el policiaco en el punto de mira
n°4 Febrero-Marzo-Abril de 2006

 

 

Luchas y Clases

 

Titus Engelschall, El regreso de los muertos vivientes. Luchas y Clases

William Gambetta, Vidas rebeldes, entrevista a Pino Cacucci

Artur Górski, Un símbolo de protesta comercial

Dominique Manotti, Luchas de clases

Giovanni Zucca, Senza Patto né Legge di Filippo Manganaro

Giovanni Zucca, Zorro, la historia y la anarquia

 


El regreso de los muertos vivientes.
Luchas y Clases

Titus Engelschall, Politólogo, Berlin
Trad del francés : Lourdes Pérez

Es típico de los fantasmas: cuanto más se intenta exorcizarlos y conjurar su poder, más aparecen. Se escribieron infinidad de esquelas a lo largo de las luchas de clases y de las luchas sociales pero, cuando las copas se alzaban para brindar por los muertos todavía calientes, aquellos difuntos resucitaban. Hay personas por todo el mundo que se unen para protestar y oponerse a las pretensiones de la política neoliberal, ya sean los cada vez más numerosos obreros precarios de las maquilas que se niegan a ser explotados o los jóvenes de las barriadas que luchan para que no les arrebaten su futuro; los parias de todo el mundo están hartos de someterse apáticamente a su destino y se despiertan de un coma sociopolítico. Este fenómeno de resistencia, resultado de las intransigentes contradicciones de la sociedad capitalista, hace resurgir a un actor político pretendidamente desaparecido que, superando los comportamientos existentes, aspira a un futuro mejor. Si el horror que provoca el zombi se justifica por nuestro miedo al resucitado comercializado que devora al otro con inconsciente sed de sangre, su sucesor postmoderno, el clon, simboliza nuestro espanto ante la indiferencia del mercado mundial en un mundo aparentemente inalcanzable. El clon es a la vez objeto y sujeto. Es un múltiplo sin matices, un múltiplo sin sombra y adaptado al mercado. El héroe rebelde de la novela negra, en cambio, remite al sujeto, al actor político que, a pesar de las numerosas cartas de pésame, no ha abandonado y sigue luchando por las promesas civiles de justicia y de emancipación. En la novela negra se transparenta el recuerdo melancólico de esos mundos desaparecidos; una época en la que los hombres se rebelaban contra las exigencias capitalistas. Esa melancolía contiene un sueño en el que la historia habría tomado una dirección diferente que llevaría a una futura y posible emancipación.


Vidas rebeldes
Salir del gran frío de los años
ochenta gracias a la escritura

Entrevista a Pino Cacucci

por William Gambetta
Traducción: Lourdes Pérez

De la revista Zapruder

Histoires en mouvement, n°7, Mayo/agosto 2005
Reproducido con autorización de la redacción

 

“Le vino a la memoria la historia de Gaetano Bresci y se preguntó qué puede llevar a un hombre a sacrificar su vida en aras de una acción ejemplar. Tres balas contra el pecho del rey, un rey caballero, que llegó a conceder una medalla al general Bava Beccarsi por haber descargado los cañones contra los insurgentes.... Cuando Bresci apuntó con su revólver a Humberto I, Jules recibía galones de sargento. Había leído los detalles en los diarios, encerrado en el baño para no ser descubierto por los mandos y los espías. Apenas un año después Bresci era apaleado hasta la muerte en la celda de aislamiento donde lo habían encerrado. Suicidio, según la versión oficial. ¿Y qué otra cosa podía esperarse? Su misión era desde el principio una misión suicida. En cuanto a los reyes, siempre tienen hijos a quienes pasar el cetro y el mando de los cañones que apuntan a las masas. Realmente no había cambiado nada en Italia, concluyó Jules, Pero en realidad ¿había algún método concreto para cambiar algo? ¿Servirían de algo las bombas homicidas de un Emile Henry o de un Ravachol? Aunque, para Jules, este último no era más que un pobre loco; Henry, por el contrario, era un intelectual y un erudito cuyos padres habían combatido en la Comuna y había tomado la decisión de hacerse con tres kilos de clorato de potasio, un frasco de sodio y veinte cartuchos de dinamita tras haberse convencido de la inutilidad de las palabras y de los escritos contra la represión del Estado. Pero las masacres de burgueses y policías habían sido utilizados por el poder como argumentos para sobornar a la opinión pública y promulgar leyes dignas de las peores tiranías que delegaban en la policía y la magistratura poderes ilimitados para perseguir a los “subversivos”.. “
(In ogni caso nessun remorso, Feltrinelli, 1994, pp. 93-94)

Nacido en Alessandria, Piemonte, en 1955 y criado en Chiavari, Liguria, Pino Cacucci se traslada a Bolonia a mediados de los años setenta donde frecuenta los DAMS y los movimientos de oposición. A principio de los ochenta pasa largas temporadas en el extranjero; primero París y Barcelona, luego México y Centroamérica. Sus primeros libros importantes son Outland Rock (1988) y Puerto Escondido (1990) en el que se basó la película del mismo título de Gabriele Salvatore. A su intenso trabajo como escritor pronto añade la actividad de traductor y editor de libros sobre Latinoamérica y en los años noventa enriquece aún más su escritura al incorporar su interés por la historia publicando, por ejemplo, Tina, en 1991 (una biografía de Tina Modotti), In ogni caso nessun rimorso (sobre la banda Bonnot, 1994), Demasiado Corazón (1999), Ribelli (2001) y Oltretorrente (2003). En 2005, publica, en Feltrinelli como siempre, Nahua.

 

Gran parte de tu trabajo de “contar de historias” está dedicado a hacer emerger figuras de rebeldes “incómodos”, olvidados o apartados de la retórica oficial. Por ejemplo la reconstrucción de las vidas de Tina Modotti o Jules Bonnot, el collage de las experiencias humanas de Ribelli, o el último libro, Oltretorrente, sobre las barricadas antifascistas de Parma… Parece el fruto de un compromiso único, continuamente activo…

Mi pasión por la historia se remonta a muy lejos, a mi infancia: era la única asignatura de la escuela que me interesaba. Pero ya en los cursos elementales empecé a percibir una especie de desfase entre la historia “oficial” y la historia de las personas, de los seres humanos, de todos esos seres sin nombre que son los que realmente construyen la historia. Un ejemplo concreto que me quedó grabado y que me impactó en aquel momento: en primaria habíamos elegido como tema de redacción “la gran guerra en los recuerdos del abuelo”. Nacidos en 1955 casi todos teníamos un abuelo que había escapado de la carnicería, sin embargo presentada en los libros como una espléndida epopeya, casi mágica, plena de heroísmo, de abnegación y de entusiasta defensa de la patria. ¡Vaya desastre! … Porque yo tuve la suerte de tener un abuelo que me había contado sus experiencia de campesino comunista libertario que tuvo que ir al frente a los 17 años (de la quinta del 99 como que todavía se ve en algunas placas de calles) y me habló de soldados desesperados, fusilados porque no habían podido eludir las metralletas, de generales que sacaban su arma reglamentaria y disparaban a la cabeza de los campesinos que les “habían faltado al respeto”, de soldados que esperaban la orden de asalto para disparar contra sus oficiales por la espalda y sobre todo de noches en las que los campesinos italianos dialogaban con los campesinos austriacos y se intercambiaban trozos de pan o patatas medio podridas y se preguntaban por qué a la mañana siguiente tenían que volver a masacrarse… Hasta muchos años más tarde no encontré noticias, fragmentarias y poco profundas, de otros muchos casos de “fraternización” entre enemigos que a veces bloquearon las ofensivas y las operaciones bélicas. Eran las historias de mi abuelo y fue lo que escribí en la redacción. ¡Tierra trágame! El profesor dijo que era un ejemplo de imaginación perniciosa, invenciones ofensivas para la madre patria y cosas de ese estilo. Fue un schock, pero beneficioso. Yo sabía que mi abuelo no era mentiroso. Y empecé a aprender que, por un lado, está la historia de los textos escolares, embalsamada y cubierta de patrioteras telas de araña y, por otro, la historia de los seres humanos, profundamente diferente de la “oficial”. Luego… escribiendo, mi interés por las figuras de rebeldes, de perdedores que no fueron vencidos porque no perdieron la dignidad, me llevó a buscar, a saciar mi curiosidad sobre lo que quieren, lo que sienten, qué amores, odios, frustraciones, alegrías y desilusiones tuvieron esos personajes que no aparecen nunca en los momificados textos de historia o, en el mejor de los casos, que aparecen como excluidos, marginales, incluso como simples aventureros o como ilusos rebeldes sin esperanza … Quizás ese ostracismo, lo que no se dice, la ignorancia mantenida, fue lo que me llevó a querer saber más. Y así fue como nació mi pasión por Tina Modotti que no llegó a agotarse con la escritura de dos libros, porque en cada nueva edición añado algo que descubro entre medias.

 

En tus libros, tanto los históricos como los que se desarrollan en el presente o en un pasado reciente, por lo general se trasluce la necesidad de contar las raíces más profundas de los protagonistas y de su entorno social y cultural. ¿Qué importancia tiene para ti la dimensión histórica cuando escribes?

La dimensión histórica es fundamental para entender las motivaciones que llevaron a ciertos personajes —es decir, los protagonistas de las historias que quiero contar— a tomar determinada opciones. Sin la reconstrucción del entorno, del clima político y social, de los acontecimientos de alcance contemporáneo, una existencia humana quedaría relegada a la crónica nuda, un poco como los diarios televisados que desmenuzan el último acontecimiento político sin preguntarse qué pudo producirlo. La vida humana —y política— de un Jules Bonot, sin contar la otra cara de la Belle Epoque: la vida miserable de los obreros y los mineros, las cargas con sables y fusiles contra los huelguistas, los trabajadores “subversivos” fichados y, por consiguiente condenados al paro, las intolerables humillaciones cotidianas, las condenas y la represión… sin conocer todo eso, Bonnot sería un personaje de museo de criminología, privado de la carga de sensibilidad humana que lo llevó a ser el enemigo público número uno en una Francia aparentemente frívola y atolondrada. Lo mismo sucede con Silvio Corbari: si no se desvelan las divisiones internas de la Resistencia, de la “razón del partido” que en tantas ocasiones frustró los ardores de muchos… Bien es verdad que a veces hurgar en la memoria provoca disgustos, como sucedió con lo que escribí sobre Tina Modotti que causó reacciones variadas e incesantes por parte de los que hubieran querido conservar la memoria de una heroína de la revolución —quién sabe qué revolución…— la imagen límpida de una mujer llena de pasión y de pureza, prescindiendo de la época de canibalismo en la que vivió y que nos dejó como herencia muchos misterios insolubles y más dudas que certezas sobre su existencia. En definitiva, es indispensable intentar recrear la dimensión histórica sin la cual todo queda en la superficie, sin profundidad, en trazos inexplicables.

 

En algunas novelas y relatos se nota que la parte de estudios históricos y documentación archivística está especialmente cuidada, pero ¿cuáles son los aspectos de un documento, de un retrato o de un lugar que más te atraen?

Quizás los que en un primer momento pasan desapercibidos, los que suceden sin previo aviso y suscitan nuevas curiosidades, nuevas motivaciones para profundizar más. Por ejemplo las fichas de los insurrectos del pueblo de Parma, realizadas por oscuros cuestores, quizás con ayuda de informadores ocasionales y que, releídas ahora, nos proporcionan un retrato involuntario —por parte de los que escribían entonces— de las costumbres cotidianas, de las relaciones, que nos ayudan a reconstruir un cuadro de conjunto. Otro ejemplo reciente; un amigo que investigaba otra cosa, me comentó una nota de la Comisaría de Udine que hablaba de una Tina Modotti “ejerciendo la prostitución clandestina”… ¡Por dios, que no se interprete como curiosidad morbosa! pero esos dos renglones me recordaron un pasaje del diario de Weston que yo había dejado de lado en su momento en el que escribía que Tina “había vendido su cuerpo a los ricos”, para sobrevivir, dada su situación de miseria. Posiblemente se refiriera a confidencias de Tina sobre su adolescencia de hambre y privaciones. Quien sabe, pero la información de la policía reabre un debate primeramente cerrado. Y así en otros muchos casos. Los lugares también me fascinan. Siempre trato de ir a los lugares que “presenciaron” ciertas existencias, que “vieron” la vida de los personajes sobre los que escribo. A veces creo que voy con un espíritu demasiado romántico, un poco insensato, con la ilusión de que una casa, una calle, un ciudad puedan trasmitirme las sensaciones de una lejana vivencia. Pero al mismo tiempo hay una motivación racional en ese deseo de volver a los lugares que fueron escenario de los hechos y las existencias, porque incluso las transformaciones repentinas cuentan algo; o más exactamente, ver los lugares me ayuda a recrear el ambiente y eso para mi es siempre muy importante porque me gusta “poner en escena” a los personajes, con los gestos, las acciones, los diálogos, y sería absurdo hacerlos evolucionar en lugares que yo no conozco.

 

Empezaste a escribir a finales de los setenta, después de haber participado en el movimiento de 1977 en Bolonia. ¿Cómo influyó esa experiencia en tu trabajo?

Totalmente, Cuando se apagaron los fuegos —los de la calle y los del alma— una generación culpable de un “exceso de sensibilidad” se dispersó en el reflujo, la represión, la hoguera de la lucha armada o el suicidio —directamente o por heroína; ¡qué importa en el fondo!, incluso la opción armada fue un suicido más o menos rápido—. En aquel momento, acostumbrado como estaba a vivir en la calle, colectivamente, cuando empezó la glaciación afuera, me encontré encerrado en una casa y empecé a escribir. Una huida salvadora. No es casualidad que tantas personas de mi generación hayan empezado a escribir a finales de los años setenta, sentíamos la necesidad de seguir viviendo en el imaginario —en la escritura— una realidad que se había fragmentado, destruido, consumido. En cierto modo llegué a poner en práctica lo que dice mi amigo Sepúlveda: primero vive y luego escribe. Porque ¿qué sentido puede tener el hecho de contar si no tienes experiencias? Yo, en mi juventud, participé en un periodo muy subversivo y luego, para evitar un final espantoso o un espanto sin fin, me dediqué a relatar a los subversivos. Pero a los más viejos, porque creo que es preferible hablar de los rebeldes que no son conocidos: con los más cercanos estamos demasiado implicados y se necesita un poco de distancia de los acontecimientos para contarlos. Por lo general cuando alguien lo hace, en un libro o una película, me decepciona el resultado, porque, sin excepción se queda en la superficie y no consigue revivir el clima de alegría, de ironía y de aquel reírnos de nosotros mismos que reinaba entre nosotros (hay que decir que nos divertimos, y mucho: burlarse del poder y de los bienpensantes era la primera razón de nuestra acción mientras otros fantaseaban sobre una irreal “toma del poder” que se transformaría en pesadilla) y, sin embargo, lo que siempre aparece es la desesperación, la triste opción destructiva que de algún modo siempre tuvimos que llevar a cuestas sin que nos perteneciera.

 

Y, en otro orden de cosas, ¿cuál fue la experiencia de tus largos viajes a México y a Centroamérica?

Escribir y viajar me salvaron la vida. No sé qué habría hecho si me hubiera quedado y no hubiera escrito. Cabezazos contra las paredes, probablemente, paredes metafóricas y concretas. No sé, pero me imagino que habría sido así. A principios de los años ochenta lo veía todo negro; peor incluso, lo veía todo gris, no soportaba Italia, tenía la sensación, después de todo lo que había vivido, de ser un superviviente en una era glaciar. Las pasiones nos habían mantenido vivos, el cinismo de los años ochenta me mataba. Así fue como empecé a escribir, pero la soledad era tremenda. El recuento de los muertos, encarcelado, arrepentidos y caníbales era insoportable, al igual que los rostros arrogantes de los vencedores. Así que me fui. Erré sin destino sin saber lo que buscaba, pero sabiendo que estaba huyendo. México fue una casualidad, una suerte, porque creo que me enseñó a estar de nuevo en el mundo. También me obligó a poner en orden mi cabeza, ya que México puede ser despiadada pero en mi caso resultó salvadora. Cuando digo México me refiero a sus habitantes, a las personas que conocí en el camino, la lección de dignidad que siempre me dieron, las raíces profundas, el amor por su propia memoria, es decir, mucho más de lo que me faltaba en Italia y que quizás estaba buscando inconscientemente. Y luego Centroamérica, Nicaragua en guerra. No cambiaría mi vida por ninguna otra cuando recuerdo las emociones que sentí allí. Y que sigo sintiendo cuando vuelvo. Pero el tiempo, ya se sabe, lo cambia todo. Envejecemos y los ardores se transforman en intereses más tranquilos, aunque no por ello menos profundos. El primer síntoma de vejez es pensar que el pasado fue mejor que el presente. Desgraciadamente a veces es verdad. Sin duda el mundo está hoy mucho más podrido que hace veinte o treinta años. Pero todavía no se acabó.

 

« El caballero que recorre las calles de Tinta suscita curiosidad entre los notables españoles, lo observan con un evidente desprecio. Otros lo señalan con la cabeza y murmuran palabras vejatorias: un indio tan bien vestido, sobre un caballo de raza es un afrenta a su linaje, El hombre lleva el cabello, de color ala de cuervo, largo hasta los hombros, viste chaqueta de cuero negra y botas, cubre su cabeza con un sombrero de fieltro de ala ancha y sobre el pecho luce con ostentación un medallón dorado con la efigie del dios sol. Los rasgos de su rostro y la piel oscura corresponden sin lugar a dudas a un quechua, pero el porte es austero, la expresión y el rostro denotan un orgullo indomable que, en aquella época, es insólito en alguien de su raza. Insólito y, lo que es peor, peligroso. Y tampoco se les escapa lo más importante: el sable que lleva en el costado izquierdo. Seguramente será un cacique, piensan los hastiados peninsulares, pero eso no justifica semejante actitud: cacique o no, un quechua debe mantener la mirada baja y mostrar respeto hacia los que pertenecen a la raza superior. Es el cuatro de noviembre de 1780 y el hombre a caballo se llama José Gabriel Condorcanqui Tupac Amaru, hijo del cacique quechua de Surinama, Tangasuca y Pampamarca y de la mestiza Rosa Noguera Valenzuela, que murió cuando él sólo tenía tres años. Es el descendiente directo del último inca, Tupac Amaru —primer soberano de Perú y dirigente de la resistencia contra los invasores—, y mantiene viva la memoria de los suyos estudiando desde su infancia las leyendas, las tradiciones y las costumbres”
(in Ribelli, Feltrinelli, 2001, pp. 147-148).


Ein kommerzielles Protestsymbol

Artur Górski
Trad.: Nadia Pinson

Mi escuela se llamaba Escuela Che Guevara. Era una época en que Polonia era casi un país comunista, y aunque nosotros, los alumnos, no sabíamos muchas cosas acerca de nuestro honrado patrono, nos parecía evidente que debía ser un obrero del estado o un secretario revolucionario de algún país lejano.

Fuera lo que fuera, parecía simbolizar todo lo que combatía la gente de los "Países de Este", todo lo que rechazaban por incompatible con sus necesidades y afanes propios.

Hoy, varios años después de la caída del telón de acero, Ernesto vuelve, pero en un papel radicalmente diferente. De nuevo se ha convertido en un símbolo, esta vez del malestar ante la política actual, de la crítica del capitalismo, del consumo, y de la explotación empresarial. Lo cierto es que como símbolo tiene poca credibilidad. Los niquis y camisas con retrato suyo están fuera de precio, y los que las llevan son jovencitos cuyos padres pueden pagar los caprichos decadentes de sus vástagos rebeldes.

Con toda seguridad este amigo de Fidel Castro no es patrono de éstos a quienes la nueva realidad no les trajo nada mejor, sino más bien de ésos cuyo combate contra el capitalismo no va más allá de la moda. Supongamos que los creadores de moda proclamen a Charlie Chaplin (igualmente simpatizante comunista) como nuevo símbolo de protesta, y desaparecería el Che de todas las camisetas para dejar paso al famoso cómico.

Los que conocen de cerca la miseria actual (y son muchos) no llevan camisetas de moda. Ocultan su desesperación en pisos sin pagar y esperan a ser expulsados más o menos rápidamente.


Lucha de clases

Dominique Manotti
Trad: Catherine Gaffiero

Lucha de clases : a mi parecer, es un tema que muy escasas novelas negras han abordado, pese a esa dimensión de crítica social que se suele otorgar al género.
Da la casualidad que mi primera y mi última novela se desarrollan durante huelgas, en plena « lucha de clases », la primera en 1980 y la segunda en 1996, y sendas novelas se anclan en unos conflictos muy reales. Me parece ser una buena ocasión para valorar la amplitud de los cambios sociales.
En la primera novela Sombre Sentier (Sendero oscuro), obreros de la confección en el barrio del Sentier* se declaran en huelga para conseguir papeles y contratos de trabajo. A primera vista, su lucha parece condenada al fracaso. Son trabajadores diseminados en una infinidad de talleres clandestinos, y al ser clandestinos ellos también, no tienen ningún derecho y, por supuesto, ninguna tradición sindical. Los verdaderos patronos, los peces gordos en las grandes sociedades, son inalcanzables.
Sin embargo, estos trabajadores se abren camino para organizarse, tienden puentes a organizaciones sindicales francesas para llevar un lucha coherente y fuerte durante meses, para, al final, llegar a la victoria. Una victoria rotunda : se regulariza a todos los obreros. Nunca se quebró su solidaridad, que podríamos calificar como conciencia de clase.
Mi última novela, que saldrá en Septiembre de 2006, (aún no tiene título definitivo) transcurre en Lorraine, en 1996, en una de estas «  fábricas destornillador  » edificadas en las ruinas de la siderurgia : estas fábricas que se han tragado las subvenciones europeas antes de irse a otros lugares, en pos de nuevas minas de dinero.
Es un movimiento violento, casi convulsivo, que acaba en la derrota y la desintegración. Lorraine no termina de recuperarse de la destrucción de la siderurgia, tampoco las organizaciones sindicales. Pasar así de una novela a la otra, sin transición, me asusta. Claro que las novelas no explican sino que evidencian y lo que me parece evidente a mí es una mecánica de muerte social.
Espero que haya contribuciones más optimistas que la mía en Europolar….

*( ndt le Sentier : el sendero. Barrio de París que concentra una gran cantidad de pequeñas fábricas de ropa, de escasa calidad, conocido por explotar a gente indocumentada, sobretodo proveniente de países asiáticos.)


Sin pacto ni ley
Antagonismo obrero en Estados Unidos

Filippo Manganaro

Odradek, 2004, 312 páginas

Giovanni Zucca
Trad del francés: Marie Levéziel

Espiones y traiciones, conspiraciones y delatores, asesinos y cadáveres… Todos los personajes y todas las situaciones propias a un thriller son reunidos. Y las emociones también. Sin embargo no se trata de un thriller. A pesar de ello verdaderamente ocurrió y al final los muertos no se levantaron porque estaban realmente muertos. Hablamos de Sans pacte ni loi , un ensayo intenso, sugestivo y fascinante, de Filippo Manganaro, un joven estudiante combativo que conoce bien los Estados Unidos. De este conocimiento, extrajo su libro, dedicado a la lucha obrera y política, en lo que, según la imagen corriente, se ha convertido en la cuna y la sede única de la libertad y de la democracia, incluso de exportación (allí donde Iraq no es, por el momento, en el día de hoy que el último “cliente” de una lista larga). Los nombres de Sacco y Vanzetti nos son familiares, pero quizás pocos de nosotros se acuerdan de Big Hill Hauywook, Eugène Debs, Franck Little ou Mother Jones, incluso si el nombre de esta última, mítica e infatigable agitadora sindicalista, sobrevive como encabezamiento de un mensual combativo de la izquierda americana. Sí, porque en Estados Unidos hay una izquierda fuerte y activa (aunque a menudo es víctima de ella misma, de sus propios errores y de sus divisiones internas), en la época del capitalismo liberal más desenfrenado y sin reglas y este libro viene oportunamente a recordarlo. Una demostración convincente, para quien no lo hubiera observado, que incluso en los Estados Unidos la lucha de clases, los fermentos anarquistas, libertarios, socialistas y comunistas se difundieron y proliferaron a partir de la segunda mitad del siglo XIX, siguiendo las oleadas de migración europea hacia ese nuevo mundo, rodeado de un halo mítico. Un país donde se puede huir de la “anciana” opresión europea, un país donde se puede rehacer la vida, the land of plenty… Esperanzas confrontadas a la realidad de la “nueva” opresión, en la que los huelguistas y sus peticiones relativas a las condiciones de vida y de trabajo menos duro se afrontan a los garrotes y fusiles de las milicias financiadas por el patronato, de esos robber barons cuyos nombres ilustran normalmente los museos, las instituciones culturales, etc. Este libro recuerda de qué carne y de qué sangre se alimentan estas fortunas. De los linchamientos de los sindicalistas a las operaciones clandestinas e ilegales organizadas por el FBI de Hoover, obsesionado por el “peligro rojo”. Expediciones punitivas de los Pinkerton (y aquí aparece también Dashiell Hammett, detective de la agencia durante un tiempo, a quien le habrían propuesto de eliminar, contra compensación, al sindicalista Franck Little; Dash, al parecer, se negó pero otra persona hizo el trabajo) al malévolo senador Mc Carthy, en una sucesión de huelgas de masas y de represiones cada vez mas duras, el autor nos narra la destrucción sistemática, salvaje, científica de la oposición de izquierda americana. Muchos se acordaran aún de Black Panthers o de Weathermen, pocos, en cambio, se acuerdan quién eran los “wobblies”, los Industrial Workers of the World. De la utopía al desencanto, podemos decir como el autor que “la historia del movimiento obrero americano continúa alternando las importantes conquistas sociales y civiles con los inconfesables baños de sangre” (p.138), en un país donde hay industriales que pueden “asumir la mitad de los obreros porque matan a la otra mitad” (p.5). Una historia de debates apasionados y de movilización valerosa, de ingenuidad y de infamia (estas últimas deben casi siempre ser imputadas a los mismos…) a lo largo de una carretera cubierta de sangre y de injusticias, cuyos efectos se resienten todavía hoy, después de haber invadido “el patio” de América Latina con el triunfo de lo que era ayer el “complejo militar-industrial” y hoy el sistema de corporaciones que, en homenaje al cruel dios del Mercado y a su espíritu santo, el Beneficio (al que tantas fuerzas de izquierdas se plegaron, lo que explica bien el estado de las cosas…) están privatizando todo lo que pueden (incluida la guerra) : hoy el agua, mañana quizá, el mismo aire, si conseguimos salvar un poco de la contaminación. Por eso, lo mínimo que debemos a Filippo Manganaro, además de un profundo reconocimiento, es leer este libro bonito y a la vez terrible, un antídoto saludable a la versión corriente del pensamiento único neoliberal. Con el deseo y la esperanza, que la lucha de clases no sea solamente un zombi titubeante.


Zorro, la historia y la anarquía

de Giovanni Zucca
Trad. del francés: Lourdes Pérez

“A de archivo, Z de zoom, A de anabaptista, Z de zelote”.
Con esta hermosa y sutilmente enigmática frase empieza el editorial de presentación del primer número de Zapruder que vio la luz a mediados de 2003.
Simbólicamente bautizada con el nombre de Abraham Zapruder, —un “hombre cualquiera” que el 23 de noviembre de 1963, por casualidad filmó en Dallas el asesinato del presidente John F. Kennedy— esta bonita (empezando por la portada) revista cuatrimestral surge del debate sobre el proyecto “Historias en movimiento” (también subtítulo de la revista) de un nutrido grupo de historiadores e historiadoras, unidos por el proyecto de querer hacer una historia y una historiografía “diferentes”, alternativas, para abrir el debate sobre la historia del conflicto social en trescientos sesenta grados, es decir, la historia de la conflictividad social de la A a la Z: desde lo social, en sentido estricto (clases y actores/actrices sociales) hasta lo social en sentido amplio (y, por tanto también lo político, lo cultural lo no público, etc; [...] lo “material” y lo ” imaginario”, la ”utopía” y la “ciencia”, la “ficción” y la “realidad”. La A de anarquía y la Z de zorro.”
La historia no sofisticada, y por tanto rigurosa y analítica; ligera, pero sin ligerezas; comprometida pero sin sectarismos, caracterizada por un lenguaje claro, compresible y, sobre todo, por una selección de argumentos amplia y original. Conflictividad local, antifascismo, masacres nazis, el fascismo en la ciencia ficción (n° 1) ; guerra entre historia y memoria, Vichy, cine de guerra, fascismo real y virtual... (n° 2); y también trabajo e identidad obrera, fordismo y franquismo, archivos históricos, colonización… incluso espionaje político, protagonista del nº 7 que incluye artículos sobre el movimiento del 77 y donde puede leerse la entrevista a Pino Cacucci que aparece en este número de Europolar. /Zapruder/, rica en críticas de libros se enriquece aún más gracias a su iconografía que tiene la fuerza de un artículo, como las viejas fotos del fusilamiento de jóvenes abisinios reproducidas en el nº1. Son sólo siete fotos, pero escalofriantes.
Para quien quiera profundizar, para quien quiera tomar el Palacio de invierno de los debates televisivos, para los espíritus que no se conforman con este presente gris que a veces se oscurece (o debería decir que se vuelve “negro”) /Zapruder/ es una lectura aconsejable, útil y respetable.


Zapruder – historias en movimiento

Revista de historia de la conflictividad social
3 números anuales de aproximadamente 160 p.

Suscripción: 25 € (Italia), 38 € (extranjero)

www.storieinmovimento.org - info@storieinmovimento.org

 

 


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