en una novela?
F.
F:
Ayuda
a escribirla. Hugo, por ejemplo, contribuyó a ello. Cuando
como novelista hablo de un acontecimiento histórico me gustaría
mucho que después los lectores consultaran libros puramente
históricos. También hablé algo de la guerra de
España. Hemingway lo hizo también, pero no entendió nada.
Y también Orwell. Creo que en Francia quedaban cosas por hacer
y por eso escribí Une charrette pleine d'étoiles, porque
era algo que me parecía que faltaba..
E.M.: ¿Existe alguna conexión entre tus temas históricos
y el punto de referencia de mayo del 68?
F.
F: Sí,
yo creo que mayo del 68 condiciona mis opciones. Estaba en la Gauche
Prolétarienne (Izquierda proletaria) porque era
un movimiento muy violento y eso perpetuaba de alguna manera
el espíritu
de mayo del 68. Y muchos pertenecieron a la GP que caló mucho
más que los trotskistas entre los jóvenes obreros.
El lenguaje de La Cause du peuple era muy especial por su tono,
por su
violencia —no quiero hacer una defensa ideológica— pero
esas dos cosas daban a la GP un atractivo especial. Poníamos
la foto del ministro del interior en una diana y escribíamos “ pieza
a abatir”. Los trotskistas nunca hicieron cosas así.
Hablábamos
con la gente que participaba en las revueltas. Lo que funcionó conmigo
funcionó con otra gente. Era el único movimiento
insurreccional violento. Poco después leí a Mao.
Era totalmente mítico.
Entre aquello y la realidad había un mundo. Creíamos
en la revolución permanente —que también
defendían
los trotskistas—; Mao había dicho que la lucha de
clases seguía después de la revolución,
cosa que no decía
el PC. Era un movimiento verdaderamente internacionalista. China
financiaba todas las guerrillas del mundo. Para mí había
una dimensión
estética: tenía la sensación de que todo
lo que veía de la URSS era una película en blanco
y negro y que la manis de China eran en color. Cine panorámico
con banderas rojas. Esta visión es falsa porque había
color en todas partes, pero era generacional...
E.M.: ¿Es
mayo del 68 como un filtro por el que miras los acontecimientos
del pasado, un filtro que, en cierto modo,
determina esa mirada?
F.
F: En
cierto modo sí, pero también hay un segundo plano
familiar. No nací en cualquier lugar y en cualquier momento,
yo nací en plena guerra de Indochina, mis padres eran antifascistas,
mi padre procedía de la burguesía y mi madre de la clase
obrera. Yo también soy un mestizo social. Y eso está bien
cuando eres escritor porque tienes las dos miradas.
E.M.: ¿Que papel tiene el sujeto (en contraposición
a los colectivos) en tus novelas?
F.
F: Soy
muy colectivo para lo que es político, pero a nivel personal
soy muy individualista. No suelo ir a fiestas ni a los sitios
donde todos siguen una misma bandera; voy en el otro sentido. Soy
muy individualista
en el amor. Tengo una cierta tendencia a tener miedo a la gente
pero políticamente sigo estando por el socialismo, las cosas
colectivas, los soviets.
E.M.: En tus novelas siempre hay personajes muy fuertes
y muy solitarios que
no suelen formar parte de ningún colectivo.
F.
F: Sí, escribo novelas un poco a mi imagen. Pienso que, llegado
el momento, las decisiones se toman en solitario. Fíjate en
el patético desconcierto de los intelectuales y obreros cuando
se firmó el pacto germano-soviético. En Francia, gran
catástrofe, los antinazis, los antifascistas, de la noche a
la mañana tenían que simpatizar con Hitler y no había
que cuestionar a los camarada s de la Wehrmacht.
E.M.: ¿Tus personajes son portadores de ideas, esperanza y cambio
o sólo son testigos de un tiempo perdido?
F.
F: Al
principio les asignaba valor de ejemplo. Quería crear personajes
ejemplares, era un poco pedagógico. La forma de mis novelas
cambió en los años 80. Al principio hacía reír
mucho menos. Quizás era un poco esquemático; decía:
mirad a este personaje es estupendo y no hay sitio para él en
esta sociedad podrida, por tanto forzosamente tiene que morir. Cuando
hay una gran desesperanza, en los años 80, 81, 87, no se puede
desmoralizar más a la gente que ya está desmoralizada
por la vida. Por tanto hay que buscar finales más optimistas.
Por eso hay una luz de esperanza en los finales de mis libros de esa época.
Los personajes también son símbolos, gente un poco ejemplar,
que podrían ser modelos de cómo desearíamos
ser.
E.M.: El
triunfo del Frente Nacional en las elecciones y en la vida desde
el 83 fue tema de muchos polares. ¿Crees
que esa literatura encarna medios de lucha contra el auge del
fascismo?
F.
F: Creo
que hay que evitar ser demasiado rompehuevos. Ante todo somos novelistas,
contamos historias. Hay que introducir la política
más discretamente. Yo trato de crear en mis novelas situaciones
que entrañen contradicciones. Es la solución de las contradicciones
lo que permite que la gente avance. A veces no digo lo que hay que
hacer. Trato de mostrar situaciones complicadas y digo “a ver
cómo os las arregláis”. Creo firmemente en el trabajo
individual, porque de lo contrario se puede caer en el esquema estalinista
de querer explicarlo todo, de decirle a la gente cómo tiene
que pensar, esa faceta dogmática que había en todos los
izquierdismos. Hay que darle a la gente instrumentos para que pueda
comprender. Y que se posicionen por sí mismos. Es el lado
ejemplar de las novelas.
E.M.: ¿Te diriges a algún público
en concreto?
F.
F: Me
lee gente de todo tipo, hombres, mujeres, ricos, pobres, obreros,
profes de universidad, burgueses, barrenderos. Francamente
no sé.
Cuanto mejor van las cosas, más perplejo me siento ante la
complejidad de mi lectores. Por mi parte me gustaría escribir
para gente sensible, frágil, gente inteligente y no racista.
E.M.: ¿La forma literaria que eliges tiene algo que ver con el
público?
F.
F: Sí,
no escribo las novelas negras como escribo Un homme en harmonie,
que es mucho más literario. Creo que cada historia pide un estilo.
Naturalmente hay constantes de mi estilo en todos mis libros y se puede
reconocer, me dijeron mil veces: “se nota que es Fajardie,”,
lo que demuestra que tengo un estilo, un estilo personal. Pero según
qué tipo de novela, adopto un tono u otro. En Les
Foulards rouges utilizo un francés muy puro, muy del s. XVII. Pero hay un montón
de cosas que proceden de la novela negra americana, de mi propia experiencia.
Siempre tiene que haber la impronta personal del autor, es importante
e inevitable. Pero también hay que tener flexibilidad si se
quiere ser leído por un tipo determinado de gente. Y hay constantes;
por ejemplo me horroriza que mis lectores tengan que acudir al diccionario.
Hay escritores que sienten un placer especial en utilizar palabras
supercomplicadas. Yo creo que eso es un desprecio hacia los demás.
Cuando tienes una idea clara, la tienes que decir con claridad.
E.M.: Manchette decía que la novela negra volvía a una
forma literaria del siglo XIX, ¿Qué opinas?
F.
F: ¿
Por qué del XIX? Encuentras el mismo estilo —el de Balzac,
Zola y otros muchos— también en los años 30: Barbuse,
por ejemplo. Más bien creo que es una constante de la literatura
popular desde Jules Vallès. No creo que haya habido ningún
corte, sino una constante, incluso aunque no se escriba como Jules
Vallès. Pero la filiación está ahí. También
pasa por Eugène Sue. Es un estilo que ha evolucionado pero que
en efecto procede del XIX: pero también en el XVIII había
autores progresistas. La cuestión es quien habla. Leí tres
veces en mi vida Memorias de ultratumba de Chateaubriand, es magnífico,
hay una sensibilidad enorme, es prerromántico. Pero Eugène
Sue fue más accesible para mucha gente, o Zola, aunque Zola,
a veces, cuando habla del pueblo roza lo reaccionario y la caricatura
biologicista; pero también en el movimiento obrero de la época
había montones de chorradas de ese tipo.
E.M.: ¿Pertenece la novela negra desde los años
70 a una cultura de izquierdas?
F.
F: Bueno,
depende. Aprendí a no ser dogmático porque lo
fui en exceso en aquella época. Hay que juzgar a los individuos
por lo que hacen. Y ese es un aspecto positivo de la novela negra:
se juzga a la gente por lo que hace, creo yo. Lo que hay que evitar,
lo que perjudicó a la novela negra, es escribir panfletos en
vez de novelas. Una novela negra debe ser literatura de evasión.
Si pierdes eso de vista resultas cargante.
Pero puedes crear personajes
abyectos y gente humillada, y eso es mejor que decir que Le Pen es
un chiflado. Hay que evitar la caricatura. Peleamos para ganar, pero
a la vez tenemos la obligación de contar historias reales. En
mi nuevo libro Full speed hay un montón de argumentos contra
Sarkozy, pero también hay una historia real. Padovani realiza
tres investigaciones a la vez y no quiere dejar ninguna. Hablando de
la sociedad, del liberalismo actual, puedes ser político, tener
un buen estilo y ser divertido; si lo consigues todo, formidable. No
hay que hacer libros siniestros y adoptar un tono severo para decir: “el
fascismo es un peligro”, no hay que hacer eso. Hay que ganar.
Estamos para entretener, para gustar, para seducir. Hay que convencer
por la fuerza del talento, del estilo. Los lectores tienen que pensar
que alguien capaz de escribir bien, ha de tener ideas que no son malas.
Así son las cosas.