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Patrick Pécherot: un “traficante” PDF Imprimir
miércoles, 05 de agosto de 2009
Escrito por Corinne Naidet
Traducido del francés al español por Pablo Villavicencio

Patrick Pécherot: un “traficante”

Patrick Pécherot entrevistado por Corinne Naidet

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A fines de 2008 apareció en la Série Noire la novela más reciente de Patrick Pécherot, “Tranchecaille”. En la bien lograda novela varios narradores cuentan la historia de Jonas, un simple soldado durante la Primera Guerra Mundial, que es acusado de homicidio. Este es el pretexto para esta entrevista, en la cual Pécherot habla sobre su manera de escribir, la novela pop y otras cosas.

Corinne Naidet: Si una se introduce en su mundo se sienten ganas de contar historias. ¿De dónde vienen esas ganas?

Patrick Pécherot: Es extraño, pero no es exactamente eso. En realidad cuando comienzo un libro lo que me mueve no es tanto la historia que quiero contar, sino la manera como la voy a contar. Mucho más que el tema. No tanto la construcción narrativa, a pesar de que me interesa más que antes, sino mucho más la música en la que voy a contar la historia. Pero es cierto que a menudo meto historias al interior de otras historias. Hay cosas que hacen pensar en pequeños cajones, en anécdotas. Eso me permite darle definición a personajes secundarios. Quiero de manera extraordinaria a estos personajes, ya que la vida no sólo está compuesta de héroes, hay un montón de gente con la que uno se topa sin tomar en cuenta, que tiene sus propias historias. Y a mí me encanta recuperar esas pequeñas historias en mis libros. Lo que a mí me mueve es darle vida a esa gente, aún cuando se trate de gente inventada. Me ha impresionado un escritor que descubrí hace tiempo, el rumano Panaït Istrati, que se encuentra en la tradición del narrador de la Europa del Este. Él rellena sus novelas de cajones, de personajes que constantemente cuentan historias de otros personajes.

C. N.: Da la impresión como si Ud. escribiera para describir lugares.

P. P.: Es verdad, los lugares son realmente importantes. Ya me ha pasado que he empezado una novela sin saber adónde iba a parar, pero por otro lado sabía dónde iba a tener lugar.

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C. N.: Y tal vez para describir lugares que ya no existen.

P. P.: No sé. Así como determinadas novelas están ambientadas en una época que ya no existe, se trata entonces forzosamente de lugares que tampoco existen. “Soleil noir” (1) (Sol negro) por ejemplo tiene lugar en la actualidad, y aún cuando se trate de una escenografía de cosas moribundas, es actual a pesar de todo. En “Terminus nuit” (Estación nocturna) y “Tiuraï” (1), es lo mismo. Aún cuando estas novelas estén un poco desprendidas de los lugares. Hace poco leí una novela de André Hardellet, que se llama “La promenade imaginaire” (El paseo imaginario), donde él explica muy bien –sin comprender del todo el mecanismo– como uno se deja encantar por un lugar, aún cuando se trate de un sitio banal. En cierto momento surge un “encanto”, y a mí me interesa trabajar en eso. Los lugares acaban siendo sobretodo portadores de recuerdos.

Nada tiene un carácter más exorcista que un paseo por el mercado de las pulgas. En “Les brouillards de la butte” (Neblina en el campo de tiro) están las chucherías del vendedor de chatarra, todas esas cosas rotas son pequeñitos pedazos de recuerdos y al mismo tiempo trozos de la vida de la gente a quien le pertenecieron. No sólo somos de carne y hueso, también estamos hechos de objetos…

C. N.: Ya que estamos hablando del recordar: Por lo menos la mitad de sus libros están ambientados en el pasado ¿Prefiere ‘conjugar’ la novela policiaca en el tiempo pasado?

P. P.: No puedo explicar por qué, aún cuando siempre he devorado libros y películas que tienen lugar entre las dos Guerras Mundiales, lo que seguramente ha dejado huellas. Tal vez simplemente es que me interesa el tema de recordar.

C. N.: Ud. rememora otros libros: ¿Son Leo Malet y otros escritores del siglo 20 sus autores preferidos?

P. P.: No leo sino eso, pero los escritores actuales que estoy leyendo son atraídos de manera muy peculiar por los recuerdos. Soy un gran admirador de Patrick Modiano, una forma de escribir muy actual, pero con una especie de melancolía ligada al desaparecer de seres vivos y cosas. Un escritor es un traficante, traficante de palabras, recuerdos, y sobretodo se trata de exhumar cosas. Christine Durietz, la anterior secretaria de prensa de la Série Noire, me dijo una vez: “Patrick, tú no haces sino juntarte con muertos.” Y es cierto, a menudo me junto con ellos, voy a los cementerios. A mí me interesa volver a poner en circulación las cosas que la gente ha olvidado un poco.

C. N.: Francisco González Ledesma me dijo una vez: “los autores de la novela negra están ahí para contar las pequeñas historias que fueron olvidadas en los libros de los historiadores.” ¿Qué le parece esta idea?

P.P.: Efectivamente hay algo de eso. Si hay una cosa segura es que en las clases de historia uno no aprende la vida de los individuos. A pesar de todo hay numerosos libros que se interesan por la manera como la gente vivía en tal o cual época, pero aquí esta gente es tomada como masa y no como individuos. No hay que confundir el rol del escritor con el roI del historiador. Los escritores son narradores de historias, no de “la historia”.

C.N.: Volvamos a su tema predilecto: lo que a Ud. le interesa es la manera de contar las historias. ¿Cómo trabaja Ud. para restituir perfectamente los ambientes, se trate de una taberna parisina de las trincheras?

P.P.: Respecto a los lugares yo no investigo, lo que pasa es que simplemente se me ocurren, los invento. Se trata más bien de un trabajo de recreación de las cosas: cuando uno está hondamente impresionado por una atmósfera, uno entra en un estado tal vez cercano al del medium. Me ha pasado que he tenido que trabajar con fotos, pinturas o dibujos de una época. Y me quedo muchísimo tiempo delante de una pintura, incluso en las exposiciones la puedo mirar largo tiempo hasta impregnarme de ella y vagabundeo alrededor de ella. Después uno entra en un tal estado, que uno ha absorvido profundamente lo que ha visto. Uno ha chupado las sensaciones y las deja salir de nuevo. Con los lugares es parecido, me sucedía muy a menudo que he andado sin ninguna meta, simplemente para “respirar” el lugar, para sentir la vereda, para ver la cabeza de la gente. Después uno almacena cosas que reaparecen mientras se escribe. Los surrealistas hacían mucho eso, trabajaban la “escritura pendular”. Pero leer para documentarse, de ninguna manera trabajo así. Lo que me interesa en último caso no es la verdad, sino que la atmósfera sea real.

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C.N.: Ud. habla de los surrealistas. ¿Acaso Ud. ha elegido precisamente el código de la novela policiaca para ensayar una forma de escribir?

P.P.: No. Si uno retoma el surgimiento de la historia del primer libro que escribí, “Tiuraï”, fue para hablar de Tahiti y yo pensé que el género policiaco era el mejor para mi propósito. Intentar decir dos o tres cosas que están detrás de la fachada. El carácter de pesquisa me permitió precisamente pasar más allá de las playas de arena y las palmeras.

C.N.: A propósito de ese libro, desde su aparición, todo el mundo estaba convencido de que Ud. vivía en esa isla.

P.P.: Sí, era bastante raro. No era invitado a los festivales, me decía a mí mismo que debía ser porque no había escrito sino un solo libro. Un día me encuentro con un organizador que me dice: “lo invitaríamos con mucho gusto, pero va costar caro hacerlo venir desde Tahiti”. Le respondí que eso se iba a solucionar bien rápido, ya que vivo en Courbevoie, así que no voy a ser demasiado caro. Es cierto que me junté con gente que vivía en Tahiti, especialmente periodistas que me decían: “Hemos leído su libro, por lo visto Ud. conoce a un tal o a un cual, es muy raro.” Sólo que yo no los conocía ni en pintura. Eso me divertía mucho y prueba que la parte de mentiras o invenciones que escriben los novelistas es capaz de conmover a los lectores a pesar de ello y ponerlos muy cerca de la verdad.

C.N.: Esta verdad precisamente en su última novela, “Tranchecaille”, Ud. encuentra el tono preciso para describir las trincheras y los sentimientos de los soldados.

P.P.: Cuando era más joven leí bastantes obras sobre la Primera Guerra Mundial. Las grandes obras: Dorgelès, Barbusse. Todo eso se quedó en mí y no quería ser influenciado por segunda vez, así que no he releído absolutamente nada. Lo demás es siempre parecido, cuando uno se pone en esa situación de medium, de la que hablaba hace un momento, uno llega casi a sentir lo que sienten nuestros personajes. Pero de hecho, uno no lo logra nunca, yo siento una milésima parte de lo que él ha sentido. Cuando se pone uno en esa situación, se intenta escribir lo que uno logra sentir. Si se me permite la comparación, pienso que es un poco lo que hacía Simenon, él terminaba enfermándose un poco mientras escribía. Cuando se escribe, uno entra en la piel de otra persona: es un poco como el actor que se pone en la piel del personaje, eso puede hacerte perder el equilibrio.

C.N.: Ud. nos ha hablado de la importancia de los personajes secundarios. ¿Es por eso que ha elegido para su último libro “Tranchecaille” una construcción narrativa donde numerosos personajes atestiguan en capítulos muy cortos?

P.P.: No quería hacer una narración lineal. Y quería dar vida a numerosos personajes, porque la guerra es un fenómeno de masas que está compuesta de individuos. Quería darle la palabra a un cierto número de personajes tipo, pero ojo, sin reducirlos a eso, porque entonces al final resulta una pura caricatura. Además quería hacerlos hablar en el tono del agotamiento. Si hablamos de los libros sobre la Primera Guerra Mundial, lo que más me conmovió fue el horror de los combates y sobretodo el agotamiento de las campañas militares, que por lo general ha sido menos tratado. Yo intenté trabajar sobre este agotamiento –es por esta razón que elegí el año 1917– y que dejo hablar desde el simple soldado hasta al coronel, especialmente a quienes generalmente no tienen ninguna posibilidad de hacerlo. Ha sido preciso trabajar bastante en estos personajes, precisamente porque no hablaban todos de la misma manera, sino de acuerdo a su origen social. Traté de encontrar entonces personajes distintos para expresar sentimientos diferentes. Y la tercera razón para este diseño es que yo quería que no se supiera demasiado como era Jonas, se trata de un ‘mete la pata’ o de una persona calculadora. Hacía falta que hubieran diversos testimonios sobre Jonas y que no concordaran necesariamente. Quería un personaje que provoque diferentes reacciones, que por momentos uno se apiade de su mala suerte y en otros uno se diga, pero mira, si está tratando de enredar las cosas. Al final se trata de un tipo a quien no siempre le resulta salir de los enredos. Quería que el lector se preguntara constantemente quién era en el fondo este Jonas. Eso sí teniendo sin embargo la certeza de que Jonas era en todo caso un pobre tipo que fue triturado por esta guerra.

C.N.: Sin contar estos testimonios, hay descripciones asombrosamente poéticas de escenas de horror bélico. ¿Qué poetas lo han inspirado?

P.P.: Más que poetas, pienso que es más bien la evocación de ciertas pinturas. Pero también me acordé de poemas como “Le dormeur du Val” (“El durmiente del valle”) en la escena donde Jonas deserta y donde a propósito cito a Rimbaud.

C.N.: Una parte de la novela sucede en París, detrás del frente. ¿Era importante mostrar todas las facetas de la guerra? Hay una escena en particular bastante terrible sobre las “madrinas de guerra”.

P.P.: Las madrinas de guerra, en ese entonces en la mayoría de los casos con el propósito muy patriótico de levantar el ánimo de los soldados. Hoy en día parecería caricaturezca la imagen de una de estas madrinas tejiendo calcetines para los soldados, hay cosas que pueden matarte de la risa, pero se trataba en realidad de mujeres muy sacrificadas. Había también una revista que se dedicaba a este tema, “la vie parisienne” (la vida parisina) de la cual yo hablo. Era un poco atrevida, con anuncios de citas. Había entonces también una parte de las madrinas de guerra que tenia ganas de “encontrarse” con soldados. Hay que decir que los soldados estaban tan vigilados, en las estaciones de tren por ejemplo, que cuando tenían libre, si no eran de París entonces no les estaba permitido quedarse en París. Se dejaban llevar. Había cafiches o muchachas que esperaban a quienes venían del campo para cobijarlos. Así que eran protegidos.

C.N.: Todos estos pequeños detalles, seguramente Ud. tuvo que documentarse al respecto.

P.P.: Claro que para estas cosas tuve que investigar. Tengo la suerte de tener al amigo de un amigo que me mostró su biblioteca diciendo: tengo 9000 libros sobre la guerra, sírvete. Confieso haberme perdido ahí dentro, sin saber dónde buscar, pero aprendí muchas cosas hablando con él. Fue precisamente él quien llamó mi atención sobre la desconexión con la vida corriente que experimentaban muchos soldados cuando tenían libre. Fue también él quien me contó que habían buscado piojos en la cabeza de M. Maggi o M. Kub, trucos inverosímiles, pero que todavía en nuestra época encuentran eco. Por ejemplo, cuando un rumor empieza a circular por Internet diciendo que las Torres Gemelas no son esto ni esto otro, no es menos ridículo que la gente que quemaba los alimentos diciendo que M. Kub o M. Maggi enviaban señales a la armada alemana poniendo sus palabras publicitarias de tal o cual forma.

C.N.: La intertextualidad parece ser un pilar fundamental de sus libros.

P.P.: Sí, es importante, me digo a mí mismo que tengo la posibilidad de conocer bastante a los escritores pasados, mientras inevitablemente gente de las nuevas generaciones los ignora. Es por esto que me encanta citarlos. Es a la vez una forma de rendirles homenaje. A aquellos que me han inspirado y de quienes soy en cierta forma un traficante. Tengo la impresión de no haber escrito completamente en vano si después de haberme leído a mí un jovencito se compra un Mac Orlan…

C.N.: ¿El deber de los recuerdos es también importante para Ud.?

P.P.: A mí no me gusta mucho hablar de “deber”, sino más bien de tráfico de recuerdos: en efecto, estamos construídos por la gente que nos ha precedido, no hemos salido de la nada. Cargamos virtualmente toda la memoria desde la aparición del género humano, hay algo que necesariamente se transmite y encuentro lamentable hacer como si eso no hubiera existido. Un escritor amnésico, eso no existe, un autor que cree inventar el mundo, eso no es cierto. Uno no hace sino transformar lo que se hizo antes de uno. Victor Hugo lo dijo mucho mejor que yo: es como con los músicos, hay grandes inventores, pero la mayoría de las veces uno se alimenta y va remodelando. Soy parte de una cadena humana.

C.N.: Hay otra palabra clave de sus novelas: Empatía humanista.

P.P.: Protesto completamente, creo que es Natalie Beunat (2) y no yo quien ha hablado primero de escritura de compasión. Pero sea como sea no estamos solos en este mundo. Si nos apartamos los unos de los otros, entonces estamos perdidos, nos transformamos en misántropos, pero yo pienso que los grandes misántropos no son otra cosa sino grandes desilusionados de la humanidad o personas que se han sentido rechazadas. Fundamentalmente, me encanta la gente y sentir empatía por alguien en este mundo que –hay que decirlo claramente– es bastante duro, ya significa un acto de solidaridad humana. Incluso he llegado a sentir esta empatía por personajes que son antipáticos.

C.N.: ¿Novela policiaca, literatura popular, le conviene eso?

P.P.: No se trata de novelas populares. He creído mucho tiempo que la novela policiaca era un género popular, pero después de haber discutido al respecto con Dominique Manotti, he cambiado un poco de opinión. Eso depende evidentemente de lo que uno ponga dentro de esa palabra. ¿Acaso la literatura popular es un género leído por la gente del pueblo, en grandes tirajes? En este sentido el género negro ya no es literatura popular. En último caso sería el thriller el que mejor se ubica dentro de la categoría literatura popular y es un género que no me interesa para nada. Si hablamos de una literatura que habla de gente del pueblo –ojo con esta palabra– aquí efectivamente yo me reconozco más. A pesar de todo eso no quiere decir que se trate de una literatura que sea leída por la gente de la que uno va a hablar. Eugene Sue es un ejemplo de literatura popular en el sentido que él era leído por todas las clases sociales y en el sentido que él trataba por lo menos de hablar de la gente del pueblo. Victor Hugo fue un escritor muy popular. Por lo tanto yo no soy un escritor muy popular, soy un escritor que intenta hablar de la vida de la pequeña gente a la cual pertenezco.
Pienso que es como en el jazz. Hay una confusión, mucho tiempo creí que era una música popular, pero de ninguna manera es así. Al frecuentar clubs de jazz lo veo muy bien, son lugares socialmente muy homogéneos y me pregunto incluso si el jazz ha sido alguna vez popular. Los blues, sin duda, pero no el jazz. Es una música extremadamente culta, incluso si ella sabe hablar de temas muy populares. Para regresar a la literatura negra, fue una vez popular, en el tiempo de los “pulps”.

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C.N.: Hablemos de otro aspecto de su trabajo: la novela juvenil. (1)

P.P.: Me gustaría trabajar siempre sobre el mismo tema, un poco como esos japoneses que pasan toda la vida abordando el mismo tema en su obra, pero tengo miedo de repetirme. Por eso tenía tantas ganas de escribir un libro para los jóvenes, pero pensaba que no lo lograría. Después de discutirlo con Jean Hugues Oppel y Thierry Crifo, me convencieron diciéndome que un muchacho que lee es ante todo un lector. Es por eso que escribí el primero con dificultad, porque tenía miedo de transportar a la cabeza del joven problemas que no son los suyos. Otro problema: ¿Quién compra los libros? ¿Son los padres o los jóvenes quienes eligen? Y en definitiva, ¿acaso esto no termina en un refinamiento? El segundo fue como una válvula de escape, cuando terminé de escribir la trilogía (1), me dolió abandonar a mis personajes, con los cuales me sentía muy unido.

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C.N.: Ud. también trabajó como guionista de comics.

P.P.: En el fondo fue para hacerle un favor a Jeff Pourquié. Cuento esta anécdota a menudo. Estaba enamorado de uno de sus dibujos antes de conocerlo. Entonces logré encontrar su dirección, pero se me perdió. Dos años más tarde todavía no lo había contactado. De hecho íbamos a la misma taberna y un día la dueña me dice: Patrick, me gustaría mucho presentarte a un dibujante que está buscando un guionista, y era él lógicamente. Me encantaban specialmente sus dibujos en “A suivre” (Continuará). Se siente muy bien en el formato corto. Era más difícil para él construir un guión largo. Él me dio la idea inicial y yo le proporcioné una historia. Me pasó un story-board de 240 páginas del cual escribí una novela corta. Tuvimos que hacer una trilogía.
Ahora me gustaría trabajar con un ilustrador, un poco a la manera según la cual escribí a partir de una pintura. Gente como Joe G. Pinelli, cuyos dibujos me hacen evocar cosas. Pero hacer comics solamente en función de los comics, eso no me interesa.

C.N.: Al comienzo de su página web hay una expresión muy bonita: “Noircisseur d'ambiance” (Ennegrecedor de ambientes).

P.P.: Fue Jeff Pourquié quien lo puso en la página. Él había sacado un libro con un tipo que inventa oficios y para mí había inventado el oficio de Ennegrecedor de ambientes. Eso me había divertido porque vi en ello un segundo grado, porque ennegrecer por ennegrecer no es un buen método para la novela negra. A mí personalmente me gusta más el gris.


(1) Ver bibliografía
(2) Natalie Beunat es, entre otras cosas, directora de colección del editor juvenil Syros, “Souris Noire” (Sonrisa negra)

Bibliografía:

Novelas:

  • Tranchecaille, Série Noire Gallimard, 2008.
  • Soleil noir, Série Noire, Gallimard 2007, Folio policier 2009.
  • Boulevard des branques (T.3), Série Noire, Gallimard 2005; Folio policier 2008.
  • Belleville Barcelone (T.2), Série Noire, Gallimard 2003; Folio policier 2007.
  • Les Brouillards de la Butte (trilogía montmartroise T.1), Série Noire, Gallimard 2001; Folio policier 2006.
  • Terminus nuit, Série Noire, Gallimard 1999.
  • Tiuraï, Série Noire, Gallimard 1996; Folio policier 2005.

Literatura juvenil:

  • L'affaire Jules Bathias, “Souris Noire”, éditions Syros, 2006.
  • Le voyage de Phil, “Souris Noire”, éditions Syros, 2009.
Modificado el ( jueves, 04 de febrero de 2010 )
 
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