Presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid entre 1983 y 1995
por el Partido Socialista y actual presidente de la Comisión de
Defensa del Congreso de los Diputados, Joaquín Leguina ha compaginado
desde la década de 1990 su tarea política con una ingente
labor literaria que le ha llevado a publicar más de diez novelas,
diversos estudios sobre economía y demografía, varios ensayos
y hasta un atípico libro de memorias. Aunque en alguna de sus
primeras obras ya aparecían algunos de los resortes y elementos
típicos del género negro (como, por ejemplo, en Tu
nombre envenena mis sueños, una magnífica novela
de misterio ambientada en la Guerra Civil Española llevada al
cine con excelentes resultados por Pilar Miró), ha sido con sus
dos últimos títulos con los que el autor se ha volcado
en la literatura policiaca.
Protagonizadas por Baquedano, un abogado
residente en el corazón
más castizo de Madrid, Por encima de toda
sospecha y
la reciente Las pruebas de la infamia muestran la habilidad
de Leguina para construir tramas de intriga con las que retratar algunos
de los más evidentes problemas de las sociedades contemporáneas.
En su última obra, ese papel crítico viene dado por su
evidente denuncia de las eternas corruptelas que suelen rodear las relaciones
entre política y negocios inmobiliarios, descubiertas por el personaje
protagonista al ir poco a poco tirando del hilo de una investigación
de asesinato. Teniendo en cuenta el perfil de hombre público de
Leguina y los recientes escándalos políticos que, relacionados
con el mundo de la construcción, se han producido en Madrid, resulta
imposible no intentar leer la novela como si de una clave se tratara.
La inclusión de personajes reales en el mundo ficcional hace más
sugestiva aún esta interpretación. Poco importa, sin embargo,
si detrás de la trama ideada por el autor hay rastros de la
vida real. La voluntad de denuncia del autor se refiere a un problema
global que afecta a toda la sociedad que no hay, por tanto, que limitar
a un caso concreto al que poner nombres y apellidos.
Además de por lo atractivo de su temática, de constante
y lamentable actualidad, la obra destaca por su estilo. Porque lo primero
que llama la atención de Las pruebas de la
infamia es
su amenidad. Escrita con ritmo e ironía, la novela se lee de un
tirón gracias a sus reducidas dimensiones y, sobre todo, a su
capacidad de adicción. A través del personaje central de
Baquedano, sobre el que gravita toda la obra y alrededor del que se sitúan
una serie de secundarios -como Maruja, su pareja; el inspector Guedán
o el periodista Sedano-, el autor sumerge a los lectores en una trama
en la que se dan la mano lo personal y lo profesional. Este doble interés
argumental tiene como lógica consecuencia la humanización
del protagonista de la obra, cuyos quebraderos de cabeza no sólo
tienen que ver con la imposibilidad de resolver el misterio, sino también
con cómo afrontar el compromiso con su pareja o el hecho de que
su hija, lesbiana, le vaya a convertir en abuelo. Así, junto a
los intentos del abogado por esclarecer una oscura trama inmobiliaria
aparece la cotidianeidad de su vida diaria, desarrollada casi por completo
en uno de los barrios más típicos de Madrid, convertida
así en un personaje más de la novela. Como Barcelona en
las novelas de Vázquez Montalbán, la capital se erige en
pieza vital de la obra de tal forma que se hace extraño imaginarse
a Baquedano por otras calles que no sean las del centro de Madrid.
Interesante y entretenida, Las
pruebas de la infamia no
sólo
resulta una de las más destacadas novedades de la efervescente
temporada de género negro, sino también -a juzgar por el
carácter coral y evolutivo de la obra y por la naturaleza de su
personaje protagonista, que demanda futuras entregas de la saga para
crecer y dar aún más de sí-, un segundo jalón
con el que consolidar la "serie Baquedano", que, a buen seguro, dará mucho
más que hablar.