DONDE ANTAÑO ESTUVO EL CUARTEL de la Montaña y ahora
se iniciaban las escalinatas del templo de Debod, me montaron una
cita con varios militantes del sector obrero bajo la batuta de un
venezolano al que llamaban el Negro y que había hecho —según
decían— la guerrilla en su país. Allí mismo,
en la explanada desierta y con un viento frío que te calaba
el alma, el Negro nos dijo que el motivo de la reunión era
preparar una serie de golpes encaminados a fortalecer la galera,
que había quedado maltrecha desde mayo, con una nueva remesa
de máquinas. De tal operación sólo estaba informado
el sector de Brújula ligado a la dirección central,
por lo cual debíamos guardar la más absoluta discreción
y no comentarlo con nadie, ni siquiera del partido, al tiempo que
tomáramos todas las medidas de seguridad que nos parecieran
oportunas. Me temblaban las piernas. Alguien de Brújula había
decidido que aquél fuera mi bautismo de fuego como miembro
del sector obrero de la organización.
Las reuniones
siguientes se realizaron en una casa siniestra de Pozuelo, lo menos
parecido a un chalet, donde el Negro, que para
estos asuntos
parecía genial, garabateaba en una pizarra sus explicaciones
guerrilleras. Al avanzar los días crecía entre nosotros
la tensión. No en vano ninguno había dado en su puta
vida un golpe tal como robar una multicopista en un internado de
señoritas. Además, la operación no parecía
nada fácil porque el internado estaba a todas horas lleno
de gente, y si los asaltantes, al aproximarse hasta el guarda, le
hacían abrigar la más ligera sospecha, el tipo dispondría
de tiempo suficiente para encerrarse en su garita y tendrían
que derribar la puerta antes de que pudiera hacer sonar la alarma,
o llamar a los grises. A nuestra falta de experiencia debía
sumarse ahora la división que se había creado dentro
del grupo: unos planteaban trabajar con armas y otros —los
más entendidos— se negaban argumentando que, por inexperiencia
en su manejo, nos mataríamos entre nosotros mismos en
cualquier reyerta.
Al final, se
decidió formar un piquete de tíos cachas
compuesto por el Rubio, el Celtas, el Moreno y el Cabezas, militantes
de la construcción y del sector de Madera y Corcho. Como apoyo
intervendríamos el Rana, al volante de su doscaballos, y yo
como vigilante bajo la marquesina de la entrada principal. El plan
debía ejecutarse del siguiente modo: un domingo a las siete
de la mañana entrarían los cuatro en el internado,
haciéndose los borrachos y diciendo: “¡A todas
las tías nos las vamos a follar!”. Con lo que provocarían
la salida del guarda, quien, una vez fuera de su chiringuito, sería
reducido y amordazado, mientras los otros dos tíos entrarían
para llevarse la máquina, transportándola en una furgoneta
que esperaba en la calle, mientras yo debía quedarme vigilando
en una de las esquinas. El Moreno y el Celtas sacarían la
máquina y la transportarían en una furgoneta conducida
por César, que habían robado previamente. El Cabezas
y el Rubio escaparían en otro coche con el Rana al volante
y conmigo ya dentro.
Lo más impresionante era nuestro estado de nervios, en aumento
conforme se aproximaba “el día D”. El Rana, el
Rubio, el Cabezas y yo decidimos irnos a dormir a la misma casa.
Durante esa noche, el Cabezas, con un guante puesto, ensayaba en
la mandíbula del Rana la precisión del puñetazo
a dar y le provocaba unos sustos de muerte porque el Cabezas, sin
venir a cuento, le hacía pum y le marcaba el golpe.
El estado de
nervios era tal que, a la hora de acostarnos, dijo el Rana en medio
de la oscuridad:
—¿
Estáis despiertos?
—
Sí, sí —respondió el Rubio—. No
hay dios que duerma.
Cuando a las
seis de la mañana llegamos a la cita, todo estaba
preparado. El Rubio, el Rana, el Cabezas y yo íbamos en el
doscaballos; el Moreno y el Celtas, vestidos con monos del servicio
de reparación de Rank Xerox, viajaban en una furgoneta con
César al volante. Estábamos tan asustados, que estuvimos
una hora esperándonos en la misma esquina, unos detrás
de un seto y los otros delante, sin ser capaces de encontrarnos.
Aquella mañana tuvimos que suspender el golpe por sobredosis
de miedo.
Al domingo siguiente los responsables de Brújula decidieron
que lo intentáramos otra vez.
A las siete
de la tarde llegamos a la Residencia Santander, también
conocida como “Las Pirañas” por la fama de voracidad
sexual que atesoraban sus internas. El Cabezas y el Rubio entraron
haciéndose los borrachos, con su cotidiana pinta de macarras.
Yo me quedé en la puerta.
—¡
Eh, adónde creen que van! –gritó el bedel saliendo
furioso de su garita.
—¡
Vamos a jodernos a todas las tías que hay aquí! —gritó el
Rubio muy convencido.
Cuando el hombre
llegó hasta ellos, el Cabezas le atizó un
puñetazo en plena cara con tanta fuerza, que el desgraciado
cayó de bruces y comenzó a sangrar abundantemente,
sin dejar de agitarse, mientras su agresor, fuera de sí, le
golpeaba para que perdiera el conocimiento tan como estaba previsto,
y el Rubio cortaba los cables telefónicos.
Los dos del
mono entraron a coger la máquina. El Rubio pintaba
las paredes con cruces gamadas y el bedel, a merced del Cabezas,
suplicaba:
—¡
No me peguen! ¡No me peguen! ¡Que soy un trabajador!
—¡
Estate quieto no me obligues a zurrarte más!
La sangre impedía que el esparadrapo se adhiriera en su boca.
Decidieron meterlo en una cabina telefónica, pero lo ataron
tan mal, que el guarda, histérico, logró salir gimoteando
y el Cabezas tuvo que arrinconarlo detrás de una puerta
y amenazarle:
—¡
No salgas de ahí, porque te vamos a estar esperando en la
puerta, y como no obedezcas vas a recibir!
Los del mono
ya se habían marchado con la multicopista. En
cuanto el Cabezas y el Rubio siguieron sus pasos, el guarda, chorreando
por la nariz y la boca, apareció tras ellos, sin perseguirlos,
gritando en plena calle:
—¡ Socorro, socorro, me quieren matar!
Corrimos hacia
los coches. Mis compañeros, con los nervios,
no habían cambiado las placas de la matrícula y la
numeración verdadera estaba tapada tan sólo con cinta
adhesiva. Apenas dentro, el cacharro salió zumbando, paró a
los diez metros, bajé a destapar la matrícula, el automóvil
renqueó y, con medio cuerpo fuera, perdí el equilibrio:
—¡ Cuidado, joder!
En nuestra huída recorrimos dos calles en dirección
contraria y un camión estuvo a punto de arrollarnos de frente,
mientras aquel desgraciado continuaba gritando a lo largo de la
calle:
—¡ Socorro, socorro, que me han querido matar!
Por fin nos
alejamos de la zona. Todos estábamos en silencio,
menos el Cabezas que murmuraba desencajado:
—¿
Por qué se resistió de esa manera? Yo no quería
golpearle tan fuerte. —Y miraba sus puños de carpintero—.
Yo no quería.
Un sentimiento
de culpabilidad en sus ojos se mezclaba con un sudor penetrante,
inolvidable.
Sentado a
mi izquierda en la parte
posterior,
el Cabezas parecía estar al borde de las lágrimas.
Una cosa era predicar la violencia
revolucionaria y otra muy distinta
practicarla, sobre todo cuando se
es en esencia una buena persona.
El Rubio, desde
el asiento del copiloto, se dio la vuelta y trató de
calmarle:
— Tranquilo, Cabezas, es un guardia civil retirado, un fascista.
Cabezas me miró antes de replicar:
—
Para ti es fácil decirlo, Rubio, tú no has tenido
que partirle la cara.
Tras apearnos
en la Gran Vía, el Cabezas y el Rubio arrojaron
a una papelera sus camisas empapadas de sangre y, mientras nos dirigíamos
a la cita de seguridad, mis nuevos camaradas reconstruyeron el asalto
hasta en su último detalle.
—¡
Le di demasiado fuerte, joder! ¡No era más que un
desgraciado como nosotros!