Siempre la misma música
Raúl Argemí
Algaida • 2006
Zeki
Al retorno de uno de sus múltiples fracasos, el Negro mantiene
una conversación con el Polaco en la trasera del "Café y
Billares". Una charla que recuerda a otras en la misma estancia con
olor a lejía y escobas... Una conversación por la que
desfila el pasado al tiempo que las fichas del domino van diseñando,
sobre el tapete verde de la mesa, formulas que apuntan siempre a un
mismo perdedor... A lo lejos, rugen los motores de camiones y bólidos,
aúllan espectros en los chupaderos y suenan tableteos
de automáticas...
Desde ese momento en el que El Negro
se sienta frente al Polaco, los diálogos, como navajazos verbales, se ajustaran a ese mano a
mano plural y giratorio que ira discurriendo en la trasera del tugurio
y cuyo eco se prolongará en áreas de carreteras perdidas,
en los páramos o habitaciones de meublés. Recreando
una línea continúa que discurre imparable dentro de este road
movie lunfardo y que trazan personajes nacidos en los márgenes.
Pero lo importante no son esas consecutivas
anécdotas a ritmo
trepidante que se van engarzando entre las fichas del domino. Aunque
no dejan de ser muy ilustrativas y precursoras de lo que se avecina
y planea constantemente como esa música de violín que,
dice El Negro, toca un ángel. Lo importante son los silencios
entre ficha y ficha, entre partida y partida. Es sintomático
que uno de los personajes más substanciales, El Serio... no
pronunciara una sola palabra en todo el relato. El Serio es la inquietante
sombra de ese serafín que marca el compás de sus destinos.
La cadencia, por momentos, sincopada
de la prosa, imprime la urgencia a la que desde el primer instante
es sometido el lector. Una tensión
electrizante que va contrastando con los pausados diálogos del
Polaco, como un profesor intentando meterle algo en la cabeza de ese
niño obtuso y alocado que es El Negro. Un pibe pasado de años
para esos amores repentinos que le despiertan la Uruguaya. Un rebelde
pasado de causas con un amo siempre al que odiar. Un tahúr que
nunca gana a la banca.
Argemí aficiona ese tipo de protagonistas
que quieren siempre elevarse por encima de sus fatalidades, que luchan
por evadirse de una suerte implacable, de su condición de rehenes
del destino. Hay en su propósito la melancólica certeza
de lo inevitable, la rabia sublimada en la acción, que los asemeja
a héroes
de una opera china. Pero el autor como buen argentino, si acaso flirtea
con el drama y el atractivo de la interpretación escénica,
se guarda mucho de lo melodramático y de lo edificante. Nihilista,
equilibra esos momentos eufóricos en los que el bueno se encamina
hacía un happy- end vengador que redima a los paria
de la tierra, con el traidor zarpazo de un cariacontecido
virtuoso.