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>> Lecturas
Un
personaje de raza
Las
cosas de la muerte
Pablo Bonell Goytisolo y Empar Fernández
Tropismos • 2006
Javier
Sánchez Zapatero
Escrita
a cuatro manos por Pablo Bonell Gotisolo y Empar Fernández,
Las cosas de la muerte es una novela que, bajo su
aparente sencillez, resulta mucho más profunda e interesante
que esas obras grandilocuentes que intentan captar la esencia del mundo
y del hombre contemporáneos
de una forma tan artificial y pretenciosa que terminan por convertirse
en vacuas y artificiales. Sin querer epatar al lector en cada párrafo,
sin intención de que su novela sea recordada por los siglos
de los siglos, el tándem compositivo, autor también
de Cienfuegos,
17 de agosto, logra construir una historia que, como todas
las buenas historias, dice mucho más de lo que cuenta.
La trama, narrada con una omniscencia
absoluta y estructurada según
los cánones de la novela negra clásica, gravita en torno
a la figura de Santiago Escalona. Inspector de policía en la comisaría
del Raval, ha de investigar simultáneamente dos casos que le ponen
en contacto con dos formas de vida diferentes en una ciudad en la que
residir en el norte o en el sur es mucho más que una mera distinción
geográfica. Su doble búsqueda, que le lleva a recorrer
ambientes elitistas y adinerados y barrios conflictivos y marginales,
no hace sino poner de manifiesto la universalidad de la mezquindad y
la podredumbre moral cotidianas, que poco entienden de economías
y clases sociales. Decepcionado con su existencia, escéptico como
quien comienza a estar de vuelta de casi todo, pero aún tremendamente
sensible ante el sufrimiento del prójimo, Escalona se ve obligado
a resolver los casos durante un calurosísimo verano. La construcción
de esa asfixiante atmósfera de sed y sudor, que hace que determinados
pasajes sequen la boca del lector con la misma fuerza con la que el sol
golpea a los personajes, refuerza la sensación de agobio de un
personaje obligado a hurgar en íntimas miserias ajenas. Tal intromisión
está relatada, como toda la investigación en la que se
inscribe, con realismo y profusión de detalles relativos a las
rutinas profesionales, intercalando en ocasiones documentos policiales
en el desarrollo de la narración.
La obra parece nacer con vocación de inicio de saga. Se dejan puertas
abiertas en las tramas personales, se muestran leves retazos de personajes
que parecen condenados a crecer y, sobre todo, se perfila un protagonista
con demasiadas aristas como para ser despachado en una única entrega.
Escalona -en cuya figura se dejan entrever reflejos, y no sólo por
su lugar de trabajo, del desencantado inspector Méndez, antihéroe
habitual de Francisco González Ledesma- parece llamado a ser un
personaje de largo recorrido y a que se hable de él más allá de
esta primera novela. Esperemos que sus creadores opinen lo mismo, porque,
a pesar de que habrá quien ose catalogarla como obra menor, Las
cosas de la muerte resulta interesante, entretenida y escrupulosamente
bien escrita. Y esas son palabras mayores que ojalá puedan tener
continuación.

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