el policiaco en el punto de mira
n°7 Noviembre-Diciembre-Enero de 2006/07

 

 

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Siempre la misma música
Raúl Argemí

Algaida • 2006

Zeki

 

Al retorno de uno de sus múltiples fracasos, el Negro mantiene una conversación con el Polaco en la trasera del "Café y Billares". Una charla que recuerda a otras en la misma estancia con olor a lejía y escobas... Una conversación por la que desfila el pasado al tiempo que las fichas del domino van diseñando, sobre el tapete verde de la mesa, formulas que apuntan siempre a un mismo perdedor... A lo lejos, rugen los motores de camiones y bólidos, aúllan espectros en los chupaderos y suenan tableteos de automáticas...

Desde ese momento en el que El Negro se sienta frente al Polaco, los diálogos, como navajazos verbales, se ajustaran a ese mano a mano plural y giratorio que ira discurriendo en la trasera del tugurio y cuyo eco se prolongará en áreas de carreteras perdidas, en los páramos o habitaciones de meublés. Recreando una línea continúa que discurre imparable dentro de este road movie lunfardo y que trazan personajes nacidos en los márgenes.

Pero lo importante no son esas consecutivas anécdotas a ritmo trepidante que se van engarzando entre las fichas del domino. Aunque no dejan de ser muy ilustrativas y precursoras de lo que se avecina y planea constantemente como esa música de violín que, dice El Negro, toca un ángel. Lo importante son los silencios entre ficha y ficha, entre partida y partida. Es sintomático que uno de los personajes más substanciales, El Serio... no pronunciara una sola palabra en todo el relato. El Serio es la inquietante sombra de ese serafín que marca el compás de sus destinos.

La cadencia, por momentos, sincopada de la prosa, imprime la urgencia a la que desde el primer instante es sometido el lector. Una tensión electrizante que va contrastando con los pausados diálogos del Polaco, como un profesor intentando meterle algo en la cabeza de ese niño obtuso y alocado que es El Negro. Un pibe pasado de años para esos amores repentinos que le despiertan la Uruguaya. Un rebelde pasado de causas con un amo siempre al que odiar. Un tahúr que nunca gana a la banca.

Argemí aficiona ese tipo de protagonistas que quieren siempre elevarse por encima de sus fatalidades, que luchan por evadirse de una suerte implacable, de su condición de rehenes del destino. Hay en su propósito la melancólica certeza de lo inevitable, la rabia sublimada en la acción, que los asemeja a héroes de una opera china. Pero el autor como buen argentino, si acaso flirtea con el drama y el atractivo de la interpretación escénica, se guarda mucho de lo melodramático y de lo edificante. Nihilista, equilibra esos momentos eufóricos en los que el bueno se encamina hacía un happy- end vengador que redima a los paria de la tierra, con el traidor zarpazo de un cariacontecido virtuoso.


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