El
tándem compositivo formado por Carles Quílez y Andreu
Martín -quien también ha publicado novelas a cuatro manos
con Jaume Ribera, como las de la exitosa serie juvenil de intriga protagonizada
por Flanagan- vuelve a repetir en Piel de policía las
principales características que adornaron su debut como pareja
literaria en Asalto a la virreina. De nuevo,
la rigurosa documentación
de la realidad histórica se convierte en punto de partida y
materia prima de una obra que se dedica a esclarecer desde la ficción,
aunque sin perder nunca de vista su origen fidedigno, un oscuro pasaje
de corrupción policial ambientado en los comienzos de la década
de 1980. En esos años, los Cuerpos de Seguridad estatales aún
no habían realizado una transición que augurase ciertos
cambios aperturistas y cierta higiene antidemocrática, con lo
que en su seno convivían, con dificultad y frecuentes roces,
elementos fascistas convencidos de su capacidad de coaccionar mediante
la violencia y el miedo a la ciudadanía con nuevos agentes idealistas
que, esperanzados con el nuevo régimen, abogaban por una policía
cercana, respetuosa y de servicio público a la sociedad. Uno
de esos jóvenes soñadores, Lacruz, tras descubrir ciertas
irregularidades en una investigación, comienza a indagar en
los malos hábitos profesionales de algunos de sus compañeros,
topándose con una red de corrupción y criminalidad organizada
relacionada con la ultraderecha española y con ciertos departamentos
estatales. Su descubrimiento será el germen de una traumática
y salvaje experiencia que le llevará a dejar el cuerpo, abandonar
sus ideales y retirarse a trabajar en una cochambrosa taberna.
Después de varios años de vuelta
de todo, dedicado a servir y beber whiskys y convertido en un personaje
patético cada vez
más alejado de lo que un día llegó a ser, Lacruz
recibe un día una inesperada visita que le hace darse de bruces
con un pasado que creía ya olvidado. La novela se estructura así como
un flash-back que lleva al protagonista a rememorar las causas
de su miseria y al lector a entender su situación. Ese viaje al
pasado lleva implícito un deseo de venganza contra quien Lacruz
cree responsable de todo lo ocurrido que emparenta a la obra con uno
de los títulos clásicos de Andreu Martín y de toda
la literatura negra española, Prótesis. Al igual
que en aquella, todo el argumento de la novela, en el que hay lugar para
el rito iniciático, la denuncia social, la trama policiaca e incluso
el amor, se reduce en el fondo a una relación de odio salvaje
entre dos personajes que simbolizan dos formas muy distintas de ser y
entender la vida. En esa dualidad brilla con fuerza el antagonista, Castán,
que, siendo correlato de un personaje real, se convierte en uno de los
seres de ficción más tremendos de los creados por la reciente
novela policiaca.
Desgarradora y brutal,
Piel de policía es,
sobre todo y además de un terrible pero esclarecedor documento sobre la policía
española de hace veinticinco años, una novela que exalta
la capacidad de regeneración del encuentro con el pasado y, con
ello, la necesidad de dejar bien saldadas las cuentas con ese tiempo
eterno que jamás abandona.