el policiaco en el punto de mira
n°4 Febrero-Marzo-Abril de 2006

 

Fragmento de "La Brújula de Ceilán"

Relato de Mariano Sanchez Soler

 

DONDE ANTAÑO ESTUVO EL CUARTEL de la Montaña y ahora se iniciaban las escalinatas del templo de Debod, me montaron una cita con varios militantes del sector obrero bajo la batuta de un venezolano al que llamaban el Negro y que había hecho —según decían— la guerrilla en su país. Allí mismo, en la explanada desierta y con un viento frío que te calaba el alma, el Negro nos dijo que el motivo de la reunión era preparar una serie de golpes encaminados a fortalecer la galera, que había quedado maltrecha desde mayo, con una nueva remesa de máquinas. De tal operación sólo estaba informado el sector de Brújula ligado a la dirección central, por lo cual debíamos guardar la más absoluta discreción y no comentarlo con nadie, ni siquiera del partido, al tiempo que tomáramos todas las medidas de seguridad que nos parecieran oportunas. Me temblaban las piernas. Alguien de Brújula había decidido que aquél fuera mi bautismo de fuego como miembro del sector obrero de la organización.

Las reuniones siguientes se realizaron en una casa siniestra de Pozuelo, lo menos parecido a un chalet, donde el Negro, que para estos asuntos parecía genial, garabateaba en una pizarra sus explicaciones guerrilleras. Al avanzar los días crecía entre nosotros la tensión. No en vano ninguno había dado en su puta vida un golpe tal como robar una multicopista en un internado de señoritas. Además, la operación no parecía nada fácil porque el internado estaba a todas horas lleno de gente, y si los asaltantes, al aproximarse hasta el guarda, le hacían abrigar la más ligera sospecha, el tipo dispondría de tiempo suficiente para encerrarse en su garita y tendrían que derribar la puerta antes de que pudiera hacer sonar la alarma, o llamar a los grises. A nuestra falta de experiencia debía sumarse ahora la división que se había creado dentro del grupo: unos planteaban trabajar con armas y otros —los más entendidos— se negaban argumentando que, por inexperiencia en su manejo, nos mataríamos entre nosotros mismos en cualquier reyerta.

Al final, se decidió formar un piquete de tíos cachas compuesto por el Rubio, el Celtas, el Moreno y el Cabezas, militantes de la construcción y del sector de Madera y Corcho. Como apoyo intervendríamos el Rana, al volante de su doscaballos, y yo como vigilante bajo la marquesina de la entrada principal. El plan debía ejecutarse del siguiente modo: un domingo a las siete de la mañana entrarían los cuatro en el internado, haciéndose los borrachos y diciendo: “¡A todas las tías nos las vamos a follar!”. Con lo que provocarían la salida del guarda, quien, una vez fuera de su chiringuito, sería reducido y amordazado, mientras los otros dos tíos entrarían para llevarse la máquina, transportándola en una furgoneta que esperaba en la calle, mientras yo debía quedarme vigilando en una de las esquinas. El Moreno y el Celtas sacarían la máquina y la transportarían en una furgoneta conducida por César, que habían robado previamente. El Cabezas y el Rubio escaparían en otro coche con el Rana al volante y conmigo ya dentro.

Lo más impresionante era nuestro estado de nervios, en aumento conforme se aproximaba “el día D”. El Rana, el Rubio, el Cabezas y yo decidimos irnos a dormir a la misma casa. Durante esa noche, el Cabezas, con un guante puesto, ensayaba en la mandíbula del Rana la precisión del puñetazo a dar y le provocaba unos sustos de muerte porque el Cabezas, sin venir a cuento, le hacía pum y le marcaba el golpe.

El estado de nervios era tal que, a la hora de acostarnos, dijo el Rana en medio de la oscuridad:
—¿ Estáis despiertos?
— Sí, sí —respondió el Rubio—. No hay dios que duerma.

Cuando a las seis de la mañana llegamos a la cita, todo estaba preparado. El Rubio, el Rana, el Cabezas y yo íbamos en el doscaballos; el Moreno y el Celtas, vestidos con monos del servicio de reparación de Rank Xerox, viajaban en una furgoneta con César al volante. Estábamos tan asustados, que estuvimos una hora esperándonos en la misma esquina, unos detrás de un seto y los otros delante, sin ser capaces de encontrarnos. Aquella mañana tuvimos que suspender el golpe por sobredosis de miedo.

Al domingo siguiente los responsables de Brújula decidieron que lo intentáramos otra vez.

A las siete de la tarde llegamos a la Residencia Santander, también conocida como “Las Pirañas” por la fama de voracidad sexual que atesoraban sus internas. El Cabezas y el Rubio entraron haciéndose los borrachos, con su cotidiana pinta de macarras. Yo me quedé en la puerta.
—¡ Eh, adónde creen que van! –gritó el bedel saliendo furioso de su garita.
—¡ Vamos a jodernos a todas las tías que hay aquí! —gritó el Rubio muy convencido.

Cuando el hombre llegó hasta ellos, el Cabezas le atizó un puñetazo en plena cara con tanta fuerza, que el desgraciado cayó de bruces y comenzó a sangrar abundantemente, sin dejar de agitarse, mientras su agresor, fuera de sí, le golpeaba para que perdiera el conocimiento tan como estaba previsto, y el Rubio cortaba los cables telefónicos.

Los dos del mono entraron a coger la máquina. El Rubio pintaba las paredes con cruces gamadas y el bedel, a merced del Cabezas, suplicaba:
—¡ No me peguen! ¡No me peguen! ¡Que soy un trabajador!
—¡ Estate quieto no me obligues a zurrarte más!

La sangre impedía que el esparadrapo se adhiriera en su boca. Decidieron meterlo en una cabina telefónica, pero lo ataron tan mal, que el guarda, histérico, logró salir gimoteando y el Cabezas tuvo que arrinconarlo detrás de una puerta y amenazarle:
—¡ No salgas de ahí, porque te vamos a estar esperando en la puerta, y como no obedezcas vas a recibir!

Los del mono ya se habían marchado con la multicopista. En cuanto el Cabezas y el Rubio siguieron sus pasos, el guarda, chorreando por la nariz y la boca, apareció tras ellos, sin perseguirlos, gritando en plena calle:
—¡ Socorro, socorro, me quieren matar!

Corrimos hacia los coches. Mis compañeros, con los nervios, no habían cambiado las placas de la matrícula y la numeración verdadera estaba tapada tan sólo con cinta adhesiva. Apenas dentro, el cacharro salió zumbando, paró a los diez metros, bajé a destapar la matrícula, el automóvil renqueó y, con medio cuerpo fuera, perdí el equilibrio:
—¡ Cuidado, joder!

En nuestra huída recorrimos dos calles en dirección contraria y un camión estuvo a punto de arrollarnos de frente, mientras aquel desgraciado continuaba gritando a lo largo de la calle:
—¡ Socorro, socorro, que me han querido matar!

Por fin nos alejamos de la zona. Todos estábamos en silencio, menos el Cabezas que murmuraba desencajado:
—¿ Por qué se resistió de esa manera? Yo no quería golpearle tan fuerte. —Y miraba sus puños de carpintero—. Yo no quería.

Un sentimiento de culpabilidad en sus ojos se mezclaba con un sudor penetrante, inolvidable. Sentado a mi izquierda en la parte posterior, el Cabezas parecía estar al borde de las lágrimas. Una cosa era predicar la violencia revolucionaria y otra muy distinta practicarla, sobre todo cuando se es en esencia una buena persona.

El Rubio, desde el asiento del copiloto, se dio la vuelta y trató de calmarle:
— Tranquilo, Cabezas, es un guardia civil retirado, un fascista.
Cabezas me miró antes de replicar:
— Para ti es fácil decirlo, Rubio, tú no has tenido que partirle la cara.

Tras apearnos en la Gran Vía, el Cabezas y el Rubio arrojaron a una papelera sus camisas empapadas de sangre y, mientras nos dirigíamos a la cita de seguridad, mis nuevos camaradas reconstruyeron el asalto hasta en su último detalle.
—¡ Le di demasiado fuerte, joder! ¡No era más que un desgraciado como nosotros!

 


powered by FreeFind

© 2005 europolar
Portada | Editorial | Equipo | Traductores | Archivo | Enlaces | Webmaster | Plan de la web | Webmaster: Emma