el policiaco en el punto de mira
n°6 Agosto-Septiembre-Octubre de 2006

 

Muerte de una critica gourmet

Helga Anderle
Traduccion: Numidia Rodolfo

Nacida en Viena, crecio en Viena y Valencia(Espana). Curso estudios lingüisticos en Espana, Suiza y Francia. Trabajo en organizaciones internacionales en Ginebra y Viena. Desde los anos 70, es periodista para distintos medios de Alemania e Austria.
Ha realizado numerosas publicaciones de narraciones, ensayos y novela policiaca en publicaciones literarias, revistas y antologias en el pais y en el extranjero ( por ejemplo en Australia, Alemania, Espana, Japon, Korea, Chechoslowakia, Bulgaria, Suiza, Mejico y Estados Unidos.
Editora de la primera antologia internacional de novela negra femenina, que se publico en varios paises. Coeditora de una antologia internacional de autores de la AIEP. Una antologia con sus propios cuentos fue publicada en la editorial Fischer, Frankfurt. Escribio un guion para una pelicula para la television austriaca.
Durante su vicepresidencia de la AIEP organizo la decima conferencia de la organisacion en Viena (1996)en conjunto con el festival Otono mortal, en el cual cooperaban muchas instituciones literarias, culturales, ministerio de cultura, ayuntamiento de Viena, universidades, embajadas, radio y television.
En 2004 gano el concurso internacional en memoria del autor bulgaro Attanas Mandajieff con su cuento “Winterreise”. Ultimamente tradujo un libro de poesia del autor columbiano Darley Rojas Castaneda.

 

En la época de la post-guerra el café situado justo detrás de la ópera era un lugar de encuentro muy preciado por contrabandistas y agentes secretos internacionales. Después de esa época casualmente llegaban hasta allí algunos turistas extranjeros, pero la mayor parte de las veces se llenaba de lugareños, dentistas que en su tiempo libre tocaban al chello, viudas incontinentes de altos funcionarios, locos que pretendían componer el mundo, comparsas de la ópera y funcionarios jubilados que se sentían a gusto en ese ambiente aterciopelado venido a menos.

Con el traspaso a un consorcio japonés y la renovación insensible a que fue sometido el lugar en los tardíos años setenta, le fue exorcizado su encanto decadente y mórbido, alejando con ello a sus clientes de siempre. A partir de esa época el local fue frecuentado principalmente por grupos turísticos japoneses que o bien se fotografiaban unos a otros degustando los típicos postres vieneses o incluían en este quehacer al mesonero de turno con su habitual “please, take a picture”.

Pero ese día, las dos damas de mediana edad, aunque de inequívoca procedencia nacional, también mantenían al trote al camarero de turno. Ya habían cambiado dos veces de sitio, aparentemente picadas por el caos asiático, para acomodarse, ocultadas por un filodendro de plástico, engañosamente auténtico, en uno de los nichos más apartados de tal manera que el camarero en cada pedido debía apurarse en toda la longitud del local. Primero habían pedido café – un Melange, una taza de café Gold – para acompañarlos comieron pastel de manzana de hojaldre y torta de arándano; un poco más tarde la espigada y elegante rubia le hizo señas al camarero que se acercara para pedir una bebida fuerte. Sin pensarlo mucho les recomendó una “esencia de frambuesa” – su aguardiente preferido. La otra – pequeña, embutida en un sastre gris demasiado angosto con una rizado malogrado marca “Lava-Alambres” si bien protestó al comienzo, ya en los primeros sorbos le había cogido el gusto. Después de la tercera copa aunque sus rasgos ya se notaban descarrilados, su lengua ganaba velocidad. No fue nada extraño que cuando finalmente se levantó para despedirse de su anfitriona, se tambaleara. Preocupado, el camarero no la perdió de vista. Cuando se cayó con estrépito la primera silla con la que tropezó en su camino, acudió inmediatamente, la tomó discretamente por el codo y la condujo segura por todos los obstáculos que había alrededor.

Afuera, despabilada en cierto modo por el frío vespertino, la rellenita comenzó a entender que se había dejado envolver por una maquiavélica de primer orden y…a su gusto. Por supuesto que se había sorprendido de la invitación y al principio se había sentido desconfiada. Pero esa pelmaza primero la había obnubilado con zalamerías, haciéndole soltar la lengua a punta de aguardiente – y en seguida había revelado todos secretos sobre su jefa. Esto le había sentado muy bien, soltar de una vez por todas la frustración que tenía en el alma. Sobre todo que, como contra partida, se había enterado de algunas cosas supremamente interesantes. Esto si que sería divertido cuando el lunes esa gordiflona la sorprendiera esa novedad como un baño de agua fría…

Un tanto alterada y de muy buen humor la rubia decidió dar un paseo y ver las vitrinas de la Kärntnerstrasse antes de irse a casa. Se felicitaba a sí misma de habérsele ocurrido la idea de chismorrear en el café. Gracias a esa increíblemente estúpida chismosa se había enterado ahora hasta el más ínfimo detalle y todavía tenía tres días de tiempo para considerar la mejor manera de proceder. Cuando tuviera el comando en la redacción pondría de patitas en la calle a esa chismosa – una persona desleal, falta de atractivo e intelectualmente inferior.

***

Con toda la precisión con la que Madame Zolara vaticinó los resultados del fútbol, de las elecciones y otros sucesos que conmovían a la nación – con su pronóstico: “Austria puede estar feliz de que va a tener un verano ensoñador” la popular vidente pelirroja se equivocó totalmente. Para ser finales de julio hacía demasiado frío, el fin de semana había nevado en las montañas. De igual manera el viento que esa mañana silbaba por Viena estaba helado. En la redacción de la revista Gourmet “ La Table Ronde ” algunas personas incluso habían permanecido con sus chaquetas y abrigos para no congelarse. Sólo Leonore Kröger no se congelaba. Sudando, estaba sentada de nuevo en su escritorio después de una semana de ausencia.

Aunque en las últimas 24 horas no habia comido más que bizcochos y té, se sentía esponjada como una albóndiga. Era simple y llanamente paradójico: la semana pasada, al visitar los famosos palacios de la gastronomía nacional, había paladeado diariamente las mejores champañas, vinos y licores y para acompañarlos había consumido las más exquisitas creaciones de los geniales jefes de cocina. Pero lo que, para cada gourmet, podría ser un viaje de ensueño por una tierra encantada – para un profesional de la comida, era un verdadero martirio. Todavía después de varios días la martirizaban las molestias propias del oficio que sufrían los comilones de largo aliento: agrios eructos, rescoldera, agruras, saciedad, estreñimiento y grotescas flatulencias. A pesar del tibio té de manzanilla que le había pedido a su secretaria Anni y las pastillas que tomaba constantemente, su estómago no paraba de rumorear y hacer retortijones. Lástima que no lograra meterse el dedo en la garganta; con este método lograban aliviarse muchos de sus colegas menos delicados.

Por experiencia propia su aparato digestivo se tranquilizaba después de un par de días de dieta estricta. Peores eran las consecuencias a largo plazo: por cada recorrido en donde comía hasta atiborrarse, se acumulaban irremisiblemente nuevas protuberancias grasosas en la barriga, caderas y piernas, de tal manera que su figura, que siempre fue la de una Valkiria, lentamente se iba convirtiendo en un deforme coloso. El hecho de que en la redacción la motearan “La Venus de Kilo” era casi un halago.

De nada valía hundirse en una situación de autocompasión. Lo más apropiado sería calmarse y proceder con el orden del día. Cada profesión tenía su lado flaco, también la de ella lo tenía. Lo más desagradable de su profesión eran las amenazas, por carta o por telefono, que por supuesto siempre eran anónimas, con las cuales tenía que contar cada vez que aparecía su columna. Ya hoy en la mañana, Anni le había colocado una pila con las peores descargas en su escritorio.

Por supuesto que estaba preparada para hacer una discusión abierta y limpia. Pero con amenazas anónimas no la iban a destruir. Después de todo, ella era la Kröger, la indiscutible doyenne de la crítica Gourmet. Sólo de ella era el mérito de haber llevado al país de las milanesas y el cochino asado, a un nivel culinario internacional. Aún con todo que la odiaran, sin ella la gastronomía nacional hubiera seguido durmiendo un sueño permanente en su penumbra.

Cocinar era una profesión fascinante, Leonora no tenía nada en contra de los juiciosos artesanos de la cocina. Pero, su admiración era para los cocineros geniales que con su creatividad, arrojo y pasión elevaban la cocina a un arte. La mayor parte había absuelto la “Tour de Bueyes” a través de restaurantes franceses, suizos y del Lejano Oriente de tres estrellas. Otros, en cambio, habían consentido durante años el paladar de pasajeros en cruceros de lujo, antes de que tomaran el riesgo, con sus ahorros y créditos bancarios, de abrir su propio local. Era terriblemente difícil llegar a la cúspide cocinando. A veces tardaba años un sitio secreto se convertirse en lugar de peregrinación de alta cocina para gourmets apasionados que aguantaban alegremente hasta la más penosa marcha.

En su poder estaba acelerar ese proceso. Mientras más enaltecidamente se pronunciaba sobre un local, más rápido seguían los gourmets sus recomendaciones, los cuales se encontraban siempre a la búsqueda de novedosas experiencias culinarias. Pero, pobre de el, si un cocinero que acariciaba la idea de que ella le otorgara una gorra lo desenmascarara como a un chapucero. A partir de allí, el local ya sólo podría dedicarse a dar de comer a turistas de autobuses domingueros, paladeadores de milanesas o simplemente podía declararse en quiebra de inmediato…

Mientras tanto ya era mediodía, su miserable estado seguía inalterado y todavía no había escrito ni una línea de su informe. Como si pudiera leer pensamientos, vino su secretaria con una jarra de té recién preparado.”Necesita algo más? Ya es mi pausa, me voy a comer”. Con el picaporte en la mano, se acordó todavía de algo. “No se olvide señora Kröger, a las cinco, el nuevo jefe de la editorial quiere hablar con usted”.

Cuando Leonore quiso darle las gracias, se le escapó un eructo involuntariamente. “Perdón”, se disculpó avergonzada. “Ah, Anni, dicho sea de paso, usted no me ha contado todavía, lo que ha pasado mientras tanto en la redacción. Hay algunas reacciones al llamado de boicot que he hecho? Ya se han puesto de acuerdo, quien …” No recibió respuesta alguna. Ya la secretaria se había marchado.

Penosamente se incorporó de su silla. De buena gana se hubiera ido a casa. Pero, por otro lado, no podía permitirse cancelar la entrevista. Lo que ahora necesitaba urgentemente era aire fresco. Se levanto con esfuerzo para abrir la ventana. Le quedaban apenas dos horas para prepararse para la reunión con el Jefe de la editorial.

Seguro que le iba a reprochar el suicidio del chef de los “ Tres Dragones ”. Este acontecimiento le había causado mucho daño al periódico – casi que ningún restaurante quería anunciar en él. Todos le echaban la culpa, aunque ella sólo había expresado la opinión objetiva, de que el nivel de la cocina no podía ser peor, que el servicio era malo y que en cualquier tabernucha de la periferia servían un mejor Beuschel que en este noble y costoso local.

Pero también podría tratarse de las cartas que había enviado antes de su viaje, a todos los restaurantes con estrellas para asegurarse de su lealtad, luego de que le habían llegado a tiempo rumores de que la revista rival estaba haciendo un golpe contra su monopolio de distinciones y estaba planeando la entrega de un Trofeo Gourmet . Una idea loca que se debe haber imaginado esa flacuchenta del Feinspitz . Ningún restaurant se atrevería a oponerse al boicot a ese Trofeo, al que ella había convocado categóricamente en sus cartas.

De su corto paseo se sintió mareada. Quejándose se dejó caer en la silla. Una ráfaga de viento sacudió las ventanas, la corriente de aire frío le puso la piel de gallina en la espalda. Por un instante una sombra oscureció la ventana, pero antes de que su cerebro atiborrado conectara las percepciones casuales con los reflejos para señalizarles la expulsión de adrenalina, con su consecuente huída o defensa – ya era tarde.

Sintió la puñalada en lo más profundo de su espalda pero ningún dolor. Ni riesgo de imaginarse ni en lo más mínimo el daño que el cuchillo carnicero había causado en su interior. El chorro de sangre de las venas cortados ya inundaban ambas cámaras del corazón. Muy pronto, el papel secante que servía de base a su escritorio, estaba empapado de sangre y del pequeño cauce que

se había formado debajo de la parte derecha de su pecho ya caían las primeras gotas verticales por el brazo. Por poco tiempo se acumulaban en la yema del dedo del corazón, hasta que la primera gota indiscreta se soltó chocando contra el suelo en una pequeña fuente microscópica.

Un poco antes de que Leonore perdiera el conocimiento pudo saborear, como última gracia, una increible experiencia gustativa, que estuvo persiguiendo en vano toda su vida. Como por un milagro, una salsa holandesa superbe, acarició las papilas gustativas de su lengua como un complemento armónico de una punta de espárrago suavemente amargo. Después cayó muerta.

El grito de Anni se oyó hasta los últimos rincones de la redacción y a todos los presentes les dejó paralizada la sangre en las arterias. Atraídos magnéticamente por el tono de sirena, corrieron uno tras otro hacia el pasillo. De puro horror se le había caído a Anni la taza de café de la mano y su vestido estaba completamente empapado del brebaje negro. Petrificada, estaba parada delante de la puerta y señalaba mudamente con su mano derecha temblorosa hacia el escritorio.

El cuerpo voluminoso de Leonore cubría gran parte del tablero de la mesa. A distancia, el espectáculo recordaba a una morsa varada a la orilla del mar. La cosa alargada que se elevaba de su espalda, era inequívocamente el mango de un cuchillo de matarife.

Meyer, el director artístico fue el primero que logró conseguir hablar de nuevo: “Qué matanza, asqueroso! Alguien tiene que llamar a la ambulancia”. Todos clavaron la vista hechizados por la espantosa escena, nadie se movía. Al fin Gerda, la jefa de los anuncios, hizo un esfuerzo para decir: “Yo hice un curso de primeros auxilios, quizá viva todavía”.

“Eso lo ve hasta un ciego, que está tan muerta como el Ötzi. Este es un caso para la policía. No se puede creer que ella misma al rascarse la espalda… Alguien la ha apuñalado!” increpó Tillmann, el jefe redactor suplente, con conocimiento de causa.

“Un asesinato, me muero” gritó Anni y sus chillidos histéricos acallaron con su fuerza las agitadas especulaciones con que fueron tomadas las palabras de Tillmann.

“Es suficiente con un cadáver, ahórrese el teatro”, dijo Tillmann llamándola severamente al orden.

Una sola mirada a Leonore le bastó al médico de emergencia de los Sanjuanistas para darse cuenta de su llegada tardía. El y su tropa dieron media vuelta y se fueron.

Luego llegó la policía. Primero dos uniformados, que no eran los competentes y para quienes la situación los desbordaba claramente. Luego vinieron tres civiles, de los cuales se notaba que el más corpulento y de más edad era el que tenía algo que decir. El hombre de cabello rizado, rechoncho, con el carácter bonachón de un bernardino, se presentó como el inspector Schöberl. Como primera medida mandó de vuelta, en tono más bien brusco, al personal de la redacción a sus sitios de trabajo. “Por favor, señoras y señores, no hagan ningún tipo de alharaca, sino, sigan nuestras instrucciones! Y que nadie se vaya de aquí, hasta que no les hayamos interrogado a todos!”

Pronto reinaba en el lugar de los hechos una actividad acelerada y ruidosa. Después de una media hora Schöberl dio el visto bueno para retirar al cadáver. “Tengan cuidado, señores, no se me vayan a herniar!”

La patóloga, rubia de enérgico temple y de mordedura prominente se deshizo de las preguntas con parcas palabras. “Me la voy a llevar ahora; después del examen sabré más. Murió hace poco, está todavía caliente.”

Schöberl colocó el cuchillo de carnicero ensangrentado en una bolsa de plástica. “El Corpus delicti debe ser examinado cuidadosamente para determinar las huellas digitales”, instruyó a sus colaboradores. La procedencia ya estaba aclarada: Anni Hofer, la secretaria de la asesinada, había notado inmediatamente que del set de seis cuchillos de la repisa tras del escritorio, faltaba uno. “Formaba parte de un regalo de un cliente de anuncios. La señora Kröger lo había dejado en la oficina porque le parecían muy afilados… ella tenía miedo de herirse con ellos!”

Schöberl se libró, con un chasqueante sonido, de sus guantes de goma. Qué mala pata que su colega Hirschmann, justo desde hoy, se encontrara de vacaciones. Ahora tenía que cargar con el caso. Buen reparto le tocó. Justo ahora en verano un asesinato en el círculo de los reporteros. Que les viene muy al dedo a esos chupatintas. Ojalá que pronto haya un resultado, para poder cebar las jetas de la voraz jauría.

El inspector se asomó a la ventana; la amplia espalda encorvada bajo el peso de la responsabilidad, las puños apretados por la tensión de tal manera que los nudillos saltaban a la vista por su blancura. Siempre le gustó ser policía nunca quiso ser otra cosa. Últimamente se sentía como un hámster en su rueda.

Todavía le faltaban dos años para la pensión.. Dormir a gusto, holgazanear, plantar tomates en su huerto, pescar con caña. Quien sabe con cuantos criminales tendría que ver todavía antes de que llegara el momento. Por lo pronto estaba a la vista su ascenso que se lo podía quitar de la cabeza si no aclaraba antes el asesinato de la Kröger.

La ventana daba a una deprimente pozo de luz. En la angosta cornisa de la ventana de enfrente un palomo en celo trataba de conquistar a una hembra. De resto no había más que paredes grises de las cuales se desconchaba el revoque, los cristales de las ventanas estaban petrificados de sucio y en la planta baja al lado de los desbordados basureros estaba un colchón desechado. Que contraste entre la desolada parte trasera de un edificio Art-Nouveau y su fachada brillantemente pulida. Adelante deslumbrante, atrás maloliente. A Schöberl le parecio de alguna manera sintomático para esta ciudad.

El amplio y claro salón, en el que normalmente se celebraban las conferencias de la redacción, fue requerido por corto tiempo como cuarto de interrogatorio. El inspector interrogó primero a Anni Hofer que pálida y todavía consternada tomó asiento frente a él, frotándose con un pañuelo la parte húmeda de su vestido.

Ella no había visto nada. Ella juró por todos los Santos que había abandonado su puesto a lo sumo diez minutos para hacer café. A pesar de eso, desde la cocina donde preparaba el café, podía observar la entrada. Ni siquiera un ratón hubiera podido entrar inadvertido.

“Usted conocía bien a la muerta. Usted tiene una sospecha de quien…”

La secretaria apartó la vista del inspector, miró el suelo y sacudió la cabeza. “Los críticos gourmets se hacen enemigos por todas partes. Mi jefa recibía constantemente amenazas de muerte, una enorme cantidad de cartas y llamadas por supuesto siempre anónimas. Luego de que el chef de los “ Tres Dragones ” se había ahorcado después de su aguda crítica, la situación se puso sumamente grave…”

“Lo mejor es que nos de una lista…tendremos que mirar con lupa todos los locales”. Apenas pronunció la frase, se arrepintió de haberla dicho. Si la mujer era digna de confianza, el asesino debía estar en la redacción. Si no, como podía entrar inadvertido? Schöberl clavó la vista en el vestido empapado y arrugado. Pero no logró imaginar a esa mujer, que tenía el carisma de una pastilla de valium, con un cuchillo matarife en la mano.

“Y como era su relación? Era querida su jefa en la redacción?” preguntó cuidadosamente.

“En lo que a mi respecta me llevaba bien con ella” respondió la Hofer rápidamente.

“Y los demás?”

Otra vez sacudió la cabeza. “Bueno, ella no era un turrón en almíbar …La señora Kröger era muy exigente, una típica virgo…Alguien así no sólo adquiere simpatías… pero que uno de nosotros la haya…imposible!”

Schöberl calló un momento. “Y su vida privada?Había aquí alguna dificultad ¿ Amantes celosos o algo por el estilo?”

“Amantes?” La secretaria se rió por un momento. “Perdone usted, que me ría, pero usted ya debe haberse hecho un cuadro de ella, o no? No, no…la señora Kröger estaba absorbida por su trabajo. Además de su madre y un par de gatos no tenía a nadie…pero si tenía dificultades profesionales en cualquier cantidad!”

El inspector aguzó los oídos. “Con respecto a qué?”

“No me tome usted por una chismosa ... pero deseaba ansiosamente tener el puesto de jefe de redacción, en vano… yo se de fuentes fidedignas que sus días en la redacción estaban contados…”. La secretaria se calló abruptamente, cómo si hubiera dicho demasiado. “Lo mejor es que usted mismo hable con el nuevo director, hoy hubiera reventado la bomba, si la señora Kröger no hubiera fallecido antes…”

Antes de que Schöberl dejara salir a la secretaria, le pidió las cartas anónimas así como copias de las últimas críticas.

Tillmann, fue el siguiente, Jefe de redacción suplente, ya cerca de los sesenta, vestido correctamente de traje gris con chaleco, con una decente corbata gris clara, el pelo cano todavía abundante, cuidadosamente peinado con secadora, daba la impresión por su apariencia de querer personificar el tipo ya casi en extinción del “león de salón”. Nada más cerrarse tras él la puerta se disparó a hablar antes de que le preguntaran.

“Yo ya sabía, que iba a terminar así… Las mujeres no son apropiadas como críticas gourmets…no tienen ni idea de las finezas de la Haute Cuisine … Estoy harto de que cada vez más, en mis seminarios de vino, se inscriben esas

superfluas codiciosas para hacer carrera…por todas partes quieren inmiscuirse, en la economía, en la política, hasta en la orquesta filarmónica … ultimamente también quieren brillar como vinólogas.” Su locuacidad se agotó cuando se le acabó el aire. Schöberl aprovechó la pausa para hacerle una pregunta.

Tillmann resopló desdeñoso. “Enemigos? La vieja tenía más enemigos que un perro tiene pulgas…En todas partes chocaba por su manera arrogante y su actitud de sabelotodo...Usted seguramente ya oyo del suicidio…”

Schöberl asintió.

“Como jefe redactora nos hubiera arruinado por completo y eso no lo digo yo, porque yo mismo…” La frase quedo inconclusa.

Suéltelo de una vez, le sugirió el inspector.

Pero Tillmann solamente se encogió de hombros. “Tja, lo tengo que desengañar, yo tengo una coartada…estuve toda la tarde en la imprenta…”

Meyer, el director artístico dejó el recado de que momentáneamente estaba ocupado. Schöberl lo consiguió en el estudio de fotografías. A diferencia de las pálidas figuras que había conocido hasta ahora, Meyer estaba vestido de una manera extravagante. Su figura grande y desvencijada estaba metida en una indumentaria con un estampado aventurero. Los oscuros bucles estaban domeñados en forma de trenza sobre la nuca y su apariencia era la de una reina hippy de discoteca.

Rodeado de reflectores y envuelto en un barullo de cables a manera de serpientes se encontraba componiendo un bodegón culinario. El punto principal de lo que acontecía era una mesa redonda con porcelana selecta, fina plata y un arreglo floral azul y blanco. Adelante, sobre un plato, lucía un pedazo de torta Sacher.

Involuntariamente a Schöberl le dio escalofrío cuando tuvo que ver al asistente de fotografía rociar, sobre la torta, una inmensa porción de espuma para afeitar.

“En la foto se ve mejor que la crema batida”, aclaró Meyer riéndose. “Mejor vea para otro lado sino se le va a quitar el apetito. Le pidió a Schöberl que esperara hasta que la imagen estuviera en la cámara. Sin embargo, Schöberl sintió como lástima cuando el incomible objeto fue a parar finalmente a la basura.

“Yo estuve desde las 8 en el estudio; además soy un corderito pacífico que no podría jamás… No quiero ni pensar en las pesadillas que tendré en el futuro… que cantidad de sangre, huacala! Quién pudo haber sido? Seguro una revancha…la Kröger era una purista, el látigo de la gastronomía mediocre…abominaba profundamente el zeitgeistiges larifari, chichas de moda, efectos superficiales…más papista que el Papa, creo que se pasó de la raya”.

El inspector recogió a su tropa. Del interrogatorio de sus colaboradores tampoco resultó ninguna sospecha en concreto.

*

Cuando a la mañana siguiente, Schöberl se puso una porción de espuma de afeitar en la cara le dio escalofrío. Desde su niñez era amante de los dulces. Ojalá no le quedara un trauma de tortas Sacher.

Del informe de la autopsia que le llegó a su escritorio alrededor del mediodía no resaltaba nada que pudiera traer luz al caso. Casi como una tarea adicional determinaron que la difunta, entre otras cosas, había sufrido de inflamación aguda del hígado y una grave gastritis y que, en vista del desolado estado de su aparato digestivo, hubiera vivido máximo un año más. Tal como se había esperado las graves hemorragias internas ocasionadas por el ancho cuchillo habían conducido a la muerte, que tuvo lugar a las 15.30 horas.

La causa del deceso, la hora del hecho y el arma no encerraban ningun misterio. Sólo quedaba la pregunta de quien era el asesino y cómo podía haber entrado sin ser visto. Aparentemente, la difunta no era muy querida por sus colegas en la redaccion. Era muy posible, que alguno de los cuestionados, sobre todo la secretaria, hubiera mentido.

Por otro lado al inspector le parecieron plausibles los indicios de un presunto acto de venganza por parte de la rama gastronómica. Si lo quería confirmar tendría que, mal que bien, recorrer todos los restaurantes que la señora Kröger había criticado severamente en los ultimos meses.

Debido a la cocina de su mujer y de la pésima comida que le daban en la cantina el sentido del gusto de Schöberl, para la Haute Cuisine, estaba arruinado. El sólo pensar que al visitar restaurantes le propusieran probar caracoles e incluso anclas de rana, le provocaba náuseas.

Al principio de la lista que le había dado la secretaria aparecía el restaurante “ El pato azul ” . Schöberl llamó para estar seguro de no llegar en mitad del ajetreo. Entonces se puso en camino. El local todavía estaba cerrado. El camarero mayor en jersey casual y jeans lo dejó entrar por la puerta trasera. Schöberl rechazó, agradeciendo, la champaña ofrecida. Sin embargo, a una taza de café no le pudo decir que no. El mesonero se acordaba todavía, vivamente, de la visita de la difunta:

“Ella vino de manera incógnita, sola. Como plato principal pidió estofado de cordero con albahaca y para ello un Beaujolais. Apenas probó el vino torció la boca y aseveró que estaba demasiado caliente. Exigió que se le trajera una cubeta con hielo! Esto hay que imaginárselo! Un sacrilegio monstruoso! Al cordero sólo lo estuvo hurgando e inmediatamente lo puso de lado. En el mejor de los casos, este enmohecido animal de establo, era más bien apropiado para comida de perro…De esa manera continuó hasta que la cosa cambió de castaño a oscuro y fue a buscar al jefe de cocina. Aquí ya se formó la gran tormenta … ¡Qué vergüenza ese escándalo!. Renunció al postre y en su lugar pidió la cuenta. Se jugaron la gorra, declaró al salir del local, ella no era, de ninguna manera, ningún saco de dinero que por un plato vistoso esnobista se dejara sacar de la cartera, sino la Kröger de La Table Ronde . Esa canalla presumida!”

El chef, que exhalaba sudores y vapores de cocina, certificó que había ocurrido de esta manera y no de otra. “Pero, por suerte, no dañó nuestra reputación ya que inmediatamente después de lo sucedido la Homolka de la revista Feinspitz nos propuso para el Trofeo Gourmet .”

Los dos hombres confesaron voluntariamente que ellos, de muy buen gusto, hubieran degollado esa gorda al instante. Para la hora del asesinato, sin embargo, ellos tenían una coartada. “Que se cree usted, que pasaba ese día en el restaurante desde la mañana trabajamos como negros. En la noche teníamos una cena de beneficio para refugiados del Kosovo… 200 invitados, una cantidad notable de prominentes de la política, el arte y la economía, vino incluso hasta la televisión”, aclaró el jefe de cocina. Agradeciendo, Schöberl desistió de la enumeración de los distintos platos y se despidió rápidamente.

En el restaurante “ Steinkrug ” ya se sabía de la muerte de la crítica gourmet y tampoco aquí se lloraba por ella ni una sola lágrima. El propietario del local y su joven chef estaban de acuerdo en que ellos nunca antes habían sido tan desacreditados como por esa sucia, desaliñada. “En el paté de higado hay demasiada grasa…la salsa del lucio es una tragedia, demasiado condimentada y recargada. Ustedes tienen que aprender mucho todavía, antes de que se hagan esperanzas de una condecoración, jovencito” imitó el cocinero, en falsete, la voz de la señora Kröger. Nos echó un sermón en público como a unos aprendices. El joven no tuvo reparos en decir, delante de Schöberl, que había

insultado rudamente a la crítica gourmet y que la había echado sin miramientos. “Cualquiera que lo hubiera hecho debería recibir una medalla. Esa grasosa morcilla no se merecía otra cosa”. Pero para su mal, el rabioso maestro de cocina también tenía una coartada de la que no podía desconfiar.

Toda la noche Schöberl se movió intranquilo en la cama. Constantemente se levantaba sacudido por sus pesadillas, donde se ahogaba bajo montañas de carne y aludes de batido de huevos. A todo esto, todavía no había visitado todos los restaurantes. Si tenía mala suerte, las pesquisas podían demorarse infinitamente.

A la mañana siguiente se sentía molido y hubiera preferido quedarse en cama. Pero antes de que ese maldito caso no se aclarara él no se podía dar el lujo de tener debilidades. Sin ganas hundió su media luna en el café con leche.

“Dios mío, ¡Qué cara tienes hoy!, te estás destrozando con ese caso”, observó su mujer.

“Si no fuera por el ascenso no movería ni un dedo” gruñó Schöberl de mal humor. Oyendo como su mujer crujía con el periódico ya se imaginó lo que se le venía encima.

Al contrario que él su mujer creía, a pies juntillas, en el poder de las estrellas y le leía regularmente el horóscopo del periódico. Una vez se hablaba de una inesperada lluvia de dinero y ella le suplicó que por favor rellenara un billete de lotería. Como era muy flojo, en vez de andar marcando crucecitas, con un billete de cien se compró un par de cupones de lotería. Por supuesto que de lluvia de dinero nada. Con los pendejos 200 chelines que ganó le compró a su mujer un lindo ramo de flores. Ella estaba fuera de sus casillas porque el pronóstico había sido acertado.

Mientras tanto su mujer había encontrado algo. “Te cae como anillo al dedo. Oye lo que te dice el horóscopo de hoy, lo llamó sobresaltada: “Sólo con la rutina usted no puede solucionar su problema. Siga usted otros caminos. También aquellos que a usted le parezcan locos a primera vista!”.

Schöberl sacudió la cabeza molesto. “Por favor, déjame en paz con esa estupidez”.

“Nuevos caminos…”, repitió ella pensativa. De su poderoso repertorio de filosofía práctica, al momento encontró una solución. “Ya lo tengo!”, dijo. “Porqué no vas donde Madame Zolara, seguro que te puede ayudar!”

Schöberl puso su media luna a un lado. “La astróloga de la televisión?”

Hasta el inspector, ya había oído hablar de Madame Zolara, debido a su omnipresencia en los medios. La vidente pelirroja tenía hechizada a toda la nación con todas sus profecías en radio, prensa y televisión. Sin embargo del coro de los profetas que anunciaban el fin del mundo, revolcados en espantosos escenarios apocalípticos antes de finalizar el milenio, ella hizo bien en mantenerse a distancia. Había asegurado que la fecha mágica, no tenía que coincidir, necesariamente con el fin del mundo.

En general Schöberl no le daba mucha importancia a la astrología ni a la creencia irracional de que lejanas estrellas y planetas gobiernen el destino de los hombres. Como policía estaba acostumbrado a apoyarse en hechos y pruebas concretos. Pero en este caso sus pesquisas no lo llevaban a ninguna parte. El caso había llegado a un punto muerto. Y el no necesitaba – caviló - pregonar a los cuatro vientos que había consultado a una astróloga. En su desesperada situación valía la pena posiblemente hacer el intento. Qué podía perder?

Sin embargo camino a la oficina desterró, nuevamente, esa idea loca, no tenía porque llegar a ese extremo. Pero cuando en los días siguientes, ni por asomo, se encontraba una pista o una sospecha en lo referente al caso de la Kröger; ni nadie por cargo de conciencia, tocaba a la puerta para confesar voluntariamente; ni ninguno de sus colaboradores le podía dar la buena nueva de un vuelco sorprendente y para colmo el sórdido que a través de latidos en su frente le aquejaba cada vez más, hizo estallar al criminalista, normalmente flegmatico. En un ataque inesperado de rabia golpeó con el acta de la Kröger sobre la mesa. Los colegas dieron un respingo, y metieron las cabezas, esperando el trueno.

Pero no hubo ninguna descarga. En vez de eso Schöberl maniobró con estrechez su cuerpo y saliendo de su escritorio tomó su impermeable y abandonó sin saludos ni comentarios el sitio de sus cavilaciones estériles. A lo mejor, un paseo al aire libre lo ayudaría a poner sus pensamientos más ágiles…

Caminaba sin meta fija, sin poner cuidado a los alrededores. Aunque la temperatura había subido, soplaba sin embargo un viento frío. Su rabia se había

disipado durante la caminata, como también su dolor de cabeza. Indeciso miraba a su alrededor. Nunca había estado en ese distrito. En el arcen de la avenida habían pocos autos estacionados, no se veía a nadie. Caminando en la cera se encontró de pronto delante del elegante portal de una casa de fin de siglo.

Justo al lado de la entrada resplandecía una bruñida placa de cobre que reflejaba su rostro desconcertado. Valiéndose de sus lentes de lectura logró descifrar las letras gravadas: Madame Zolara, Astróloga, Consejos para la vida. Su corazón latía con fuerza. Era la providencia o la casualidad que hubiera parado justamente allí?

Lo intentaría hasta saber que tanto dominaba la astróloga su oficio. Antes de entrar a la casa se aseguró de que nadie lo observara. Eso era lo que faltaba que un reportero anduviera detrás de él inspeccionándolo. Impulsado por un ataque de valor empujó la puerta y con cada escalón que subía crecían su esperanza y su confianza.

A través de la puerta de la oficina de Madame Zolara le llegó, al inspector, el conocido aroma de los palitos de incienso. Siempre que a su mujer se le quemaba una comida intentaba taparear el mal con humos de madera de sándalo o de pachulí. Ella sostenía que los aromas exóticos aclaraban el espíritu y ayudaban a traer paz interior. Hasta ahora Schöberl no había observado, jamás, algo semejante en él. Sólo le daban dolor de cabeza y ataques de estornudos.

Decidido tocó el timbre, desde dentro un zumbido le contestó y la puerta se abrió. En el vestíbulo un parabán de ratán le impedía el paso. Varios móviles de sonido se bamboleaban suavemente con la corriente de aire a lo que se sumaba el campaneo de muchas cadenas y amuletos con lo que se adornaba la dama de la recepción. Estaba envuelta en una red, a croché de colores, y balanceaba su exuberante gordura, con tacones tan altos que cortaban la respiración. Con pasos tambaleantes iba orgullosa conduciéndolo al más sagrado recinto.

“Todo saldrá bien; fue una decisión sabia el venir a visitarme”, dijo la atractiva cincuentona, en traje sastre ejecutivo, que recibió al inspector y le tendió la mano con un fuerte apretón. Después de tal ejemplar de obra de arte viviente que lo recibió en la entrada, se esperaba en realidad algo más. Pero así, como se presentaba Madame Zolara, igualmente hubiera quedado bien en el piso ejecutivo de una gran empresa. Su confianza creció cuando ella le invitó con una agradable voz de contralto a que tomara asiento.

Schöberl le alcanzó su tarjeta. “Antes que vayamos al grano le tengo que pedir extrema discreción . “No que usted le venga a decir a la prensa… comenzó él.

La astróloga torció la boca indignada. “Pero, señor inspector…aquí no se divulgan secretos. En mi gremio – al contrario que en el suyo – estamos atados al secreto profesional”

Schöberl suspiró aliviado. Entonces presentó sin rodeos los hechos. Al hacerlo tenía que confesarse avergonzado acerca de que el resultado de sus pesquisas, hechas hasta ahora, eran extremadamente insuficientes.

“Lamentablemente, no le puedo ofrecer demasiado”, murmuró disculpándose mientras que sacaba rápidamente un pañuelo para estornudar.

Madame hizo un gesto de despojo con la mano. “Ese es su trabajo y a mi no me compete. Todo lo que necesito es una lista de los sospechosos y sus fechas de nacimiento”.

Schöberl asintió con la cabeza y buscó en los bolsillos de su chaqueta. A través de su mujer ya había oído lo suficiente, para saber lo importante que son las fechas de nacimiento en la astrología. El los había tomado, precavidamente, del computador de la oficina de registros de domicilio.

Madame recibió la lista de manera benevolente. “Si los datos son correctos, es completamente suficiente para mí”, dijo ella. “Sin embargo, inmediatamente no puedo …”

Schöberl miraba fascinado como ella, con uñas puntiagudas laqueadas de rojo, trazaba círculos inconstantes sobre una base pintada con letras. Un tic nervioso? O era su método para entrar en contacto con el más allá? Madame Zolara miraba tan extasiada hacia el techo que no se atrevía a preguntarle.

Un repentino campanilleo del teléfono regresó a la vidente en fracciones de segundo a la realidad. “Usted ya sabe que no deseo ser molestada…” vociferó en el auricular. Hubo una corta discusión con su secretaria. Aparentemente se trataba de un cliente muy importante que estaba en un agudo aprieto: “Ahora no puedo, debe intentar de nuevo en diez minutos”, dijo Madame Zolara y colgó.

“Bueno, entonces no quiero quitarle más….” dijo Schöberl y se levantó.

Madame Zolara le dio su mano. “Como ya le dije, necesito algo de tiempo. Digamos que hasta mañana por la noche”

Durante todo el día siguiente Schöberl estuvo bastante distraído en su trabajo. Las horas hasta el anochecer eran interminables. Cuando se puso en camino, el cielo estaba cubierto de nubes que amagaban lluvia. Poco antes de llegar comenzaron a caer las primeras gotas. La secretaria le tomó el abrigo y le hizo seguir. Madame Zolara lo esperaba ya. Esta vez su escritorio estaba cubierto con tablas curiosas y diagramas.

“Ninguno de los sospechosos de su lista entran en consideración”, comenzó a decir ya desde el principio.

“Qué?” Schöberl estaba desconcertado. “Pero alguien tuvo que..!”

Madame Zolara sacudió la cabeza enérgicamente. “Naturalmente, pero con absoluta seguridad no fue ningún hombre!”

“Quién, entonces?” prorrumpió Schöberl.

“Bueno eso no se puede decir tan fácil. Ninguno de los horóscopos señala directamente al asesino. Pero de todas maneras no me confío sólo a las estrellas, sino también a mi intuición. Todo induce a suponer que se podría tratar de un ser femenino”.

Schöberl hubiera deseado algo más exacto – al fin y al cabo la mitad de la población era de sexo femenino.

Madame Zolara sintió su decepción. “Usted debe ser piscis, se da muy pronto por vencido. Le quería justamente aclarar que cada signo del zodíaco no solamente revela propiedades del carácter sino que, para cada signo, hay también una manera característica de asesinar...,”

“No estoy versado en astrología, usted me tiene que aclarar eso más detalladamente” pidió él.

“Bueno, vamos a comenzar con usted,” dijo Madame Zolara. “Un piscis esta bajo el reino de Neptuno, al que se le considera competente para todos los líquidos. Por ejemplo el alcohol, esencias, aceites, drogas, venenos. Cuando los piscis matan el metodo que escojerian es el veneno o preferiblemente ahogarian a la victima…”.

Schöberl se quedó sin aire. La facultad de esa mujer de avanzar hasta lo más oscuro y profundo de su alma era fantasmagórica. De dónde sabía ella la lucha heroica que el tenía que resolver con él mismo cada mañana mientras se rasuraba? Gracias a un dominio de acero había podido, hasta ahora, reprimir el

impulso; pero muchas veces estuvo a punto de ahogar a su esposa que estaba salpicando desde la bañera: Sólo para enmudecer su canto que le mataba los nervios...

Su cara se ruborizó, se sintió descubierto. Sin embargo, la dama de las estrellas estaba tan en su elemento que no le ponía atención. “ Los acuario, por ejemplo, se inclinan por poner a sus víctimas bajo electricidad, los sagitarios por su parte, un signo de fuego, prefieren la combustión…”

“La señora Kröger fue asesinada con un cuchillo de carnicero. Cuál de los signos sería posible para este tipo de asesinato? “ interrumpió Schöberl impaciente.

Madame Zolara comenzó de nuevo a hacer círculos sobre los diagramas garabateados y parecía estar en trance. De repente paró.

Schöberl contuvo la respiración.

“Es posible que tanto la asesinada como la asesina hayan nacido bajo el signo de virgo. Aquí, vea usted esto“, le pidió al inspector y colocó su índice en la mitad de los garabatos. “A la hora del asesinato, Plutón estaba en conjunción con Marte. Plutón es responsable de la violencia. Con esta constelación de mal augurio hay un gran peligro de que alguien pueda ser víctima de un acto violento. De la misma manera bajo la influencia de Plutón también puede suceder que una persona, completamente pacífica, se convierta en asesina…”

Schöberl dio un respingo. En la última observación de madame Zolara le sonó la campanilla. El trataba de recordar … Ese mutilador de la torta Sacher, ese Meyer, no se había él calificado como una ovejita pacífica?

Sin embargo, la astróloga destrozó inmediatamente todas sus consideraciones. “Usted ya se ha equivocado bastante desde hace tiempo. Tiene que buscar en las cercanías de la asesinada a una mujer nacida bajo el signo de virgo, entonces tendrá a la asesina”, declaró decididamente.

A Schöberl le dio escalofrío la seguridad de su declaración, como si lo hubiera tocado un hálito del más allá. El agradeció profusamente a la vidente y salió apresurado. En la recepción lo detuvo el monumento artístico viviente y le entregó un papel en la mano en el que estaban pintadas cuatro cifras. 6 5 0 0 leyó él sin entender.

“El honorario de Madame Zolara” aclaró la recepcionista. “En principio ella nos deja a los mortales participar gustosa y gratuitamente de su sabiduría. Su talento es un don de Dios, ella sólo se entiende como instrumento que transmite entre arriba y abajo…Por otro lado esto la desgasta espiritualmente de tal manera que necesita largas pausas de reposo… y eso tiene por supuesto sus gastos…”

No hubieran sido necesarias tantas aclaratorias. Schöberl abrió la billetera y pagó sin pestañear. Cuando caminaba de prisa con pasos alados hacia su oficina sus células grises trabajaban a un alto voltaje. Madame Zolara lo sacó de

la calle ciega en que se encontraba. De pronto se abrieron una serie de posibilidades; de pesquisas que hasta ahora había descuidado. Se le cayó la venda de los ojos.

La ventana de la Señora Kröger había estado abierta – la asesina ha debido descolgarse con una cuerda del tejado. Rápidamente completó el perfil de la asesina. Esta debía ser flexible, sin vértigo, valiente y deportista. Con seguridad era de sangre fría y rápida en sus reacciones si no, no hubiera agarrado de un solo golpe el cuchillo más ancho y acometido como un relámpago por detrás a la víctima.

Schöberl estaba seguro que a partir de ahora todo sería como un juego de niños encontrar a la asesina. En sus pesquisas, él se había concentrado demasiado en los cocineros que odiaban a la critica como la peste por que no los habia encontrada digno de un gorro. Pero no habian al mismo tiempo mencionado otra condecoración?

Cuando al día siguiente en su oficina silbaba la Marcha Radetzky de muy buen humor, sus colegas lo acechaban con miradas agresivas. Sin importarle mucho marcó el número de la redacción de la Table Ronde y pidió a la secretaria de la Señora Kröger.

Impaciente, tamboreaba con los dedos sobre la mesa, hasta que por fin la tenía en el teléfono. Después de la usual retórica de cortesía le pidió que le aclarara la importancia de la otra condecoración.

La señora Hofer aspiró el aire de una manera audible. “Se refiere usted al Trofeo Gourmet ?”. Un par de veces tuvo que hacer preguntas intermedias para sacarla de extravagancias secundarias. Después de la conversación resumió sus notas. De la declaración de Anni Hofer se cristalizaron tres puntos de apoyo. Punto 1: Esa misma noche el periódico rival Feinspitz elevaría a una serie de cocineros a la nobleza culinaria con la nueva condecoración “ Trofeo Gourmet ”, dentro del marco de una fiesta de gala en el Palacio Pallavicini. Punto 2: El jefe de redacción de la Table Ronde había logrado sonsacar de su trabajo a la inventora de la condecoración de Feinspitz . Punto 3: La mujer en cuestión comenzaría en otoño en la Table Ronde como jefe de redacción.

El Jefe de personal, el siguiente en la lista de llamadas certificó lo que ya le había dicho la secretaria. El inspector preguntó la fecha de nacimiento de la futura jefa de redacción.

“La señora Eva-María Homolka nació el 14 de septiembre, la respuesta salió como disparada por una pistola.

Schöberl estaba sorprendido. “Usted se sabe la fecha de memoria?”

“Nuestro nuevo director-editorial tiene una obsesión por los astros y quería que la examináramos astrológicamente antes de emplearla… Sin embargo, por falta de tiempo no lo he podido hacer” aclaró el jefe de personal.

Schöberl estaba como electrizado. Inmediatamente alertó a sus colaboradores. Ahora todo tenía que hacerse rapidamente..

Era un poco antes de las diez de la noche cuando Schöberl llegó a la Josephsplatz con la lengua afuera. La ceremonia festiva, a la que había precedido una cena de gala, ya había terminado. Encontró a algunos invitados bajando por la escalera barroca; la sala, decorada festivamente, se había vaciado, con excepción de algunos grupitos y de los mesoneros que ya estaban ordenando las mesas.

Aunque él no conocía a la señora Homolka no tuvo que buscarla mucho. Cargada de buquetts con flores estaba en medio de un pequeño grupo cerca del estrado y recibía felicitaciones y besos en la mejilla riéndose encantada por las adulaciones. Con su traje de noche color antracita cerrado hasta el cuello, el largo pelo rubio en un rollete impecable, con lentes de carey oscuro como único accesorio moderno, lucía fría y controlada, aunque en ese momento estuviese banado en gloria a satisfaccion.

Schöberl no era un monstruo, así que esperó hasta que el grupo se dispersara. Mientras tanto ella ya había vislumbrado al inspector y lo evaluaba frecuentemente con la mirada. Cuando le dirigió de nuevo la mirada, él se le aproximó, le dio su nombre y le pidió hablar con ella a solas.

“Un momento”, dijo ella un poco molesta, le dio por corto tiempo la espalda y le entregó las flores al hombre que se había quedado todavia a su lado. “Schorschi, recoge el auto, ya voy!”

Finalmente le prestó atención a Schöberl. “Quién es usted? Que quiere de mi? No ve usted lo que pasa aquí, ahora no tengo tiempo”, le increpó de mal humor.

“Con permiso, señora, temo que pronto va a tener más tiempo de lo que usted quiere. Estoy encargado de las pesquisas por el asesinato Kröger y le tengo que pedir que venga conmigo”. Por un momento ella osciló, como si fuera a desmayarse, después tomó el control de nuevo y siguió al inspector como si la hubiera invitado a un paseo.

Al llegar a la oficina, Schöberl no perdió tiempo y le espetó los hechos en la cara. Mientras tanto, por orden de él, la ventana había sido examinada a fondo nuevamente. De las pesquisas habían logrado conseguir un cabello rubio, largo, como prueba. Aunque faltaba todavía la prueba genética, Schöberl ya no tenía dudas de tener frente a él a la asesina. Con un método de interrogatorio eficaz ya la iba a desenmascarar.

Schöberl la dejó asarse, durante horas, en el cuarto de interrogatorios, le negó café y cigarrillos y finalmente colocó, sin ningún tipo de compasión, un bombillo de 100 Vatios orientado a su cara. Detrás, en las sombras, observaban él y su asistente altamente concentrados cada matiz de su expresión facial – para reaccionar prontos y con la sensibilidad de un sismógrafo a cualquier indicio apenas perceptible de la conciencia de culpa, una vibración en la voz, un arqueo de las cejas, un temblor de los dedos.

Ella era como una nuez dura. Su terquedad irritó al inspector pero el no aflojaba y esperaba pacientemente. El día ya estaba aclarando, hasta que por fin Anna-Maria Homolka, agotada por un interrogatorio de horas, se desplomó y con voz áspera confesó que había asesinado a su enemiga y odiada rival.

Schöberl se reclinó satisfecho, mandó traer café y le ofreció un cigarrillo. Ella aspiró profundamente como si pudiera ser la última.

“Bastante arriesgado descolgarse hasta por la ventana. No tenía miedo de despeñarse?” preguntó el inspector.

Sacudió la cabeza. “La acción de deslizarse con la soga no era nada para mi, soy miembro ya desde hace años de la Asociación Alpina. Y para el caso improbable de que me hubiera desplomado había colocado abajo un colchón,” confesó sin dejar de mostrar su orgullo.

Pero más que el Cómo al inspector le interesaba el Por qué . “ Por qué asesinó usted a la señora Kröger? Cual es su motivo para ese asesinato inhumano!”

A ella le molestó la elección de palabras de Schöberl. “Esa canalla no se ha ganada una muerte tan bonita … corta y sin dolor…Ella ni siquiera se dio cuenta, fue tan rápido…”

“Y el motivo? “ repitió Schóberl.

La Homolka resopló despectivamente. “Ella era la persona más envidiosa, maligna, sabelotodo que uno se pueda imaginar. Qué cree usted, a cuántos restaurantes de primera categoría le negó esa puerca la gorra? Por su culpa incluso un cocinero se suicidó… no se podía seguir aceptando esto …Entonces me inventé el Trofeo Gourmet para romper de una vez por todas el monopolio elitista de la Kröger!”

“Sabía la señora Kröger de eso?” la interrumpió el inspector.

“Por supuesto que yo supliqué mantener silencio absoluto para que ella no se entrometiera. Pero el ramo es un nido de chismosos”

“Y ella se entrometió?”

“Claro que si. Me enteré por su parlanchina secretaria que ese mismo día había enviado docenas de cartas exigiendo boicotear el otorgamiento de condecoraciones. Pero ella erró en el cálculo. El ramo enseguida tomó el partido por el Trofeo. Usted mismo vio todo el barullo de esta noche!” - hizo una pausa para encender un cigarrillo -. En sus pensamientos parecía degustar otra vez su triunfo. El inspector le dio tiempo.

“No se cómo el jefe de redacción de la Table Ronde se enteró de esto, de todas maneras me invitó a una reunión y poco después me ofreció el cargo de jefe de redacción.” Una sonrisa pasó sobre su tensa cara. “Usted no lo va a entender, eso es… como recibir la acolada de la reina! Pero mi gran satisfacción era quitarle a la Kröger el puesto de jefe en sus narices”.

“Usted le ganó en todos los frentes, por qué tenía que asesinarla?” preguntó Schöberl mientras fruncía las cejas.

“Aunque mi nombramiento todavía no era oficial, ella ha debido intuir, lo que se estaba tramando… me llamó por teléfono y me amenazó groseramente?”

“Ah si? Con qué?”

La Homolka no dio una respuesta, sino que pidió un vaso de agua. Schöberl mismo la fue a buscar. Se sintió a gusto con la pausa y con la oportunidad de estirar las piernas. El asistente bostezó y se desperezó. Sólo la Homolka no mostraba ningún síntoma de cansancio.

Schöberl se sentó nuevamente: “Así que la señora Kröger la amenazó… Qué tenía ella en la mano en contra suya?”

Esa canalla quería propagar que yo me dejaba comprar para hacer críticas benévolas… Si eso hubiera circulado, mi reputación se hubiese arruinado… Y yo jamás tomé ningún dinero… Solamente me dejé invitar algunas veces a comer con un par de amigos. Aunque a usted le parezca ridículo, en nuestra profesión eso es la ruina. Caer tan cerca de la meta… Tenía que pararla”.

“Pero sólo era una amenaza, de donde quiere saber usted…”

“Uno tiene sus trucos”, dijo ella con una risa sarcástica. “La chismosa de su secretaria me había confesado, después de un par de aguardientes, el plan de batalla hasta el último detalle. Su jefa le había dictado punto por punto toda la lista de mis faltas con la intención de presentárselas el lunes al jefe de la editorial… No me quedaba otra alternativa que anticiparme a ella…” En ese punto sus hombros temblaban y comenzó a llorar desenfrenadamente.

Schöberl apagó el reproductor. Las pesquisas habían terminado.

En la oficina reinaba entusiasmo sobre la buena noticia. El jefe de Schöberl era todo elogios cuando le presentó la confesión firmada. “Sinceramente, cuando no se estaba avanzando, pensé en quitarle a usted el caso. Lo felicito, increíble trabajo. Por supuesto que puede contar con mi apoyo para su ascenso. Aquí entre nosotros, cómo pudo usted aclarar el caso tan rapidamente?”

Schöberl pulió sus anteojos y dijo crípticamente: “Las estrellas ayudan a aquellos que creen en ellas.”

*

Cuando Schöberl definitivamente terminó con todo el papeleo y pudo irse a casa, ya era mediodía. Cuando abrió la puerta de su apartamento, olía a palitos de incienso. Con mucha agudeza dedujo que a su mujer se le había quemado el

Gulasch. Indulgente como estaba, debido a su éxito, el inspector pasó por alto el fiasco culinario y comió su porción con valentía. Su mujer tenía algo a favor - si no le hubiera llamado la atención sobre la astróloga no habría avanzado tan rápido en el caso.

La señora Schöberl estaba agradablemente sorprendida de que su esposo vaciara el plato sin comentarios. Normalmente siempre ponía reparos a su arte culinario. Dedujo de su comportamiento que su marido habia logrado resolver el caso. “Encontraste que fue, verdad? Felicitaciones, seguro que ahora te van a ascender.”

Schöberl alzó sorprendido las cejas. “No sabia que has desarollado un talento de clarividente? De dónde sabes…?”

Una sonrisa de supremacía se extendió sobre sus labios de su mujer. “Las estrellas no mienten, aquí está blanco sobre negro” le dijo y le extendió el periódico.

Schöberl se puso los lentes de lectura en la nariz y leyó. “La influencia negativa de Saturno que últimamente le estába dando quehaceres, va a ser disuelta por la influencia positiva de Mercurio. Este le ayudará a descifrar un secreto que va a favorecer su evolución profesional”.

“No te parece que esto hay que celebrarlo?” sin esperar su afirmación la señora Schöberl buscó la champaña que ya tenía fría en la nevera.

Cuando brindaron con las copas, el inspector se juró secretamente no burlarse más de la manía de su esposa por los astros. A sabiendas de que el delito nunca duerme y que le faltaban dos años para su pensión se levantó de repente después de la champaña y buscó su agenda para remarcar con tinta el numero telefónico de la astróloga Madame Zolara, por si acaso..

© Helga Anderle


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