el policiaco en el punto de mira
n°4 Febrero-Marzo-Abril de 2006

 

 

II Congreso de Novela y Cine Negro en Salamanca:
La figura del detective privado

Del 9 al 12 de mayo de 2006

Àlex Martín Escribà
y Javier Sánchez Zapatero

 

Después del éxito de la primera edición, el Congreso de Novela y Cine Negro organizado por la Universidad de Salamanca volverá a celebrarse del 9 al 12 de mayo de 2006. De nuevo, la ciudad salmantina acogerá a escritores, directores de cine, estudiosos, libreros y aficionados a lo negro-criminal en un evento que aspira a consolidarse entre los grandes festivales del género y que en esta ocasión estará específicamente dedicado al estudio de la figura prototípica por excelencia de la literatura negra: el investigador o detective privado. Andreu Martín, José Luis Sánchez Noriega, Juan-Carlos Arias, Pedro Javier Pardo, Francisco González Ledesma, Paco Camarasa, Ronaldo Menéndez, Francisca Noguerol o Ángel de la Calle serán algunos de los expertos que desgranarán los más destacados aspectos de un personaje que se ha ganado su reconocimiento por derecho propio. Además de sus intervenciones, habrá mesas redondas, proyección de películas y coloquios con el público. El Congreso también será el marco en el que se presente Manuscrito criminal. Reflexiones sobre novela y cine negro, el libro que recoge las conclusiones del primer encuentro negro-criminal celebrado en Salamanca en mayo de 2005. En la obra se podrán leer artículos de Mariano Sánchez Soler, Román Gubern, Raúl Rojo, Alicia Giménez Bartlett, Juan Antonio Pérez Millán, Lorenzo Silva, José Antonio Pérez Bowie o Pedro Sangro, entre otros escritores y estudiosos del género.

Decía Raymond Chandler que todo detective era, por tradición y definición, un buscador de verdad. Tomando las siempre fiables referencias del autor norteamericano, parece difícil cuestionar la gran representatividad que ha tenido la figura del detective privado en toda la literatura negra. Este tipo de personaje, aparecido en un principio en los relatos de misterio y acción, estaba caracterizado por una serie de pautas evasivas y poco realistas dentro de un marco de escasas ambiciones. Los primeros detectives, dotados de una personalidad excéntrica, le daban al personaje una serie de características que lo ensalzaban y diferenciaban del resto de protagonistas. El inicio de este movimiento -conocido genéricamente como novela policíaca- ha de situarse en la obra de Edgar Allan Poe en Los crímenes de la calle Morgue, creadora de una tradición continuada en Francia por Balzac (Une ténébreuse affaire) y Émile Gaboriau (L’affaire Lerouge). Más tarde, Dickens y Wilkie Collins, éste último con La piedra lunar, cultivaron el género en Inglaterra, donde se creó la máxima expresión del prototipo de detective analítico con la aparición de Sherlock Holmes, cuyo método deductivo le permitía resolver los crímenes más inverosímiles, tal y como él mismo relataba en su primera novela, Estudio en Escarlata: “El detective debe aprender a adivinar a la primera ojeada la historia de un hombre, y la profesión que ejerce. Por pueril que parezca este ejercicio, agudiza nuestras facultades de observación y nos enseña a mirar y a ver. Las uñas, la manga del vestido, los zapatos, las rodilleras del pantalón, las callosidades del pulgar y el índice, los puños de la camisa, la expresión del rostro, todo nos puede indicar a qué se dedica una persona”.

Nos encontramos, pues, hasta el momento, ante la visión de un tipo de detective enfocado siempre desde una perspectiva lúdica. La ruptura inicial del orden establecido a través de un asesinato o crimen dentro de una sociedad era reparado por este protagonista de una manera frívola, trivial y poco creíble. Este juego policiaco, en el que el detective jugaba un papel esencial, empezó a ser sustituido, en la literatura norteamericana de las primeras décadas del siglo XX, por un acercamiento cruel de la realidad donde este mismo personaje se volvió más descarnado y atroz, adaptándose a las necesidades de una sociedad al límite del caos y la desesperación. Este nuevo detective negro no rompió con la tendencia policíaca sino que la mantuvo a través del misterio, la intriga y el enigma que había que resolver. A pesar de mantener estos aspectos en común, la figura del detective se fue desvinculando cada vez más de los ambientes policíacos hasta llegar a la visión de un mundo fatalista y de un escenario totalmente corrupto.

Llegados a este punto podemos empezar a deducir grandes diferencias entre ambos géneros a la hora de representar al investigador privado. Si la novela policíaca reflejaba al detective como un resplandeciente ganador que ocultaba todas sus investigaciones para lucirse y ser aplaudido en el desenlace descubriendo al asesino de las víctimas, la novela negra muestra al detective como un auténtico marginado de la sociedad. Se muestra así que la evolución del detective en la novela negra va paulatinamente trascendido el mero descubrimiento del mundo criminal. Efectivamente, bajo ese pretexto el protagonista irá encontrándose con un mundo corrupto, hipócrita y lleno de suciedad cuya podredumbre moral crece a medida que avanzan sus investigaciones. En ese viaje al infierno el detective va envileciéndose a medida que lo hace el espacio que le rodea: sus acciones son cada vez más violentas, al tiempo que van desapareciendo las obligaciones morales que antes se imponía a la hora de efectuar sus investigaciones. Para darse cuenta de este cambio basta comparar las peripecias del elegante y, a pesar de su férrea carcasa, sentimental Philip Marlowe (o las de Sam Spade, que en El halcón maltés entrega a la policía a la mujer de la que está enamorado) con las del duro Mike Hammer, que jamás abandona su lema de “pega primero y pregunta después”.

La progresiva degradación moral de los personajes detectivescos, unida a los cambios sociales y políticos de los últimas décadas, ha provocado su paulatino declive como personaje literario, fundamentalmente en el contexto de la narrativa europea, donde su figura ha ido dejando paso a la del investigador de los cuerpos de seguridad del Estado. En un mundo cada vez más controlado por las redes de información de las estructuras gubernamentales supranacionales, parece más verosímil –no hay que olvidar que toda novela negra nace fuertemente apegada a la realidad- crear protagonistas como Rubén Bevilacqua, Costas Jaritos, Salvo Montalbano, Petra Delicado o Kurt Wallander.

A pesar de esta devaluación, es evidente que el del detective es uno de los prototipos literarios (y, por extensión, cinematográficos) por excelencia. De los lúdicos desafíos deductivos de sus primeros pasos como personaje hasta la dureza y la violencia de sus acciones en buena parte de la novelística del siglo XX podemos encontrarnos con toda una amalgama de novelas que, sin renunciar a la denuncia de un contexto social concreto y determinado, se han convertido ya en indiscutibles e imperecederos clásicos de la literatura.

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