La punizione (El castigo)
Salvatore Scalia
Marsilio éditeur • 2006 • 135
pages
Giuseppina La Ciura
Trad.:
María Marcos
Salvatore Scalia, periodista y dramaturgo,
dirige las páginas culturales de "La Sicilia" de Catania.
Ha publicado "Teatro" "Trilogía del dolor" y "Efectos".
"La
Sicilia como metáfora", decía Sciascia. Y dentro de esta
Sicilia, Catania es una ciudad importante, emblemática por su
vitalidad mediterránea, hecha de sonidos, de olores, de gestos
a menudo violentos, y por su encanto descarado, exhibido, un poco vulgar,
incluso si, como lo anota Tahar ben Jalloun, "el color dominante resta
el gris sombrío, el gris de las rocas del Etna y. el mismo cielo
coge durante muchos meses del año los colores del Etna"(1).
En Catania, en los márgenes de la vieja villa espléndida
y barroca, se abren barrios populares, pobres, degradados, con inmuebles
ruinosos, con calles disjuntas, dónde las basuras se amontonan
entre los excrementos de perros y el vómito rojo de los borrachos,
las carniceras fumigadas en los braseros en los que se tuesta la noche,
a cielo abierto, la carne de caballo y los establecimientos miserables
donde se vende las mejores croquetas de arroz, tan caras por el comisario
Montalbano. En sus laberintos oscuros vive una humanidad que por razones
históricas muy complicadas (o demasiado simples) se ha hecho
diferente, en su lenguaje (incluido el gestual), sus reglas de vida,
su visión del mundo (2).
Saint Christophe es un de estos barrios, aquel en el se desarrolla
la historia narrada por Salvatore Scaglia.
Mayo 1976. Cuatro chicos
jóvenes, entre doce y trece años,
sobre sus vespas 50 con motores trucados, "flacos como la muerte, imberbes,
mal peinados, vestidos de forma parecida, zapatillas, jerseys y vaqueros" se
van de caza de turistas ingenuos, extranjeros o continentales, que
no saben. Ellos vagan, zumbando y danzando entre la gente, los coches,
las carretas de los vendedores ambulantes. Es el primer sábado
de mes, el día del mercado del barrio. Buscan la presa adecuada.
La encuentran, después de numerosos pasos. La palabra que ordena
es dicha. La presa es una vieja totalmente arrugada, gorda, vestida
de negro, que camina por el centro de la calle y que trata a los transeúntes
como una reina. El honor obliga a que robe a Pinuccio, debutante en
su primer golpe. La vieja trata de resistirse, se cae y suelta su bolso.
Los chicos desaparecen "como rápidas sombras". Van a esconderse
en los laberintos de los callejones sombríos, en la casbah.
La vieja se queda en el suelo, se lamenta con grandes gritos, pero
nadie la ayuda. Nadie osa a tocarla. Un extraño silencio, luego
el espanto les atrapa también. Esta vieja es la "capitana",
la madre de Iddu, el Jefe, el Boss, del barrio, de la ciudad, de la
mitad de Sicilia, amigo de numerosos policías que viven en Roma. Una
eminencia.
En su código, esto se llama una ofensa, un
crimen muy grave que exige un castigo ejemplar "purificante", una ofensa
que no se lava más que con sangre. Los empleados desaparecen
en el silencio ensordecedor de todos. Años más tarde,
un arrepentido revelará la verdad (pero, ¿qué es
la verdad? En la tierra de Pirandello, lo sabemos, todo es así,
tal y como parece). Hasta en este negro existencial en la cual el autor
reúne, con un lenguaje desnudo, con una gran maestría,
la macabra y la obscena, la sagrada y la profana, la crónica
y la leyenda, el epílogo está previsto "el fin es característico".
"Piedad
para los justos", como decía Camus.
(1) Tahar
Ben Jelloun "El ángel ciega" Edition le Seuil, 1992.
(2) "El
mafioso no sabe que es mafioso, vivo en la mafia como en su propia
piel" Leonardo Sciascia, "En futura memoria" 1959.