el policiaco en el punto de mira
n°4 Febrero-Marzo-Abril de 2006

 

Hard Billar

Relato de Denis Leduc
Traducción: Zeki

 

Era el fin de los exámenes y se aburrían. Las tres. Leone, la rubia. Anouk, la antigua punk cuya cabellera conservaba ese aire de viejo forraje mal peinado. Beatriz, la pelirroja. A decir verdad, sólo Leone era parte de la comunidad estudiantil, con la particularidad de que suspendía en cada convocatoria de exámenes y mantenía una rara confianza en la siguiente que superaría con los dos dedos en la nariz. Niñas envidiosas y una legión de tíos despechados afirmaban que era más bien por meter « la nariz en la bragueta adecuada ». A Leone le traía al pairo. Era la más joven del trío aunque melindreaba sobre su edad, alguna vez dejaba entrever veinte, otra veces veinticinco, años. El secreto de su carné de identidad estaba tan bien guardado como el lugar en el que disimulaba sus píldoras contraceptivas y su colección de condones, celebres por sus colores y formas lúdicas. Beatriz afirmaba alto y claro sus veintiséis años. Curraba de barman en el Mouche. Desde hacía tiempo. Los estudiantes más antiguos y algunos residentes de la ciudad universitaria se mofaban: « desde siempre ». Se comentaba que había estudiado psicología. Se rumoreaba que le gustaban las mujeres, algo que ella reivindicaba, aunque sabía, mejor que muchos jóvenes, darse el lote en los tigres y menear los dedos para levantar sexos de machos en los aparcamientos. Su amistad con Leone había dado pie a habladurías. Anouk desentonaba en el trío. Primero por su juventud. Después, por su aire de superviviente de ese futuro que sin duda nunca llegaría. En fin, por su extrema timidez o su reserva. Mientras las dos primeras sabían beber como cosacos, Anouk adoraba ahogarse en té con limón, agua mineral que ingurgitaba en pequeños tragos comedidos. Al final de la jarana se ofrecía una única Rodenbach1 que le hacía enrojecer el lóbulo de las orejas.
Se aburrían. Hacía calor.
Las terrazas estaban abarrotadas, las calles peatonales de la ciudad vibraban con dulzona indolencia agitándose al ritmo angustioso de las futuras proclamaciones de las deliberaciones y de los proyectos de vacacionales. Todas las instalaciones de música de todos los círculos y otras hermandades berreaban a quien más mejor. Algunas parejas se hacían o se deshacían. Los jóvenes y apijotados vendedores de droga, embolsaban sus pequeños beneficios que irían engullir al Luna en la menguada riqueza de una tarde.
Se aburrían aunque se habían dado cita, muy decididas a divertirse.
A Anouck no le gustaba el calor sobre todo cuando rozaba anuncio de tormenta. Decía que le daba mal de vientre. Esa tarde, aún le dolía más. Pablo la había dejado. Cuando la dejaban no fallaba: sentía aguijones en el bajo vientre. Pero... y de eso no diría nada a sus amigas, « ellas » se retrasaban y eso le dolía más aun.
A Leone el gustaba el calor y sabía vestirse en consecuencia para dejar arrollar desde todas partes las ondas secas de esa invasión. Aquella tarde estaba furiosa. Lucien le había dado plantón y sospechaba que no era para hacerse una manola en su pequeña chabola.
Beatriz no le echaba cuenta al calor. Se sentía sola desde hacía demasiado tiempo y se alegraba de esta tarde. Había decidido por la mañana y a lo largo del día que sería una follanight. Hacía más de una hora que daban vueltas y aún no había ocurrido nada. Por lo tanto empezaba a amuermarse firmemente.
El tiempo pasaba, la tempestad se anunciaba, la conversación se debilitaba, los primos más consumibles se emborrachaban o pasaban sin una mirada incluso de azar. El humor del trío se enturbiaba.
Hacía las diez, deambulaban rue des Wallons.
Beatriz había enrollado sus pequeñísimas mangas hasta la sugerente curva de sus exquisitos hombros, el contraste acrecentado por la noche que asibilaba sus galas lunares entre el blanco centellante de su pequeña blusa y el sienna aterciopelado de sus brazos era sencilla poesía. Se daba cuenta de que algo no iba bien con Anouk y de vez en cuando le echaba pequeñas miradas preocupadas, casi maternales.

Anouk sentía la amargura invadirla, padecía más dolor, quería alejar ese daño con pequeños cabezazos repetidos que debían ser intrigantes para sus amigas. Caminaba los brazos detrás de la espalda en un ángulo extraño, sus finas manos reptilianas mal retenidas en los pequeños bolsillos de su pantalón de cuero negro, largo, cuarteado, sobrecalentado que le irritaba la sedosa funda de los muslos.
Leone quería aparentar indiferencia y musitaba una canción de Maurane. Había abierto más que ampliamente la cremallera de su funda de color arena y, en la oscuridad, se hacía dificultoso distinguir entre el arenal de algodón y la pigmentación de su busto en caza.

A penas tuvieron tiempo de echarse contra el escaparate del Courseur aunque a decir verdad el alboroto del anunciador zumbido ya se había echo oír hacía unos minutos.
Tres pesadas motos galoneadas con múltiples banderines, una adornada con varios pequeños ositos de peluche enfilados en una antena de televisión de los años cincuenta, los cromos, centellando, grotescamente, las rozaron con sus esputos nauseabundos.
Los tres motoristas eran parecidos caballeros de un Príncipe Negro ausente, rutilantes de viseras plateadas, plantados en enormes botas con ataduras de espuelas, envarados en gigantescas chaquetas de cuero con flecos a lo Billy el Niño.
Beatriz recordó una escena de lejanas vacaciones. Leone soltó un pequeño grito estridente. Anouk maldijo, detestaba ese tipo de chorbos.
La caravana restallante bajó despacio la gran pendiente, ellas distinguieron a los tres destroyers deteniéndose plaza de la Universidad.
Cuando llegaron a la plaza, lo tres caballeros ocupaban una mesa de terraza en la esquina de la Grand Rue, sus monturas tumbadas en barbecho, contra la fuente.
Beatriz observó al trío. El hecho de que uno de los motoristas no se hubiera quitado el casco la divirtió pero observándolo mejor se sintió estremecer: algo en su silueta, claramente más frágil que las otras dos, le hizo pensar que tenía que tratarse de una mujer. Frunciendo los labios izo señas a sus dos amigas de seguirla; se instalaron en una mesa más al centro de la plaza.
Anouk no pudo impedirse levantar la mirada al cielo al pasar al lado de los caballeros, esa mueca, aunque breve no les pasó inadvertida. El calvo gordo con el tupido bigote de galo que flirteaba con el lóbulo de sus orejas agujeradas de múltiples y deslucidos anillos, cuya chaqueta proclamaba « Kiss of Death », eructó a su paso. El otro, más grande, esbelto, con el rostro duro de torero, se rió burlonamente antes de chascar la lengua al paso de Leone.
Ellas se sentaron. Anouk les dio la espalda y los calificó de « ¡gárrulos! ». Leone se sentó cruzada mientras jugueteaba con su cremallera. Beatriz se las arregló para mantener en su línea de mira aquella misteriosa visera aún cerrada . Retomaron su conversación, conscientes de que aquella presencia la hacía saltar. Anouk se puso a reír ahondando su espalda que sabía transformar en un pozo tan perfecto como admirable. Leone se estiraba con ritmo regular, movimiento que en cada pequeña sacudida hacía resbalar un poco más la cremallera, ofreciendo a la noche el perfil casi completo de sus pechos estirados. Beatriz se contentaba con mojar los labios que se le hinchaban a cada pequeña bocanada, con agitar su pesada cabellera pelirroja, con abrir y cerrar las piernas bajo la mesa.
Quitado el último casco, Anouk descubrió un bello rostro de cabello plateado y cortado a cepillo. Finalmente fue evidente que con el tiempo las seis miradas se cruzaban.
Cuando el torero vino a contonearse delante de su mesa, leone le propuso de golpe que se sentara. Pronto estuvieron todos juntos.
Las tres amigas se animaron, redoblando las risas y las muecas sugestivas. Los tres motoristas jugaban a la perfección su partición de ángeles sucios y cabrones.
Sólo Anouk permanecía relativamente reservada. Se sentía ninguneada. : el torero, Alex, sólo parecía apasionarse por las alondras casi enteramente liberadas de Leone; no le gustaba nada la jeta de Jules aunque tuviera cierto don por los retruécanos y la mujer , Esther, verdadero monstruo glacial, se interesaba demasiado por el entrepiernas de Beatriz.
Fue Jules quien les propuso un paseo en moto e «  ir a hacerse un billar si os apetece ».
Aceptaron sin ninguna concertación, sin duda pensaron que mejor valía lo desconocido que la desalentada prosecución de su tedio.
Jules enderezó su moto y viendo que Alex tendía la mano a Leone izo seña a Anouk de subirse. Súbitamente atento le ciñó su casco, poniendo sobre su propio cráneo un viejo sombrero; Anouk rompió a reír a la vista de sus dos amigas. Leone intentaba mantenerse en equilibrio mientras se esforzaba por cerrar sólo un poco su cremallera. Beatriz, sobre la montura de hierro de la mujer, también lleva un casco pero al arranque fue su culo de repente totalmente desnudo que hubiera necesitado uno.
Beatriz primero se había sentido intrigada ante la actitud glacial de la mujer pero también se había percatado de sus miradas detallándola y valorándola como un bombón que se disponía a degustar. Eso le gustó, izo todo para acrecentar aquel silencioso tejemaneje solamente consciente del placer que ya le cosquilleaba las caderas. Se subió pegando la punta de los pechos contra Esther.
Jules arrancó el primero, gritando a los demás: « ¡Nos vemos en Auderghem2! ».
Llegó mucho antes que los otros y ofreció su chaqueta a Anouk que tenía un poco de frío y sin saber por qué se inquietaba del retraso de las dos otras cabalgaduras cromadas. Rechazó la pequeña píldora que él le ofreció aunque aceptó el “porro” que lió con sus dedos morcillones y sucios.
Alex se detuvo con lentitud sobre el área de Terhulpen.
Saltó de su maquina con la gracia de un vaquero dandy de westerns de serie B rodados en Cataluña. Leone se estiró. La tomó por el brazo. No le gustó demasiado aquel gesto duro y violento pero segura de su propia fuerza y de sus talentos, le siguió. No fueron muy lejos. Alex se tiró sobre un banco al lado de un apestoso cubo de basura desbordando de detritus por todos los lados. Ella se le acercó y esperó a que se desprendiera del casco mientras desenredaba la espuma de su cabello maltrecho por la velocidad. Él emitió un gruñido poco ameno. Pero Leone ya había leído en su rostro de repente duro como una roca lo que parecía esperar, desear, no: querer. Leone se divertía aún y aunque el lugar no fuera muy propicio para los esparcimientos románticos decidió concederle el anticipo solicitado. Taladrándole con la mirada, abrió completamente su cremallera. Sus ojos parpadearon, él avanzó las manos y las posó sobre las bellas alondras doradas y sedosas. Pellizcó sus pezones granates lastrados con pesados punzones diáfanos. Leone sintió un poco de daño, además no le gustaba, nunca, los gestos bruscos. Sobre todo se sorprendió por lo que sucedió a continuación. Agarrándola aún por los pechos, la hizo bascular hacía su cintura, mientras gruñía con voz áspera de hambriento: « ¡Abre y chupa! » No pudo más que obedecer y se ejecutó no pudiendo reprimir una risa cuando muy rápido le inundó los dientes. Sin entretenerse, sin decir nada, la volvió a coger por el brazo, la reinstaló en la moto y reemprendieron la ruta. Leone sudaba, notaba un poco de dolor en la tierna extremidad del pezón izquierdo le parecía que estaba irritado, probablemente escoriado, pero sobre todo una pequeña oleada de extraña inquietud se había incrustado en su afán de placer. ¿Aquella excursión era verdaderamente una buena idea?
Esther se detuvo sobre el área de descanso de Rixensart3.
Los escasos camioneros que apuraban sus cafés removidos en vasos de cartón silbaron a la vista del culo desnudo de Beatriz.

La moto se inmovilizó al otro extremo del área cerca de la arboleda bordeando un campo anónimo y huérfano de los verdaderos dioses silvestres. Beatriz se apeó, dio unos pasos poco seguros, quitó su casco y preguntó a la mujer platino: « ¿Qué hacemos aquí? ». Esther izo una mueca frunciendo los labios y alzó los hombros « Tengo una pequeña necesidad... ». Con esas palabras roncas se apartó hundiéndose en la vegetación más diesel que clorofila. Beatriz caminó de adelante, atrás, a lo largo de la moto. Al cabo de un tiempo, le pareció que Esther tardaba en volver y se fue en dirección a la arboleda. La noche allí era más densa. No veía nada; llamó. Un ruido la hizo sobresaltarse, distinguió una forma acuclillada, « ¿Esther? ». Cuando estuvo a dos o tres metros de la silueta, la forma se estiró, saltó y Beatriz se encontró aplastada en la hierba. Antes mismo de poder darse cuenta de lo que ocurría, sintió un dedo hurgarle el sexo, intentó resistirse a pesar de las ondas de placer que le llegaban; consiguió apretar las piernas y lanzó un puño que se abatió contra el cuero acolchado de la chaqueta de Esther.
Esther se reincorporó riéndose toscamente. « ¿No hay manera de divertirse contigo? ».
Beatriz se levantó, se dio cuenta que una de sus mangas estaba rasgada, reajustó su falda arrugada y respondió con voz temblorosa « ¡Sí! Pero no de ese modo. ¿Nos vamos o qué? ».
La otra le acarició el hombro con suavidad. « ¡Vale! Nos vamos, que nos estarán esperando.».
Sobre la moto, Beatriz que odiaba ser tomada por las bravas pero que se sentía insidiosamente atraída por aquella mujer tan extraña como guapa, se apretó contra ella con toda la fuerza de sus pequeños senos.

Después de reagruparse en Auderghem todo ocurrió muy rápido.

Lo que sigue es la difícil narración de los hechos tal y como Anouk pudo hacerla tres días más tarde al inspector de policía Vandooren y a la sicóloga Michielsen. El encadenamiento es algo inconexo.

« Lo sabía… aquello me olía muy mal... » esas fueron las primeras palabras verdaderamente conscientes, razonadas que Anouk había pronunciado. Fueron también las que cerraron su declaración y que encontramos de nuevo en las transcripciones de sus entrevistas con Florence Michielsen.
«... aquello olía muy mal, vaya como olía en aquel hangar... había... había banderas con calaveras. ¡Una mierda! ¡Aquello olía a mierda! Lo siento por el comercio que, que…».
Anouk recordaba tres elementos que se solapaban en su conciencia perturbada por el terror que aún persistía.
La pesadez del porro, más « fuerte que todo lo que había mamado antes... » Explicó haberse sentido sumergida en una bañera azucarada y recubierta por una impresión de desdoblamiento. Insistía en el hecho « haber encontrado a Leone y Beatriz extrañas al llegar... ».
Después que: « La blusa de Beatriz estaba rasgada, su falda sucia. Leone tenía la mirada torva por culpa de Alex... » Se marcharon. Ella había vivido aquel nuevo trayecto como « una cabalgada aérea, solitaria y silenciosa, me preguntaba si volábamos... » ¿Hasta donde?
De su testimonio resalta claramente que el trío parecía familiarizado con aquel viejo hangar abandonado de la plaza Koeckx en Molenbeek-St-Jean4. Habían entrado por la puerta principal, las motos fueron rápidamente aparcadas en la gran sala. Anouk en sus declaraciones mantiene la presencia de seis grandes mesas de billar, de un bar centellante coronado con una inmensa instalación de sonido y sobre todo banderas y otros estandartes mortíferos.
El inspector Vandooren se sintió obligado a subrayar con trazo muy grueso en su informe lo siguiente: « De las primeras averiguaciones efectuadas en el lugar de los hechos a consecuencia de las declaraciones de la Señorita Anouk Demmester, se desprende que es del todo inverosímil que tres motos hayan podido ser aparcadas en este hangar; efectivamente hemos encontrado una mesa de billar, por otro lado, sometida a un peritaje para determinar las fechas de su ultimo uso – ¡pero sólo una! - ; un gran mostrador ocupa indudablemente una parte del muro pero está en un estado tal de decrepitud que el uso que declara la testigo parece dudoso; ningún rastro de instalación de música pudo ser detectado; la escalera que lleva al piso superior y el estado de este último hacen particularmente improbables las declaraciones de la susodicha; sin embargo, la rotura del cristal y del marco carcomido de la ventana resultan conformes con su aseveración de un violento salto; el preservativo encontrado es objeto de un examen forense... ».
Anouk repetía prácticamente a cada momento: «No tienen ustedes idea de lo que nos han hecho: ¡una ca-bro-na-da! Me he escapado saltando por la ventana. Ellas aún gritaban, ¡Vaya como gritaban! ¡Sin embargo, aquello había empezado tan bien! ».
El desarrollo de la orgía fue reconstituido por la sicóloga Michielsen.
Los hechos más crudos fueron recreados por el inspector. Los dos lamentan sin embargo, la histeria que marcó los artículos de prensa que se abalanzaron sobre ese suceso.
Parece ser que los dos hombres y la mujer no fueron de modo semejante ni incluso de inmediato violentos o crueles. No fue fácil determinar quien puso la música a pleno volumen y quien distribuyó el ecstayotl, ese nuevo producto que ya causó muchos estragos. Béatriz Ramirez era una gran jugadora de billar. En Louvain-la-Neuve5 es un hecho probado. También había sido anteriormente interpelada por hechos relacionados con la droga.
Anouk reconoció haber aceptado sin preguntar demasiado, la píldora que le dio Esther.
« Fue inmediatamente extraño… Recuerdo haberme puesto a dar saltitos alrededor de uno de los billares... ». Después regresó su dolencia en el bajo vientre; se había retorcido bajo el aguijonazo del dolor; Jules se había acercado: « me acarició el cabello incluso un poco más... ¡Le rechacé, más de una vez! Insistía...y su mirada se puso francamente torva... Entonces le seguí al piso de arriba. Me sentía vaporosa, cachas, colocada... Volvimos a bajar rápidamente con los demás. ¿Arriba? Ya no me acuerdo, no duró mucho tiempo…».
Esther se habría desvestido la primera. Anouk se acordaba de su piel tatuada hasta la raya del culo, su espalda no era más que un gran tatuaje. Como la funda de un disco. De Hard rock o heavy metal... ». Vandooren señaló, que muy extrañamente Anouk no estableció nunca una correspondencia entre esa particularidad de la mujer y las banderas o estandartes del piso de abajo, que sin embargo, había descrito con sorprendente precisión. Esther y Beatriz bailaban. « Ella seguía los movimientos de Beatriz, entonces aquel rostro tatuado parecía reírse o sacarle la lengua... Síiii, era extraño pero también esplendido, perdónenme que lo diga. Ah... ¡Eso no es todo! Bajo sus pechos había otro tatuaje, una especie de cruz, parecida vagamente a una cruz gamada. Y sus pezones estaban encapsulados con pequeños chismes plateados... En el momento que Esther agarró el cuerpo de Beatriz me di cuenta de que Leone gritaba... Alex la mantenía contra él doblada contra la mesa de billar... Ella estaba en pelota. Se negaba a que la tomara de ese modo...Y Jules no paraba de meterme mano... ¡Síiii... debíamos estar guapas, sí sí! ¡Se lo aseguro…que nos conozco! ».
Después el relato se izo verdaderamente confuso.
¿Cuántas veces Anouk subió al piso con el tal Jules?
¿Cuándo se dio cuenta que Leone estaba tumbada de espaldas sobre el billar el cinto claveteado de Alex alrededor del cuello?
¿Cuanto tiempo hacía que las dos amigas de Anouk gritaban?
¿Qué había provocado las suturas sangrientas en la espalda de Beatriz, que gemía tumbada sobre el vientre en una de las mesas de billar?
¿Anouk lo soñó o vio realmente a la susodicha Esther amenazarla a la vez con un gran afiler y unas tijeras?
«Volví a subir y temblando me entregué a Jules... Mientras se masturbaba...sin mucho éxito... los gritos de abajo se hicieron aún más horribles... lo empujé y bajé rápidamente. ¡Oh Señor! ¡Señor! Nunca podré olvidar aquello… Leone chorreaba sangre por todos los lados. La había atado con alambre sobre la mesa de billar. Había puesto unas bolas de billar sobre sus ojos... ella gritaba: ¿cómo conseguía sacar fuerza para ello? Y a Beatriz la habían mordido hasta hacerle sangre y el otro allí la atravesaba con los imperdibles por todos los lados... todos... Volví a subir. ¿Por qué? ¡No lo sé! Jules me saltó encima… Cogí las tijeras y se las hinqué en el tocino de su barrigón. Le tocó a él chillar. Salté a través de la ventana. Caí mal en el patio, me hice daño en el tobillo y... Había aquella motocicleta... La cogí y salí pitando después derrapé y me empotré en el escaparte del tapicero que llegó al momento corriendo en pijama y me miraba como si me hubiera caído de otro planeta... Como efectivamente era el caso... ».
Hay que señalar que el inspector Vandooren afirma además de las observaciones ya emitidas que ningún cuerpo, ningún rastro de lucha o de sangre fue encontrado en el lugar.
A la mañana siguiente en un servidor de mensajería sadomasoquista conocido por los servicios de policía especializados, con nombre de Kiss of death apareció este mensaje intrigante « Gambit over. Score: 2-1 ».
Ese servicio de correo sigue funcionando en la actualidad.
Tres días más tarde bolsas de plástico que contenían miembros amputados de cuerpos femeninos fueron descubiertos en el aparcamiento de los correos centrales de Molenbeek-St-Jean.
Algunas hipótesis salieron a relucir pero Beatriz y Leone siguen siendo parte de las personas desaparecidas.
Han pasado dos años, Anouk se repone lentamente.
Ojala me perdone este relato de su naufragio.

 

1 Rodenbach, marca de cerveza belga bastante antigua, caracterizada por su color rojo oscuro y un sabor agridulce. | retour |
2 Una de las 19 comunas de Bruselas en la periferia de la ciudad. | retour |
3 Comuna del Brabante Wallon, a 20 Km de Bruselas. | retour |
4 Una de las comunas de Bruselas cerca del centro de la ciudad. | retour |
5 Ciudad Universitaria belga francófona de reciente creación, fundada artificialmente después de que los nacionalistas flamencos hubieran echado en 1968 « la suciedad » que representaban las facultades francófonas establecidas en Louvain (región flamenca) desde el siglo 15 º. | retour |

 

 

 

 

 

 


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