el policiaco en el punto de mira
n°5 Mayo-Junio-Julio de 2006

 

 

Castigo

Kentaro Okuba
Trad. Maria Marcos

 

En la oscuridad, jamás estamos completamente en la oscuridad… si acaso en la oscuridad de su alma. Cuando el corazón no cree en nada más y cuando la oscuridad roe, difumina, raspa, traga, parte definitivamente toda esperanza.

Está allí donde sus pensamientos, y la sangre fluye a gotas dolorosas de su boca masacrada. Tiene en las orejas un silbido que agota, la impresión sonora dejada por una máquina de tren que exhala el último suspiro, una máquina totalmente consagrada a una tarea repetitiva que perdería poco a poco su energía y su capacidad. Una máquina usada. El sonido de la derrota. El ruido asqueroso del fracaso es reconocible y detestable entre todos ellos. Este ruido lo traspasa hoy, pero tiene cura. Los últimos días fueron terribles. Derivaba de la torpeza y se dejaba deslizar en el fondo de los paños negros de la inconsciencia.

Se sacude pero consigue sólo reavivar sus heridas, y un gemido se le escapa. No es cuestión de bajar a la guardia. Podemos perder, pero no debemos ceder. Alrededor de él, en la oscuridad, el silencio es total, un silencio anormal para Tokio. Durante un segundo se pregunta si no se volvió sordo a causa de todos estos golpes en la cabeza. Pero no percibe ningún movimiento de suelo, ni una arruga, ni un temblor. Una tranquilidad sepulcral. Se encuentra en un sótano olvidado, una bodega perdida, en alguna parte, profunda, bajo la megápolis. Lejos de los circuitos habituales, porque no se siente ninguna ondulación regular que pruebe la proximidad del metro. Es un suburbio nuevo entones, uno de estos nuevos condominios, rico, reciente, adorado por los yakuzas y por su delirio de la discreción alborotadora. Equipo directivo, dorados en las ventanas, las puertas automáticas, porteros malayos, un conjunto disparatado de musgo, líquenes y chorros de agua que se bautiza jardín new-look. Lejos de Narita en todo caso, porque ningún zumbido de motor viene tampoco para desgarrar el tejido espeso del silencio. Ningún ruido. Un espacio aparte de Japón. Un lugar perdido.

Se concentra sobre la situación, pero no espera nada más. Sus tenientes lo traicionaron. La humillación suprema. La muerte en comparación no es nada más grande. Sus tenientes, alimentados de su carne y de sus ideales… sus tenientes lo traicionaron, por algunos millones de yens. Una propina apenas más lujosa que aquellos que les ofreció en el curso de los años largos y pasados. El perro se pone en dos patas para un tazón de sopa, dice el poeta. El poeta vivió seguramente muchas humillaciones para conocer tan bien la vida.

Intenta una vez más liberarse de sus ligaduras pero se incrustan más en la carne de sus brazos. Lo ataron como un asado.

Por fin, vienen buscarlo. Morir ahora, ya se ha intentado todo. Se deja conducir, sin mirar ni una vez la cara de los que lo arrastran. Se contenta con sufrir sus risotadas, sus burlas. ¡Dios, matar a alguien antes de morir!

Siguen un pasillo inmenso, simples paredes de hormigón bruto que se van al infinito y se distorsionan un poco en la lejanía, en la bruma roja de lo lejano, pero verdaderamente no puede juzgar el espacio exterior tanto, le hace daño en sus ojos. Sus pies no lo llevan siempre, intenta conservar la cabeza derecha, no abandonarse a un bamboleo obsceno, a una actitud de viejo saco podrido.
Por fin una interrupción, un cuarto con un techo más alto, mal alumbrado, puntos luminosos caen del cielo de hormigón. Lo sientan brutalmente en una banqueta, y contempla la asamblea flaca, una decena de hombres no más, en traje sombrío, corbata blanca, gafas de policía, cara de brutos.

“¿Quién es?” Pregunta una voz que conoce bien, y que viene detrás de él. No puede volverse. Apenas tiene fuerzas de quedarse sentado.
“¡Yamagata, jefe!” Gritan ambos hombres a su lado, tienen la voz grave y obsequiosa de sus antiguos tenientes, este tono de deferencia que empleaban con él hace apenas algunos días. Pero estos perros escogieron su campo, el campo de la voz que todavía interroga.
“¿Quién es?”
“¡Yamagata podrido, jefe!”
“¡Repita!”
“¡YAMAGATA EL LOPETTE !”

Se mueve sobre su banqueta, trata de darles una patada, con sus pobres piernas que no le obedecen más, se queja de rabia. Los otros dos se ríen, ruidosamente, uno hasta le tira la cabeza para atrás y le escupe en la cara, con objeto de mostrar quién es el esclavo ahora. Yamagata siente vaciar sobre su cara el líquido innoble, seguido por otras gotas, por el bien de otras gotas, como si esta carne de cerdo le mease arriba. ¡O, matar antes que de morir!

Un ruido extraño resuena de repente, al mismo tiempo que la lluvia de gotas redobla, un ruido de caldera.

Reabre los ojos. Una y otra parte su cuerpo está atado, dos hombres derriban en un deslumbramiento de sangre, su carótida cortada de forma nítida, y se agotan en fuegos artificiales rojos, alegres y bruscos, mientras que en su tráquea desolidarizada resuenan silbidos malsanos. El silbido del aire que se escapa por una vía nueva. Los mira caer sin comprender. Cubierto de su sangre. Ellos mismos tienen una última mirada asombrada. El de los cancerosos en fase de remisión que tienen un accidente mortal de circulación.

El jefe adelanta a Kotaro, pone en el suelo una katana con la lámina enrojecida, y se vuelve. Contempla un instante a Yamagata, sin decir nada, luego levanta los brazos en el aire, con un cierto fatalismo.
“¡Ves como es fácil matar, Kotaro! Hay algo estúpido en la muerte. No algo absurdo, como dicen los pensadores franceses, no, no, algo estúpido. La muerte es una tontería sin nombre.”

El jefe se parece poco a un jefe. Es rollizo como un vendedor al final de carrera, y sus cabellos negros, grasos y escasos, dejan ver la piel descolorida de su cráneo. Sólo sus ojos, fijos y centelleantes, revelan su estado de marginal. Ojos que no saben bajarse modestamente. Su voz es rococó, su sello grave, su cadencia lenta. Como si sus palabras debían inscribirse en la sangre. No se mueve.

“Siempre estoy herido por la estupidez de la existencia, Kotaro, siempre. Los hombres viven para reproducir los errores de sus padres, o de sus hijos. No distinguimos entre las generaciones más que gilipolladas. Tienen el dinero en la cabeza y en la avidez de pensamiento. Brutos, brutos, estoy rodeado de brutos, y me vuelvo brutal, me hago como ellos, a pensar poco, a actuar lamentablemente, y atravieso de parte a parte sus concubinas sin quererlo. ¿Verdaderamente crees, Kotaro, que quiero vigilar tus concubinas?”

No dice nada, su boca apenas funcionaría, y sobre todo no hay un sitio para una palabra de su parte. Es el que perdió, tanto perder hasta el fin. No hay otra solución para los perdedores.

“Y siempre cuando encuentro los errores, debo castigar al culpable, pero finalmente es siempre lo mismo. Es siempre el pequeño querido, aquel quien aparece como el mejor. Es el ensayo que quiere esto, el mismo mozo que se considera demasiado maligno. Falta habitual, castigo acostumbrado, te dices. Y es verdad que tenemos nuestras costumbres, es verdad que es fácil degollar a un traidor o a un tramposo. Es tan fácil emplomarlo a quemarropa, para arrogarle luego en un río. Es tan simple, tan rutinario. Y tan poco útil, ya que esto no basta con calmar otros gilipollas. Los que desean con ansia volver a hacer las mismas estupideces. No, no, Kotaro, es un círculo vicioso esta batea. Jamás ganamos contra la estupidez. Es un informe desequilibrado de fuerzas.” Levanta la mirada al cielo. La ampolla de la luz del techo es blanca y alucinante de pasividad.

“Ayer, vi a Saddam Hussein en la tele. Nuestros amigos americanos juegan también a nuestros juegos de gilipollas, pero por una vez, trataron de mejorar el sistema, de escoger una opción psicológica. Es siempre difícil para los estadounidenses escoger la psicología. Creen tan poco en la inteligencia. Pero allí, intentaron algo.”

Las palabras resuenan en su cráneo. Un tipo de hipoglucemia está ganándolo. Sobre todo no caer ahora. Sobre todo no perder prestigio. ¡Siempre, siempre, siempre guardar la esperanza de apoyarse un día este bello viejo!

El jefe continúa.
“Sí, vi este antiguo dueño del mundo de las arenas, este poderoso entre los poderosos, sucio, desorientado, los ojos perdidos de un perro callejero. Usque no descendam, dirían los romanos, que se conocían ellos en caídas y en desgracias…” Se calla un momento y sonríe. Lentamente. Comprende que nadie lo comprende en esta cuarto infame, ni la víctima, ni los verdugos. El viejo jefe saborea la soledad extrema de la cultura. El que sabe es único en un mundo de ignorancia de masa. La cultura es una carga costosa. Continúa sin embargo, por amor de las palabras y de las ideas. ¿No es un esteta, y sin duda el último en este mundo invadido por Tarantino y el McDonalds del pensamiento?

“Te preguntas, crápula, por qué evoco a Saddam, no comprendes nada a lo que digo y rumias tu venganza. Está bien, yo lo haría sin duda, si estuviera en tu lugar. Cree en mí, no somos muy diferentes el uno del otro, sólo nos separa un cerebro. No más. Nada más que esta piel cultural. Ves. Y yo, reflexioné mucho tiempo y mucho tiempo sobre tu suplicio y decidí que irías en los limbos. He aquí, decidí que no tendrías sitio entre los vivos, ni entre los muertos, que errarías para siempre, como un miserable, y al mismo tiempo, te lo reconozco, hay que reconocerles todo a los que no comprenden nada, como un modelo, como un ejemplo de lo que no hay que hacer. Quiero que para todos los hombres de la banda seas un modelo de lo que no hay que hacer, quiero que representes un límite infranqueable, quiero que horrorices, por tu simple supervivencia. Esto es lo que quiero.”

Atadas las manos en la espalda, la cuerda fina que traspasa la carne de sus muñecas, la mandíbula dislocada, la cabeza entumecida, el perdedor se queda bajo la avalancha de las palabras como un monje bajo el aguacero helado de la cascada. El monje busca una visión de Dios. Sufrir el castigo de un hombre. Casi es la misma tortura. El mismo escalofrío glacial que sube riñones y que invade el corazón. Espera que en alguna parte en el proceso una puerta se entreabre, para que se arroje allí y perezca o consiga, que importa la alternativa, con tal que vuelva a ser por fin el espacio de un instante dueño de su destino. Pero las palabras continúan lloviendo y el viejo dueño parece decidido a prolongar su placer. ¡Qué reviente!

Detrás del jefe, doce pantallas plasma que recubren la pared se encienden como un trueno. Sobre una imagen, única, un Saddam Hussein, sus ojos locos, su barba sucia, su apariencia de humano.

“Dentro de un momento, mis hombres van a ponerte en la calle, y te quedarás allí para siempre. Con reglas simples: uno, jamás debes salir de allí. Y tan pronto como ganarás un yen además del necesario para un tazón de arroz, te lo robaremos. Dos, para tu mujer y tus niños, es muy simple, ellos vivirán mientras no los vuelvas a ver. Si te acercas a ellos a menos de un kilómetro, morirán. Presta atención a no circular más que por los lugares infranqueables. Vas a vivir como él, allá arriba ves, como este loco de las arenas, encontrado en una madriguera de rata. Tú, Yamagata, tú que fuiste grande. Serás más lastimoso que los lastimosos, hediondo y maldito, una sombra de la ciudad. Comprendes.”

El jefe mira a Yamagata, y le esfuerza por mirarle con la misma intensidad. Se miden, se tallan, el odio es preciso. Yamagata esboza una sonrisa, algo que se parezca a una sonrisa. Es su último ataque posible. Perdió hoy. No, dice el jefe que lee en su mirada “no perdiste hoy. Estás perdido. Para siempre. Mis hombres van a seguirte sin interrupción y no podrás esperar ninguna ayuda, ningún consuelo, justo un cartón para dormir y pis de gatos como tisana. Un régimen de golfo. Deberá convenirte. Si mueres, yo mismo degollaré a tus niños bajo los ojos de tu mujer. Comprendes. Hace falta que estés bien de salud. Para ellos. ¡Eso es un encargo de familia, no! Se echan a reír ruidosamente, y se ríen cuando unos brazos poderosos se lo llevan. Ahora se desvanece, y no sabe donde está.

Una puerta metálica se abre, y bruscamente es arrojado sobre el asfalto. Es de noche. Golpea la cabeza y el dolor lo hace gritar. Todo su cuerpo está roto, y está acostado sobre la acera como un perro. Así como un perro, como Saddam en su hoyo a ratas. Roto, solo, humillado y vencido. Una patada en las costillas lo hace plegarse en dos, y una voz rococó, un aliento de whisky y de purito, escupe en su oreja. "El jefe dijo: Buena suerte, chusma. ¡Piensa en tus niños! "Cierra los ojos, el espíritu vacío, apenas consciente de la eternidad de sufrimientos que se le abre, y bajo su mejilla, el hormigón es tan duro… Tan duro…

 


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