Carolina se aburría en aquella casa tan grande y demasiado tranquila
en la que vivía con su madre desde que tenía tres años.
Cuando le hablaban de su padre fingía no acordarse, pero guardaba bajo
el colchón la única foto que tenía de él. Recordaba
el día de su muerte, como si de repente hubiera caído por una
especie de trampilla a un lugar donde la vida había pasado a ser en
blanco y negro. Todo lo que daba color a las paredes había desparecido
dejando aquí y allá manchas rectangulares en el papel amarillento.
Los objetos ya sólo se adivinaban bajo una capa de polvo. Únicamente
el suelo recibía de vez en cuando los húmedos lengüetazos
de la bayeta.
La madre de Carolina,
que antes se arreglaba con tanto esmero, pasaba semanas enteras con el mismo
vestido negro, arrugado y con cercos en las sisas. Su
cabello, de un rubio apagado, enmarcaba un rostro sin expresión. La
indiferencia había anidado en el corazón de la viuda.
Carolina notaba más que nunca que su madre la tenía agarrada
por el condón umbilical del que tiraba como si fuera una correa en cuanto
la pequeña intentaba alejarse. La niña se ahogaba encerrada en
aquel capullo de ladrillo rojo de la calle de los seis Jóvenes, cerca
del bullicioso barrio del Sablon, en Bruselas, donde tenía prohibido
ir a jugar « por miedo a los coches ».
En su calle no
había niños, sólo unas ancianas que vivían
encajonadas entre dos casas vacías. Era un lugar donde nunca pasaba
nada, justamente porque allí nadie se quedaba. Parecía una esas
calles de mala fama cuya remota historia podía reavivarse con sólo
rozar sus paredes.
Un día, un acontecimiento inesperado produjo en Carolina una enorme
excitación. Una de las casas vacías iba a habitarse. Desde la
ventana de su habitación que daba a la calle, la niña lo observaba
todo. Y no era la única. Ocultas tras sus visillos de encaje, ávidas
las miradas y en animado parloteo, las ancianas también estaban entusiasmadas.
Cuando Carolina volvió de la escuela vio luz en la casa de los nuevos
vecinos. Como la calle no estaba iluminada podía apostarse tranquilamente
en la acera de enfrente sin que nadie la viera. Y allí se quedó un
momento, no muy largo para no preocupar a su madre, y pudo ver que el matrimonio
tenía un hijo de unos diez años. Carolina estaba loca de contenta
ante la idea de tener un amigo con el que jugar; tenía los compañeros
de la escuela, claro, pero la escuela era sobre todo un lugar de trabajo y
los recreos un penoso paréntesis. Carolina odiaba la escuela y había
decidido estudiar para poder salir de allí lo antes posible.
El primer domingo
tras la llegada de los vecinos, la niña llamó a
su puerta con la esperanza de conocer al niño. Le abrió la puerta
una señora alta arrebujada en una chaqueta roja.
—
Buenos días, señora, vivo en la casa de al lado y he visto que
tiene usted un hijo, así que…
—
En efecto —interrumpió la señora— pero ahora está descansando.
— ¡Volveré más tarde !
—
Mejor otro día, cariño, otro día…
Y cerró la puerta.
Carolina, desilusionada, volvió a su casa. Aquella noche cenó muy
poco.
Al día siguiente intentó de nuevo ver al niño, pero la
señora le contestó que estaba ocupado. No obstante, la niña
no se dio por vencida y siguió llamando a la puerta todos los días.
Aunque las excusas variaban el resultado siempre era el mismo. Carolina se
preguntaba por qué aquella señora no quería que viera
a su hijo. ¿Pensaría que no era digna de jugar con él?
Aunque su madre descuidara la casa, siempre procuraba que su hija vistiera
ropa limpia y bien planchada. No, la razón tenía que ser otra;
pero ¿cuál ?
Una noche que
había luz en la planta baja, Carolina llamó y llamó sin
que nadie le abriera. Esperó un poco más y luego trepó a
la valla y saltó al patio que bordeaba la parte derecha de la casa.
Tuvo que ponerse de puntillas para poder mirar por la ventana iluminada y,
protegida por la oscuridad, observó tranquilamente lo que estaba sucediendo
en el salón repleto de objetos. Sentado casi enfrente de la ventana,
el niño vestido de azul marino veía la tele. Pero no consiguió que
respondiera a ninguno de sus múltiples gestos, quizá porque estaba
demasiado absorto en la película. El padre leía al lado de la
chimenea y la madre se había dormido en el sofá. En la mesa sin
mantel quedaban tres platos usados, ya vacíos. «Tiene unos ojos
muy extraños —pensó la niña— ojos que cautivan
y que dan miedo ».
Aquella noche
volvió a su casa decidida a hacer lo que fuera con tal
de llamar la atención del niño. Dedicó la mañana
del día siguiente a pensar cómo podría acercarse a él.
Iría a alguna escuela, pero ¿a cuál ? Nunca lo había
visto salir de casa. Se le ocurrió que podía hacer una visita
a las ancianas. Seguro que, atentas observadoras, entre taza y taza y té y
vuelta y vuelta de punto bobo, se habrían enterado de muchas cosas sobre
sus nuevos vecinos. Para disimular les llevó un ramo de flores pretextando
que iba sólo a saludarlas. Las dos señoras parecían estar
encantadas con aquella inesperada visita. Carolina apenas tuvo tiempo de sentarse
y ya tenía delante un gran plato lleno de galletas y un vaso de gaseosa.
A pesar de su apetitoso aspecto estaban blandas y un poco rancias. Las señoras
insistieron: « come, querida, come ».
—
No gracias, señoras.
—
Vamos, vamos. No seas tímida
Y, para que no les pareciera mal, la niña siguió comiendo. « ¿Son
amables de verdad o querrán deshacerse de sus reliquias ? —pensó.
Pero Carolina no dejó transparentar sus dudas por miedo a no obtener
respuesta a las preguntas que se le agolpaban en la garganta.
—
Ahora estamos menos solas en la calle —dejó caer como quien no
quiere la cosa.
—
Sí, ya te hemos visto varias veces delante de la casa de los nuevos
vecinos. ¿Has hablado con la señora ? ¿Qué te ha
contado ? ¿Has podido entrar ? ¿Ya has visto al niño ?
La acribillaban a preguntas.
— ¿Cómo es su casa ? El padre parece un poco raro, ¿no crees
?
Ni le dejaban tiempo para responder y sintió que había caído
en su propia trampa. Las ancianas no le dijeron nada nuevo, a no ser que habían
visto al niño cuando la mudanza y que no parecía del todo normal.
—
Daba la sensación de que no sabía caminar porque su padre lo
llevaba en brazos—puntualizó la más vieja.
—
A lo mejor se había dormido —sugirió la otra.
—
No, estoy segura de que tenía los ojos abiertos.
—
Yo creo que no.
Y Carolina las dejó en plena discusión. No volvió inmediatamente
a su casa sino que, como todos los días, fue a su « puesto de
observación » del patio interior. El padre leía y la madre
dormitaba. Pero el niño no estaba. Dado lo tardío de la hora
seguramente habría ido a acostarse. Carolina rodeó la casa y
descubrió una ventana entreabierta. Se deslizó al interior de
una habitación llena de juguetes e iluminada por la luna llena. La niña
no tuvo el menor reparo en zarandear al niño para despertarlo, pero
no reaccionó.
«
Eh….» susurró, zarandeándolo con más energía.
El niño siguió inerte. Intrigada, Carolina buscó el interruptor
y luego apartó la sábana de la cama. Vio la espalda del niño
acostado, vestido con su traje azul marino tan pasado de moda… ¡incluso
llevaba puestos los zapatos ! Lo atrajo hacia sí suavemente y lanzó un
grito: tenía los ojos abiertos, grandes ojos inmóviles y muertos
como los de las muñecas. Carolina palpó sus manos frías
y acarició sus mejillas « de cera » antes de irse. Pero
aún no había llegado a la ventana cuando se abrió la puerta
de la habitación.
— ¿Qué haces aquí ? — dijo el padre.
—
Yo… yo quería saber por qué nunca podía jugar conmigo.
—
Te lo explicaré… Nuestro hijo murió cuando tenía
ocho años y lo mandé embalsamar. Era la única manera de
que mi mujer no se volviera loca, ¿comprendes?
Sí, comprendió, porque a la mañana siguiente llamó a
la puerta de la casa de los vecinos y dijo « Buenos días, señora,
puedo jugar con su hijo? »
Nota
del auto:
Relato basado en un suceso real.
Hace años se descubrió el cuerpo embalsamado de un
niño de ocho años sentado ante la chimenea en una vieja
casa de Normandía.
