Vidas rebeldes
Salir
del gran frío de los años
ochenta gracias a la escritura
Entrevista a Pino Cacucci
por William
Gambetta
Traducción: Lourdes Pérez
De
la revista Zapruder

Histoires
en mouvement, n°7, Mayo/agosto 2005
Reproducido con autorización
de la redacción
“Le
vino a la memoria la historia de Gaetano Bresci y se preguntó qué puede
llevar a un hombre a sacrificar su vida en aras de una acción
ejemplar. Tres balas contra el pecho del rey, un rey caballero, que
llegó a conceder una medalla al general Bava Beccarsi por
haber descargado los cañones contra los insurgentes.... Cuando
Bresci apuntó con su revólver a Humberto I, Jules recibía
galones de sargento. Había leído los detalles en los
diarios, encerrado en el baño para no ser descubierto por
los mandos y los espías. Apenas un año después
Bresci era apaleado hasta la muerte en la celda de aislamiento donde
lo habían encerrado. Suicidio, según la versión
oficial. ¿Y qué otra cosa podía esperarse? Su
misión era desde el principio una misión suicida. En
cuanto a los reyes, siempre tienen hijos a quienes pasar el cetro
y el mando de los cañones que apuntan a las masas. Realmente
no había cambiado nada en Italia, concluyó Jules, Pero
en realidad ¿había algún método concreto
para cambiar algo? ¿Servirían de algo las bombas homicidas
de un Emile Henry o de un Ravachol? Aunque, para Jules, este último
no era más que un pobre loco; Henry, por el contrario, era
un intelectual y un erudito cuyos padres habían combatido
en la Comuna y había tomado la decisión de hacerse
con tres kilos de clorato de potasio, un frasco de sodio y veinte
cartuchos de dinamita tras haberse convencido de la inutilidad de
las palabras y de los escritos contra la represión del Estado.
Pero las masacres de burgueses y policías habían sido
utilizados por el poder como argumentos para sobornar a la opinión
pública y promulgar leyes dignas de las peores tiranías
que delegaban en la policía y la magistratura poderes ilimitados
para perseguir a los “subversivos”.. “
(In ogni caso nessun remorso,
Feltrinelli, 1994, pp. 93-94)
Nacido
en Alessandria, Piemonte, en 1955 y criado en Chiavari, Liguria,
Pino Cacucci se traslada a Bolonia a mediados de los años setenta donde frecuenta los
DAMS y los movimientos de oposición. A principio de los ochenta
pasa largas temporadas en el extranjero; primero París y Barcelona,
luego México y Centroamérica. Sus primeros libros importantes
son Outland Rock (1988) y Puerto Escondido (1990)
en el que se basó la
película del mismo título de Gabriele Salvatore. A
su intenso trabajo como escritor pronto añade la actividad
de traductor y editor de libros sobre Latinoamérica y en los
años noventa enriquece aún más su escritura
al incorporar su interés por la historia publicando, por ejemplo, Tina,
en 1991 (una biografía de Tina Modotti), In ogni caso
nessun rimorso (sobre la banda Bonnot, 1994), Demasiado
Corazón (1999), Ribelli (2001) y Oltretorrente (2003). En 2005, publica,
en Feltrinelli como siempre, Nahua.
Gran
parte de tu trabajo de “contar de historias” está dedicado a hacer
emerger figuras de rebeldes “incómodos”, olvidados o apartados
de la retórica oficial. Por ejemplo la reconstrucción
de las vidas de Tina Modotti o Jules Bonnot, el collage de las experiencias
humanas de Ribelli, o el último libro, Oltretorrente, sobre
las barricadas antifascistas de Parma… Parece el fruto de un compromiso único,
continuamente activo…
Mi pasión por
la historia se remonta a muy lejos, a mi infancia: era la única
asignatura de la escuela que me interesaba. Pero ya en los cursos
elementales empecé a percibir una especie de desfase entre
la historia “oficial” y la historia de las personas, de los seres
humanos, de todos esos seres sin nombre que son los que realmente
construyen la historia. Un ejemplo concreto que me quedó grabado
y que me impactó en aquel momento: en primaria habíamos
elegido como tema de redacción “la gran guerra en los recuerdos
del abuelo”. Nacidos en 1955 casi todos teníamos un abuelo
que había escapado de la carnicería, sin embargo presentada
en los libros como una espléndida epopeya, casi mágica,
plena de heroísmo, de abnegación y de entusiasta defensa
de la patria. ¡Vaya desastre! … Porque yo tuve la suerte de
tener un abuelo que me había contado sus experiencia de campesino
comunista libertario que tuvo que ir al frente a los 17 años
(de la quinta del 99 como que todavía se ve en algunas placas
de calles) y me habló de soldados desesperados, fusilados
porque no habían podido eludir las metralletas, de generales
que sacaban su arma reglamentaria y disparaban a la cabeza de los
campesinos que les “habían faltado al respeto”, de soldados
que esperaban la orden de asalto para disparar contra sus oficiales
por la espalda y sobre todo de noches en las que los campesinos italianos
dialogaban con los campesinos austriacos y se intercambiaban trozos
de pan o patatas medio podridas y se preguntaban por qué a
la mañana siguiente tenían que volver a masacrarse… Hasta
muchos años más tarde no encontré noticias,
fragmentarias y poco profundas, de otros muchos casos de “fraternización” entre
enemigos que a veces bloquearon las ofensivas y las operaciones bélicas.
Eran las historias de mi abuelo y fue lo que escribí en la
redacción. ¡Tierra trágame! El profesor dijo
que era un ejemplo de imaginación perniciosa, invenciones
ofensivas para la madre patria y cosas de ese estilo. Fue un schock,
pero beneficioso. Yo sabía que mi abuelo no era mentiroso.
Y empecé a aprender que, por un lado, está la historia
de los textos escolares, embalsamada y cubierta de patrioteras telas
de araña y, por otro, la historia de los seres humanos, profundamente
diferente de la “oficial”. Luego… escribiendo, mi interés
por las figuras de rebeldes, de perdedores que no fueron vencidos
porque no perdieron la dignidad, me llevó a buscar, a saciar
mi curiosidad sobre lo que quieren, lo que sienten, qué amores,
odios, frustraciones, alegrías y desilusiones tuvieron esos
personajes que no aparecen nunca en los momificados textos de historia
o, en el mejor de los casos, que aparecen como excluidos, marginales,
incluso como simples aventureros o como ilusos rebeldes sin esperanza … Quizás
ese ostracismo, lo que no se dice, la ignorancia mantenida, fue lo
que me llevó a querer saber más. Y así fue como
nació mi pasión por Tina Modotti que no llegó a
agotarse con la escritura de dos libros, porque en cada nueva edición
añado algo que descubro entre medias.
En
tus libros, tanto los históricos como los que se desarrollan
en el presente o en un pasado reciente, por lo general se trasluce
la necesidad de contar las raíces más profundas de
los protagonistas y de su entorno social y cultural. ¿Qué importancia
tiene para ti la dimensión histórica cuando escribes?
La dimensión histórica es fundamental para entender
las motivaciones que llevaron a ciertos personajes —es decir, los
protagonistas de las historias que quiero contar— a tomar determinada
opciones. Sin la reconstrucción del entorno, del clima político
y social, de los acontecimientos de alcance contemporáneo,
una existencia humana quedaría relegada a la crónica
nuda, un poco como los diarios televisados que desmenuzan el último
acontecimiento político sin preguntarse qué pudo producirlo.
La vida humana —y política— de un Jules Bonot, sin contar
la otra cara de la Belle Epoque: la vida miserable de los obreros
y los mineros, las cargas con sables y fusiles contra los huelguistas,
los trabajadores “subversivos” fichados y, por consiguiente condenados
al paro, las intolerables humillaciones cotidianas, las condenas
y la represión… sin conocer todo eso, Bonnot sería
un personaje de museo de criminología, privado de la carga
de sensibilidad humana que lo llevó a ser el enemigo público
número uno en una Francia aparentemente frívola y atolondrada.
Lo mismo sucede con Silvio Corbari: si no se desvelan las divisiones
internas de la Resistencia, de la “razón del partido” que
en tantas ocasiones frustró los ardores de muchos… Bien es
verdad que a veces hurgar en la memoria provoca disgustos, como sucedió con
lo que escribí sobre Tina Modotti que causó reacciones
variadas e incesantes por parte de los que hubieran querido conservar
la memoria de una heroína de la revolución —quién
sabe qué revolución…— la imagen límpida de una
mujer llena de pasión y de pureza, prescindiendo de la época
de canibalismo en la que vivió y que nos dejó como
herencia muchos misterios insolubles y más dudas que certezas
sobre su existencia. En definitiva, es indispensable intentar recrear
la dimensión histórica sin la cual todo queda en la
superficie, sin profundidad, en trazos inexplicables.
En
algunas novelas y relatos se nota que la parte de estudios
históricos
y documentación archivística está especialmente
cuidada, pero ¿cuáles son los aspectos de un documento,
de un retrato o de un lugar que más te atraen?
Quizás los que en un primer momento pasan desapercibidos,
los que suceden sin previo aviso y suscitan nuevas curiosidades,
nuevas motivaciones para profundizar más. Por ejemplo las
fichas de los insurrectos del pueblo de Parma, realizadas por oscuros
cuestores, quizás con ayuda de informadores ocasionales y
que, releídas ahora, nos proporcionan un retrato involuntario —por
parte de los que escribían entonces— de las costumbres cotidianas,
de las relaciones, que nos ayudan a reconstruir un cuadro de conjunto.
Otro ejemplo reciente; un amigo que investigaba otra cosa, me comentó una
nota de la Comisaría de Udine que hablaba de una Tina Modotti “ejerciendo
la prostitución clandestina”… ¡Por dios, que no se interprete
como curiosidad morbosa! pero esos dos renglones me recordaron un
pasaje del diario de Weston que yo había dejado de lado en
su momento en el que escribía que Tina “había vendido
su cuerpo a los ricos”, para sobrevivir, dada su situación
de miseria. Posiblemente se refiriera a confidencias de Tina sobre
su adolescencia de hambre y privaciones. Quien sabe, pero la información
de la policía reabre un debate primeramente cerrado. Y así en
otros muchos casos. Los lugares también me fascinan. Siempre
trato de ir a los lugares que “presenciaron” ciertas existencias,
que “vieron” la vida de los personajes sobre los que escribo. A veces
creo que voy con un espíritu demasiado romántico, un
poco insensato, con la ilusión de que una casa, una calle,
un ciudad puedan trasmitirme las sensaciones de una lejana vivencia.
Pero al mismo tiempo hay una motivación racional en ese deseo
de volver a los lugares que fueron escenario de los hechos y las
existencias, porque incluso las transformaciones repentinas cuentan
algo; o más exactamente, ver los lugares me ayuda a recrear
el ambiente y eso para mi es siempre muy importante porque me gusta “poner
en escena” a los personajes, con los gestos, las acciones, los diálogos,
y sería absurdo hacerlos evolucionar en lugares que yo no
conozco.
Empezaste
a escribir a finales de los setenta, después de haber participado en el movimiento
de 1977 en Bolonia. ¿Cómo influyó esa experiencia
en tu trabajo?
Totalmente,
Cuando se apagaron los fuegos —los de la calle y los del alma— una generación
culpable de un “exceso de sensibilidad” se dispersó en el
reflujo, la represión, la hoguera de la lucha armada o el
suicidio —directamente o por heroína; ¡qué importa
en el fondo!, incluso la opción armada fue un suicido más
o menos rápido—. En aquel momento, acostumbrado como estaba
a vivir en la calle, colectivamente, cuando empezó la glaciación
afuera, me encontré encerrado en una casa y empecé a
escribir. Una huida salvadora. No es casualidad que tantas personas
de mi generación hayan empezado a escribir a finales de los
años setenta, sentíamos la necesidad de seguir viviendo
en el imaginario —en la escritura— una realidad que se había
fragmentado, destruido, consumido. En cierto modo llegué a
poner en práctica lo que dice mi amigo Sepúlveda: primero
vive y luego escribe. Porque ¿qué sentido puede tener
el hecho de contar si no tienes experiencias? Yo, en mi juventud,
participé en un periodo muy subversivo y luego, para evitar
un final espantoso o un espanto sin fin, me dediqué a relatar
a los subversivos. Pero a los más viejos, porque creo que
es preferible hablar de los rebeldes que no son conocidos: con los
más cercanos estamos demasiado implicados y se necesita un
poco de distancia de los acontecimientos para contarlos. Por lo general
cuando alguien lo hace, en un libro o una película, me decepciona
el resultado, porque, sin excepción se queda en la superficie
y no consigue revivir el clima de alegría, de ironía
y de aquel reírnos de nosotros mismos que reinaba entre nosotros
(hay que decir que nos divertimos, y mucho: burlarse del poder y
de los bienpensantes era la primera razón de nuestra acción
mientras otros fantaseaban sobre una irreal “toma del poder” que
se transformaría en pesadilla) y, sin embargo, lo que siempre
aparece es la desesperación, la triste opción destructiva
que de algún modo siempre tuvimos que llevar a cuestas sin
que nos perteneciera.
Y,
en otro orden de cosas, ¿cuál
fue la experiencia de tus largos viajes a México y a Centroamérica?
Escribir
y viajar me salvaron la vida. No sé qué habría
hecho si me hubiera quedado y no hubiera escrito. Cabezazos contra
las paredes, probablemente, paredes metafóricas y concretas.
No sé, pero me imagino que habría sido así.
A principios de los años ochenta lo veía todo negro;
peor incluso, lo veía todo gris, no soportaba Italia, tenía
la sensación, después de todo lo que había vivido,
de ser un superviviente en una era glaciar. Las pasiones nos habían
mantenido vivos, el cinismo de los años ochenta me mataba.
Así fue como empecé a escribir, pero la soledad era
tremenda. El recuento de los muertos, encarcelado, arrepentidos y
caníbales era insoportable, al igual que los rostros arrogantes
de los vencedores. Así que me fui. Erré sin destino
sin saber lo que buscaba, pero sabiendo que estaba huyendo. México
fue una casualidad, una suerte, porque creo que me enseñó a
estar de nuevo en el mundo. También me obligó a poner
en orden mi cabeza, ya que México puede ser despiadada pero
en mi caso resultó salvadora. Cuando digo México me
refiero a sus habitantes, a las personas que conocí en el
camino, la lección de dignidad que siempre me dieron, las
raíces profundas, el amor por su propia memoria, es decir,
mucho más de lo que me faltaba en Italia y que quizás
estaba buscando inconscientemente. Y luego Centroamérica,
Nicaragua en guerra. No cambiaría mi vida por ninguna otra
cuando recuerdo las emociones que sentí allí. Y que
sigo sintiendo cuando vuelvo. Pero el tiempo, ya se sabe, lo cambia
todo. Envejecemos y los ardores se transforman en intereses más
tranquilos, aunque no por ello menos profundos. El primer síntoma
de vejez es pensar que el pasado fue mejor que el presente. Desgraciadamente
a veces es verdad. Sin duda el mundo está hoy mucho más
podrido que hace veinte o treinta años. Pero todavía
no se acabó.
« El caballero que recorre
las calles de Tinta suscita curiosidad entre los notables españoles,
lo observan con un evidente desprecio. Otros lo señalan con
la cabeza y murmuran palabras vejatorias: un indio tan bien vestido,
sobre un caballo de raza es un afrenta a su linaje, El hombre lleva
el cabello, de color ala de cuervo, largo hasta los hombros, viste
chaqueta de cuero negra y botas, cubre su cabeza con un sombrero
de fieltro de ala ancha y sobre el pecho luce con ostentación
un medallón dorado con la efigie del dios sol. Los rasgos
de su rostro y la piel oscura corresponden sin lugar a dudas a un
quechua, pero el porte es austero, la expresión y el rostro
denotan un orgullo indomable que, en aquella época, es insólito
en alguien de su raza. Insólito y, lo que es peor, peligroso.
Y tampoco se les escapa lo más importante: el sable que lleva
en el costado izquierdo. Seguramente será un cacique, piensan
los hastiados peninsulares, pero eso no justifica semejante actitud:
cacique o no, un quechua debe mantener la mirada baja y mostrar respeto
hacia los que pertenecen a la raza superior. Es el cuatro de noviembre
de 1780 y el hombre a caballo se llama José Gabriel Condorcanqui
Tupac Amaru, hijo del cacique quechua de Surinama, Tangasuca y Pampamarca
y de la mestiza Rosa Noguera Valenzuela, que murió cuando él
sólo tenía tres años. Es el descendiente directo
del último inca, Tupac Amaru —primer soberano de Perú y
dirigente de la resistencia contra los invasores—, y mantiene viva
la memoria de los suyos estudiando desde su infancia las leyendas,
las tradiciones y las costumbres”
(in Ribelli, Feltrinelli, 2001,
pp. 147-148).
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Artur
Górski
Trad.:
Nadia Pinson
Mi escuela se llamaba Escuela
Che Guevara. Era una época
en que Polonia era casi un país comunista, y aunque nosotros,
los alumnos, no sabíamos muchas cosas acerca de nuestro honrado
patrono, nos parecía evidente que debía ser un obrero
del estado o un secretario revolucionario de algún país
lejano.
Fuera lo que fuera, parecía simbolizar todo lo que combatía
la gente de los "Países de Este", todo lo que rechazaban
por incompatible con sus necesidades y afanes propios.
Hoy, varios años después de la caída del telón
de acero, Ernesto vuelve, pero en un papel radicalmente diferente.
De nuevo se ha convertido en un símbolo, esta vez del malestar
ante la política actual, de la crítica del capitalismo,
del consumo, y de la explotación empresarial. Lo cierto es
que como símbolo tiene poca credibilidad. Los niquis y camisas
con retrato suyo están fuera de precio, y los que las llevan
son jovencitos cuyos padres pueden pagar los caprichos decadentes
de sus vástagos rebeldes.
Con toda seguridad este amigo de Fidel
Castro no es patrono de éstos
a quienes la nueva realidad no les trajo nada mejor, sino más
bien de ésos cuyo combate contra el capitalismo no va más
allá de la moda. Supongamos que los creadores de moda proclamen
a Charlie Chaplin (igualmente simpatizante comunista) como nuevo
símbolo de protesta, y desaparecería el Che de todas
las camisetas para dejar paso al famoso cómico.
Los que conocen de
cerca la miseria actual (y son muchos) no llevan camisetas de moda.
Ocultan su desesperación en pisos sin pagar
y esperan a ser expulsados más o menos rápidamente.

Lucha de clases
Dominique
Manotti
Trad: Catherine Gaffiero
Lucha
de clases : a mi parecer, es un tema que muy escasas novelas
negras han abordado, pese a esa dimensión de crítica
social que se suele otorgar al género.
Da la casualidad que
mi primera y mi última novela se desarrollan
durante huelgas, en plena « lucha de clases »,
la primera en 1980 y la segunda en 1996, y sendas novelas se anclan
en unos conflictos muy reales. Me parece ser una buena ocasión
para valorar la amplitud de los cambios sociales.
En la primera novela Sombre
Sentier (Sendero
oscuro), obreros de la confección en el barrio del
Sentier* se declaran en huelga para conseguir papeles y contratos
de trabajo. A primera vista, su lucha parece condenada al fracaso.
Son trabajadores diseminados en una infinidad de talleres clandestinos,
y al ser clandestinos ellos también, no tienen ningún
derecho y, por supuesto, ninguna tradición sindical. Los
verdaderos patronos, los peces gordos en las grandes sociedades,
son inalcanzables.
Sin embargo, estos trabajadores se abren camino
para organizarse, tienden puentes a organizaciones sindicales francesas
para llevar un lucha coherente y fuerte durante meses, para, al final,
llegar a la victoria. Una victoria rotunda : se regulariza a todos
los obreros. Nunca se quebró su solidaridad, que podríamos
calificar como conciencia de clase.
Mi última novela, que saldrá en
Septiembre de 2006, (aún no tiene título definitivo)
transcurre en Lorraine, en 1996, en una de estas « fábricas
destornillador » edificadas
en las ruinas de la siderurgia : estas fábricas que se
han tragado las subvenciones europeas antes de irse a otros lugares,
en pos de nuevas minas de dinero.
Es un movimiento violento, casi
convulsivo, que acaba en la derrota y la desintegración. Lorraine
no termina de recuperarse de la destrucción de la siderurgia,
tampoco las organizaciones sindicales. Pasar así de una novela
a la otra, sin transición, me
asusta. Claro que las novelas no explican sino que evidencian y lo
que me parece evidente a mí es una mecánica de muerte
social.
Espero que haya contribuciones más optimistas que la
mía
en Europolar….
*( ndt le
Sentier : el sendero. Barrio
de París
que concentra una gran cantidad de pequeñas fábricas
de ropa, de escasa calidad, conocido por explotar a gente indocumentada,
sobretodo proveniente de países asiáticos.)

Sin
pacto ni ley
Antagonismo
obrero en Estados Unidos
Filippo
Manganaro
Odradek, 2004, 312 páginas
Giovanni
Zucca
Trad del francés: Marie Levéziel
Espiones
y traiciones, conspiraciones y delatores, asesinos y cadáveres… Todos
los personajes y todas las situaciones propias a un thriller son
reunidos. Y las emociones también.
Sin embargo no se trata de un thriller. A pesar de ello verdaderamente
ocurrió y al final los muertos no se levantaron porque estaban
realmente muertos. Hablamos de Sans pacte ni loi ,
un ensayo intenso, sugestivo y fascinante, de Filippo Manganaro,
un joven estudiante combativo que conoce bien los Estados Unidos.
De este conocimiento, extrajo su libro, dedicado a la lucha obrera
y política, en lo que, según la imagen corriente,
se ha convertido en la cuna y la sede única de la libertad
y de la democracia, incluso de exportación (allí donde
Iraq no es, por el momento, en el día de hoy que el último “cliente” de
una lista larga). Los nombres de Sacco y Vanzetti nos son familiares,
pero quizás pocos de nosotros se acuerdan de Big Hill Hauywook,
Eugène Debs, Franck Little ou Mother Jones, incluso si el
nombre de esta última, mítica e infatigable agitadora
sindicalista, sobrevive como encabezamiento de un mensual combativo
de la izquierda americana. Sí, porque en Estados Unidos
hay una izquierda fuerte y activa (aunque a menudo es víctima
de ella misma, de sus propios errores y de sus divisiones internas),
en la época del capitalismo liberal más desenfrenado
y sin reglas y este libro viene oportunamente a recordarlo. Una
demostración convincente, para quien no lo hubiera observado,
que incluso en los Estados Unidos la lucha de clases, los fermentos
anarquistas, libertarios, socialistas y comunistas se difundieron
y proliferaron a partir de la segunda mitad del siglo XIX, siguiendo
las oleadas de migración europea hacia ese nuevo mundo,
rodeado de un halo mítico. Un país donde se puede
huir de la “anciana” opresión europea, un país donde
se puede rehacer la vida, the land of plenty… Esperanzas confrontadas
a la realidad de la “nueva” opresión, en la que los huelguistas
y sus peticiones relativas a las condiciones de vida y de trabajo
menos duro se afrontan a los garrotes y fusiles de las milicias
financiadas por el patronato, de esos robber barons cuyos nombres
ilustran normalmente los museos, las instituciones culturales,
etc. Este libro recuerda de qué carne y de qué sangre
se alimentan estas fortunas. De los linchamientos de los sindicalistas
a las operaciones clandestinas e ilegales organizadas por el FBI
de Hoover, obsesionado por el “peligro rojo”. Expediciones punitivas
de los Pinkerton (y aquí aparece también Dashiell
Hammett, detective de la agencia durante un tiempo, a quien le
habrían propuesto de eliminar, contra compensación,
al sindicalista Franck Little; Dash, al parecer, se negó pero
otra persona hizo el trabajo) al malévolo senador Mc Carthy,
en una sucesión de huelgas de masas y de represiones cada
vez mas duras, el autor nos narra la destrucción sistemática,
salvaje, científica de la oposición de izquierda
americana. Muchos se acordaran aún de Black Panthers o de
Weathermen, pocos, en cambio, se acuerdan quién eran los “wobblies”,
los Industrial Workers of the World. De la utopía al desencanto,
podemos decir como el autor que “la historia del movimiento obrero
americano continúa alternando las importantes conquistas
sociales y civiles con los inconfesables baños de sangre” (p.138),
en un país donde hay industriales que pueden “asumir la
mitad de los obreros porque matan a la otra mitad” (p.5). Una historia
de debates apasionados y de movilización valerosa, de ingenuidad
y de infamia (estas últimas deben casi siempre ser imputadas
a los mismos…) a lo largo de una carretera cubierta de sangre y
de injusticias, cuyos efectos se resienten todavía hoy,
después de haber invadido “el patio” de América Latina
con el triunfo de lo que era ayer el “complejo militar-industrial” y
hoy el sistema de corporaciones que, en homenaje al cruel dios
del Mercado y a su espíritu santo, el Beneficio (al que
tantas fuerzas de izquierdas se plegaron, lo que explica bien el
estado de las cosas…) están privatizando todo lo que pueden
(incluida la guerra) : hoy el agua, mañana quizá,
el mismo aire, si conseguimos salvar un poco de la contaminación.
Por eso, lo mínimo que debemos a Filippo Manganaro, además
de un profundo reconocimiento, es leer este libro bonito y a la
vez terrible, un antídoto saludable a la versión
corriente del pensamiento único neoliberal. Con el deseo
y la esperanza, que la lucha de clases no sea solamente un zombi
titubeante.

Zorro,
la historia y la anarquía