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martes, 15 de septiembre de 2009

Martín Solares: Los minutos negros

Barcelona: Mondadori, 2006. 384 págs. 18,50 €

Traducido del alemán al español por Verónica Cedeño Mora

ImageDebutar con una novela de casi cuatrocientas páginas es una empresa arriesgada. El mexicano Martín Solares (nacido en 1970) trabajó alrededor de siete años en ella. Los minutos negros es sin duda una de las novelas policíacas más ambiciosas que ofrece México desde las grandes obras de Paco Ignacio Taibo II –si no consideramos las novelas de Juan Hernández Luna, aún no traducidas al alemán. Por qué entonces, a pesar de que esta novela sin duda es brillante en muchas partes, no brilla en todo su esplendor, es algo difícil de explicar.


Cártel de drogas, asesinos seriales, corrupción


Solares cuenta, en una extensión inusualmente épica para el género, sobre la ficticia ciudad de Paracuán en Tamaulipas, un estado que colinda con el Golfo de México, el cual es poco mencionado en la literatura. Paracuán se ubica cerca de Tampico y Ciudad Madero, ciudades que realmente existen y que son los puertos petroleros más importantes de la región. En un primer momento el policía Ramón Cabrera, llamado “el macetón”, investiga el caso del periodista asesinado Bernardo Blanco, a quien se le hizo una “corbata colombiana”, es decir, le cortaron el cuello y le extrajeron la lengua por el orificio. Es por ello que sospechan que el cártel de drogas, que está dominado cada vez más fuertemente por los colombianos, se encuentra detrás del asesinato. O ¿quizá no? Sea como sea el muerto trabajaba en un libro sobre un hecho criminal de los años setenta. Quizá sea esa la pista correcta. Antes de que Cabrera pueda cerrar su investigación, es atropellado por un auto y llevado al hospital gravemente herido. Esta primera trama se interrumpe en la página 99, para dar lugar a otra que llenará las siguientes trescientas páginas.

La segunda trama se desarrolla en los años 1977 y 1978. Un asesino serial mata a pequeñas niñas, las descuartiza y abandona los cadáveres en diferentes lugares de la ciudad. El policía Vicente Rangel realiza las averiguaciones. Pronto recaen las sospechas en Jack Williams, el hijo de un industrial estadounidense. Sin embargo, el presidente municipal le prohíbe a la policía molestar a los poderosos extranjeros. La sospecha persiste en Rangel – y en el lector. Al final el asesino es alguien muy diferente y en eso consiste el verdadero escándalo que Bernardo Blanco pretendía develar: Algunas de las carreras políticas más importantes de la ciudad se han construido sobre los cadáveres de las niñas asesinadas.

Apenas en la página 337 la trama regresa a la actualidad y muestra los nexos entre ambas historias. Lástima tan sólo que, luego de más de doscientas páginas de intermezzo, el lector haya olvidado algunos nombres y detalles de la primera trama y que luego realmente tenga que remitirse al índice de personas que aparece al principio. La similar configuración en ambos planos y los innumerables sobrenombres tampoco facilitan las cosas. Pero eso no es tan grave. Solares presentó una compleja y bien ornamentada novela que antes que nada merece un elogio.

Violencia bien dosificada en un contexto verosímil

De manera muy consciente e ingeniosa Solares dosifica la descripción de la violencia. La mirada nunca recae directamente en los cuerpos mutilados de las niñas y, sin embargo, el lector sabe al final lo que les ocurrió. El narrador describe únicamente el efecto que tiene el espeluznante espectáculo de los cuerpos descuartizados sobre el agente de la policía, una técnica que recuerda a la teichoscopia en teatro. No obstante, el narrador procede de manera diferente, cuando se trata de la descripción de los hechos violentos ejecutados por la mano de la ley. Los empleados de la Dirección Federal de Seguridad castigan de manera ejemplar a un soplón sacándole los ojos. Esas descripciones, lacónicas pero claras, permiten que el lector mire directamente la escena con su ojo interior. Esta diferencia en la descripción hace posible una detallada crítica social. El asesino serial –un sicópata no muy interesante– no es el que podría decirnos algo sobre México y sobre el mundo actual, pues está enfermo. Una minuciosa descripción de los cuerpos desfigurados de las niñas sería por lo tanto voyeurismo puro. Lo que, no obstante, se hace en las altas clases sociales para encubrir el delito, por medio de la misma técnica, resulta abominable. Se tolera que seres humanos sean torturados, que un hombre joven, inocente, pase su vida en la cárcel y que algunos otros, como Bernardo Blanco, pierdan la vida. Este es el precio que paga la sociedad, cada vez más corrupta, para proteger a unos cuantos arribistas. Y que eso es una realidad, se lo creemos confiadamente a Solares, pues de escándalos semejantes se puede leer suficiente en los periódicos mexicanos. Así lo resume el ciego  Romero:

“Pactaron todos: pactó el gobierno, pactó el presidente, pactaron sobre el cuerpo de las niñas. Como ocurre en todo el mundo, la ciudad creció alrededor de las tumbas” (331).

La novela tampoco carece de ironía y de un gesto auto-reflexivo, que es conseguido a través de la evocación de algunas figuras literarias y de autores afines al género (por ejemplo Rubem Fonseca, Truman Capote, Dürrenmatt, Stevenson, Hitchcock). También personajes históricos como el escritor Traven Torsvan (un exiliado alemán) o el conocido criminalista Quiroz Cuarón, que en su tiempo fue conocido como el “Sherlock Holmes mexicano”, crean una distancia irónica con la obra. A Quiroz Cuarón se le pide ayuda como experto independiente y aprovecha la oportunidad para probar su fórmula matemática para resolver asesinatos en serie. Y ésta efectivamente funciona. Quiroz logra saber en unos cuantos días quién es el asesino. Desafortunadamente ya no alcanza a darlo a conocer, pues es envenenado y se lleva a la tumba la fórmula maravillosa que el mundo aún sigue esperando. En el México de Solares no hay lugar para tales panaceas.

Masa gris, cabos sueltos

A primera vista da la impresión que el autor hizo todo bien: un crimen aterrador con terribles consecuencias inmerso en un determinado contexto social con la profundidad necesaria, personajes convincentes, una narración a varias voces y una pequeña sorpresa al final.

Pero Solares perdió un poco de vista al lector, quien realiza un gran esfuerzo por desenmarañar la gran acumulación de episodios. Por si fuera poco, cada uno de los casi incontables personajes tiene su propia historia que a su vez está relacionada con el caso por medio de recuerdos o de determinados motivos literarios. Los elementos de la trama, en un principio bien pensados, se difuminan en un mar de elementos similares. Solares bate un ciento de finos ingredientes que al final dan como resultado una masa gris, en la que ya no se encuentran las pasas. El suspenso decae rápidamente en algunas partes a través de demasiados elementos que frenan la acción. Así la masa  se va haciendo cada vez más dura.

El mexicano deja también algunos cabos sueltos. A un lector de novelas policiales le hubiera gustado sin embargo verlos atados –y no únicamente a un lector de novelas policiales, sino también a todo lector atento que cuestione la función de cada elemento de la trama. Por ejemplo se descubre en el lugar del crimen, después de una disquisición complicada, que el asesino de las niñas arrojó las partes de los cuerpos a través de la ventana al retrete de un restaurante. Por qué lo hizo, Solares nunca nos lo aclara. De igual forma irrita el descubrimiento tardío de la médico forense quien encontró lana en las uñas de las víctimas y concluye que el autor del crimen debió haber atraído a las niñas con borregos. Pero ¿cómo y por qué exactamente lo hizo? Estos y otros detalles se los pudo haber ahorrado Solares, ya que su función no se da a conocer.

Conclusión: Los lectores pacientes serán recompensados en muchas partes de la novela. Por el contrario, esta novela no es aconsejable para impacientes amantes del suspenso.

Modificado el ( martes, 15 de septiembre de 2009 )
 
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