Real y llena de verdad
Mala sangre
Pablo Bonell Goytisolo
y Empar Fernández
Tropismos, 2007, 250 pp.
Javier Sánchez Zapatero
Un año después de la salida
al mercado de la notable Las
cosas de la muerte,
el tándem compositor formado por
los barceloneses Pablo Bonell Goytisolo y Empar Fernández
vuelve a estar de actualidad por la publicación de Mala
sangre. La segunda entrega de la saga protagonizada por el
inspector Escalona mantiene las señas de identidad que dieron
lustre a su predecesora, constituyéndose también como
una novela de ambiente y de personaje humana, real y llena de verdad.
La repentina muerte de un hombre que
se gana la vida como "estatua
viviente" callejera a las pocas horas del asesinato de una prostituta
en el barcelonés barrio del Raval supone el punto de partida
de la trama novelesca. Convencido de las conexiones entre ambos sucesos,
Escalona inicia una investigación que le llevará a entrar
en contacto con mundos tan aparentemente diferentes como los de la
industria pornográfica o el selecto Círculo Ecuestre
barcelonés. El recorrido urbano que ha de trazar el inspector
para continuar adelante con sus indagaciones permite al dúo
creador mostrar un detallado y contemporáneo fresco social y
urbano de la capital catalana y pasar a formar parte de la larga lista
de autores que, desde los tiempos de Manuel de Pedrolo y Rafael Tasis
hasta los actuales de Andreu Martín o Francisco González
Ledesma pasando por los ineludibles y emblemáticos de Jaume
Fuster y Manuel Vázquez Montalbán, han hecho de Barcelona
la más negra de las ciudades españolas. Especialmente
interesante dentro de ese trabajo de costumbrismo urbano resulta la
descripción del Raval, legendario barrio de callejuelas estrechas
asociado tradicionalmente a la marginalidad e inmerso actualmente en
una permanente situación de cambio que le ha llevado a convertirse
al mismo tiempo en símbolo de mestizaje y lugar de acogida de
algunos de los más innovadores proyectos culturales barceloneses.
Lejos de ser anecdótica, la elección
del paisaje urbano del Raval parece estar al servicio de la construcción
del personaje principal de Mala sangre. Escalona es un representante
de cierto modelo de hombre tan incapaz de hacer frente a los acelerados
cambios de la vida moderna como comprometido con su forma de ver y
afrontar el mundo. La transformación de las calles por las que
ha trabajado toda su vida no hace sino mostrar con mayor intensidad
los problemas de adaptación de alguien que, lejos de preocuparse
por el traspaso de competencias policiales a los cuerpos autonómicos
de seguridad, por las innovaciones tecnológicas que tanto parecen
gustar a sus compañeros o por los títulos del Barça,
parece vivir absorbido por la fidelidad a su rol de servicio público.
Sin caer en el tópico del detective solitario y desencantado,
Santiago Escalona se muestra como un personaje cercano, un ente literario
con el que no resulta nada difícil sentirse identificado.
Alrededor del protagonista vuelve a aparecer
toda la gama de secundarios mostrada en Las cosas
de la muerte,
contribuyendo con ello a hacer más creíble y familiar
el ritmo cotidiano de la vida de Escalona. De entre todos ellos, es
la figura de Teresa, la agente con la que el inspector mantiene una
relación sentimental,
la que experimenta un mayor crecimiento como personaje respecto a la
primera de las novelas de la saga. Alejada por problemas familiares
de Barcelona, su ausencia del espacio en el transcurre la trama no
hace sino reforzar su presencia en la vida de Escalona, consolidándose
como una de las bases a las que éste se aferra ante el devenir
de un mundo que parece ya no comprender.
De lectura ágil, la narración
confirma todos los buenos augurios apuntados en la primera de las
entregas de lo que ya puede ser definido como "serie Escalona". Lo
que en Las cosas
de la muerte quedaba relegado a mera presentación, por
las peculiares características de toda obra voluntariamente
fundacional, en Mala sangre aparece ya absolutamente consolidado.
Excepcional como fresco social y como retrato humano, y escrita con
un estilo aséptico que denota un inmenso trabajo constructivo
y una evidente dosis de oficio literario, la novela logra combinar
los más clásicos elementos del género negro con
una voluntad ética y estética que la hacen "ir más
allá" de la mera diversión detectivesca.