Una mujer y una ciudad
Febrero todavía
José Luis Serrano
Editorial Roca, 2006 (1ª edición: 2001), 300 pp
Javier Sánchez Zapatero
Junto
a Petra Delicado, Bárbara Arenas y Lonia Guiu, Amparo
Larios forma el póker de damas de la novela negra española.
Creada en el año 2000 por el escritor y profesor universitario
José Luis Serrano, Larios es una abogada granadina escéptica
y desencantada que, a punto de enfrentarse a la "crisis de los cuarenta",
se ve involucrada por avatares de su profesión en diversas tramas
detectivescas. En Febrero todavía,
la segunda de las novelas que protagoniza (originalmente publicada
en 2001 y recientemente reeditada por la editorial Roca), la extraña
muerte de una joven supone el detonante a partir del que la rutinaria
y algo deprimente vida del personaje principal se transforma en una
emocionante y sorpresiva peripecia. Cumpliendo los rasgos básicos
del "investigador ocasional" -aquel
que, sin dedicarse de forma profesional al trabajo policial, termina
por desempeñar rutinas detectivescas al verse implicado en un
asunto delictivo-, Larios se ve envuelta en el caso por su doble condición
de socia de uno de los mejores amigos de la víctima y de abogada
particular de algunos de los principales sospechosos del crimen.
Novela de ambiente y de personaje, Febrero
todavía logra
construir, bajo el telón de fondo de la investigación,
un magnífico retrato de su protagonista y de la ciudad por la
que ha de moverse. Amparo Larios es una atractiva mujer que ha de actuar
en un mundo de hombres y que sólo parece encontrar en las intrigas
en las que de vez en cuando se ve envuelta el estímulo necesario
para soportar su continua sensación de descreimiento, acentuada
en la novela por un reciente desengaño amoroso y por el contraste
que supone que la acción transcurra en plena época navideña,
donde la pretendida e impuesta sensación de felicidad no hace
sino agudizar la crisis personal de la protagonista. El escenario de
sus aventuras, la ciudad de Granada, se constituye en un personaje
más de la obra, a la que aporta el misterioso y mestizo encanto
de sus calles y monumentos, y el escenario urbano, un tanto costumbrista
en este caso, que toda novela negra necesita para reflejar el espíritu
de una sociedad en continua transición en la que la vida cada
vez parece valer menos y la muerte puede aparecer por cualquier recoveco.
El reflejo de la actualidad social y
política y la intención
de trascender los componentes de misterio e intriga de los que parte
toda narración negra son puestos de manifiesto por el propio
autor, que, en una innovadora y sorprendente decisión, señala,
para supuesto beneficio de los receptores, qué capítulos
se han de leer necesariamente para entender la trama estrictamente
policiaca de la novela y qué capítulos se ocupan de todo
aquello que excede al desvelamiento de la verdad, olvidando con ello
que toda narración no es sino una globalidad mucho más
rica que la mera suma de sus elementos.