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Dieciocho
años y como niños...
La
Semana Negra de Gijón
Por Sébastien
Rutés
Traducción:
Zeki

Madrid, 8 julio: Paco
Ignacio Taibo da saltitos en medio del gran hall, sobre una
pierna y otra. Su amotinado bigote bulle
de impaciencia.
Lanza miradas inquietas hacia el restaurante desde donde llegan,
limpiándose
la boca, los últimos rezagados del desayuno. Después,
con un gesto teatral, pone en movimiento a un centenar de escritores,
periodistas e invitados de toda clase que se arremolinan a su alrededor
con sus maletas. Una salva de aplausos entusiastas –que sucede
a un minuto de silencio por las víctimas de la víspera
en los atentados de Londres y por las de todas las otras guerras en
el mundo- saca de su sopor a los clientes del hotel sentados ante sus
cafés y que se preguntan: ¿qué inquietante secta
es ésta? Quizás quisieran preguntar, como la víspera
aquellos viajeros curiosos en el aeropuerto donde Taibo tiene por costumbre
esperar a sus invitados, si se trata de un congreso de magia negra
o de un festival folklórico africano. Pero el mejicano ya está lejos:
como cada año, acaba de declarar abierta La Semana Negra de
Gijón y en fila india, como en los campamentos de verano, todos
los participantes se precipitan alegremente detrás de su pequeña
silueta veloz a través de la agitación matinal de la
estación de Chamartín, hasta el andén.
“
Tren negro – Gijón”, anuncia en letras blancas el
panel arriba de las escaleras: tres vagones que piafan de excitación.
Sobre el andén, donde todos se apuran en medio de un caos de
maletas, se distribuye el primer ejemplar del A Quemarropa, el periódico
oficial de la Semana Negra. Más de un millar de ejemplares vendidos
cada día. Una lectura que hará más cortas las
ocho horas del viaje hasta los puertos de Asturias. “18 años...
y como niños” anuncia la primera página. Dieciocho
años ya. Taibo II aparece de repente a mi lado: “¡Por
fin la mayoría de edad! ¡Nadie podrá ya tocarnos
los huevos!”, me sopla con un guiño, y desaparece de nuevo.
Escurridizo. Incansable. Ya casi al otro lado del muelle, vocifera: « ¡Embarquen,
embarquen, los fumadores detrás, lo no fumadores delante! ».
Y como siempre cuando lo manda el “Jefe-Taibo” (es lo que
lleva inscrito sobre la pequeña cartulina amarilla grapada a
su chaqueta vaquera), todo el mundo obedece. Diez minutos más
tarde, el tren cruza la triste periferia de Madrid y después
el campo de Castilla aplastado por el sol.
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En
el Tren Negro : Leonardo Padura, Peter Berlingy
Carolin Hougan
(© Zeki)
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Dentro,
la vida social se organiza muy pronto. Los que se conocen de años anteriores se reagrupan en el vagón restaurante
alrededor de las mesas, se acodan en la barra del bar o se juntan en
los pasillos molestando el tránsito de los demás y los
incesantes vaivenes de Paco Taibo, que circula apurado entre los grupos
y al paso pilla sobre las mesas algunas Pepsis que no le pertenecen
y que vacía de un trago, ante la mirada atónita de sus
dueños, antes de proseguir su camino. Nadie se queda nunca sentado
en el Tren Negro con excepción, al principio, de algunas tímidas
parejas que observan la agitación, las idas y venidas, o escuchan
discretamente las ostentosas conversaciones y las efusiones. En una
esquina, insensible al alboroto, el escritor argentino Raúl
Argemí, del que la novela El gorgo, el francés y el ratón
Pérez está a punto de ser publicada en Francia, ha sacado
un termos de agua caliente y se prepara el mate. Lo beberá solo,
este año su compadre Rolo Diez no llegó a Madrid: en
el aeropuerto de Méjico, en el momento del subir al avión
se dio cuenta de que no tenía el pasaporte en regla... Después
de la estación de Valladolid empiezan las mesas redondas. Los
pasajeros, que a duras penas cabían en tres vagones, se amontonan
ahora en uno, los autores toman sitio en las mesas, los fotógrafos
se suben sobre la barra del bar y los periodistas se sientan en el
suelo, algunos niños corren entre el gentío y Taibo como
maestro de ceremonia se sienta sobre una mesa. El gigantesco Peter
Berling, actor en La última tentación de Cristo, Aguirre,
Fitzcaraldo y más recientemente Gangs de New York, camisa roja,
sombrero de paja blanco y voluminosos medallones de plata alrededor
del cuello, ocupa el centro. Uno por uno, cada escritor evoca sus trabajos
actuales. Berling, autor de la serie de Los hijos del Grial, explica
en un galimatías cosmopólita que quisiera ser español,
que su próxima novela tendrá como argumento la secta
de los Asesinos (Hashishinos). Él, que actuó en El
nombre de la rosa, parece imitar el lenguaje del monje Salvatore… Los
periodistas lo miran de hito en hito, despechados, sin entender. Taibo
aprovecha para subrayar el parentesco cada día más grande
entre la novela policial y la novela histórica, entre las cuales
la fusión, según él, será inevitable a
la larga. Leonardo Padura evoca su última novela, La
neblina del ayer, que marca la vuelta de Mario Conde. Siguen el italiano Marco
Vichi, los mejicanos Eduardo Monteverde y Enrique Serna, el inglés
Mark Mills, los Cubanos Lorenzo Lunar y su esposa Rebecca Murga, los
americanos Jim y Carolyn Hougan que escriben a cuatro manos bajo el
seudónimo de John Case… A continuación llega el
turno de los autores de ciencia ficción. Después un grupo
de jóvenes poetisas. Hay que organizar una rotación,
no hay suficientes asientos para todos en el atestado vagón.
Pronto, es la hora de la parada para almuerzo: un “pincheo” al
son de las gaitas asturianas. Una siesta y el tren finalmente acaba
llegando a Gijón…
Fanfarria.
Ducha. Recepción oficial, discursos, vino de Rioja
y canapés. Son unos invitados impacientes, tocados por los “borsalinos” negros
que distribuyen los organizadores, los que la misma tarde se empujan
cortésmente para ver a Taibo cortar la cinta en la entrada del
recinto, auspiciado por dos inmensas estatuas coloreadas: apoyada en
una gigantesca pila de libros, una pin-up del cine negro de los años
50, de la que algunas esposas de escritores norteamericanos comentan
atónitas que se le ven las bragas, y un Neptuno triunfante al
que los niños, en años anteriores, han agujereado los
testículos con arcos y flechas comprados en los puestos de pretendida
artesanía síus regentados por ecuatorianos, unos metros
más allá. Otros años, se le ocurrió a Taibo
hacer su entrada a lomos de un elefante, ser acompañado por
acróbatas, sustituir la cinta negra por una boa albino. La puesta
en escena y lo desmedido son parte del juego. Los que se esperaban
un festival literario tradicional están avisados. Se tiene la
impresión de entrar en otra ciudad, irreal, dedicada a la cultura
y a la diversión popular. Una mezcla que no triunfa en ningún
otro lugar. De cada bar, cada puesto de souvenirs, cada restaurante,
brota una música atronadora: ¿dónde puede uno
hablar de literatura en medio de este caos? Retratos de Humphrey Bogart
o Harry Houdini decoran los muros. Unas estatuas bordean las travesías,
como en Disneylandia, pero aquí representan a Jack el Destripador,
Fu Manchu y Sherlock Holmes. Una Disneylandia al revés. Poco
a poco, mientras un escaso grupo de autoridades se dirige hacia el
nuevo invento de Taibo (una cinta rodante de diez metros de largo sobre
la que circulan libros puestos a la venta a precios irrisorios y que
los presentes deben atrapar al paso), los invitados se dispersan por
las arterias del recinto, extrañados de ver el festival extenderse
cada año un poco más, ganar terreno, anexarse más
parcelas de césped, de estanques, de setos. Apropiarse la ciudad.
La Semana Negra de Gijón, este año, son además
de las exposiciones y las carpas del programa oficial, cincuenta y
nueve bares instalados bajo tiendas, más de treinta restaurantes,
cuarenta y una librerías, múltiples atracciones de feria
incluida su noria gigante, y numerosas tiendas de artesanía
y de souvenirs, todo ello en una superficie de noventa mil metros
cuadrados. Una ciudad en la ciudad…
Gijón,
12 julio: Coincidencia, hoy cuando se abre la parte
del festival dedicada a la Novela Negra, un escualo de varios metros
apareció por la mañana en la playa poniendo la ciudad
en apuro. La policía impidió que Raúl Argemí tomara
su baño matinal. En el desayuno, el cubano Justo Vasco sugirió que
se trataba de proteger al tiburón...
Los
días precedentes, la novela policial fue incluida en pequeñas
pinceladas dentro de un programa consagrado en gran parte, hasta entonces,
a la ciencia ficción y la fantasía, la novela histórica
y el cómic. Dos jóvenes autores, la americana Rebecca
Pawels y el español José Angel Mañas abrieron
la ronda. Francisco González Ledesma les siguió, para
presentar su última novela, Cinco mujeres y media. Su obra precedente,
Tiempos de venganza, es este año finalista del Premio Hammett,
dos años después de que su autor ganara este galardón
con El pecado o algo parecido. Con su voz serena y sus maneras discretas,
el escritor catalán fue como siempre tan emotivo, evitando hablar
de él y llevando la conversación sobre Barcelona, la
ciudad que, más que todas esas mujeres que habitan las últimas
novelas del inspector Ricardo Méndez, es la protagonista inmutable
de sus narraciones. Por otro lado, Ledesma desveló el título
de la autobiografía que esta escribiendo: La historia
de mis calles. Con cerca de ochenta años y con una reivindicada nostalgia,
evocó obstinadamente esa “ciudad” que ha existido
y que sigue existiendo sentimentalmente, antes de apretar, una por
una, las manos de sus lectores que hacían cola para que les
dedicara el libro…
Hoy,
el día comienza con el segundo acto de la mesa redonda
de autores suramericanos de novela negra, cuyo titulo: “¿Por
qué tenemos que reunirnos en Europa?”, fue rápidamente
desechado después de que un cínico –sin duda Goran
Tocilovac– hubo insinuado que la única razón era
la económica: no se podría encontrar en América
latina un festival capaz de reunir, como hoy a, Luis Sepúlveda,
Leonardo Padura, Rolo Diez (que pudo finalmente renovar su pasaporte),
Rafael Ramírez Heredia (finalista del Premio Hammett con su
novela La Mara), Paco Ignacio Taibo II, Justo Vasco, Rolando Hinojosa
y muchos más. La mesa redonda se desarrolla con los autores
sentados en círculo y con el público a sus espaldas.
Desde la barra de la carpa una joven camarera hace idas y venidas cargada
de Pepsis, cervezas y algunos whiskys. El micro pasa de mano en mano.
Las conversaciones se cruzan, es difícil seguir el hilo… mejor
dicho los hilos. Taibo intenta poner orden, acapara la palabra, acumula
anécdotas... Finalmente, se coincide en definir las especificidades
del la novela negra latinoamericana. Cada uno con su definición,
propia de su nacionalidad y de su experiencia... Al día siguiente,
A Quemarropa se aventuraría con una síntesis de las palabras
de cada cual: “Lo que diferencia la novela negra latinoamericana,
es que está mucho más politizada que la novela negra
europea. No se la puede separar de la denuncia del poder político,
del tráfico de drogas, de la guerra sucia, persistentemente
sucia con sus policías corruptos y sus militares asesinos, más
allá de los tópicos del policía bueno o malo.
En ese contexto, el escritor latinoamericano se convierte en el ojo
crítico de la sociedad, preocupado por su tema pero también
por su estilo. Reticente al best-seller, la novela latinoamericana
se construye según una lógica distinta. Porque lo que
la diferencia verdaderamente son sus pretensiones experimentales, no
sólo al nivel del lenguaje, sino también en lo concerniente
a sus historias al limite, esas narraciones que rozan lo fantástico
y la parodia y se adentran incluso en el surrealismo. Sin duda porque
lo que aquí nos parece exótico es allá pura y
sencillamente la realidad cotidiana”. Una suerte de auto celebración
con la que no todos estaban de acuerdo...
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Contra
la pobreza (© Rutés)
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Mientras
se acaba la mesa redonda con una foto de grupo, para contribuir a
la lucha contra la pobreza, Enrique Sánchez Abulí,
el guionista del cómic Torpedo, presenta, en una carpa tranquila,
su última obra, Asesinos anónimos. Un cómic
concebido en paralelo con una pieza de teatro, estrenada el mismo
día de su publicación. Abulí resume la anécdota
riéndose: “La historia parte del principio de que todos
llevamos un asesino dentro de nosotros... ¡algunos incluso
llevan dos!”.
Más tarde, el cubano Justo Vasco presentaría las últimas
novelas de sus compatriotas Leonardo Padura y Lorenzo Lunar Cardedo.
El primero explicaría que fue le trabajo de adaptación
cinematográfica de la serie Las cuatro estaciones el que lo
condujo a volver con Mario Conde en La neblina del ayer, después
de haberse dedicado a unas novelas históricas. Una sobre el
poeta cubano José María de Heredia (La novela
de mi vida)
y otra sobre Ernest Hemingway: “Para resolver mis problemas con él”,
confesaría. Por su parte, Lorenzo Lunar, insistiriá sobre
la importancia común de los cabarets y la música en la
novela de Padura y la suya Polvo en el viento. Este último es
un requisitorio sin concesiones a una sociedad cubana en plena delicuescencia,
gangrenada por la droga, la prostitución y la corrupción
que tritura las esperanzas de sus hijos, en este caso un hermano y
una hermana abandonados por su madre, una ambiciosa funcionaria. Una
novela con una poesía y violencia que demuestran un apasionado
amor por Cuba…
Gijón,
13 julio: Una jornada en la que se habló mucho
de las múltiples formas de delincuencia en Méjico, sin
agotar el tema. Primero fue Rafael Ramírez Heredia quien vino
a hablar de su última novela, La Mara, presentada por la cubana
Karla Suárez. La Mara, son esas bandas de jóvenes delincuentes
cuya única razón de vivir es su pertenencia a esa sociedad
paralela fuertemente jerarquizada y codificada. En Méjico, contaría
cerca de cincuenta mil miembros, que aprenden a matar a partir de la
edad de siete años y que tienen la costumbre de tatuarse una
lágrima azul bajo el ojo por cada una de sus víctimas.
En la frontera con Guatemala, “frontera entre dos pobrezas” según
Heredía, la Mara vive de las esperanzas de los inmigrantes y
de la prostitución. La novela necesitó largas y peligrosas
indagaciones, pero Heredia prefiere insistir “sobre la apuesta
literaria del lenguaje”: las Maras utilizan un vocabulario de
una centena de palabras, pero el autor quiso inspirarse en ello para
crear una lengua no tanto realista sino más bien poética.
Interrogado sobre el porvenir de la Mara, el novelista se mostró pesimista: “No
hay nada que hacer, son los hijos diabólicos del neoliberalismo”.
Y concluyendo: “Por otro lado la Mara avanza, está llegando
a Europa...”.
Una
hora más tarde, Ramírez Heredia entra de nuevo en
escena, acompañado esta vez de sus compatriotas Elmer Mendoza,
también finalista del Hammett con su novela Efecto
tequila y
Eduardo Monteverde, a los que presenta Fritz Glockner. Monteverde,
médico y periodista de nota roja, presentaría al día
siguiente Lo peor del horror, una recopilación de anécdotas
sangrientas o aberrantes, a veces sencillamente amargas, redactadas
con escalpelo, de las que se desprende el terrible sentimiento del
absurdo horror cotidiano en el cual sus dos oficios le valieron a Monteverde
para sumergirse hasta la nausea. Apenas bajado del avión le
pregunté a Paco Ignacio Taibo II, qué había que
leer este año, me respondió sin dudarlo: “Monteverde:
está loco, te gustará”. Y para demostrar sus palabras
me contó el día que el periodista le confesó haberse
enamorado y querer desposarse con una mujer que acababa de entrevistar
en la cárcel, una mujer que había asesinado a sus anteriores
maridos...
Pero
es del tráfico de drogas de que lo ahora se trata y Monteverde
abre de este modo un debate delicado: “En mí país
ser delincuente significa en el 75% de los casos no ser castigado… Es
casi sinónimo de éxito social…” Mendoza prefiere
evocar los corridos, esas músicas populares que exaltan la subcultura
de los narcotraficantes. Heredia le interrumpe, se subleva contra la “folclorisación” del
crimen, Monteverde aprueba, la polémica se inicia… Algunos
ecos llegan hasta la carpa bajo la que, en un ambiente más distendido,
son presentadas tres revistas dedicadas al género y que demuestran
su actual vigor en España: Hammett y Fantoches, revista latinoamericana –esta última-
dirigida por Lorenzo Lunar, estrenan ante el público su primer
número, mientras que La Gangsterera, la revista de la Asociación
Novelpol, está ya en el tercero…
Gijón,
14 julio: Cada vez que paso ante la librería
Negra y Criminal, el librero Paco Camarasa y su esposa, abandonan a
sus clientes para cantarme la Marsellesa. Acabo por pasar corriendo.
Felizmente el programa del día es muy completo…
Primero
es Raúl Argemí, finalista del Hammett con Penúltimo
nombre de guerra, galardonada con los premios de los lectores Novelpol,
entregado la víspera, y el Brigada 21, el que presenta su última
novela: Patagonia Chu Chu. En conferencia de prensa, Taibo II, que
adora las comparaciones descabelladas lo calificó de “Sam
Peckinpah de los rojos”. Argemí aún se ríe
por debajo de sus bigotes, mientras Taibo vuelve a las andadas: “Es
parte de esa generación que creyó que podía cambiar
el mundo, y se perdió en el intento”. Un cumplido, a pesar
de las apariencias y que esta vez parece haber dado en el blanco. El
argentino, con semblante serio, enciende un nuevo cigarrillo... Patagonia
Chu Chu es una novela de aventuras más que una novela policial,
pero es también una novela negra con humor omnipresente: “Después
de una novela tan dura, tan sórdida como Penúltimo nombre
de guerra, tenía que escribir una novela más... luminosa”.
Así es como un marino que se dice descendiente de Butch Cassidy,
se inspira del diario íntimo del bandido para asaltar, acompañado
de un conductor de metro en paro, un tren destartalado que atraviesa
la Patagonia. En ese huis-clos impuesto por una naturaleza sin límites,
los diferentes viajeros embarcados en esa aventura permiten a Argemí pintar
una representación desfasada, a la vez pesimista e irónica,
de una sociedad argentina que no se percibe más que a través
del enfoque de unos viajeros naufragados en una Patagonia surrealista
que recuerda a la de las novelas de Osvaldo Soriano…
Un
poco antes, por la tarde, José Angel Mañas, Fernando
Marías, José Carlos Somoza (cuya novela La
dama número
trece está a punto de ser editada en Francia), José Ovejero
y Manuel García Rubio, intentaron definir las diferencias entre
la novela negra y la novela “blanca”, formidable intento
que tan sólo engendró una paradoja: “La novela “blanca” es
la antitesis de lo que no sabemos que es la novela negra”.
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Paco
Ignacio Taibo 2 (© Rutés)
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Es
un día cargado. Se hace difícil estar en todos los
sitios. El jueves, La Semana Negra vuelve a llenarse. El fin de semana,
con su olor a churros y sidra asturiana ya está en el aire.
Y cuando llega la presentación del proyecto Pepsi / Semana Negra,
sencillamente uno ya no se puede mover, ni cerca de la carpa central,
ni sobre el escenario. Cada año La Semana Negra concibe y publica
un libro de arte del que sólo se editan mil ejemplares. Este
año , es un homenaje a Emilio Salgari, en el que participaron
una treintena de escritores e ilustradores: Valerio Evangelisti, Gianfranco
Manfredi, Juan Bas, Angel de la Calle, Elia Barceló y otros,
que intentan mal que bien hacerse un sitio sobre el pequeño
escenario, mientras Taibo II justifica su elección: “Queremos
hacer de La Semana Negra, la capital de la literatura de acción,
y para eso quisiéramos integrar la novela de aventuras en nuestro
programa, pero quizás nos harían falta más días...” Es
un toque con el pie… “La Semana Negra es la única
semana que dura diez días” tienen por costumbre repetir,
a los periodistas, los organizadores... Y quisieran cuatro más...
Pero Taibo no tiene tiempo de insistir… Se origina la avalancha
del reparto del libro y de las dedicatorias, que durará más
de dos horas en un caos indescriptible.
Más indescriptible aún que el que se produjo un poco
antes en la presentación de la novela escrita a cuatro manos
por Taibo II y el Subcomandante Marcos, Muertos incómodos, en
el transcurso de la cual el mejicano se justificó, con estas
palabras, de haber aceptado la proposición el zapatista: “¿Y
si Marilyn Monroe me invitara a cenar, podría negarme?”.
Más indescriptible aún que la velada poética,
que un poco más tarde vería, bajo una carpa en la que
no ya cabía ni un solo espectador más, a los poetas Ángel
González y Luís García Montero acompañados
por el cantante Joaquín Sabina, recitar sus poemas ante un publico
cautivado… El sábado anterior, el recital de jóvenes
poetisas españolas había sido todo un éxito. Decididamente,
La Semana Negra no sólo se extiende de año en año
en el tiempo y el espacio, también fagocita los géneros...
Gijón,
15 julio: En el pequeño tren que les conduce
hacia La Semana Negra, los autores aprovechan la brisa. Andreu Martín
atisba hacia el mar y Marina Taibo me confía que hace años
que el festival no conocía estos calores: “Aquel año,
un señor mayor tuvo un paro cardiaco, cayó en el pequeño
estanque y allí quedó el cuerpo hasta que acabó la
Semana: los paseantes creían que se trataba de un aderezo más
del decorado...” Caminando por el recinto desierto, pienso en
ello observando algunas estatuas en las que no había reparado
hasta entonces…
Delante
de las oficinas de la Organización, una familia se está fotografiando
ante el Diablo que descuella sobre la entrada, apuntando con el dedo
su gigantesco sexo. Eso me tranquiliza un poco…
Hoy,
varios autores franceses entran en juego. Hervé Le Corre
acaba de presentar L’homme aux lèvres de saphirs (El
hombre con labios de zafiro). La novela, no está traducida al castellano,
pero precisamente de eso se trata, de animar a los editores españoles
a interesarse por ella. Un poco antes, Patrick Bard, el autor de La
frontera, había tomado parte en un homenaje a los centenares
de mujeres asesinadas en Ciudad Juárez desde hace una decena
de años, en compañía de Eduardo Monteverde y del
periodista mejicano Humberto Mussachio. Es un tema recurrente de La
Semana Negra: dos años antes, Víctor Ronquillo, autor
de Las muertas de Juárez, había hecho, al borde de las
lágrimas, un requisitorio para que Europa se interesara por
la tragedia de esas mujeres asesinadas en medio de la indiferencia
del gobierno mejicano. El público emocionado escolta, a continuación,
un ramo de flores por las calles de La Semana en las que los vendedores
de globos, los malabaristas, las familias sentadas ante platos de
pulpo a la gallega y los adolescentes que juegan a los dardos, un
bote de
cerveza en mano, los miran pasar sin entender...
Pero
el hecho relevante del día, fue evidentemente la entrega
de los diferentes Premios literarios atribuidos por La Semana Negra.
Muy temprano esta mañana, el restaurante, en los bajos del hotel
Don Manuel, olía a café y tabaco. Una espesa nube de
humo flotaba entre la luz de los focos instalados por las televisiones
que habían apiñado sus cámeras en el fondo de
la sala. En el calor asfixiante, los rasgos están marcados,
pero no por la aprehensión de las declaraciones del jurado sino
por que uno raramente se acuesta temprano durante el festival, y la
entrega de los Premios a las nueve de la mañana es a menudo
una ruda prueba. Es difícil hacerse paso hasta el Jurado, en
medio de un público erizado de grabadoras, micros y bloc de
notas. Sobre las mesas, restos de desayunos entre los que los periodistas
se preparan para tomar notas. El primer jurado empieza a leer un comunicado.
Los flashes se disparan. El premio del concurso de relatos, Semana
Negra/Ateneo Obrero de Gijón, es concedido exaquo a David Barreiro
Rodríguez y Lorenzo Lunar. Algunas risas… El primero participa
en el taller de escritura que cada año dirige el segundo durante
La Semana Negra. El cubano, que es premiado por tercera vez, sonríe
jovial detrás de sus gafas negras: la víspera dedicó su
libro en un bar cubano durante las pausas del grupo de salsa, antes
de entonar unos boleros hasta el alba con Joaquin Sabina. Pero el jurado
ha cambiado ya: el premio Memorial Silverio Cañada a la mejor
novela negra en español es para Francisco Pérez Gandul,
por Celda 211, una novela carcelaria, con tres tramas narrativas hábilmente
construidas y llevadas, y en la que la construcción de un
argot carcelario y la sutilidad de la trama son los principales triunfos.
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Mateo
Sagasta, Eduardo Monteverde, Raúl Argemí y Lorenzo
Lunar, ganadores de los diferentes Premios de la Semana Negra
(© Zeki)
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Eduardo
Monteverde se lleva el Premio Rodolfo Walsh al mejor libro de no-ficción.
En el fondo de la sala, esta su hija con las lágrimas despuntando.
Es un premio esperado y merecido: Lo peor del horror asocia a un
minucioso trabajo de investigación un
estilo narrativo desfasado que apunta, alternando el humor con un
realismo de precisión quirúrgica, a dar cuenta de todo
el horror. El premio Spartaco a recaído, en su primera edición,
en Alfonso Mateo Sagasta, autor de Ladrones de tinta. Y por fin el
premio más importante, el Hammett, es atribuido conjuntamente
a Raúl Argemí por Penúltimo
nombre de guerra,
y a Rafael Ramírez Heredia, por La Mara.
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Rafael
Ramírez Heredia, lauréat du Hammett (© Zeki)
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El
primero sonríe discretamente, en el fondo de la sala: hace
cuatro años apenas, cuando la Semana Negra le invitó por
primera vez, era un desconocido que no había publicado con dificultad
más que una novela corta en Argentina. Pesimista sobre sus posibilidades.
Desde entonces ha publicado otras tres, todas premiadas y va ha ser
editado en Francia en Editions Rivages. El Hammett es para él
una consagración esperada y un alivio. En cuanto a Rafael Ramírez
Heredia, hay que ir a buscarle a su habitación... No se ha
despertado...
Gijón,
16: El sábado es un día particular. La
noche que sigue a la entrega de Premios, a menudo no suele ser la más
descansada, y el programa del día siguiente debe ser liviano.
Lorenzo Lunar festejó su premio en el bar cubano donde tiene
sus costumbres, ron Varadero y puros Romeo y Julieta, acompañado
de Rafael Ramírez Heredia, Fernando Martínez Lainez, Ángel
González y de otros. Raúl Argemí, en compañía
de Rolo Diez, se quedó hasta muy tarde en la terraza del Don
Manuel, ante un vaso de orujo. En cuanto a Eduardo Monteverde, muy
a su pesar acompañó a sus compatriotas bajo la carpa
del restaurante mejicano de La Semana Negra, para comer tacos y enchiladas
mientras escuchaban un mariachi rugir a voz en grito rancheras... que
detesta…
Es
también un día de compras. El supermercado del libro
sigue estando lleno: se saldan a precios irrisorios todos los títulos
de la excelente ediciones Júcar. Paco Camarasa, el librero de
Negra y Criminal, hace continuos ida y vuelta con sacos repletos. Yo
compro algunos títulos que me faltan, los dos tomos de La sexta
isla de Daniel Chavarría, un Stuart Kaminsky y una recopilación
de relatos de Rubem Fonseca, antes de ir a una última conferencia:
Patrick Bard, que presenta El cazador de sombras, una novela sobre
el turismo del horror en la guerra de los Balcanes. Aunque sus historias
son siempre de lo más macabro, se transmite de su persona una
bonhomía jovial a la que su peculiar español no es ajeno.
La vispera, empezó contándome su próxima novela
sobre la bestia del Gévaudan, antes de que su mujer le hubo
interrumpido: “¡Para ya de contar a todo el mundo las historias
que aún no has escrito!” Parecía tan contento de
contar aquella historia, sin embargo… Apunto una frase que me
gusta: “la palabra clave de mis novelas es la palabra desechable,
yo no hablo más que de vidas desechables”, y me voy a
dar una última vuelta por las calles abarrotadas este sábado
por la tarde...
Grupos
de adolescentes que juegan a empujarse riéndose, familias
que ralentizan el paso con sus cochecitos de niños, jóvenes
parejas abrazadas que no se interesan mucho por los expositores de
las librerías… Me cruzo con Paco Ignacio Taibo, papel
y lápiz en la mano, con aire radiante. Trinca mi bote de Pepsi
y lo vacía de golpe, antes de enseñarme su papel, cubierto
de garabatos: “54.323 libros, me anuncia exultante, ¡Hemos
vendido 54.323 libros!”. Lo miro alejarse en la multitud. La última
palabra será para él…
