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Universitario
en actividad y gran especialista de la cuestión norirlandesa,
Richard Deutsch debutó en el polar en 1999 con una trilogía
dedicada a Irlanda que está siendo estudiada hoy día
en la universidad de Cork. Las investigaciones las hacía entonces
Hippolyte Braquemare, profesor de civilización irlandesa en
la universidad de Rennes y muy implicado en las negociaciones entre
católico y protestante. En el tercer volumen Échec à la
Rennes (ediciones Terre de Brume 2000), el autor, antiguo
crítico
gastronómico, desarrollaba ya una intriga en la que la comida
ocupaba la primera plaza. Aficionado de la buena mesa, Hippolyte
Braquemare se lanzó a seguir a un mozo de cocina irlandés,
Seamos O'Laighume, que se cargaba a sus patrones uno tras otro. Seis
años después, en el 2006, Richard Deutsch vuelve a
poner la mesa con un investigador gastrónomo que recorre
las provincias francesas por su trabajo, con una libreta de buenas
direcciones en el bolsillo.
Sophie
Colpaert: ¿Cómo se le
ocurrió ese personaje que piensa tanto con sus papilas gustativas
que con sus neuronas?
Richard
Deutsch: Comer bien es una
preocupación esencial de los bípedos que somos
y por lo tanto de mi vida. ¡Debemos comer para vivir,
como decía Molière, y no vivir para comer! La
historia de la comida es apasionante. Para abreviar, comemos
para sobrevivir, cocinamos para agradar, hacemos gastronomía
para descubrir nuevos gustos. Doy varios cursos en la Universidad
Jean Moulin de Lyon -importante capital de la gastronomía
- de historia de cocina británica. Puedo decirles que
siguen mis cursos con atención y con pasión. ¡Sin
embargo el rosbif cocido puede parecer insípido! Esta
introducción
para llegar hasta mi personaje. Piensa mejor con la panza llena,
reflexionamos bien cuando las papilas (por lo tanto el cerebro)
están a gusto. Después de todo, las comidas de
negocios sirven bien a concluir grandes decisiones, ¿non?
Así he
querido crear un personaje que no está directamente
implicado en la cocina (no es ni un chef ni un cocinero), pero
que sabe apreciarla. Él,
reflexiona mejor sentado a la mesa, sin darse un golpe en la
frente como Colombo y sin masticar infames puros. A mi juicio
el tabaco destruye las papilas.
S.C.: ¿Hay
que ver en su gesto, sobre todo en La Bistouille mortelle de Lille,
con esa historia de bolsitas de comida liofilizada y de foie-gras
en bomba, una reacción contra las derivas de esta industria
agroalimentaria que nos hace confundir Roma con Santiago, que nos
vende colorante y aromas químicos en vez de productos frescos,
gelatina de cerdo en el arroz con leche? ¿Cómo hemos
llegado a este punto?
R.D.: Claro
que es una reacción, un grito de alarma como tantos otros. El
polar es, hoy, à mi juicio, el único lugar en el que
se puede hacer una verdadera investigación sobre la sociedad,
denunciar con argumentos, ¡de otra manera que con una
frase de tres palabras en los medios de comunicación!
Me cuesta comprender a mis contemporáneos que ya no
reaccionan. ¡Sin
embargo conocieron la salmonelosis, la vaca loca, la gripe
porcina, los pesticidas, la gripe aviar, et más cosas
todavía!
Todo esto debería incitarlos a reflexionar. Cuidado,
no digo que el bio sea mejor, porque por el momento el bio
nos deja pensativos, sobre todo cuando pasa entre las patas
de los grandes grupos alimentarios. Hemos llegado a este punto
simplemente porque ya no tenemos tiempo para cocinar, porque
ya no tenemos la oportunidad de plantar ensaladas, etc. En
efecto, la bolsita preparada, es la gratificación instantánea,
es el resultado de la cultura que reina: hacerse placer enseguida
y sin esperar. ¿Las
consecuencias? ¡A nadie le importan! Mañana será otro
día, ¿no es verdad? No lo creo: mañana
es hoy. Basta con ver los niños obesos de las sociedades
industrializadas que se hinchan de patatas fritas viendo en
la tele niños
africanos hambrientos. ¡Síntesis sorprendente
de nuestra sociedad!
S.C.: Las
novelas están
salpicadas de numerosos guiños a las costumbres alimentarias
(y no solamente) de los investigadores célebres, costumbres
que no comparte Hob quien, por eso, se parece más a un "verdadero" policía
que a un investigador de novela. ¿Es para usted una manera
de renovar el género?
R.D.: Fue
bastante inconsciente, pero reflexionando a esta pregunta, sí. Todos los personajes
de novela policíaca tienen costumbres y manías que
los hacen especiales, las costumbres alimentarias aparecieron hace
poco - unos veinte años- para renovar el género.
Y además con todas las prohibiciones que sazonan nuestras
vidas (ni tabaco, ni alcohol, ni sexo, ni velocidad, etc.) ¡qué difícil
es que los autores creen personajes "aceptables" para los editores
en el contexto de nuestras sociedades obsesionadas con la "actitud
correcta"!
S.C.: Se
habla mucho en las novelas, del tiempo pasado a mesa, que no es nunca
tiempo perdido, de la tranquilidad que procura una buena comida,
que se trate de un plato simple o de una cocina más elaborada, y sorprendentemente, se cocina muy
poco. ¿Paradoxal o no?
R.D.: Por el momento, sí,
pero "yo instalo" mi personaje. ¡En otras aventuras, se le
verá, un poco, en la cocina! Lo que también hace
falta, es una dosis hábil que permita que al lector se le
llene la boca de agua sin aburrirle con vastos detalles técnicos.
Uno de mis platos favoritos, que me encanta hacer, son las ostras
escalfadas. Tiempo de preparación: un poco más de
tres horas. Tiempo de degustación: tres segundos. Para
decir la verdad, a los invitados les da igual el tiempo que
has pasado en la cocina, ellos saborean y es lo principal.
Me parece que es similar en las novelas.
S.C.: ¿Veremos un día
Hob explorar gastronomías extranjeras?
R.D.: Pues claro, Hob,
que ya tiene cierta edad, ha rodado bastante por el mundo.
Una próxima novela, le verá en Pekín en los años
1980. Justo después de la muerte de Mao y todavía
bajo los comunistas puros y duros. Lo que no impedía
la excelente cocina china.
S.C.: ¿Planea usted, uno
de estos días, si no lo ha hecho ya, crear una obra que se
refiera únicamente a la gastronomía?
¡Qué tentación!
El comisario Hob me ayudará, quizás, a someterme.
Para conocer mejor Hob, le
damos cita en la Tribune Hob o la imposibilidad
de investigar con el vientre vacío.
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