Hard
Billar
Relato
de Denis Leduc
Traducción: Zeki
Era
el fin de los exámenes y se aburrían. Las tres. Leone,
la rubia. Anouk, la antigua punk cuya cabellera conservaba ese aire
de viejo forraje mal peinado. Beatriz, la pelirroja. A decir verdad,
sólo
Leone era parte de la comunidad estudiantil, con la particularidad
de que suspendía en cada convocatoria de exámenes y mantenía
una rara confianza en la siguiente que superaría con
los dos dedos en la nariz. Niñas envidiosas y una
legión
de tíos despechados afirmaban que era más bien por
meter « la
nariz en la bragueta adecuada ». A Leone le traía
al pairo. Era la más joven del trío aunque melindreaba
sobre su edad, alguna vez dejaba entrever veinte, otra veces veinticinco,
años.
El secreto de su carné de identidad estaba tan bien guardado
como el lugar en el que disimulaba sus píldoras contraceptivas
y su colección de condones, celebres por sus colores y formas
lúdicas.
Beatriz afirmaba alto y claro sus veintiséis años.
Curraba de barman en el Mouche. Desde hacía tiempo.
Los estudiantes más antiguos y algunos residentes de la ciudad
universitaria se mofaban: « desde siempre ».
Se comentaba que había
estudiado psicología. Se rumoreaba que le gustaban
las mujeres, algo que ella reivindicaba, aunque sabía, mejor
que muchos jóvenes, darse el lote en los tigres y menear los
dedos para levantar sexos de machos en los aparcamientos. Su amistad
con Leone había
dado pie a habladurías. Anouk desentonaba en el trío.
Primero por su juventud. Después, por su aire de superviviente
de ese futuro que sin duda nunca llegaría. En fin, por su
extrema timidez o su reserva. Mientras las dos primeras sabían
beber como cosacos, Anouk adoraba ahogarse en té con limón,
agua mineral que ingurgitaba en pequeños tragos comedidos.
Al final de la jarana se
ofrecía una única Rodenbach1 que
le hacía enrojecer el lóbulo de las orejas.
Se aburrían.
Hacía calor.
Las terrazas estaban abarrotadas, las calles
peatonales de la ciudad vibraban con dulzona indolencia agitándose
al ritmo angustioso de las futuras proclamaciones de las deliberaciones
y de los proyectos de vacacionales. Todas las instalaciones de música
de todos los círculos y otras hermandades berreaban a quien
más mejor.
Algunas parejas se hacían o se deshacían. Los jóvenes
y apijotados vendedores de droga, embolsaban sus pequeños
beneficios que irían engullir al Luna en la menguada
riqueza de una tarde.
Se aburrían aunque se habían
dado cita, muy decididas a divertirse.
A Anouck no le gustaba el
calor sobre todo cuando rozaba anuncio de tormenta. Decía
que le daba mal de vientre. Esa tarde, aún
le dolía más. Pablo la había dejado. Cuando
la dejaban no
fallaba: sentía aguijones en el bajo vientre. Pero... y de
eso no diría nada a sus amigas, « ellas » se
retrasaban y eso le dolía más aun.
A Leone el gustaba
el calor y sabía vestirse en consecuencia
para dejar arrollar desde todas partes las ondas secas de esa invasión.
Aquella tarde estaba furiosa. Lucien le había dado plantón
y sospechaba que no era para hacerse una manola en su pequeña
chabola.
Beatriz no le echaba cuenta al calor. Se sentía sola
desde hacía
demasiado tiempo y se alegraba de esta tarde. Había decidido
por la mañana y a lo largo del día que sería
una follanight. Hacía
más de una hora que daban vueltas y aún no había
ocurrido nada. Por lo tanto empezaba a amuermarse firmemente.
El
tiempo pasaba, la tempestad se anunciaba, la conversación
se debilitaba, los primos más consumibles se emborrachaban
o pasaban sin una mirada incluso de azar. El humor del trío
se enturbiaba.
Hacía las diez, deambulaban rue des Wallons.
Beatriz había
enrollado sus pequeñísimas mangas
hasta la sugerente curva de sus exquisitos hombros, el contraste
acrecentado por la noche que asibilaba sus galas lunares entre el
blanco centellante de su pequeña blusa y el sienna aterciopelado
de sus brazos era sencilla poesía. Se daba cuenta de que algo
no iba bien con Anouk y de vez en cuando le echaba pequeñas
miradas preocupadas, casi maternales.
Anouk sentía la amargura invadirla,
padecía más
dolor, quería alejar ese daño con pequeños cabezazos
repetidos que debían ser intrigantes para sus amigas. Caminaba
los brazos detrás de la espalda en un ángulo extraño,
sus finas manos reptilianas mal retenidas en los pequeños
bolsillos de su pantalón de cuero negro, largo, cuarteado,
sobrecalentado que le irritaba la sedosa funda de los muslos.
Leone
quería aparentar indiferencia y musitaba una canción
de Maurane. Había abierto más que ampliamente la cremallera
de su funda de color arena y, en la oscuridad, se hacía dificultoso
distinguir entre el arenal de algodón y la pigmentación
de su busto en caza.
A penas tuvieron tiempo de echarse
contra el escaparate del Courseur aunque
a decir verdad el alboroto del anunciador zumbido ya se había
echo oír hacía unos minutos.
Tres pesadas motos galoneadas
con múltiples banderines, una adornada
con varios pequeños ositos de peluche enfilados en una antena
de televisión de los años cincuenta, los cromos, centellando,
grotescamente, las rozaron con sus esputos nauseabundos.
Los tres
motoristas eran parecidos caballeros de un Príncipe
Negro ausente, rutilantes de viseras plateadas, plantados en enormes
botas con ataduras de espuelas, envarados en gigantescas chaquetas
de cuero con flecos a lo Billy el Niño.
Beatriz recordó una
escena de lejanas vacaciones. Leone soltó un
pequeño grito estridente. Anouk maldijo, detestaba ese tipo
de chorbos.
La caravana restallante bajó despacio la gran
pendiente, ellas distinguieron a los tres destroyers deteniéndose
plaza de la Universidad.
Cuando llegaron a la plaza, lo tres caballeros ocupaban
una mesa de terraza en la esquina de la Grand Rue, sus monturas tumbadas
en barbecho, contra la fuente.
Beatriz observó al trío.
El hecho de que uno de los motoristas no se hubiera quitado el casco
la divirtió pero observándolo
mejor se sintió estremecer: algo en su silueta, claramente
más
frágil que las otras dos, le hizo pensar que tenía
que tratarse de una mujer. Frunciendo los labios izo señas
a sus dos amigas de seguirla; se instalaron en una mesa más
al centro de la plaza.
Anouk no pudo impedirse levantar la mirada
al cielo al pasar al lado de los caballeros, esa mueca,
aunque breve no les pasó inadvertida.
El calvo gordo con el tupido bigote de galo que flirteaba con el
lóbulo
de sus orejas agujeradas de múltiples y deslucidos anillos,
cuya chaqueta proclamaba « Kiss of Death »,
eructó a
su paso. El otro, más grande, esbelto, con el rostro duro
de torero, se rió burlonamente antes de chascar la lengua
al paso de Leone.
Ellas se sentaron. Anouk les dio la espalda y los
calificó de « ¡gárrulos! ».
Leone se sentó cruzada mientras jugueteaba con su cremallera.
Beatriz se las arregló para mantener en su línea de
mira aquella misteriosa visera aún cerrada . Retomaron su
conversación,
conscientes de que aquella presencia la hacía saltar. Anouk
se puso a reír ahondando su espalda que sabía transformar
en un pozo tan perfecto como admirable. Leone se estiraba con ritmo
regular, movimiento que en cada pequeña sacudida hacía
resbalar un poco más la cremallera, ofreciendo a la noche
el perfil casi completo de sus pechos estirados. Beatriz se contentaba
con mojar los labios que se le hinchaban a cada pequeña bocanada,
con agitar su pesada cabellera pelirroja, con abrir y cerrar las
piernas bajo la mesa.
Quitado el último casco, Anouk descubrió un
bello rostro de cabello plateado y cortado a cepillo. Finalmente fue
evidente que con el tiempo las seis miradas se cruzaban.
Cuando el
torero vino a contonearse delante de su mesa, leone le propuso de
golpe que se sentara. Pronto estuvieron todos juntos.
Las tres amigas
se animaron, redoblando las risas y las muecas sugestivas. Los tres
motoristas jugaban a la perfección su partición
de ángeles sucios y cabrones.
Sólo Anouk permanecía
relativamente reservada. Se sentía
ninguneada. : el torero, Alex, sólo parecía apasionarse
por las alondras casi enteramente liberadas de Leone; no le gustaba
nada la jeta de Jules aunque tuviera cierto don por los
retruécanos
y la mujer , Esther, verdadero monstruo glacial, se interesaba demasiado
por el entrepiernas de Beatriz.
Fue Jules quien les propuso un paseo
en moto e « ir a hacerse
un billar si os apetece ».
Aceptaron sin ninguna concertación,
sin duda pensaron que mejor valía lo desconocido que la desalentada
prosecución
de su tedio.
Jules enderezó su moto y viendo que Alex tendía
la mano a Leone izo seña a Anouk de subirse. Súbitamente
atento le ciñó su casco, poniendo sobre su propio cráneo
un viejo sombrero; Anouk rompió a reír a la vista de
sus dos amigas. Leone intentaba mantenerse en equilibrio mientras
se esforzaba por cerrar sólo un poco su cremallera. Beatriz,
sobre la montura de hierro de la mujer, también lleva un casco
pero al arranque fue su culo de repente totalmente desnudo que hubiera
necesitado uno.
Beatriz primero se había sentido intrigada
ante la actitud glacial de la mujer pero también se había
percatado de sus miradas detallándola y valorándola
como un bombón que se
disponía a degustar. Eso le gustó, izo todo para acrecentar
aquel silencioso tejemaneje solamente consciente del placer que ya
le cosquilleaba las caderas. Se subió pegando la punta de
los pechos contra Esther.
Jules arrancó el primero, gritando
a los demás: « ¡Nos
vemos en Auderghem2! ».
Llegó mucho antes que los
otros y ofreció su chaqueta
a Anouk que tenía un poco de frío y sin saber por qué se
inquietaba del retraso de las dos otras cabalgaduras cromadas. Rechazó la
pequeña píldora que él le ofreció aunque
aceptó el “porro” que lió con sus dedos morcillones
y sucios.
Alex se detuvo con lentitud sobre el área de
Terhulpen.
Saltó de su maquina con la gracia de un vaquero dandy
de westerns de serie B rodados en Cataluña. Leone se estiró.
La tomó por
el brazo. No le gustó demasiado aquel gesto duro y violento
pero segura de su propia fuerza y de sus talentos, le siguió.
No fueron muy lejos. Alex se tiró sobre un banco al lado de
un apestoso cubo de basura desbordando de detritus por todos los
lados. Ella se le acercó y esperó a que se desprendiera
del casco mientras desenredaba la espuma de su cabello maltrecho
por la velocidad. Él
emitió un gruñido poco ameno. Pero Leone ya había
leído en su rostro de repente duro como una roca lo
que parecía esperar, desear, no: querer. Leone se divertía
aún y aunque el lugar no fuera muy propicio para los esparcimientos
románticos decidió concederle el anticipo solicitado.
Taladrándole
con la mirada, abrió completamente su cremallera. Sus ojos
parpadearon, él
avanzó las manos y las posó sobre las bellas alondras doradas
y sedosas. Pellizcó sus pezones granates lastrados con pesados
punzones diáfanos. Leone sintió un poco de daño,
además no le gustaba, nunca, los gestos bruscos. Sobre todo
se sorprendió por lo que sucedió a continuación.
Agarrándola
aún por los pechos, la hizo bascular hacía su cintura,
mientras gruñía con voz áspera de hambriento: « ¡Abre
y chupa! » No pudo más que obedecer y se ejecutó no
pudiendo reprimir una risa cuando muy rápido le inundó los
dientes. Sin entretenerse, sin decir nada, la volvió a coger
por el brazo, la reinstaló en la moto y reemprendieron la
ruta. Leone sudaba, notaba un poco de dolor en la tierna extremidad
del pezón
izquierdo le parecía que estaba irritado, probablemente escoriado,
pero sobre todo una pequeña oleada de extraña inquietud
se había incrustado en su afán de placer. ¿Aquella
excursión era verdaderamente una buena idea?
Esther se detuvo
sobre el área
de descanso de Rixensart3.
Los escasos camioneros que apuraban sus cafés
removidos en vasos de cartón silbaron a la vista del culo desnudo
de Beatriz.
La moto se inmovilizó al otro
extremo del área cerca de
la arboleda bordeando un campo anónimo y huérfano de
los verdaderos dioses silvestres. Beatriz se apeó, dio unos
pasos poco seguros, quitó su casco y preguntó a la
mujer platino: « ¿Qué hacemos
aquí? ». Esther izo una mueca frunciendo los labios
y alzó los hombros « Tengo una pequeña necesidad... ».
Con esas palabras roncas se apartó hundiéndose en la
vegetación
más diesel que clorofila. Beatriz caminó de adelante,
atrás,
a lo largo de la moto. Al cabo de un tiempo, le pareció que
Esther tardaba en volver y se fue en dirección a la arboleda.
La noche allí era más densa. No veía nada; llamó.
Un ruido la hizo sobresaltarse, distinguió una forma acuclillada, « ¿Esther? ».
Cuando estuvo a dos o tres metros de la silueta, la forma se estiró,
saltó y Beatriz se encontró aplastada en la hierba.
Antes mismo de poder darse cuenta de lo que ocurría, sintió un
dedo hurgarle el sexo, intentó resistirse a pesar de las ondas
de placer que le llegaban; consiguió apretar las piernas y
lanzó un
puño que se abatió contra el cuero acolchado de la
chaqueta de Esther.
Esther se reincorporó riéndose
toscamente. « ¿No
hay manera de divertirse contigo? ».
Beatriz se levantó,
se dio cuenta que una de sus mangas estaba rasgada, reajustó su
falda arrugada y respondió con voz
temblorosa « ¡Sí! Pero no de ese modo. ¿Nos
vamos o qué? ».
La otra le acarició el hombro
con suavidad. « ¡Vale!
Nos vamos, que nos estarán esperando.».
Sobre la moto,
Beatriz que odiaba ser tomada por las bravas pero que se sentía
insidiosamente atraída por aquella mujer tan
extraña como guapa, se apretó contra ella con toda
la fuerza de sus pequeños senos.
Después de reagruparse en Auderghem todo ocurrió muy rápido.
Lo que sigue es la difícil narración de los hechos tal
y como Anouk pudo hacerla tres días más tarde al inspector
de policía Vandooren y a la sicóloga Michielsen. El
encadenamiento es algo inconexo.
« Lo sabía… aquello
me olía muy mal... » esas
fueron las primeras palabras verdaderamente conscientes, razonadas
que Anouk había pronunciado. Fueron también las que cerraron
su declaración y que encontramos de nuevo en las transcripciones
de sus entrevistas con Florence Michielsen.
«... aquello olía
muy mal, vaya como olía en aquel
hangar... había... había banderas con calaveras. ¡Una
mierda! ¡Aquello olía a mierda! Lo siento por el comercio
que, que…».
Anouk recordaba tres elementos que se solapaban
en su conciencia perturbada por el terror que aún persistía.
La pesadez del porro, más « fuerte que todo lo
que había mamado antes... » Explicó haberse
sentido sumergida en una bañera azucarada y recubierta por
una impresión de desdoblamiento. Insistía en el hecho « haber
encontrado a Leone y Beatriz extrañas al llegar... ».
Después que: « La blusa de Beatriz estaba rasgada,
su falda sucia. Leone tenía la mirada torva por culpa de Alex... » Se
marcharon. Ella había vivido aquel nuevo trayecto como « una
cabalgada aérea, solitaria y silenciosa, me preguntaba si
volábamos... » ¿Hasta
donde?
De su testimonio resalta claramente
que el trío parecía
familiarizado con aquel viejo hangar abandonado de la plaza Koeckx
en Molenbeek-St-Jean4. Habían
entrado por la puerta principal, las motos fueron rápidamente
aparcadas en la gran sala. Anouk en sus declaraciones mantiene la
presencia de seis grandes mesas de billar, de un bar centellante
coronado con una inmensa instalación de sonido y sobre todo
banderas y otros estandartes mortíferos.
El inspector Vandooren
se sintió obligado a subrayar con trazo
muy grueso en su informe lo siguiente: « De las primeras
averiguaciones efectuadas en el lugar de los hechos a consecuencia
de las declaraciones de la Señorita Anouk Demmester, se desprende
que es del todo inverosímil
que tres motos hayan podido ser aparcadas en este hangar; efectivamente
hemos encontrado una mesa de billar, por otro lado, sometida a un
peritaje para determinar las fechas de su ultimo uso – ¡pero
sólo
una! - ; un gran mostrador ocupa indudablemente una parte del muro
pero está en un estado tal de decrepitud que el uso que declara
la testigo parece dudoso; ningún rastro de instalación
de música pudo ser detectado; la escalera que lleva al piso
superior y el estado de este último hacen particularmente
improbables las declaraciones de la susodicha; sin embargo, la rotura
del cristal y del marco carcomido de la ventana resultan conformes
con su aseveración
de un violento salto; el preservativo encontrado es objeto de un
examen forense... ».
Anouk repetía prácticamente
a cada momento: «No
tienen ustedes idea de lo que nos han hecho: ¡una ca-bro-na-da!
Me he escapado saltando por la ventana. Ellas aún gritaban, ¡Vaya
como gritaban! ¡Sin embargo, aquello había empezado
tan bien! ».
El desarrollo de la orgía fue reconstituido
por la sicóloga
Michielsen.
Los hechos más crudos fueron recreados por el inspector.
Los dos lamentan sin embargo, la histeria que marcó los artículos
de prensa que se abalanzaron sobre ese suceso.
Parece ser que los
dos hombres y la mujer no fueron de modo semejante ni incluso de
inmediato violentos o crueles. No fue fácil determinar
quien puso la música a pleno volumen y quien distribuyó el
ecstayotl, ese nuevo producto que ya causó muchos estragos.
Béatriz
Ramirez era una gran jugadora de billar. En Louvain-la-Neuve5 es
un hecho probado. También había sido anteriormente
interpelada por hechos relacionados con la droga.
Anouk reconoció haber
aceptado sin preguntar demasiado, la píldora
que le dio Esther.
« Fue inmediatamente extraño… Recuerdo haberme
puesto a dar saltitos alrededor de uno de los billares... ».
Después
regresó su dolencia en el bajo vientre; se había retorcido
bajo el aguijonazo del dolor; Jules se había acercado: « me
acarició el cabello incluso un poco más... ¡Le
rechacé,
más de una vez! Insistía...y su mirada se puso francamente
torva... Entonces le seguí al piso de arriba. Me sentía
vaporosa, cachas, colocada... Volvimos a bajar rápidamente
con los demás. ¿Arriba? Ya no me acuerdo, no duró mucho
tiempo…».
Esther se habría desvestido la primera. Anouk
se acordaba de su piel tatuada hasta la raya del culo, su espalda
no era más
que un gran tatuaje. Como la funda de un disco. De Hard rock o
heavy metal... ». Vandooren señaló, que muy extrañamente
Anouk no estableció nunca una correspondencia entre esa
particularidad de la mujer y las banderas o estandartes del piso
de abajo, que sin embargo, había descrito con sorprendente
precisión.
Esther y Beatriz bailaban. « Ella seguía los movimientos
de Beatriz, entonces aquel rostro tatuado parecía reírse
o sacarle la lengua... Síiii, era extraño pero también
esplendido, perdónenme
que lo diga. Ah... ¡Eso no es todo! Bajo sus pechos había
otro tatuaje, una especie de cruz, parecida vagamente a una cruz
gamada. Y sus pezones estaban encapsulados con pequeños
chismes plateados... En el momento que Esther agarró el
cuerpo de Beatriz me di cuenta de que Leone gritaba... Alex la
mantenía
contra él doblada
contra la mesa de billar... Ella estaba en pelota. Se negaba a
que la tomara de ese modo...Y Jules no paraba de meterme mano... ¡Síiii...
debíamos estar guapas, sí sí! ¡Se lo
aseguro…que
nos conozco! ».
Después el relato se izo verdaderamente
confuso.
¿Cuántas veces Anouk subió al
piso con el tal Jules?
¿Cuándo se dio cuenta que Leone
estaba tumbada de espaldas sobre el billar el cinto claveteado de Alex
alrededor del cuello?
¿Cuanto tiempo hacía que las dos
amigas de Anouk gritaban?
¿Qué había provocado
las suturas sangrientas en la espalda de Beatriz, que gemía
tumbada sobre el vientre en una de las mesas de billar?
¿Anouk
lo soñó o vio realmente
a la susodicha Esther amenazarla a la vez con un gran afiler y unas
tijeras?
«Volví a subir y temblando me entregué a
Jules... Mientras se masturbaba...sin mucho éxito... los gritos
de abajo se hicieron aún más horribles... lo empujé y
bajé rápidamente. ¡Oh
Señor! ¡Señor! Nunca podré olvidar aquello… Leone
chorreaba sangre por todos los lados. La había atado con alambre
sobre la mesa de billar. Había puesto unas bolas de billar
sobre sus ojos... ella gritaba: ¿cómo conseguía
sacar fuerza para ello? Y a Beatriz la habían mordido hasta
hacerle sangre y el otro allí la atravesaba con los imperdibles
por todos los lados... todos... Volví a subir. ¿Por
qué? ¡No
lo sé! Jules me saltó encima… Cogí las tijeras
y se las hinqué en el tocino de su barrigón. Le tocó a él
chillar. Salté a través de la ventana. Caí mal
en el patio, me hice daño en el tobillo y... Había
aquella motocicleta... La cogí y salí pitando después
derrapé y
me empotré en el escaparte del tapicero que llegó al
momento corriendo en pijama y me miraba como si me hubiera caído
de otro planeta... Como efectivamente era el caso... ».
Hay
que señalar que el inspector Vandooren afirma además
de las observaciones ya emitidas que ningún cuerpo, ningún
rastro de lucha o de sangre fue encontrado en el lugar.
A la mañana
siguiente en un servidor de mensajería sadomasoquista
conocido por los servicios de policía especializados, con
nombre de Kiss of death apareció este mensaje
intrigante « Gambit
over. Score: 2-1 ».
Ese servicio de correo sigue funcionando
en la actualidad.
Tres días más tarde bolsas de plástico
que contenían
miembros amputados de cuerpos femeninos fueron descubiertos en el
aparcamiento de los correos centrales de Molenbeek-St-Jean.
Algunas
hipótesis salieron a relucir pero Beatriz
y Leone siguen siendo parte de las personas desaparecidas.
Han pasado
dos años, Anouk se repone lentamente.
Ojala me perdone este
relato de su naufragio.