el policiaco en el punto de mira
n°3 Noviembre-Diciembre-Enero de 2005/06

 

 

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Dieciocho años y como niños...
La Semana Negra de Gijón

Por Sébastien Rutés
Traducción: Zeki



Madrid, 8 julio: Paco Ignacio Taibo da saltitos en medio del gran hall, sobre una pierna y otra. Su amotinado bigote bulle de impaciencia. Lanza miradas inquietas hacia el restaurante desde donde llegan, limpiándose la boca, los últimos rezagados del desayuno. Después, con un gesto teatral, pone en movimiento a un centenar de escritores, periodistas e invitados de toda clase que se arremolinan a su alrededor con sus maletas. Una salva de aplausos entusiastas –que sucede a un minuto de silencio por las víctimas de la víspera en los atentados de Londres y por las de todas las otras guerras en el mundo- saca de su sopor a los clientes del hotel sentados ante sus cafés y que se preguntan: ¿qué inquietante secta es ésta? Quizás quisieran preguntar, como la víspera aquellos viajeros curiosos en el aeropuerto donde Taibo tiene por costumbre esperar a sus invitados, si se trata de un congreso de magia negra o de un festival folklórico africano. Pero el mejicano ya está lejos: como cada año, acaba de declarar abierta La Semana Negra de Gijón y en fila india, como en los campamentos de verano, todos los participantes se precipitan alegremente detrás de su pequeña silueta veloz a través de la agitación matinal de la estación de Chamartín, hasta el andén.

“ Tren negro – Gijón”, anuncia en letras blancas el panel arriba de las escaleras: tres vagones que piafan de excitación. Sobre el andén, donde todos se apuran en medio de un caos de maletas, se distribuye el primer ejemplar del A Quemarropa, el periódico oficial de la Semana Negra. Más de un millar de ejemplares vendidos cada día. Una lectura que hará más cortas las ocho horas del viaje hasta los puertos de Asturias. “18 años... y como niños” anuncia la primera página. Dieciocho años ya. Taibo II aparece de repente a mi lado: “¡Por fin la mayoría de edad! ¡Nadie podrá ya tocarnos los huevos!”, me sopla con un guiño, y desaparece de nuevo. Escurridizo. Incansable. Ya casi al otro lado del muelle, vocifera: « ¡Embarquen, embarquen, los fumadores detrás, lo no fumadores delante! ». Y como siempre cuando lo manda el “Jefe-Taibo” (es lo que lleva inscrito sobre la pequeña cartulina amarilla grapada a su chaqueta vaquera), todo el mundo obedece. Diez minutos más tarde, el tren cruza la triste periferia de Madrid y después el campo de Castilla aplastado por el sol.

En el Tren Negro : Leonardo Padura, Peter Berlingy Carolin Hougan (© Zeki)

Dentro, la vida social se organiza muy pronto. Los que se conocen de años anteriores se reagrupan en el vagón restaurante alrededor de las mesas, se acodan en la barra del bar o se juntan en los pasillos molestando el tránsito de los demás y los incesantes vaivenes de Paco Taibo, que circula apurado entre los grupos y al paso pilla sobre las mesas algunas Pepsis que no le pertenecen y que vacía de un trago, ante la mirada atónita de sus dueños, antes de proseguir su camino. Nadie se queda nunca sentado en el Tren Negro con excepción, al principio, de algunas tímidas parejas que observan la agitación, las idas y venidas, o escuchan discretamente las ostentosas conversaciones y las efusiones. En una esquina, insensible al alboroto, el escritor argentino Raúl Argemí, del que la novela El gorgo, el francés y el ratón Pérez está a punto de ser publicada en Francia, ha sacado un termos de agua caliente y se prepara el mate. Lo beberá solo, este año su compadre Rolo Diez no llegó a Madrid: en el aeropuerto de Méjico, en el momento del subir al avión se dio cuenta de que no tenía el pasaporte en regla... Después de la estación de Valladolid empiezan las mesas redondas. Los pasajeros, que a duras penas cabían en tres vagones, se amontonan ahora en uno, los autores toman sitio en las mesas, los fotógrafos se suben sobre la barra del bar y los periodistas se sientan en el suelo, algunos niños corren entre el gentío y Taibo como maestro de ceremonia se sienta sobre una mesa. El gigantesco Peter Berling, actor en La última tentación de Cristo, Aguirre, Fitzcaraldo y más recientemente Gangs de New York, camisa roja, sombrero de paja blanco y voluminosos medallones de plata alrededor del cuello, ocupa el centro. Uno por uno, cada escritor evoca sus trabajos actuales. Berling, autor de la serie de Los hijos del Grial, explica en un galimatías cosmopólita que quisiera ser español, que su próxima novela tendrá como argumento la secta de los Asesinos (Hashishinos). Él, que actuó en El nombre de la rosa, parece imitar el lenguaje del monje Salvatore… Los periodistas lo miran de hito en hito, despechados, sin entender. Taibo aprovecha para subrayar el parentesco cada día más grande entre la novela policial y la novela histórica, entre las cuales la fusión, según él, será inevitable a la larga. Leonardo Padura evoca su última novela, La neblina del ayer, que marca la vuelta de Mario Conde. Siguen el italiano Marco Vichi, los mejicanos Eduardo Monteverde y Enrique Serna, el inglés Mark Mills, los Cubanos Lorenzo Lunar y su esposa Rebecca Murga, los americanos Jim y Carolyn Hougan que escriben a cuatro manos bajo el seudónimo de John Case… A continuación llega el turno de los autores de ciencia ficción. Después un grupo de jóvenes poetisas. Hay que organizar una rotación, no hay suficientes asientos para todos en el atestado vagón. Pronto, es la hora de la parada para almuerzo: un “pincheo” al son de las gaitas asturianas. Una siesta y el tren finalmente acaba llegando a Gijón…

Fanfarria. Ducha. Recepción oficial, discursos, vino de Rioja y canapés. Son unos invitados impacientes, tocados por los “borsalinos” negros que distribuyen los organizadores, los que la misma tarde se empujan cortésmente para ver a Taibo cortar la cinta en la entrada del recinto, auspiciado por dos inmensas estatuas coloreadas: apoyada en una gigantesca pila de libros, una pin-up del cine negro de los años 50, de la que algunas esposas de escritores norteamericanos comentan atónitas que se le ven las bragas, y un Neptuno triunfante al que los niños, en años anteriores, han agujereado los testículos con arcos y flechas comprados en los puestos de pretendida artesanía síus regentados por ecuatorianos, unos metros más allá. Otros años, se le ocurrió a Taibo hacer su entrada a lomos de un elefante, ser acompañado por acróbatas, sustituir la cinta negra por una boa albino. La puesta en escena y lo desmedido son parte del juego. Los que se esperaban un festival literario tradicional están avisados. Se tiene la impresión de entrar en otra ciudad, irreal, dedicada a la cultura y a la diversión popular. Una mezcla que no triunfa en ningún otro lugar. De cada bar, cada puesto de souvenirs, cada restaurante, brota una música atronadora: ¿dónde puede uno hablar de literatura en medio de este caos? Retratos de Humphrey Bogart o Harry Houdini decoran los muros. Unas estatuas bordean las travesías, como en Disneylandia, pero aquí representan a Jack el Destripador, Fu Manchu y Sherlock Holmes. Una Disneylandia al revés. Poco a poco, mientras un escaso grupo de autoridades se dirige hacia el nuevo invento de Taibo (una cinta rodante de diez metros de largo sobre la que circulan libros puestos a la venta a precios irrisorios y que los presentes deben atrapar al paso), los invitados se dispersan por las arterias del recinto, extrañados de ver el festival extenderse cada año un poco más, ganar terreno, anexarse más parcelas de césped, de estanques, de setos. Apropiarse la ciudad. La Semana Negra de Gijón, este año, son además de las exposiciones y las carpas del programa oficial, cincuenta y nueve bares instalados bajo tiendas, más de treinta restaurantes, cuarenta y una librerías, múltiples atracciones de feria incluida su noria gigante, y numerosas tiendas de artesanía y de souvenirs, todo ello en una superficie de noventa mil metros cuadrados. Una ciudad en la ciudad…

Gijón, 12 julio: Coincidencia, hoy cuando se abre la parte del festival dedicada a la Novela Negra, un escualo de varios metros apareció por la mañana en la playa poniendo la ciudad en apuro. La policía impidió que Raúl Argemí tomara su baño matinal. En el desayuno, el cubano Justo Vasco sugirió que se trataba de proteger al tiburón...

Los días precedentes, la novela policial fue incluida en pequeñas pinceladas dentro de un programa consagrado en gran parte, hasta entonces, a la ciencia ficción y la fantasía, la novela histórica y el cómic. Dos jóvenes autores, la americana Rebecca Pawels y el español José Angel Mañas abrieron la ronda. Francisco González Ledesma les siguió, para presentar su última novela, Cinco mujeres y media. Su obra precedente, Tiempos de venganza, es este año finalista del Premio Hammett, dos años después de que su autor ganara este galardón con El pecado o algo parecido. Con su voz serena y sus maneras discretas, el escritor catalán fue como siempre tan emotivo, evitando hablar de él y llevando la conversación sobre Barcelona, la ciudad que, más que todas esas mujeres que habitan las últimas novelas del inspector Ricardo Méndez, es la protagonista inmutable de sus narraciones. Por otro lado, Ledesma desveló el título de la autobiografía que esta escribiendo: La historia de mis calles. Con cerca de ochenta años y con una reivindicada nostalgia, evocó obstinadamente esa “ciudad” que ha existido y que sigue existiendo sentimentalmente, antes de apretar, una por una, las manos de sus lectores que hacían cola para que les dedicara el libro…

Hoy, el día comienza con el segundo acto de la mesa redonda de autores suramericanos de novela negra, cuyo titulo: “¿Por qué tenemos que reunirnos en Europa?”, fue rápidamente desechado después de que un cínico –sin duda Goran Tocilovac– hubo insinuado que la única razón era la económica: no se podría encontrar en América latina un festival capaz de reunir, como hoy a, Luis Sepúlveda, Leonardo Padura, Rolo Diez (que pudo finalmente renovar su pasaporte), Rafael Ramírez Heredia (finalista del Premio Hammett con su novela La Mara), Paco Ignacio Taibo II, Justo Vasco, Rolando Hinojosa y muchos más. La mesa redonda se desarrolla con los autores sentados en círculo y con el público a sus espaldas. Desde la barra de la carpa una joven camarera hace idas y venidas cargada de Pepsis, cervezas y algunos whiskys. El micro pasa de mano en mano. Las conversaciones se cruzan, es difícil seguir el hilo… mejor dicho los hilos. Taibo intenta poner orden, acapara la palabra, acumula anécdotas... Finalmente, se coincide en definir las especificidades del la novela negra latinoamericana. Cada uno con su definición, propia de su nacionalidad y de su experiencia... Al día siguiente, A Quemarropa se aventuraría con una síntesis de las palabras de cada cual: “Lo que diferencia la novela negra latinoamericana, es que está mucho más politizada que la novela negra europea. No se la puede separar de la denuncia del poder político, del tráfico de drogas, de la guerra sucia, persistentemente sucia con sus policías corruptos y sus militares asesinos, más allá de los tópicos del policía bueno o malo. En ese contexto, el escritor latinoamericano se convierte en el ojo crítico de la sociedad, preocupado por su tema pero también por su estilo. Reticente al best-seller, la novela latinoamericana se construye según una lógica distinta. Porque lo que la diferencia verdaderamente son sus pretensiones experimentales, no sólo al nivel del lenguaje, sino también en lo concerniente a sus historias al limite, esas narraciones que rozan lo fantástico y la parodia y se adentran incluso en el surrealismo. Sin duda porque lo que aquí nos parece exótico es allá pura y sencillamente la realidad cotidiana”. Una suerte de auto celebración con la que no todos estaban de acuerdo...

Contra la pobreza (© Rutés)

Mientras se acaba la mesa redonda con una foto de grupo, para contribuir a la lucha contra la pobreza, Enrique Sánchez Abulí, el guionista del cómic Torpedo, presenta, en una carpa tranquila, su última obra, Asesinos anónimos. Un cómic concebido en paralelo con una pieza de teatro, estrenada el mismo día de su publicación. Abulí resume la anécdota riéndose: “La historia parte del principio de que todos llevamos un asesino dentro de nosotros... ¡algunos incluso llevan dos!”.
Más tarde, el cubano Justo Vasco presentaría las últimas novelas de sus compatriotas Leonardo Padura y Lorenzo Lunar Cardedo. El primero explicaría que fue le trabajo de adaptación cinematográfica de la serie Las cuatro estaciones el que lo condujo a volver con Mario Conde en La neblina del ayer, después de haberse dedicado a unas novelas históricas. Una sobre el poeta cubano José María de Heredia (La novela de mi vida) y otra sobre Ernest Hemingway: “Para resolver mis problemas con él”, confesaría. Por su parte, Lorenzo Lunar, insistiriá sobre la importancia común de los cabarets y la música en la novela de Padura y la suya Polvo en el viento. Este último es un requisitorio sin concesiones a una sociedad cubana en plena delicuescencia, gangrenada por la droga, la prostitución y la corrupción que tritura las esperanzas de sus hijos, en este caso un hermano y una hermana abandonados por su madre, una ambiciosa funcionaria. Una novela con una poesía y violencia que demuestran un apasionado amor por Cuba…

Gijón, 13 julio: Una jornada en la que se habló mucho de las múltiples formas de delincuencia en Méjico, sin agotar el tema. Primero fue Rafael Ramírez Heredia quien vino a hablar de su última novela, La Mara, presentada por la cubana Karla Suárez. La Mara, son esas bandas de jóvenes delincuentes cuya única razón de vivir es su pertenencia a esa sociedad paralela fuertemente jerarquizada y codificada. En Méjico, contaría cerca de cincuenta mil miembros, que aprenden a matar a partir de la edad de siete años y que tienen la costumbre de tatuarse una lágrima azul bajo el ojo por cada una de sus víctimas. En la frontera con Guatemala, “frontera entre dos pobrezas” según Heredía, la Mara vive de las esperanzas de los inmigrantes y de la prostitución. La novela necesitó largas y peligrosas indagaciones, pero Heredia prefiere insistir “sobre la apuesta literaria del lenguaje”: las Maras utilizan un vocabulario de una centena de palabras, pero el autor quiso inspirarse en ello para crear una lengua no tanto realista sino más bien poética. Interrogado sobre el porvenir de la Mara, el novelista se mostró pesimista: “No hay nada que hacer, son los hijos diabólicos del neoliberalismo”. Y concluyendo: “Por otro lado la Mara avanza, está llegando a Europa...”.

Una hora más tarde, Ramírez Heredia entra de nuevo en escena, acompañado esta vez de sus compatriotas Elmer Mendoza, también finalista del Hammett con su novela Efecto tequila y Eduardo Monteverde, a los que presenta Fritz Glockner. Monteverde, médico y periodista de nota roja, presentaría al día siguiente Lo peor del horror, una recopilación de anécdotas sangrientas o aberrantes, a veces sencillamente amargas, redactadas con escalpelo, de las que se desprende el terrible sentimiento del absurdo horror cotidiano en el cual sus dos oficios le valieron a Monteverde para sumergirse hasta la nausea. Apenas bajado del avión le pregunté a Paco Ignacio Taibo II, qué había que leer este año, me respondió sin dudarlo: “Monteverde: está loco, te gustará”. Y para demostrar sus palabras me contó el día que el periodista le confesó haberse enamorado y querer desposarse con una mujer que acababa de entrevistar en la cárcel, una mujer que había asesinado a sus anteriores maridos...

Pero es del tráfico de drogas de que lo ahora se trata y Monteverde abre de este modo un debate delicado: “En mí país ser delincuente significa en el 75% de los casos no ser castigado… Es casi sinónimo de éxito social…” Mendoza prefiere evocar los corridos, esas músicas populares que exaltan la subcultura de los narcotraficantes. Heredia le interrumpe, se subleva contra la “folclorisación” del crimen, Monteverde aprueba, la polémica se inicia… Algunos ecos llegan hasta la carpa bajo la que, en un ambiente más distendido, son presentadas tres revistas dedicadas al género y que demuestran su actual vigor en España: Hammett y Fantoches, revista latinoamericana –esta última- dirigida por Lorenzo Lunar, estrenan ante el público su primer número, mientras que La Gangsterera, la revista de la Asociación Novelpol, está ya en el tercero…

Gijón, 14 julio: Cada vez que paso ante la librería Negra y Criminal, el librero Paco Camarasa y su esposa, abandonan a sus clientes para cantarme la Marsellesa. Acabo por pasar corriendo. Felizmente el programa del día es muy completo…

Primero es Raúl Argemí, finalista del Hammett con Penúltimo nombre de guerra, galardonada con los premios de los lectores Novelpol, entregado la víspera, y el Brigada 21, el que presenta su última novela: Patagonia Chu Chu. En conferencia de prensa, Taibo II, que adora las comparaciones descabelladas lo calificó de “Sam Peckinpah de los rojos”. Argemí aún se ríe por debajo de sus bigotes, mientras Taibo vuelve a las andadas: “Es parte de esa generación que creyó que podía cambiar el mundo, y se perdió en el intento”. Un cumplido, a pesar de las apariencias y que esta vez parece haber dado en el blanco. El argentino, con semblante serio, enciende un nuevo cigarrillo... Patagonia Chu Chu es una novela de aventuras más que una novela policial, pero es también una novela negra con humor omnipresente: “Después de una novela tan dura, tan sórdida como Penúltimo nombre de guerra, tenía que escribir una novela más... luminosa”. Así es como un marino que se dice descendiente de Butch Cassidy, se inspira del diario íntimo del bandido para asaltar, acompañado de un conductor de metro en paro, un tren destartalado que atraviesa la Patagonia. En ese huis-clos impuesto por una naturaleza sin límites, los diferentes viajeros embarcados en esa aventura permiten a Argemí pintar una representación desfasada, a la vez pesimista e irónica, de una sociedad argentina que no se percibe más que a través del enfoque de unos viajeros naufragados en una Patagonia surrealista que recuerda a la de las novelas de Osvaldo Soriano…

Un poco antes, por la tarde, José Angel Mañas, Fernando Marías, José Carlos Somoza (cuya novela La dama número trece está a punto de ser editada en Francia), José Ovejero y Manuel García Rubio, intentaron definir las diferencias entre la novela negra y la novela “blanca”, formidable intento que tan sólo engendró una paradoja: “La novela “blanca” es la antitesis de lo que no sabemos que es la novela negra”.

Paco Ignacio Taibo 2 (© Rutés)

Es un día cargado. Se hace difícil estar en todos los sitios. El jueves, La Semana Negra vuelve a llenarse. El fin de semana, con su olor a churros y sidra asturiana ya está en el aire. Y cuando llega la presentación del proyecto Pepsi / Semana Negra, sencillamente uno ya no se puede mover, ni cerca de la carpa central, ni sobre el escenario. Cada año La Semana Negra concibe y publica un libro de arte del que sólo se editan mil ejemplares. Este año , es un homenaje a Emilio Salgari, en el que participaron una treintena de escritores e ilustradores: Valerio Evangelisti, Gianfranco Manfredi, Juan Bas, Angel de la Calle, Elia Barceló y otros, que intentan mal que bien hacerse un sitio sobre el pequeño escenario, mientras Taibo II justifica su elección: “Queremos hacer de La Semana Negra, la capital de la literatura de acción, y para eso quisiéramos integrar la novela de aventuras en nuestro programa, pero quizás nos harían falta más días...” Es un toque con el pie… “La Semana Negra es la única semana que dura diez días” tienen por costumbre repetir, a los periodistas, los organizadores... Y quisieran cuatro más... Pero Taibo no tiene tiempo de insistir… Se origina la avalancha del reparto del libro y de las dedicatorias, que durará más de dos horas en un caos indescriptible.

Más indescriptible aún que el que se produjo un poco antes en la presentación de la novela escrita a cuatro manos por Taibo II y el Subcomandante Marcos, Muertos incómodos, en el transcurso de la cual el mejicano se justificó, con estas palabras, de haber aceptado la proposición el zapatista: “¿Y si Marilyn Monroe me invitara a cenar, podría negarme?”.

Más indescriptible aún que la velada poética, que un poco más tarde vería, bajo una carpa en la que no ya cabía ni un solo espectador más, a los poetas Ángel González y Luís García Montero acompañados por el cantante Joaquín Sabina, recitar sus poemas ante un publico cautivado… El sábado anterior, el recital de jóvenes poetisas españolas había sido todo un éxito. Decididamente, La Semana Negra no sólo se extiende de año en año en el tiempo y el espacio, también fagocita los géneros...

Gijón, 15 julio: En el pequeño tren que les conduce hacia La Semana Negra, los autores aprovechan la brisa. Andreu Martín atisba hacia el mar y Marina Taibo me confía que hace años que el festival no conocía estos calores: “Aquel año, un señor mayor tuvo un paro cardiaco, cayó en el pequeño estanque y allí quedó el cuerpo hasta que acabó la Semana: los paseantes creían que se trataba de un aderezo más del decorado...” Caminando por el recinto desierto, pienso en ello observando algunas estatuas en las que no había reparado hasta entonces…

Delante de las oficinas de la Organización, una familia se está fotografiando ante el Diablo que descuella sobre la entrada, apuntando con el dedo su gigantesco sexo. Eso me tranquiliza un poco…

Patrick Bard (© Zeki)

Hoy, varios autores franceses entran en juego. Hervé Le Corre acaba de presentar L’homme aux lèvres de saphirs (El hombre con labios de zafiro). La novela, no está traducida al castellano, pero precisamente de eso se trata, de animar a los editores españoles a interesarse por ella. Un poco antes, Patrick Bard, el autor de La frontera, había tomado parte en un homenaje a los centenares de mujeres asesinadas en Ciudad Juárez desde hace una decena de años, en compañía de Eduardo Monteverde y del periodista mejicano Humberto Mussachio. Es un tema recurrente de La Semana Negra: dos años antes, Víctor Ronquillo, autor de Las muertas de Juárez, había hecho, al borde de las lágrimas, un requisitorio para que Europa se interesara por la tragedia de esas mujeres asesinadas en medio de la indiferencia del gobierno mejicano. El público emocionado escolta, a continuación, un ramo de flores por las calles de La Semana en las que los vendedores de globos, los malabaristas, las familias sentadas ante platos de pulpo a la gallega y los adolescentes que juegan a los dardos, un bote de cerveza en mano, los miran pasar sin entender...

Pero el hecho relevante del día, fue evidentemente la entrega de los diferentes Premios literarios atribuidos por La Semana Negra. Muy temprano esta mañana, el restaurante, en los bajos del hotel Don Manuel, olía a café y tabaco. Una espesa nube de humo flotaba entre la luz de los focos instalados por las televisiones que habían apiñado sus cámeras en el fondo de la sala. En el calor asfixiante, los rasgos están marcados, pero no por la aprehensión de las declaraciones del jurado sino por que uno raramente se acuesta temprano durante el festival, y la entrega de los Premios a las nueve de la mañana es a menudo una ruda prueba. Es difícil hacerse paso hasta el Jurado, en medio de un público erizado de grabadoras, micros y bloc de notas. Sobre las mesas, restos de desayunos entre los que los periodistas se preparan para tomar notas. El primer jurado empieza a leer un comunicado. Los flashes se disparan. El premio del concurso de relatos, Semana Negra/Ateneo Obrero de Gijón, es concedido exaquo a David Barreiro Rodríguez y Lorenzo Lunar. Algunas risas… El primero participa en el taller de escritura que cada año dirige el segundo durante La Semana Negra. El cubano, que es premiado por tercera vez, sonríe jovial detrás de sus gafas negras: la víspera dedicó su libro en un bar cubano durante las pausas del grupo de salsa, antes de entonar unos boleros hasta el alba con Joaquin Sabina. Pero el jurado ha cambiado ya: el premio Memorial Silverio Cañada a la mejor novela negra en español es para Francisco Pérez Gandul, por Celda 211, una novela carcelaria, con tres tramas narrativas hábilmente construidas y llevadas, y en la que la construcción de un argot carcelario y la sutilidad de la trama son los principales triunfos.

Mateo Sagasta, Eduardo Monteverde, Raúl Argemí y Lorenzo Lunar, ganadores de los diferentes Premios de la Semana Negra (© Zeki)

Eduardo Monteverde se lleva el Premio Rodolfo Walsh al mejor libro de no-ficción. En el fondo de la sala, esta su hija con las lágrimas despuntando. Es un premio esperado y merecido: Lo peor del horror asocia a un minucioso trabajo de investigación un estilo narrativo desfasado que apunta, alternando el humor con un realismo de precisión quirúrgica, a dar cuenta de todo el horror. El premio Spartaco a recaído, en su primera edición, en Alfonso Mateo Sagasta, autor de Ladrones de tinta. Y por fin el premio más importante, el Hammett, es atribuido conjuntamente a Raúl Argemí por Penúltimo nombre de guerra, y a Rafael Ramírez Heredia, por La Mara.

Rafael Ramírez Heredia, lauréat du Hammett (© Zeki)

El primero sonríe discretamente, en el fondo de la sala: hace cuatro años apenas, cuando la Semana Negra le invitó por primera vez, era un desconocido que no había publicado con dificultad más que una novela corta en Argentina. Pesimista sobre sus posibilidades. Desde entonces ha publicado otras tres, todas premiadas y va ha ser editado en Francia en Editions Rivages. El Hammett es para él una consagración esperada y un alivio. En cuanto a Rafael Ramírez Heredia, hay que ir a buscarle a su habitación... No se ha despertado...

Gijón, 16: El sábado es un día particular. La noche que sigue a la entrega de Premios, a menudo no suele ser la más descansada, y el programa del día siguiente debe ser liviano. Lorenzo Lunar festejó su premio en el bar cubano donde tiene sus costumbres, ron Varadero y puros Romeo y Julieta, acompañado de Rafael Ramírez Heredia, Fernando Martínez Lainez, Ángel González y de otros. Raúl Argemí, en compañía de Rolo Diez, se quedó hasta muy tarde en la terraza del Don Manuel, ante un vaso de orujo. En cuanto a Eduardo Monteverde, muy a su pesar acompañó a sus compatriotas bajo la carpa del restaurante mejicano de La Semana Negra, para comer tacos y enchiladas mientras escuchaban un mariachi rugir a voz en grito rancheras... que detesta…

Es también un día de compras. El supermercado del libro sigue estando lleno: se saldan a precios irrisorios todos los títulos de la excelente ediciones Júcar. Paco Camarasa, el librero de Negra y Criminal, hace continuos ida y vuelta con sacos repletos. Yo compro algunos títulos que me faltan, los dos tomos de La sexta isla de Daniel Chavarría, un Stuart Kaminsky y una recopilación de relatos de Rubem Fonseca, antes de ir a una última conferencia: Patrick Bard, que presenta El cazador de sombras, una novela sobre el turismo del horror en la guerra de los Balcanes. Aunque sus historias son siempre de lo más macabro, se transmite de su persona una bonhomía jovial a la que su peculiar español no es ajeno. La vispera, empezó contándome su próxima novela sobre la bestia del Gévaudan, antes de que su mujer le hubo interrumpido: “¡Para ya de contar a todo el mundo las historias que aún no has escrito!” Parecía tan contento de contar aquella historia, sin embargo… Apunto una frase que me gusta: “la palabra clave de mis novelas es la palabra desechable, yo no hablo más que de vidas desechables”, y me voy a dar una última vuelta por las calles abarrotadas este sábado por la tarde...

Grupos de adolescentes que juegan a empujarse riéndose, familias que ralentizan el paso con sus cochecitos de niños, jóvenes parejas abrazadas que no se interesan mucho por los expositores de las librerías… Me cruzo con Paco Ignacio Taibo, papel y lápiz en la mano, con aire radiante. Trinca mi bote de Pepsi y lo vacía de golpe, antes de enseñarme su papel, cubierto de garabatos: “54.323 libros, me anuncia exultante, ¡Hemos vendido 54.323 libros!”. Lo miro alejarse en la multitud. La última palabra será para él…

 


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