Helga Anderle
Traduccion: Numidia Rodolfo
Nacida en Viena, crecio
en Viena y Valencia(Espana). Curso estudios lingüisticos en
Espana, Suiza y Francia. Trabajo en organizaciones internacionales
en Ginebra y Viena. Desde los anos 70, es periodista para distintos
medios de Alemania e Austria.
Ha realizado numerosas publicaciones
de narraciones, ensayos y novela policiaca en publicaciones literarias,
revistas y antologias en el pais y en el extranjero ( por ejemplo en
Australia, Alemania, Espana, Japon, Korea, Chechoslowakia, Bulgaria,
Suiza, Mejico y Estados Unidos.
Editora de la primera antologia
internacional de novela negra femenina, que se publico en varios paises.
Coeditora de una antologia internacional de autores de la AIEP. Una
antologia con sus propios cuentos fue publicada en la editorial Fischer,
Frankfurt. Escribio un guion para una pelicula para la television austriaca.
Durante
su vicepresidencia de la AIEP organizo la decima conferencia de la
organisacion en Viena (1996)en conjunto con el festival Otono mortal,
en el cual cooperaban muchas instituciones literarias, culturales,
ministerio de cultura, ayuntamiento de Viena, universidades, embajadas,
radio y television.
En 2004 gano el concurso internacional
en memoria del autor bulgaro Attanas Mandajieff con su cuento “Winterreise”.
Ultimamente tradujo un libro de poesia del autor columbiano Darley
Rojas Castaneda.
En
la época de la post-guerra el café situado justo detrás
de la ópera era un lugar de encuentro muy preciado por contrabandistas
y agentes secretos internacionales. Después de esa época
casualmente llegaban hasta allí algunos turistas extranjeros,
pero la mayor parte de las veces se llenaba de lugareños, dentistas
que en su tiempo libre tocaban al chello, viudas incontinentes de altos
funcionarios, locos que pretendían componer el mundo, comparsas
de la ópera y funcionarios jubilados que se sentían
a gusto en ese ambiente aterciopelado venido a menos.
Con
el traspaso a un consorcio japonés y la renovación
insensible a que fue sometido el lugar en los tardíos años
setenta, le fue exorcizado su encanto decadente y mórbido, alejando
con ello a sus clientes de siempre. A partir de esa época el local
fue frecuentado principalmente por grupos turísticos japoneses
que o bien se fotografiaban unos a otros degustando los típicos
postres vieneses o incluían en este quehacer al mesonero de turno
con su habitual “please, take a picture”.
Pero
ese día, las dos damas de mediana edad, aunque de inequívoca
procedencia nacional, también mantenían al trote al camarero
de turno. Ya habían cambiado dos veces de sitio, aparentemente
picadas por el caos asiático, para acomodarse, ocultadas por un
filodendro de plástico, engañosamente auténtico,
en uno de los nichos más apartados de tal manera que el camarero
en cada pedido debía apurarse en toda la longitud del local. Primero
habían pedido café – un Melange, una taza de café Gold – para
acompañarlos comieron pastel de manzana de hojaldre y torta de
arándano; un poco más tarde la espigada y elegante rubia
le hizo señas al camarero que se acercara para pedir una bebida
fuerte. Sin pensarlo mucho les recomendó una “esencia de frambuesa” – su
aguardiente preferido. La otra – pequeña, embutida en un sastre
gris demasiado angosto con una rizado malogrado marca “Lava-Alambres” si
bien protestó al comienzo, ya en los primeros sorbos le había
cogido el gusto. Después de la tercera copa aunque sus rasgos
ya se notaban descarrilados, su lengua ganaba velocidad. No fue nada
extraño que cuando finalmente se levantó para despedirse
de su anfitriona, se tambaleara. Preocupado, el camarero no la perdió de
vista. Cuando se cayó con estrépito la primera silla con
la que tropezó en su camino, acudió inmediatamente, la
tomó discretamente por el codo y la condujo segura por todos los
obstáculos que había alrededor.
Afuera,
despabilada en cierto modo por el frío vespertino, la
rellenita comenzó a entender que se había dejado envolver
por una maquiavélica de primer orden y…a su gusto. Por supuesto
que se había sorprendido de la invitación y al principio
se había sentido desconfiada. Pero esa pelmaza primero la había
obnubilado con zalamerías, haciéndole soltar la lengua
a punta de aguardiente – y en seguida había revelado todos secretos
sobre su jefa. Esto le había sentado muy bien, soltar de una vez
por todas la frustración que tenía en el alma. Sobre todo
que, como contra partida, se había enterado de algunas cosas supremamente
interesantes. Esto si que sería divertido cuando el lunes esa
gordiflona la sorprendiera esa novedad como un baño de agua fría…
Un
tanto alterada y de muy buen humor la rubia decidió dar un
paseo y ver las vitrinas de la Kärntnerstrasse antes de irse a casa.
Se felicitaba a sí misma de habérsele ocurrido la idea
de chismorrear en el café. Gracias a esa increíblemente
estúpida chismosa se había enterado ahora hasta el más ínfimo
detalle y todavía tenía tres días de tiempo para
considerar la mejor manera de proceder. Cuando tuviera el comando en
la redacción pondría de patitas en la calle a esa chismosa – una
persona desleal, falta de atractivo e intelectualmente inferior.
***
Con
toda la precisión con la que Madame Zolara vaticinó los
resultados del fútbol, de las elecciones y otros sucesos que conmovían
a la nación – con su pronóstico: “Austria puede estar feliz
de que va a tener un verano ensoñador” la popular vidente pelirroja
se equivocó totalmente. Para ser finales de julio hacía
demasiado frío, el fin de semana había nevado en las montañas.
De igual manera el viento que esa mañana silbaba por Viena estaba
helado. En la redacción de la revista Gourmet “ La Table Ronde ” algunas
personas incluso habían permanecido con sus chaquetas y abrigos
para no congelarse. Sólo Leonore Kröger no se congelaba.
Sudando, estaba sentada de nuevo en su escritorio después
de una semana de ausencia.
Aunque
en las últimas 24 horas no habia comido más que
bizcochos y té, se sentía esponjada como una albóndiga.
Era simple y llanamente paradójico: la semana pasada, al visitar
los famosos palacios de la gastronomía nacional, había
paladeado diariamente las mejores champañas, vinos y licores y
para acompañarlos había consumido las más exquisitas
creaciones de los geniales jefes de cocina. Pero lo que, para cada gourmet,
podría ser un viaje de ensueño por una tierra encantada – para
un profesional de la comida, era un verdadero martirio. Todavía
después de varios días la martirizaban las molestias propias
del oficio que sufrían los comilones de largo aliento: agrios
eructos, rescoldera, agruras, saciedad, estreñimiento y grotescas
flatulencias. A pesar del tibio té de manzanilla que le había
pedido a su secretaria Anni y las pastillas que tomaba constantemente,
su estómago no paraba de rumorear y hacer retortijones. Lástima
que no lograra meterse el dedo en la garganta; con este método
lograban aliviarse muchos de sus colegas menos delicados.
Por
experiencia propia su aparato digestivo se tranquilizaba después
de un par de días de dieta estricta. Peores eran las consecuencias
a largo plazo: por cada recorrido en donde comía hasta atiborrarse,
se acumulaban irremisiblemente nuevas protuberancias grasosas en la barriga,
caderas y piernas, de tal manera que su figura, que siempre fue la de
una Valkiria, lentamente se iba convirtiendo en un deforme coloso. El
hecho de que en la redacción la motearan “La Venus de Kilo” era
casi un halago.
De
nada valía hundirse en una situación de autocompasión.
Lo más apropiado sería calmarse y proceder con el orden
del día. Cada profesión tenía su lado flaco, también
la de ella lo tenía. Lo más desagradable de su profesión
eran las amenazas, por carta o por telefono, que por supuesto siempre
eran anónimas, con las cuales tenía que contar cada vez
que aparecía su columna. Ya hoy en la mañana, Anni le había
colocado una pila con las peores descargas en su escritorio.
Por
supuesto que estaba preparada para hacer una discusión abierta
y limpia. Pero con amenazas anónimas no la iban a destruir. Después
de todo, ella era la Kröger, la indiscutible doyenne de la crítica
Gourmet. Sólo de ella era el mérito de haber llevado al
país de las milanesas y el cochino asado, a un nivel culinario
internacional. Aún con todo que la odiaran, sin ella la gastronomía
nacional hubiera seguido durmiendo un sueño permanente en su
penumbra.
Cocinar
era una profesión fascinante, Leonora no tenía
nada en contra de los juiciosos artesanos de la cocina. Pero, su admiración
era para los cocineros geniales que con su creatividad, arrojo y pasión
elevaban la cocina a un arte. La mayor parte había absuelto la “Tour
de Bueyes” a través de restaurantes franceses, suizos y del Lejano
Oriente de tres estrellas. Otros, en cambio, habían consentido
durante años el paladar de pasajeros en cruceros de lujo, antes
de que tomaran el riesgo, con sus ahorros y créditos bancarios,
de abrir su propio local. Era terriblemente difícil llegar a la
cúspide cocinando. A veces tardaba años un sitio secreto
se convertirse en lugar de peregrinación de alta cocina para gourmets
apasionados que aguantaban alegremente hasta la más penosa
marcha.
En
su poder estaba acelerar ese proceso. Mientras más enaltecidamente
se pronunciaba sobre un local, más rápido seguían
los gourmets sus recomendaciones, los cuales se encontraban siempre a
la búsqueda de novedosas experiencias culinarias. Pero, pobre
de el, si un cocinero que acariciaba la idea de que ella le otorgara
una gorra lo desenmascarara como a un chapucero. A partir de allí,
el local ya sólo podría dedicarse a dar de comer a turistas
de autobuses domingueros, paladeadores de milanesas o simplemente podía
declararse en quiebra de inmediato…
Mientras
tanto ya era mediodía, su miserable estado seguía
inalterado y todavía no había escrito ni una línea
de su informe. Como si pudiera leer pensamientos, vino su secretaria
con una jarra de té recién preparado.”Necesita algo más?
Ya es mi pausa, me voy a comer”. Con el picaporte en la mano, se acordó todavía
de algo. “No se olvide señora Kröger, a las cinco, el nuevo
jefe de la editorial quiere hablar con usted”.
Cuando
Leonore quiso darle las gracias, se le escapó un eructo
involuntariamente. “Perdón”, se disculpó avergonzada. “Ah,
Anni, dicho sea de paso, usted no me ha contado todavía, lo que
ha pasado mientras tanto en la redacción. Hay algunas reacciones
al llamado de boicot que he hecho? Ya se han puesto de acuerdo, quien …” No
recibió respuesta alguna. Ya la secretaria se había marchado.
Penosamente
se incorporó de su silla. De buena gana se hubiera
ido a casa. Pero, por otro lado, no podía permitirse cancelar
la entrevista. Lo que ahora necesitaba urgentemente era aire fresco.
Se levanto con esfuerzo para abrir la ventana. Le quedaban apenas dos
horas para prepararse para la reunión con el Jefe de la editorial.
Seguro
que le iba a reprochar el suicidio del chef de los “ Tres
Dragones ”. Este acontecimiento le había causado mucho
daño al periódico – casi que ningún restaurante
quería anunciar en él. Todos le echaban la culpa, aunque
ella sólo había expresado la opinión objetiva,
de que el nivel de la cocina no podía ser peor, que el servicio
era malo y que en cualquier tabernucha de la periferia servían
un mejor Beuschel que en este noble y costoso local.
Pero
también podría tratarse de las cartas que había
enviado antes de su viaje, a todos los restaurantes con estrellas para
asegurarse de su lealtad, luego de que le habían llegado a
tiempo rumores de que la revista rival estaba haciendo un golpe contra
su monopolio de distinciones y estaba planeando la entrega de un Trofeo Gourmet .
Una idea loca que se debe haber imaginado esa flacuchenta del Feinspitz .
Ningún restaurant se atrevería a oponerse al boicot a ese
Trofeo, al que ella había convocado categóricamente
en sus cartas.
De
su corto paseo se sintió mareada. Quejándose se dejó caer
en la silla. Una ráfaga de viento sacudió las ventanas,
la corriente de aire frío le puso la piel de gallina en la espalda.
Por un instante una sombra oscureció la ventana, pero antes de
que su cerebro atiborrado conectara las percepciones casuales con los
reflejos para señalizarles la expulsión de adrenalina,
con su consecuente huída o defensa – ya era tarde.
Sintió la puñalada en lo más profundo de su espalda
pero ningún dolor. Ni riesgo de imaginarse ni en lo más
mínimo el daño que el cuchillo carnicero había causado
en su interior. El chorro de sangre de las venas cortados ya inundaban
ambas cámaras del corazón. Muy pronto, el papel secante
que servía de base a su escritorio, estaba empapado de sangre
y del pequeño cauce que
se
había formado debajo de la parte derecha de su pecho ya caían
las primeras gotas verticales por el brazo. Por poco tiempo se acumulaban
en la yema del dedo del corazón, hasta que la primera gota indiscreta
se soltó chocando contra el suelo en una pequeña fuente
microscópica.
Un
poco antes de que Leonore perdiera el conocimiento pudo saborear,
como última gracia, una increible experiencia gustativa, que estuvo
persiguiendo en vano toda su vida. Como por un milagro, una salsa holandesa
superbe, acarició las papilas gustativas de su lengua como un
complemento armónico de una punta de espárrago suavemente
amargo. Después cayó muerta.
El
grito de Anni se oyó hasta los últimos rincones de
la redacción y a todos los presentes les dejó paralizada
la sangre en las arterias. Atraídos magnéticamente por
el tono de sirena, corrieron uno tras otro hacia el pasillo. De puro
horror se le había caído a Anni la taza de café de
la mano y su vestido estaba completamente empapado del brebaje negro.
Petrificada, estaba parada delante de la puerta y señalaba
mudamente con su mano derecha temblorosa hacia el escritorio.
El
cuerpo voluminoso de Leonore cubría gran parte del tablero
de la mesa. A distancia, el espectáculo recordaba a una morsa
varada a la orilla del mar. La cosa alargada que se elevaba de su espalda,
era inequívocamente el mango de un cuchillo de matarife.
Meyer,
el director artístico fue el primero que logró conseguir
hablar de nuevo: “Qué matanza, asqueroso! Alguien tiene que llamar
a la ambulancia”. Todos clavaron la vista hechizados por la espantosa
escena, nadie se movía. Al fin Gerda, la jefa de los anuncios,
hizo un esfuerzo para decir: “Yo hice un curso de primeros auxilios,
quizá viva todavía”.
“Eso lo ve hasta un ciego, que está tan muerta como el Ötzi.
Este es un caso para la policía. No se puede creer que ella misma
al rascarse la espalda… Alguien la ha apuñalado!” increpó Tillmann,
el jefe redactor suplente, con conocimiento de causa.
“Un asesinato, me muero” gritó Anni y sus chillidos histéricos
acallaron con su fuerza las agitadas especulaciones con que fueron
tomadas las palabras de Tillmann.
“Es suficiente con un cadáver, ahórrese el teatro”, dijo
Tillmann llamándola severamente al orden.
Una
sola mirada a Leonore le bastó al médico de emergencia
de los Sanjuanistas para darse cuenta de su llegada tardía.
El y su tropa dieron media vuelta y se fueron.
Luego
llegó la policía. Primero dos uniformados, que no
eran los competentes y para quienes la situación los desbordaba
claramente. Luego vinieron tres civiles, de los cuales se notaba que
el más corpulento y de más edad era el que tenía
algo que decir. El hombre de cabello rizado, rechoncho, con el carácter
bonachón de un bernardino, se presentó como el inspector
Schöberl. Como primera medida mandó de vuelta, en tono más
bien brusco, al personal de la redacción a sus sitios de trabajo. “Por
favor, señoras y señores, no hagan ningún tipo de
alharaca, sino, sigan nuestras instrucciones! Y que nadie se vaya de
aquí, hasta que no les hayamos interrogado a todos!”
Pronto
reinaba en el lugar de los hechos una actividad acelerada y ruidosa.
Después de una media hora Schöberl dio el visto bueno para
retirar al cadáver. “Tengan cuidado, señores, no se me
vayan a herniar!”
La
patóloga, rubia de enérgico temple y de mordedura prominente
se deshizo de las preguntas con parcas palabras. “Me la voy a llevar
ahora; después del examen sabré más. Murió hace
poco, está todavía caliente.”
Schöberl colocó el cuchillo de carnicero ensangrentado en
una bolsa de plástica. “El Corpus delicti debe ser examinado cuidadosamente
para determinar las huellas digitales”, instruyó a sus colaboradores.
La procedencia ya estaba aclarada: Anni Hofer, la secretaria de la asesinada,
había notado inmediatamente que del set de seis cuchillos de la
repisa tras del escritorio, faltaba uno. “Formaba parte de un regalo
de un cliente de anuncios. La señora Kröger lo había
dejado en la oficina porque le parecían muy afilados… ella tenía
miedo de herirse con ellos!”
Schöberl se libró, con un chasqueante sonido, de sus guantes
de goma. Qué mala pata que su colega Hirschmann, justo desde hoy,
se encontrara de vacaciones. Ahora tenía que cargar con el caso.
Buen reparto le tocó. Justo ahora en verano un asesinato en el
círculo de los reporteros. Que les viene muy al dedo a esos chupatintas.
Ojalá que pronto haya un resultado, para poder cebar las jetas
de la voraz jauría.
El
inspector se asomó a la ventana; la amplia espalda encorvada
bajo el peso de la responsabilidad, las puños apretados por la
tensión de tal manera que los nudillos saltaban a la vista por
su blancura. Siempre le gustó ser policía nunca quiso ser
otra cosa. Últimamente se sentía como un hámster
en su rueda.
Todavía le faltaban dos años para la pensión..
Dormir a gusto, holgazanear, plantar tomates en su huerto, pescar con
caña. Quien sabe con cuantos criminales tendría que ver
todavía antes de que llegara el momento. Por lo pronto estaba
a la vista su ascenso que se lo podía quitar de la cabeza si no
aclaraba antes el asesinato de la Kröger.
La
ventana daba a una deprimente pozo de luz. En la angosta cornisa
de la ventana de enfrente un palomo en celo trataba de conquistar
a una hembra. De resto no había más que paredes grises de las
cuales se desconchaba el revoque, los cristales de las ventanas estaban
petrificados de sucio y en la planta baja al lado de los desbordados
basureros estaba un colchón desechado. Que contraste entre la
desolada parte trasera de un edificio Art-Nouveau y su fachada brillantemente
pulida. Adelante deslumbrante, atrás maloliente. A Schöberl
le parecio de alguna manera sintomático para esta ciudad.
El
amplio y claro salón, en el que normalmente se celebraban
las conferencias de la redacción, fue requerido por corto tiempo
como cuarto de interrogatorio. El inspector interrogó primero
a Anni Hofer que pálida y todavía consternada tomó asiento
frente a él, frotándose con un pañuelo la parte
húmeda de su vestido.
Ella
no había visto nada. Ella juró por todos los Santos
que había abandonado su puesto a lo sumo diez minutos para hacer
café. A pesar de eso, desde la cocina donde preparaba el café,
podía observar la entrada. Ni siquiera un ratón hubiera
podido entrar inadvertido.
“Usted conocía bien a la muerta. Usted tiene una sospecha de
quien…”
La
secretaria apartó la vista del inspector, miró el suelo
y sacudió la cabeza. “Los críticos gourmets se hacen enemigos
por todas partes. Mi jefa recibía constantemente amenazas de muerte,
una enorme cantidad de cartas y llamadas por supuesto siempre anónimas.
Luego de que el chef de los “ Tres Dragones ” se había
ahorcado después de su aguda crítica, la situación
se puso sumamente grave…”
“Lo mejor es que nos de una lista…tendremos que mirar con lupa todos
los locales”. Apenas pronunció la frase, se arrepintió de
haberla dicho. Si la mujer era digna de confianza, el asesino debía
estar en la redacción. Si no, como podía entrar inadvertido?
Schöberl clavó la vista en el vestido empapado y arrugado.
Pero no logró imaginar a esa mujer, que tenía el carisma
de una pastilla de valium, con un cuchillo matarife en la mano.
“Y como era su relación? Era querida su jefa en la redacción?” preguntó cuidadosamente.
“En lo que a mi respecta me llevaba bien con ella” respondió la
Hofer rápidamente.
“Y los demás?”
Otra
vez sacudió la cabeza. “Bueno, ella no era un turrón
en almíbar …La señora Kröger era muy exigente, una
típica virgo…Alguien así no sólo adquiere simpatías… pero
que uno de nosotros la haya…imposible!”
Schöberl calló un momento. “Y su vida privada?Había
aquí alguna dificultad ¿ Amantes celosos o algo por
el estilo?”
“Amantes?” La secretaria se rió por un momento. “Perdone usted,
que me ría, pero usted ya debe haberse hecho un cuadro de ella,
o no? No, no…la señora Kröger estaba absorbida por su trabajo.
Además de su madre y un par de gatos no tenía a nadie…pero
si tenía dificultades profesionales en cualquier cantidad!”
El
inspector aguzó los oídos. “Con respecto a qué?”
“No me tome usted por una chismosa ... pero deseaba ansiosamente tener
el puesto de jefe de redacción, en vano… yo se de fuentes fidedignas
que sus días en la redacción estaban contados…”. La secretaria
se calló abruptamente, cómo si hubiera dicho demasiado. “Lo
mejor es que usted mismo hable con el nuevo director, hoy hubiera reventado
la bomba, si la señora Kröger no hubiera fallecido antes…”
Antes
de que Schöberl dejara salir a la secretaria, le pidió las
cartas anónimas así como copias de las últimas críticas.
Tillmann,
fue el siguiente, Jefe de redacción suplente, ya cerca
de los sesenta, vestido correctamente de traje gris con chaleco, con
una decente corbata gris clara, el pelo cano todavía abundante,
cuidadosamente peinado con secadora, daba la impresión por su
apariencia de querer personificar el tipo ya casi en extinción
del “león de salón”. Nada más cerrarse tras él
la puerta se disparó a hablar antes de que le preguntaran.
“Yo ya sabía, que iba a terminar así… Las mujeres no son
apropiadas como críticas gourmets…no tienen ni idea de las finezas
de la Haute Cuisine … Estoy harto de que cada vez más, en
mis seminarios de vino, se inscriben esas
superfluas
codiciosas para hacer carrera…por todas partes quieren inmiscuirse,
en la economía, en la política, hasta en la orquesta filarmónica … ultimamente
también quieren brillar como vinólogas.” Su locuacidad
se agotó cuando se le acabó el aire. Schöberl aprovechó la
pausa para hacerle una pregunta.
Tillmann
resopló desdeñoso. “Enemigos? La vieja tenía
más enemigos que un perro tiene pulgas…En todas partes chocaba
por su manera arrogante y su actitud de sabelotodo...Usted seguramente
ya oyo del suicidio…”
Schöberl asintió.
“Como jefe redactora nos hubiera arruinado por completo y eso no lo
digo yo, porque yo mismo…” La frase quedo inconclusa.
Suéltelo de una vez, le sugirió el
inspector.
Pero
Tillmann solamente se encogió de hombros. “Tja, lo tengo
que desengañar, yo tengo una coartada…estuve toda la tarde en
la imprenta…”
Meyer,
el director artístico dejó el recado de que momentáneamente
estaba ocupado. Schöberl lo consiguió en el estudio de fotografías.
A diferencia de las pálidas figuras que había conocido
hasta ahora, Meyer estaba vestido de una manera extravagante. Su figura
grande y desvencijada estaba metida en una indumentaria con un estampado
aventurero. Los oscuros bucles estaban domeñados en forma
de trenza sobre la nuca y su apariencia era la de una reina hippy
de discoteca.
Rodeado
de reflectores y envuelto en un barullo de cables a manera de serpientes
se encontraba componiendo un bodegón culinario. El
punto principal de lo que acontecía era una mesa redonda con porcelana
selecta, fina plata y un arreglo floral azul y blanco. Adelante, sobre
un plato, lucía un pedazo de torta Sacher.
Involuntariamente
a Schöberl le dio escalofrío cuando tuvo
que ver al asistente de fotografía rociar, sobre la torta, una
inmensa porción de espuma para afeitar.
“En la foto se ve mejor que la crema batida”, aclaró Meyer riéndose. “Mejor
vea para otro lado sino se le va a quitar el apetito. Le pidió a
Schöberl que esperara hasta que la imagen estuviera en la cámara.
Sin embargo, Schöberl sintió como lástima cuando
el incomible objeto fue a parar finalmente a la basura.
“Yo estuve desde las 8 en el estudio; además soy un corderito
pacífico que no podría jamás… No quiero ni pensar
en las pesadillas que tendré en el futuro… que cantidad de sangre,
huacala! Quién pudo haber sido? Seguro una revancha…la Kröger
era una purista, el látigo de la gastronomía mediocre…abominaba
profundamente el zeitgeistiges larifari, chichas de moda, efectos superficiales…más
papista que el Papa, creo que se pasó de la raya”.
El
inspector recogió a su tropa. Del interrogatorio de sus colaboradores
tampoco resultó ninguna sospecha en concreto.
*
Cuando
a la mañana siguiente, Schöberl se puso una porción
de espuma de afeitar en la cara le dio escalofrío. Desde su niñez
era amante de los dulces. Ojalá no le quedara un trauma de
tortas Sacher.
Del
informe de la autopsia que le llegó a su escritorio alrededor
del mediodía no resaltaba nada que pudiera traer luz al caso.
Casi como una tarea adicional determinaron que la difunta, entre otras
cosas, había sufrido de inflamación aguda del hígado
y una grave gastritis y que, en vista del desolado estado de su aparato
digestivo, hubiera vivido máximo un año más. Tal
como se había esperado las graves hemorragias internas ocasionadas
por el ancho cuchillo habían conducido a la muerte, que tuvo
lugar a las 15.30 horas.
La
causa del deceso, la hora del hecho y el arma no encerraban ningun
misterio. Sólo quedaba la pregunta de quien era el asesino y cómo
podía haber entrado sin ser visto. Aparentemente, la difunta
no era muy querida por sus colegas en la redaccion. Era muy posible,
que alguno de los cuestionados, sobre todo la secretaria, hubiera mentido.
Por
otro lado al inspector le parecieron plausibles los indicios de un
presunto acto de venganza por parte de la rama gastronómica.
Si lo quería confirmar tendría que, mal que bien, recorrer
todos los restaurantes que la señora Kröger había
criticado severamente en los ultimos meses.
Debido
a la cocina de su mujer y de la pésima comida que le daban
en la cantina el sentido del gusto de Schöberl, para la Haute Cuisine,
estaba arruinado. El sólo pensar que al visitar restaurantes le
propusieran probar caracoles e incluso anclas de rana, le provocaba náuseas.
Al
principio de la lista que le había dado la secretaria aparecía
el restaurante “ El pato azul ” . Schöberl llamó para
estar seguro de no llegar en mitad del ajetreo. Entonces se puso en camino.
El local todavía estaba cerrado. El camarero mayor en jersey casual
y jeans lo dejó entrar por la puerta trasera. Schöberl rechazó,
agradeciendo, la champaña ofrecida. Sin embargo, a una taza de
café no le pudo decir que no. El mesonero se acordaba todavía,
vivamente, de la visita de la difunta:
“Ella vino de manera incógnita, sola. Como plato principal pidió estofado
de cordero con albahaca y para ello un Beaujolais. Apenas probó el
vino torció la boca y aseveró que estaba demasiado caliente.
Exigió que se le trajera una cubeta con hielo! Esto hay que imaginárselo!
Un sacrilegio monstruoso! Al cordero sólo lo estuvo hurgando e
inmediatamente lo puso de lado. En el mejor de los casos, este enmohecido
animal de establo, era más bien apropiado para comida de perro…De
esa manera continuó hasta que la cosa cambió de castaño
a oscuro y fue a buscar al jefe de cocina. Aquí ya se formó la
gran tormenta … ¡Qué vergüenza ese escándalo!.
Renunció al postre y en su lugar pidió la cuenta. Se jugaron
la gorra, declaró al salir del local, ella no era, de ninguna
manera, ningún saco de dinero que por un plato vistoso esnobista
se dejara sacar de la cartera, sino la Kröger de La Table Ronde .
Esa canalla presumida!”
El
chef, que exhalaba sudores y vapores de cocina, certificó que
había ocurrido de esta manera y no de otra. “Pero, por suerte,
no dañó nuestra reputación ya que inmediatamente
después de lo sucedido la Homolka de la revista Feinspitz nos
propuso para el Trofeo Gourmet .”
Los
dos hombres confesaron voluntariamente que ellos, de muy buen gusto,
hubieran degollado esa gorda al instante. Para la hora del asesinato,
sin embargo, ellos tenían una coartada. “Que se cree usted, que
pasaba ese día en el restaurante desde la mañana trabajamos
como negros. En la noche teníamos una cena de beneficio para refugiados
del Kosovo… 200 invitados, una cantidad notable de prominentes de la
política, el arte y la economía, vino incluso hasta la
televisión”, aclaró el jefe de cocina. Agradeciendo, Schöberl
desistió de la enumeración de los distintos platos y se
despidió rápidamente.
En
el restaurante “ Steinkrug ” ya se sabía de la muerte
de la crítica gourmet y tampoco aquí se lloraba por ella
ni una sola lágrima. El propietario del local y su joven chef
estaban de acuerdo en que ellos nunca antes habían sido tan desacreditados
como por esa sucia, desaliñada. “En el paté de higado hay
demasiada grasa…la salsa del lucio es una tragedia, demasiado condimentada
y recargada. Ustedes tienen que aprender mucho todavía, antes
de que se hagan esperanzas de una condecoración, jovencito” imitó el
cocinero, en falsete, la voz de la señora Kröger. Nos echó un
sermón en público como a unos aprendices. El joven no tuvo
reparos en decir, delante de Schöberl, que había
insultado
rudamente a la crítica gourmet y que la había
echado sin miramientos. “Cualquiera que lo hubiera hecho debería
recibir una medalla. Esa grasosa morcilla no se merecía otra cosa”.
Pero para su mal, el rabioso maestro de cocina también tenía
una coartada de la que no podía desconfiar.
Toda
la noche Schöberl se movió intranquilo en la cama.
Constantemente se levantaba sacudido por sus pesadillas, donde se ahogaba
bajo montañas de carne y aludes de batido de huevos. A todo esto,
todavía no había visitado todos los restaurantes. Si tenía
mala suerte, las pesquisas podían demorarse infinitamente.
A
la mañana siguiente se sentía molido y hubiera preferido
quedarse en cama. Pero antes de que ese maldito caso no se aclarara él
no se podía dar el lujo de tener debilidades. Sin ganas hundió su
media luna en el café con leche.
“Dios mío, ¡Qué cara tienes hoy!, te estás
destrozando con ese caso”, observó su mujer.
“Si no fuera por el ascenso no movería ni un dedo” gruñó Schöberl
de mal humor. Oyendo como su mujer crujía con el periódico
ya se imaginó lo que se le venía encima.
Al
contrario que él su mujer creía, a pies juntillas,
en el poder de las estrellas y le leía regularmente el horóscopo
del periódico. Una vez se hablaba de una inesperada lluvia de
dinero y ella le suplicó que por favor rellenara un billete de
lotería. Como era muy flojo, en vez de andar marcando crucecitas,
con un billete de cien se compró un par de cupones de lotería.
Por supuesto que de lluvia de dinero nada. Con los pendejos 200 chelines
que ganó le compró a su mujer un lindo ramo de flores.
Ella estaba fuera de sus casillas porque el pronóstico había
sido acertado.
Mientras
tanto su mujer había encontrado algo. “Te cae como anillo
al dedo. Oye lo que te dice el horóscopo de hoy, lo llamó sobresaltada: “Sólo
con la rutina usted no puede solucionar su problema. Siga usted otros
caminos. También aquellos que a usted le parezcan locos a primera
vista!”.
Schöberl sacudió la cabeza molesto. “Por favor, déjame
en paz con esa estupidez”.
“Nuevos caminos…”, repitió ella pensativa. De su poderoso repertorio
de filosofía práctica, al momento encontró una solución. “Ya
lo tengo!”, dijo. “Porqué no vas donde Madame Zolara, seguro
que te puede ayudar!”
Schöberl puso su media luna a un lado. “La astróloga de
la televisión?”
Hasta
el inspector, ya había oído hablar de Madame Zolara,
debido a su omnipresencia en los medios. La vidente pelirroja tenía
hechizada a toda la nación con todas sus profecías en radio,
prensa y televisión. Sin embargo del coro de los profetas que
anunciaban el fin del mundo, revolcados en espantosos escenarios apocalípticos
antes de finalizar el milenio, ella hizo bien en mantenerse a distancia.
Había asegurado que la fecha mágica, no tenía
que coincidir, necesariamente con el fin del mundo.
En
general Schöberl no le daba mucha importancia a la astrología
ni a la creencia irracional de que lejanas estrellas y planetas gobiernen
el destino de los hombres. Como policía estaba acostumbrado a
apoyarse en hechos y pruebas concretos. Pero en este caso sus pesquisas
no lo llevaban a ninguna parte. El caso había llegado a un punto
muerto. Y el no necesitaba – caviló - pregonar a los cuatro vientos
que había consultado a una astróloga. En su desesperada
situación valía la pena posiblemente hacer el intento.
Qué podía perder?
Sin
embargo camino a la oficina desterró, nuevamente, esa idea
loca, no tenía porque llegar a ese extremo. Pero cuando en los
días siguientes, ni por asomo, se encontraba una pista o una sospecha
en lo referente al caso de la Kröger; ni nadie por cargo de conciencia,
tocaba a la puerta para confesar voluntariamente; ni ninguno de sus colaboradores
le podía dar la buena nueva de un vuelco sorprendente y para colmo
el sórdido que a través de latidos en su frente le aquejaba
cada vez más, hizo estallar al criminalista, normalmente flegmatico.
En un ataque inesperado de rabia golpeó con el acta de la Kröger
sobre la mesa. Los colegas dieron un respingo, y metieron las cabezas,
esperando el trueno.
Pero
no hubo ninguna descarga. En vez de eso Schöberl maniobró con
estrechez su cuerpo y saliendo de su escritorio tomó su impermeable
y abandonó sin saludos ni comentarios el sitio de sus cavilaciones
estériles. A lo mejor, un paseo al aire libre lo ayudaría
a poner sus pensamientos más ágiles…
Caminaba
sin meta fija, sin poner cuidado a los alrededores. Aunque la temperatura
había subido, soplaba sin embargo un viento frío.
Su rabia se había
disipado
durante la caminata, como también su dolor de cabeza.
Indeciso miraba a su alrededor. Nunca había estado en ese distrito.
En el arcen de la avenida habían pocos autos estacionados, no
se veía a nadie. Caminando en la cera se encontró de
pronto delante del elegante portal de una casa de fin de siglo.
Justo
al lado de la entrada resplandecía una bruñida placa
de cobre que reflejaba su rostro desconcertado. Valiéndose de
sus lentes de lectura logró descifrar las letras gravadas: Madame
Zolara, Astróloga, Consejos para la vida. Su corazón latía
con fuerza. Era la providencia o la casualidad que hubiera parado justamente
allí?
Lo
intentaría hasta saber que tanto dominaba la astróloga
su oficio. Antes de entrar a la casa se aseguró de que nadie lo
observara. Eso era lo que faltaba que un reportero anduviera detrás
de él inspeccionándolo. Impulsado por un ataque de valor
empujó la puerta y con cada escalón que subía crecían
su esperanza y su confianza.
A
través de la puerta de la oficina de Madame Zolara le llegó,
al inspector, el conocido aroma de los palitos de incienso. Siempre que
a su mujer se le quemaba una comida intentaba taparear el mal con humos
de madera de sándalo o de pachulí. Ella sostenía
que los aromas exóticos aclaraban el espíritu y ayudaban
a traer paz interior. Hasta ahora Schöberl no había observado,
jamás, algo semejante en él. Sólo le daban dolor
de cabeza y ataques de estornudos.
Decidido
tocó el timbre, desde dentro un zumbido le contestó y
la puerta se abrió. En el vestíbulo un parabán de
ratán le impedía el paso. Varios móviles de sonido
se bamboleaban suavemente con la corriente de aire a lo que se sumaba
el campaneo de muchas cadenas y amuletos con lo que se adornaba la dama
de la recepción. Estaba envuelta en una red, a croché de
colores, y balanceaba su exuberante gordura, con tacones tan altos que
cortaban la respiración. Con pasos tambaleantes iba orgullosa
conduciéndolo al más sagrado recinto.
“Todo saldrá bien; fue una decisión sabia el venir a visitarme”,
dijo la atractiva cincuentona, en traje sastre ejecutivo, que recibió al
inspector y le tendió la mano con un fuerte apretón. Después
de tal ejemplar de obra de arte viviente que lo recibió en la
entrada, se esperaba en realidad algo más. Pero así, como
se presentaba Madame Zolara, igualmente hubiera quedado bien en el piso
ejecutivo de una gran empresa. Su confianza creció cuando ella
le invitó con una agradable voz de contralto a que tomara
asiento.
Schöberl le alcanzó su tarjeta. “Antes que vayamos al grano
le tengo que pedir extrema discreción . “No que usted le venga
a decir a la prensa… comenzó él.
La
astróloga torció la boca indignada. “Pero, señor
inspector…aquí no se divulgan secretos. En mi gremio – al contrario
que en el suyo – estamos atados al secreto profesional”
Schöberl suspiró aliviado. Entonces presentó sin
rodeos los hechos. Al hacerlo tenía que confesarse avergonzado
acerca de que el resultado de sus pesquisas, hechas hasta ahora,
eran extremadamente insuficientes.
“Lamentablemente, no le puedo ofrecer demasiado”, murmuró disculpándose
mientras que sacaba rápidamente un pañuelo para estornudar.
Madame
hizo un gesto de despojo con la mano. “Ese es su trabajo y a
mi no me compete. Todo lo que necesito es una lista de los sospechosos
y sus fechas de nacimiento”.
Schöberl asintió con la cabeza y buscó en los bolsillos
de su chaqueta. A través de su mujer ya había oído
lo suficiente, para saber lo importante que son las fechas de nacimiento
en la astrología. El los había tomado, precavidamente,
del computador de la oficina de registros de domicilio.
Madame
recibió la lista de manera benevolente. “Si los datos
son correctos, es completamente suficiente para mí”, dijo ella. “Sin
embargo, inmediatamente no puedo …”
Schöberl miraba fascinado como ella, con uñas puntiagudas
laqueadas de rojo, trazaba círculos inconstantes sobre una base
pintada con letras. Un tic nervioso? O era su método para entrar
en contacto con el más allá? Madame Zolara miraba tan extasiada
hacia el techo que no se atrevía a preguntarle.
Un
repentino campanilleo del teléfono regresó a la vidente
en fracciones de segundo a la realidad. “Usted ya sabe que no deseo ser
molestada…” vociferó en el auricular. Hubo una corta discusión
con su secretaria. Aparentemente se trataba de un cliente muy importante
que estaba en un agudo aprieto: “Ahora no puedo, debe intentar de nuevo
en diez minutos”, dijo Madame Zolara y colgó.
“Bueno, entonces no quiero quitarle más….” dijo Schöberl
y se levantó.
Madame
Zolara le dio su mano. “Como ya le dije, necesito algo de tiempo.
Digamos que hasta mañana por la noche”
Durante
todo el día siguiente Schöberl estuvo bastante distraído
en su trabajo. Las horas hasta el anochecer eran interminables. Cuando
se puso en camino, el cielo estaba cubierto de nubes que amagaban lluvia.
Poco antes de llegar comenzaron a caer las primeras gotas. La secretaria
le tomó el abrigo y le hizo seguir. Madame Zolara lo esperaba
ya. Esta vez su escritorio estaba cubierto con tablas curiosas y
diagramas.
“Ninguno de los sospechosos de su lista entran en consideración”,
comenzó a decir ya desde el principio.
“Qué?” Schöberl estaba desconcertado. “Pero
alguien tuvo que..!”
Madame
Zolara sacudió la cabeza enérgicamente. “Naturalmente,
pero con absoluta seguridad no fue ningún hombre!”
“Quién, entonces?” prorrumpió Schöberl.
“Bueno eso no se puede decir tan fácil. Ninguno de los horóscopos
señala directamente al asesino. Pero de todas maneras no me confío
sólo a las estrellas, sino también a mi intuición.
Todo induce a suponer que se podría tratar de un ser femenino”.
Schöberl hubiera deseado algo más exacto – al fin y al cabo
la mitad de la población era de sexo femenino.
Madame
Zolara sintió su decepción. “Usted debe ser piscis,
se da muy pronto por vencido. Le quería justamente aclarar que
cada signo del zodíaco no solamente revela propiedades del carácter
sino que, para cada signo, hay también una manera característica
de asesinar...,”
“No estoy versado en astrología, usted me tiene que aclarar eso
más detalladamente” pidió él.
“Bueno, vamos a comenzar con usted,” dijo Madame Zolara. “Un piscis
esta bajo el reino de Neptuno, al que se le considera competente para
todos los líquidos. Por ejemplo el alcohol, esencias, aceites,
drogas, venenos. Cuando los piscis matan el metodo que escojerian es
el veneno o preferiblemente ahogarian a la victima…”.
Schöberl se quedó sin aire. La facultad de esa mujer de
avanzar hasta lo más oscuro y profundo de su alma era fantasmagórica.
De dónde sabía ella la lucha heroica que el tenía
que resolver con él mismo cada mañana mientras se rasuraba?
Gracias a un dominio de acero había podido, hasta ahora, reprimir
el
impulso;
pero muchas veces estuvo a punto de ahogar a su esposa que estaba
salpicando desde la bañera: Sólo
para enmudecer su canto que le mataba los nervios...
Su
cara se ruborizó, se sintió descubierto. Sin embargo,
la dama de las estrellas estaba tan en su elemento que no le ponía
atención. “ Los acuario, por ejemplo, se inclinan por poner a
sus víctimas bajo electricidad, los sagitarios por su parte, un
signo de fuego, prefieren la combustión…”
“La señora Kröger fue asesinada con un cuchillo de carnicero.
Cuál de los signos sería posible para este tipo de asesinato? “ interrumpió Schöberl
impaciente.
Madame
Zolara comenzó de nuevo a hacer círculos sobre
los diagramas garabateados y parecía estar en trance. De repente
paró.
Schöberl contuvo la respiración.
“Es posible que tanto la asesinada como la asesina hayan nacido bajo
el signo de virgo. Aquí, vea usted esto“, le pidió al inspector
y colocó su índice en la mitad de los garabatos. “A la
hora del asesinato, Plutón estaba en conjunción con Marte.
Plutón es responsable de la violencia. Con esta constelación
de mal augurio hay un gran peligro de que alguien pueda ser víctima
de un acto violento. De la misma manera bajo la influencia de Plutón
también puede suceder que una persona, completamente pacífica,
se convierta en asesina…”
Schöberl dio un respingo. En la última observación
de madame Zolara le sonó la campanilla. El trataba de recordar … Ese
mutilador de la torta Sacher, ese Meyer, no se había él
calificado como una ovejita pacífica?
Sin
embargo, la astróloga destrozó inmediatamente todas
sus consideraciones. “Usted ya se ha equivocado bastante desde hace tiempo.
Tiene que buscar en las cercanías de la asesinada a una mujer
nacida bajo el signo de virgo, entonces tendrá a la asesina”,
declaró decididamente.
A
Schöberl le dio escalofrío la seguridad de su declaración,
como si lo hubiera tocado un hálito del más allá.
El agradeció profusamente a la vidente y salió apresurado.
En la recepción lo detuvo el monumento artístico viviente
y le entregó un papel en la mano en el que estaban pintadas cuatro
cifras. 6 5 0 0 leyó él sin entender.
“El honorario de Madame Zolara” aclaró la recepcionista. “En
principio ella nos deja a los mortales participar gustosa y gratuitamente
de su sabiduría. Su talento es un don de Dios, ella sólo
se entiende como instrumento que transmite entre arriba y abajo…Por otro
lado esto la desgasta espiritualmente de tal manera que necesita largas
pausas de reposo… y eso tiene por supuesto sus gastos…”
No
hubieran sido necesarias tantas aclaratorias. Schöberl abrió la
billetera y pagó sin pestañear. Cuando caminaba de prisa
con pasos alados hacia su oficina sus células grises trabajaban
a un alto voltaje. Madame Zolara lo sacó de
la
calle ciega en que se encontraba. De pronto se abrieron una serie
de posibilidades; de pesquisas que hasta ahora había descuidado.
Se le cayó la venda de los ojos.
La
ventana de la Señora Kröger había estado abierta – la
asesina ha debido descolgarse con una cuerda del tejado. Rápidamente
completó el perfil de la asesina. Esta debía ser flexible,
sin vértigo, valiente y deportista. Con seguridad era de sangre
fría y rápida en sus reacciones si no, no hubiera agarrado
de un solo golpe el cuchillo más ancho y acometido como un relámpago
por detrás a la víctima.
Schöberl estaba seguro que a partir de ahora todo sería
como un juego de niños encontrar a la asesina. En sus pesquisas, él
se había concentrado demasiado en los cocineros que odiaban a
la critica como la peste por que no los habia encontrada digno de un
gorro. Pero no habian al mismo tiempo mencionado otra condecoración?
Cuando
al día siguiente en su oficina silbaba la Marcha Radetzky
de muy buen humor, sus colegas lo acechaban con miradas agresivas. Sin
importarle mucho marcó el número de la redacción
de la Table Ronde y pidió a la secretaria de la Señora
Kröger.
Impaciente,
tamboreaba con los dedos sobre la mesa, hasta que por fin la tenía en el teléfono. Después de la usual retórica
de cortesía le pidió que le aclarara la importancia de
la otra condecoración.
La
señora Hofer aspiró el aire de una manera audible. “Se
refiere usted al Trofeo Gourmet ?”. Un par de veces tuvo que
hacer preguntas intermedias para sacarla de extravagancias secundarias.
Después de la conversación resumió sus notas. De
la declaración de Anni Hofer se cristalizaron tres puntos de apoyo.
Punto 1: Esa misma noche el periódico rival Feinspitz elevaría
a una serie de cocineros a la nobleza culinaria con la nueva condecoración “ Trofeo
Gourmet ”, dentro del marco de una fiesta de gala en el Palacio
Pallavicini. Punto 2: El jefe de redacción de la Table Ronde había
logrado sonsacar de su trabajo a la inventora de la condecoración
de Feinspitz . Punto 3: La mujer en cuestión comenzaría
en otoño en la Table Ronde como jefe de redacción.
El
Jefe de personal, el siguiente en la lista de llamadas certificó lo
que ya le había dicho la secretaria. El inspector preguntó la
fecha de nacimiento de la futura jefa de redacción.
“La señora Eva-María Homolka nació el 14 de septiembre,
la respuesta salió como disparada por una pistola.
Schöberl estaba sorprendido. “Usted
se sabe la fecha de memoria?”
“Nuestro nuevo director-editorial tiene una obsesión por los
astros y quería que la examináramos astrológicamente
antes de emplearla… Sin embargo, por falta de tiempo no lo he podido
hacer” aclaró el jefe de personal.
Schöberl estaba como electrizado. Inmediatamente alertó a
sus colaboradores. Ahora todo tenía que hacerse rapidamente..
Era
un poco antes de las diez de la noche cuando Schöberl llegó a
la Josephsplatz con la lengua afuera. La ceremonia festiva, a la que
había precedido una cena de gala, ya había terminado. Encontró a
algunos invitados bajando por la escalera barroca; la sala, decorada
festivamente, se había vaciado, con excepción de algunos
grupitos y de los mesoneros que ya estaban ordenando las mesas.
Aunque él no conocía a la señora Homolka no tuvo
que buscarla mucho. Cargada de buquetts con flores estaba en medio de
un pequeño grupo cerca del estrado y recibía felicitaciones
y besos en la mejilla riéndose encantada por las adulaciones.
Con su traje de noche color antracita cerrado hasta el cuello, el largo
pelo rubio en un rollete impecable, con lentes de carey oscuro como único
accesorio moderno, lucía fría y controlada, aunque
en ese momento estuviese banado en gloria a satisfaccion.
Schöberl no era un monstruo, así que esperó hasta
que el grupo se dispersara. Mientras tanto ella ya había vislumbrado
al inspector y lo evaluaba frecuentemente con la mirada. Cuando le dirigió de
nuevo la mirada, él se le aproximó, le dio su nombre y
le pidió hablar con ella a solas.
“Un momento”, dijo ella un poco molesta, le dio por corto tiempo la
espalda y le entregó las flores al hombre que se había
quedado todavia a su lado. “Schorschi, recoge el auto, ya voy!”
Finalmente
le prestó atención a Schöberl. “Quién
es usted? Que quiere de mi? No ve usted lo que pasa aquí, ahora
no tengo tiempo”, le increpó de mal humor.
“Con permiso, señora, temo que pronto va a tener más tiempo
de lo que usted quiere. Estoy encargado de las pesquisas por el asesinato
Kröger y le tengo que pedir que venga conmigo”. Por un momento ella
osciló, como si fuera a desmayarse, después tomó el
control de nuevo y siguió al inspector como si la hubiera
invitado a un paseo.
Al
llegar a la oficina, Schöberl no perdió tiempo y le espetó los
hechos en la cara. Mientras tanto, por orden de él, la ventana
había sido examinada a fondo nuevamente. De las pesquisas habían
logrado conseguir un cabello rubio, largo, como prueba. Aunque faltaba
todavía la prueba genética, Schöberl ya no tenía
dudas de tener frente a él a la asesina. Con un método
de interrogatorio eficaz ya la iba a desenmascarar.
Schöberl la dejó asarse, durante horas, en el cuarto de
interrogatorios, le negó café y cigarrillos y finalmente
colocó, sin ningún tipo de compasión, un bombillo
de 100 Vatios orientado a su cara. Detrás, en las sombras, observaban él
y su asistente altamente concentrados cada matiz de su expresión
facial – para reaccionar prontos y con la sensibilidad de un sismógrafo
a cualquier indicio apenas perceptible de la conciencia de culpa, una
vibración en la voz, un arqueo de las cejas, un temblor de
los dedos.
Ella
era como una nuez dura. Su terquedad irritó al inspector
pero el no aflojaba y esperaba pacientemente. El día ya estaba
aclarando, hasta que por fin Anna-Maria Homolka, agotada por un interrogatorio
de horas, se desplomó y con voz áspera confesó que
había asesinado a su enemiga y odiada rival.
Schöberl se reclinó satisfecho, mandó traer café y
le ofreció un cigarrillo. Ella aspiró profundamente como
si pudiera ser la última.
“Bastante arriesgado descolgarse hasta por la ventana. No tenía
miedo de despeñarse?” preguntó el inspector.
Sacudió la cabeza. “La acción de deslizarse con la soga
no era nada para mi, soy miembro ya desde hace años de la Asociación
Alpina. Y para el caso improbable de que me hubiera desplomado había
colocado abajo un colchón,” confesó sin dejar de mostrar
su orgullo.
Pero
más que el Cómo al inspector le interesaba
el Por qué . “ Por qué asesinó usted a
la señora Kröger? Cual es su motivo para ese asesinato
inhumano!”
A
ella le molestó la elección de palabras de Schöberl. “Esa
canalla no se ha ganada una muerte tan bonita … corta y sin dolor…Ella
ni siquiera se dio cuenta, fue tan rápido…”
“Y el motivo? “ repitió Schóberl.
La
Homolka resopló despectivamente. “Ella era la persona más
envidiosa, maligna, sabelotodo que uno se pueda imaginar. Qué cree
usted, a cuántos restaurantes de primera categoría le negó esa
puerca la gorra? Por su culpa incluso un cocinero se suicidó… no
se podía seguir aceptando esto …Entonces me inventé el Trofeo
Gourmet para romper de una vez por todas el monopolio elitista
de la Kröger!”
“Sabía la señora Kröger de eso?” la interrumpió el
inspector.
“Por supuesto que yo supliqué mantener
silencio absoluto para que ella no se entrometiera. Pero el ramo
es un nido de chismosos”
“Y ella se entrometió?”
“Claro que si. Me enteré por su parlanchina secretaria que ese
mismo día había enviado docenas de cartas exigiendo boicotear
el otorgamiento de condecoraciones. Pero ella erró en el cálculo.
El ramo enseguida tomó el partido por el Trofeo. Usted mismo vio
todo el barullo de esta noche!” - hizo una pausa para encender un cigarrillo
-. En sus pensamientos parecía degustar otra vez su triunfo.
El inspector le dio tiempo.
“No se cómo el jefe de redacción
de la Table Ronde se
enteró de esto, de todas maneras me invitó a una reunión
y poco después me ofreció el cargo de jefe de redacción.” Una
sonrisa pasó sobre su tensa cara. “Usted no lo va a entender,
eso es… como recibir la acolada de la reina! Pero mi gran satisfacción
era quitarle a la Kröger el puesto de jefe en sus narices”.
“Usted le ganó en todos los frentes, por qué tenía
que asesinarla?” preguntó Schöberl mientras fruncía
las cejas.
“Aunque mi nombramiento todavía no era oficial, ella ha debido
intuir, lo que se estaba tramando… me llamó por teléfono
y me amenazó groseramente?”
“Ah si? Con qué?”
La
Homolka no dio una respuesta, sino que pidió un vaso de agua.
Schöberl mismo la fue a buscar. Se sintió a gusto con la
pausa y con la oportunidad de estirar las piernas. El asistente bostezó y
se desperezó. Sólo la Homolka no mostraba ningún
síntoma de cansancio.
Schöberl se sentó nuevamente: “Así que la señora
Kröger la amenazó… Qué tenía ella en la
mano en contra suya?”
Esa
canalla quería propagar que yo me dejaba comprar para hacer
críticas benévolas… Si eso hubiera circulado, mi reputación
se hubiese arruinado… Y yo jamás tomé ningún dinero… Solamente
me dejé invitar algunas veces a comer con un par de amigos. Aunque
a usted le parezca ridículo, en nuestra profesión eso es
la ruina. Caer tan cerca de la meta… Tenía que pararla”.
“Pero sólo era una amenaza, de donde quiere saber usted…”
“Uno tiene sus trucos”, dijo ella con una risa sarcástica. “La
chismosa de su secretaria me había confesado, después de
un par de aguardientes, el plan de batalla hasta el último detalle.
Su jefa le había dictado punto por punto toda la lista de mis
faltas con la intención de presentárselas el lunes al jefe
de la editorial… No me quedaba otra alternativa que anticiparme a ella…” En
ese punto sus hombros temblaban y comenzó a llorar desenfrenadamente.
Schöberl apagó el reproductor. Las pesquisas habían
terminado.
En
la oficina reinaba entusiasmo sobre la buena noticia. El jefe de
Schöberl era todo elogios cuando le presentó la confesión
firmada. “Sinceramente, cuando no se estaba avanzando, pensé en
quitarle a usted el caso. Lo felicito, increíble trabajo. Por
supuesto que puede contar con mi apoyo para su ascenso. Aquí entre
nosotros, cómo pudo usted aclarar el caso tan rapidamente?”
Schöberl pulió sus anteojos y dijo crípticamente: “Las
estrellas ayudan a aquellos que creen en ellas.”
*
Cuando
Schöberl definitivamente terminó con todo el papeleo
y pudo irse a casa, ya era mediodía. Cuando abrió la puerta
de su apartamento, olía a palitos de incienso. Con mucha agudeza
dedujo que a su mujer se le había quemado el
Gulasch.
Indulgente como estaba, debido a su éxito, el inspector
pasó por alto el fiasco culinario y comió su porción
con valentía. Su mujer tenía algo a favor - si no le hubiera
llamado la atención sobre la astróloga no habría
avanzado tan rápido en el caso.
La
señora Schöberl estaba agradablemente sorprendida de
que su esposo vaciara el plato sin comentarios. Normalmente siempre ponía
reparos a su arte culinario. Dedujo de su comportamiento que su marido
habia logrado resolver el caso. “Encontraste que fue, verdad? Felicitaciones,
seguro que ahora te van a ascender.”
Schöberl alzó sorprendido las cejas. “No sabia que has desarollado
un talento de clarividente? De dónde sabes…?”
Una
sonrisa de supremacía se extendió sobre sus labios
de su mujer. “Las estrellas no mienten, aquí está blanco
sobre negro” le dijo y le extendió el periódico.
Schöberl se puso los lentes de lectura en la nariz y leyó. “La
influencia negativa de Saturno que últimamente le estába
dando quehaceres, va a ser disuelta por la influencia positiva de Mercurio.
Este le ayudará a descifrar un secreto que va a favorecer su evolución
profesional”.
“No te parece que esto hay que celebrarlo?” sin esperar su afirmación
la señora Schöberl buscó la champaña que ya
tenía fría en la nevera.
Cuando
brindaron con las copas, el inspector se juró secretamente
no burlarse más de la manía de su esposa por los astros.
A sabiendas de que el delito nunca duerme y que le faltaban dos años
para su pensión se levantó de repente después de
la champaña y buscó su agenda para remarcar con tinta el
numero telefónico de la astróloga Madame Zolara, por
si acaso..
© Helga
Anderle